viernes, 10 de mayo de 2013

GESTOS Y REALIDADES, PARA GENERAR ILUSIÓN.


Benito ha de atender a muchos clientes cada día, desde ese espacio que habita detrás del mostrador. Lo hace en una vetusta farmacia de pueblo, donde cumple cada día la normalidad rutinaria de su buen trabajo. El establecimiento, orientado hacia una cromática montaña arbolada, está situado en la plaza central de una localidad castellana, núcleo básico de oportunidades en las palabras, almas sin prisas, comercios familiares y encuentros colectivos para la festividad solidaria. Allí, cada mañana, este hombre apacible se encarga de subir las persianas y organizar el interior de un local de su propiedad. El establecimiento se halla repleto de estanterías y armarios, todos ellos repletos de centenares y miles de cajitas, con nombres misteriosos que dicen servir para curar los males del cuerpo. Heredó este negocio de su padre, también farmacéutico y, a sus ya largos años en la nobleza social del oficio, le entristece no tener una descendencia interesada en proseguir ese esfuerzo por colaborar en la mejor salud de sus convecinos. Su única hija trabaja y reside en la capital de la provincia, a unos cien kilómetros de distancia. A la niña siempre le había gustado eso de las leyes y desde sus estudios comprobó que no le hacía tilín la tradición familiar a las medicinas. Con lógica racionalidad este farmacéutico, que rezuma bondad,  comprende que algún día, previsiblemente ya bastante cercano en el tiempo, habrá de vender o traspasar su querida farmacia. Lo hará a otras manos que habrán de saber llevarla con el cariño y esmero que él siempre ha mantenido en su dedicación o. mejor dicho, vocación, para el servicio de los demás.

Como cada uno de los días, a eso de entre diez y media y las once, llega, para compartir la amistad que sustentan las palabras, su amigo Jonás. Fueron compañeros de clase en la infancia y, desde entonces, han cultivado con delicadeza y respeto, una buena relación que a ambos enriquece. Tras acompañarle casi toda la mañana, cierran la farmacia a esa hora que supera por unos minutos las dos de la tarde, y se van a compartir un aperitivo al bar de Paula, cervezas que ambos disfrutan con placer y moderación. Siempre suele pagar Benito, a pesar de las protestas de Jonás, pues el farmacéutico conoce bien las dificultades por las que pasa su amigo, cuya pensión de jubilación, como funcionario de Correos, le permite apenas una disponibilidad económica en sumo modesta. Ahora todavía más, pues sus dos hijos, casados y con hijos, se hallan, a causa de complicados avatares empresariales, en una  situación de desempleo de penosa incomodidad.

Son muchas las personas que pasan por la farmacia, desde la mañana a la tarde. También en los días de guardia nocturna, a lo largo del mes. Para esas noches en vela, con frío o calor, Jonás le acompaña unas cuantas horas que hacen más llevadera la soledad laboral. Su amigo siempre aparece con un familiar termo de café con leche, bien caliente y unas galletas que les tiene preparados la confitería de Felisa, una pastelera muy valorada en el pueblo. Su obrador, además de elaborar y vender ese recio pan cateto que a tantos agrada, hace unos dulces especialmente golosos, para deleite de pequeños y más grandes en edad.

Naturalmente, son muchos los parroquianos que acuden a la farmacia de Benito Cortés. En el pueblo sólo hay dos establecimientos que atienden las prescripciones de los médicos para sus pacientes. Nuestro protagonista es una persona afable, cariñosa, que no sólo se preocupa de facilitar el medicamento inserto en la receta, sino que también gusta de aconsejar y dialogar con aquellos que visitan su importante e imprescindible labor. Aparte de los problemas de salud convencionales, cada día son más los convecinos que han de comprar fármacos contra esa lacra, silenciosa, inamistosa y cruel, cual es la depresión anímica. Estos achaques en el equilibrio psíquico solían ser bastante frecuentes con el paso inevitable de la edad. Sin embargo, en los tiempos que corren, cada vez más afectan a personas que no suman muchos calendarios en sus vidas. Incluso hay jóvenes que, hallándose en la primavera de sus existencias caen en situaciones de tristeza, lágrimas, abulias y angustias, de las que no les resultan fácil salir, a fin de recuperar ese equilibrio perdido. Las anécdotas o experiencias al caso son abundantes en la memoria de este honesto profesional. Y dolorosas, por supuesto, pues afectan a chicos y chicas, a muchas vidas cercanas, a las que ha visto nacer y crecer, en el marco entrañable de la vecindad. Mayores y jóvenes suelen atender sus consejos, palabras y reflexiones que están basadas en la equilibrada experiencia acumulada en su persona.

Un tema, bastante recurrente entre terapia, medicamento y recetas, es el de la ilusión o confianza para su pronta eficacia. “Cuántas me he de tomar cada día? ¿Lo hago antes o después de comer? ¿Mejor en comprimidos o en efervescentes? Oye Benito ¿serán buenas para mi tensión? Porque últimamente la tengo bastante subidilla. ¿Entiendes, de verdad, lo que ha puesto ahí el médico? Otra vez me ha mandao lo mismo y a mi eso no me hace ná. ¿Qué me tomo para el resfriado? Pues resulta que la niña no quiere comer, y no sé qué darle. A mí, desde luego, esas gotas me ponen el estómago hecho una tortilla. Pero el médico, erre que erre. Y mira que se lo tengo dicho……” Y así numerosos comentarios intercambiados con el amigo y convecino farmacéutico que, a buen seguro, siempre va a ofrecer el consejo más adecuado. Pero sobre todo, ese bien saber escuchar que tanto se agradece en los momentos de pena o inseguridad. Veamos alguna de estas reflexiones que se visten con el atuendo esperanzador de la ilusión.

“Atiende lo que te voy a decir, Clara. Lo que estás tomando te va a ayudar, no lo dudes. Pero la mejor medicina, para tu problema, bien sabes que no lo tengo en las estanterías. No lo fabrica industria química alguna. Ese medicamento se halla, principalmente, en ti. Y es el que mejor te puede curar, de tanto lamento, lágrimas y tristezas. Te tienes que distraer. Tienes que buscar una cosa para cada momento. El ponerse a pensar, para mortificarte en los recuerdos, no conduce a solución eficaz. Y esto te lo está diciendo quien mejor te conoce. Llevamos treinta y cinco años juntos y eso hace que entre nosotros no haya secretos para comprendernos. La niña se ha juntado con ese hombre separado y con dos niños chicos a su cargo. Pero es lo que ella quería. A mi, las dos veces que he hablado con él, me ha dado la impresión que es una persona de no mucho fiar. Pero ¿qué podemos hacer? Lourdes sabe que nosotros no le vamos a fallar para cuando nos necesite. Tienes que centrarte en una ilusión que ocupe gran parte de ese tiempo que sobra en el día a día”.

Efectivamente, no sólo los clientes reciben las palabras sensatas de Benito. También, aquella persona con la que sigue compartiendo tantos años de vida en común, su compañera de toda la vida. Y aquella noche de sábado, le correspondía guardia nocturna. Le extrañó que Jonás no apareciera, como era usual en él, a eso de las once y pico, con su termo y las galletas. Igual no se encuentra bien, se dijo. Encendió la estufa de aceite y se dispuso a resolver esos Sudokus que tanto le distraían. Ya un tanto adormilado, serían más de las dos, se echó un ratito en el camastro que tiene acomodado en la trastienda. Un timbre, con sonido imperativo, junto a una potente luz avisadora, le reclamaba para alguna persona necesitaba de medicina con carácter de urgencia, tras esa ventanilla de seguridad. Por término medio, en estas noches de guardia, son entre cinco o seis las personas que pulsan en el timbre para el aviso. El número se incrementa con los fríos del otoño y, curiosamente también, con los calores del tórrido verano en Castilla.

“Hola, Natalia, buenas noches. ¿Qué necesitas? La verdad es que no te veo con buena cara… A estas horas, seguro que es algo importante”

“Benito, con este calor no puedo dormir. Pero no es eso lo peor. Es que no tengo ilusión para nada. Me siento como vacía, desanimada, sin fuerzas para seguir adelante. Me pongo aún más nerviosa cuando llega la noche y repaso el panorama que me afecta durante el día. ¿Tienes por ahí algún tranquilizante, algo me ayude para este angustia que tanto daño me está haciendo?”

Benito conocía algo de esa historia. Una madre soltera, que aún no había cumplido los veintiuno. Era hija de unos padres muy conservadores y estrictos que no se recataban en recriminar y enjuiciar, sin generosidad o tacto, los errores que Natalia había tenido, juntándose con la persona que la dejó embarazada. Ella nunca quiso señalar a nadie, tal vez por algún temor que sólo ella guardaba. Solícito, el farmacéutico abrió la puerta enrejada y la invitó a pasar. 

“Voy a prepararte una manzanilla relajante y si te parece charlamos un poquito. Seguro que te puedes tranquilizar. Voy a a decirte algunas cosillas que tal vez mejoren el estado de ánimo. Tomar tranquilizantes es una solución….. pero sin solución. Te vas a refugiar en unas pastillas que no van al fondo del problema. Mira, yo veo que aunque tus padres viven desahogados en lo económico, tu necesitas un trabajo, por humilde que sea, para salir de ese ambiente desafortunado que tanto te atosiga. Tendrías que ser más independiente. Tu niña va a estar bien atendida en esas horas en las que tienes que cumplir un horario de trabajo. La mayor ilusión de tu vida, sin duda, es esa pequeña que el destino ha querido concederte. Pero has de buscar otros incentivos, que también enriquezcan los objetivos de cada uno de los días. Una buena amiga. Salir con otros chicos y chicas al campo….. La práctica regular de algún deporte. La lectura también es muy sana. Aprender algo que te ayude en el futuro. ¿Por qué no un idioma? Tus padres tienen mucho espacio en la finca. ¿No te gustan las flores y el cuidado de la jardinería?”

Natalia atendía con respeto casi filial las pausadas palabras de Benito, pronunciadas ante una linda joven desorientada que necesitaba el calor de un buen consejo. 

“Te voy a proponer una opción que igual puede ayudarte a reencontrarte contigo misma. ¿Querrías ayudarme un poquito en la farmacia? Yo te enseñaría lo básico acerca de cómo funciona este trabajo y te pagaría, lógicamente, las horas que pudieras dedicar a estar aquí atendiendo a los posibles clientes. En caso afirmativo, me harías un gran bien, pues necesito liberarme un poco de tantas horas como paso en mi vida detrás de este mostrador. No necesitarías alejarte de tu pequeña. Por supuesto, puedes traerla aquí, junto a ti. La pones a jugar, a dibujar, a hacer sus deberes. En realidad todavía es muy pequeñita, pero me dices que ya la llevas a una escuela infantil”.

Y aquella templada noche de agosto, una buena persona continuó ejerciendo el mejor quehacer para la solidaridad. Este hombre entendía, con el más inteligente de los criterios, que existen eficaces medicinas, fuera de los estantes atiborrados que dormitan en las farmacias. Son esos fármacos que hablan de ilusión, generosidad y sentido positivo ante el quehacer vital de cada uno de los días. Hoy Natalia es una excelente profesional, al frente de un establecimiento al que tantos acuden a fin de mejorar sus dolencias. Ha dejado de tomar antidepresivos. Mientras atiende a un cliente, su hijita juguetea correteando por los espacios del establecimiento. Y no lejos de este punto de encuentro, Benito y Jonás disfrutan, ahora mucho más, los amaneceres y las cromáticas puestas del Sol. Son dos viejos amigos que saben gozar de la naturaleza, recorriendo en libertad los preciosos senderos de la montaña.-


José L. Casado Toro (viernes, 10 mayo, 2013)
Profesor
jlcasadot@yahoo.es

viernes, 3 de mayo de 2013

QUEDAMOS, PARA CENAR EN EL PUERTO ......


Adrián, cuarenta y tres años, auxiliar administrativo en un centro educativo público, dependiente de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía, se encontraba especialmente nervioso, pero también ilusionado, en aquella mañana de sábado. Tras unas semanas de contactos epistolares, a través de la red, Claudia y él iban, por fin, a conocerse de una forma directa. Bien es verdad que habían intercambiado, vía Internet, sendas fotografías aunque, en ambos casos, tanto el uno como el otro, sólo aparecían en primer plano y, eso sí, especialmente sonrientes. Pero, en esta tarde de principios de junio, concretamente a las 9.00, habían quedado citados en la esquina del Parque malacitano. Tras conocerse, en la proximidad, iban a disfrutar de una primera cena juntos en un restaurante del Puerto, cercano a nuestra coqueta y blanca Farola.

Dado que el día estaba metido en calor, Adri pensó que una buena idea sería sosegar los nervios previos al encuentro, pasando unas horas en la playa. Además de esa tranquilidad necesaria para su inquieto temperamento, conseguiría aparecer ante su nueva amiga “on line” con la piel algo más bronceada para su mejor apariencia. Dicho y hecho. Hizo una muy frugal comida en casa y, a poco que dieran las 3.30 de la tarde, ya estaba tendido en la arena de la playa. Eligió esa zona de la Misericordia que había sido siempre su preferida, desde aquellos años infantiles que con tanto afecto fluyen a nuestros recuerdos.

Un tanto somnoliento, bajo un sol que todavía calentaba con vigor su piel blanquecina, pensaba e imaginaba las posibilidades de esta reciente amistad que podría, al fin, estabilizar y alegrar la soledad de tantos momentos vacíos en su vida. Aunque había iniciado algunas relaciones, desde su juventud, ninguna de ellas había logrado cuajar en la permanencia. En la mayoría de los casos, casi siempre habían sido ellas las que, con mejor o peor forma, habían puesto fin a un conocimiento que había comenzado, como tantas veces, esperanzado para el destino recíproco. Sin embargo tenía la corazonada de que, la de esta tarde, podría y debería ser esa oportunidad, tantas veces esperada y otras tantas eclipsada, para la mejor realidad. El conocimiento acerca de la persona Claudia, cuatro años mayor que él, no era muy amplio, pero ella le había mostrado unos gestos y criterios que prometían mucho para su necesidad.

A eso ya de las siete, recogió los bártulos de playa, a fin de dirigirse a su domicilio e irse arreglando para su gran cita del sábado. Hizo el desplazamiento a pie, pues reside precisamente en esta zona de Huelin, en un pisito bien orientado a ese mar azulado y, generalmente tranquilo, dibujado con la magia romántica del Mediterráneo. Pensando en las frases, en las palabras y en los proyectos, se fue de lleno a la ducha, a fin de limpiar y tonificar su cuerpo, aún con restos de arena y sal. Pero la sorpresa suele aparecer, sin ser invitada, en los momentos más  inoportunos. Apenas enjabonado, observa como el grifo de la bañera comienza a languidecer. Y, a poco, el agua deja de fluir, para su enfado y desesperación. Con paciencia logra quitarse algo del gel dermatológico (olor a tuti frutti) que solía utilizar y, envuelto en su albornoz, pulsa en los timbres de sus vecinos de planta. En ninguna de ambas viviendas obtiene respuesta para sus llamadas. No recuerda quién es el Presidente de la Comunidad, en estos momentos. Tampoco suele asistir a las reuniones anuales de propietarios, a las que se le cita, porque se aburre soberanamente en las mismas. Con una pinta para la emergencia, baja las escaleras. Al fin, una señora viuda, del tercero B, doña Engracia, le confirma que tampoco ella tiene agua. Debe ser cosa de los motores bomba, que últimamente están fallando más de la cuenta. Pero ya se sabe que, en un sábado por la tarde, no suele haber mucha gente en el bloque y según le informan el Presidente de la Comunidad de Propietarios está de viaje.

Hecho un manojo de nervios, pues eran ya las ocho menos cinco, en camiseta y con un pantalón de deporte, acude a un súper cercano. Se encuentra con que ese sábado el establecimiento sólo ha abierto hasta las tres, porque están de reformas. Su epidermis, algo enrojecida por las horas de insolación recibida, continúa sembrada de sal, restos de arena y gel aromatizado a frutos del bosque, sobre un fondo de recio sudor veraniego. ¿Qué hacer? Como es un tanto dejado para las previsiones, no suele tener acumulada algo de agua para una carencia necesaria e inesperada. Y, para colmo, sólo bebe cerveza en las comidas. Total que, al paso “legionario” que permiten sus chanclas, encuentra un comercio de “todo a cien” regentado por una populosa familia china, todos ellos muy agradables. Las travesuras del destino provocan que, en aquella, complicada tarde para sus deseos, sólo tengan bebidas carbónicas de tónica, cola, naranja y manzana y sólo una botella de agua mineral con gas.

Son las 8.25 cuando Adrián completa un chapucero lavado en su bañera, afeitándose con un agua que sabe a tónica edulcorada. A pesar de la buena temperatura que regala la tarde, se viste de una forma elegante, con una chaqueta azulada y unos pantalones de color beige que contrastan con el azul marino de sus zapatos cerrados de piel. Se echa abundante colonia y mira la esfera de su reloj. Son las nueve menos diez, cuando llega la puerta del bloque, un tanto agotado y presa de los nervios. Su piel es un ilustrativo catálogo de olores y sabores, todos ellos suculentos. Pero no todo va a salir mal, pues en aquellos momentos acierta a pasar un taxi por la calle paralela al paseo, con la esperanzada, para sus prisas, lucecita verde que indica su disponibilidad. Le indica al solícito taxista que llega tarde a una importante cita y le introduce un billete de estímulo en el bolsillo de su camisa. Le ruega que vaya a toda pastilla, dentro de lo posible, pues no quiere llegar demasiado tarde. El conductor, halagado y estimulado por el servicio, hace maravillas con el volante, pero la regulación semafórica no atiende a razones e imprevistos. Afortunadamente Adrián no padece desequilibrios en su tensión arterial, aunque los latidos del corazón parecen dispararse cuando las luces rojas del tráfico obligan al imperativo frenado.

Nueve y siete minutos de la tarde. Al fin el taxista lo deja en la entrada del Puerto, zona de la Malagueta. Allí, junto al edificio trasparente del cubo, aún inutilizado, le está esperando, con toda la paciencia del mundo, una mujer morena, de ojos castaños y sobrada de algunos generosos gramos en lo corporal. Viste un atuendo bohemio, muy de verano, que impide disimular la descuidada limpieza que lucen las partes visibles de su orondo cuerpo. Es cierto que la cara de esta mujer corresponde al primer plano de la foto que viajó por Internet, pero la voz, la castiza actitud y la penosa presentación corporal quieren jugar a lo juvenil y al desenfado, aparentando unos años ya lejanos en su actualidad.

Tras un par de besos, que la amiga protagoniza, Claudia y Adrián caminan, lenta y esperanzadamente, hacia un restaurante de comida griega.  Allí, a escasos metros, la Farola ha iniciado sus ráfagas blancas que alegran el sosiego azulado del mar. Ella es una habladora o comunicadora compulsiva. Él reflexiona, aturdido, cansado, ilusionado, acerca de la que ha sido su alocada tarde, cuando la noche va cubriendo de brillo y enigma las serenas aguas del Puerto. La ciudad se ofrece dormida y despierta al tiempo, entre un marco cromático de luces, sonidos y sombras.

Esa traviesa noche de los misterios acabó, finalmente, desvelando la realidad de quien no era pero decía ser. Asomado al quicio de la madrugada, un Adri aturdido, en la reflexión, sonreía. Mientras que Claudia, mostrando la intimidad de su verdadera realidad…  con pasos lentos e inseguros, marchaba.-


José L. Casado Toro (viernes, 3 mayo, 2013)
Profesor
http://www.jlcasadot.blogspot.com/

viernes, 26 de abril de 2013

EL TRAGICÓMICO "DIA DE LA VERDAD".


Dos amigos de muchos años, ya retirados (algunos matizarían, “liberados”) de la vorágine que ha presidido sus respectivas vidas profesionales, suelen reunirse un par de tardes a la semana, a fin de cubrir esas dos o tres horas que contemplan el plácido atardecer. Fran y Gabi se conocen desde los años lejanos en la Primaria colegial. Ha habido entre ellos momentos de mayor o menor acercamiento en su relación, aunque siempre se han esforzado en mantener ese contacto que, los menos exigentes, suelen denominar amistad. Fran ha trabajado, fundamentalmente, con niños. También, como es lógico, con sus padres y madres. Su actividad como médico pediatra la ha ejercido en el ámbito público, aunque ha dedicado también cuatro tardes a la semana, durante lustros, a fin de atender esa afamada consulta de la Plaza de la Merced, apreciada entre tantas generaciones de familias malagueñas. Su antiguo compañero de banca en el cole, Gabi, continuó la senda paterna atendiendo el antiguo negocio familiar de una ferretería, ubicada muy cerca del Guadalmedina, junto a una de las antiguas puertas medievales de la ciudad. Al llegar el momento de su jubilación, hace ya cuatro años, ninguno de sus dos hijos estaban por la labor de continuar esa labor comercial, por lo que cerró el negocio y alquiló el espacioso local a una conocida cadena de comida a la turca.

Esta tarde, como en tantas otras de cualquier estación meteorológica, la conversación fluye lentamente entre ellos, sentados cómodamente ante sendas tazas de un café bien caliente. También en la mesa (ambos son golosos del azúcar) aparecen unos hojaldres, especialidad de esa concurrida cafetería, situada en los aledaños de la estación ferroviaria. Llevan ya un rato con pocas palabras, pues distraen sus miradas en el trajinar de una tarde algo fría y con amenaza de lluvia. Hay mucha clientela en esta hora de las meriendas,  viéndose a personas de todas las edades. Algunos incluso llevan consigo sus maletas y trolleys, para ese ir y venir en el trajinar de los viajes.

“¿Te has fijado, compa, la cantidad de fiestas, celebraciones, conmemoraciones, aniversarios, ceremonias, homenajes y dedicaciones mil….. que tenemos a lo largo del año? Cada vez son menos las fechas en que los almanaques, el Internet, la prensa o la tele, no nos recuerden que hoy es el día de fulano o mengano o de tal o cual evento. Prácticamente, hay un número del calendario dedicado para cada cosa, Sea más o menos importante o sólo conocida en el círculo propio de tu propia familia. Pues, fíjate, a pesar de toda esta “ensaladilla” de recuerdos y festividades, hay una a la que todavía no se le ha dedicado un justo homenaje a la importancia que representa. Desde luego, yo creo que la causa de este “olvido” es debida a la falta de costumbre o al poco uso en el ejercicio de la misma. Aunque te parezca mentira, aún no han encontrado acomodo para ella en el listado en el múltiple calendario de lo festivo. ¿Cuál te imagina que es? Venga Gabi, piensa, agudiza el cerebro, que si no se te acorcha y se vuelve un trasto inútil”.

“Ahora te han salido las ganas de hablar….. Y el café, tan cargado, te está poniendo a tono. Pues, la verdad, no sé a lo que te refieres. Me estas diciendo…. sobre algo que se le debería dedicar un día para festejarlo, porque es muy importante. Debe ser una nueva de tus frecuentes ocurrencias, amigo Fran”.

“Todo es bastante fácil. Te lo explico. Ya que en estos tiempos dedicamos muchos días del año para celebrar cosas que son relativa o discutiblemente importantes, ¿por qué no buscar una fecha para celebrar un día de la verdad. En esa fecha, mejor que sea en Primavera o Verano, por aquello del calor y la alegría, todos nos comprometeríamos a decir sólo la verdad de lo que pensamos, durante esas veinticuatro horas. Sería una verdadero homenaje a esa palabra tan bonita, a ese valor tan importante (e infrecuente), como es la verdad. Así, rechazaríamos, al tiempo, tanta mentira, tanta falsedad, tanta hipocresía, como tenemos en nuestras vidas, en el comportamiento cotidiano y en nuestras relaciones, con los familiares, con los amigos y vecinos, con todos aquellos que están vinculados a nuestras vidas….  Por supuesto, que me estoy refiriendo no sólo a la expresión oral, sino también a la palabra escrita ¿Qué te parece mi propuesta?”

Los dos amigos guardaron silencio durante un par de minutos. Ambos aprovecharon este breve tiempo, sin palabras en el aire, para recomponer mentalmente la idea puesta “encima del tapete”. Gabi trataba de entender y acotar los límites y posibilidades de lo que había escuchado. No estaba demasiado  asombrado por la propuesta, pues conocía muchas otras ideas que Fran tenía por costumbre plantear. Medio en broma, medio en serio, el “doctor” solía darle estas sorpresas, costumbre que había tenido que soportar desde los ya lejanos tiempos del compañerismo en las aulas.

“Hombre, la propuesta que me haces es muy bonita, la mar de idealista, pero yo la veo francamente irrealizable. Utópica, como dirían algunos. Me imagino a los políticos y, entre ellos, a todo un Sr. Presidente del Gobierno, diciendo, aunque sólo fuera por un día, la verdad de lo que realmente piensan. Tendrían tal conflicto, entre sus conciencias y sus intereses, que acabarían “enfermos”, en las consultas de los psiquiatras o en sus atestados hospitales. En primer lugar, por una absoluta falta de práctica en la materia. Diciendo la verdad, tendrían que acudir presurosos al espejo a fin de poder reconocerse e identificarse en sus respectivas imágenes, a ver si eran otros los que aplicaban tan noble práctica por sus bocas. Mientras, el pueblo soberano, quedaría absorto, “fliparía” escuchando a esos “actores de la política” en unas manifestaciones que asombrarían precisamente por llevar el contenido de la verdad. Pero, el verdadero segundo problema, se les presentaría, a esos políticos, en el día siguiente al de tan honesta celebración. Por poco que hablaran, en la jornada del homenaje, al siguiente día tendrían que realizar ímprobos esfuerzos para desdecirse de tan extraña práctica de sinceridad. Para ellos, este valor es el gran desconocido en el seno de sus existencias interesadas. No Fran, esto sería la locura. A pesar de todas las carcajadas que tendríamos que tener preparadas al escucharles”.

“Te centras, Gabi, en la clase política para la gran “filípica” que acabas de soltarme. Pero en la sociedad no sólo hay políticos. Y estoy hablando o proponiendo un día de celebración universal. Vamos…. declarado por la O.N.U. ¿Qué me dices de otros colectivos o personalidades?”

“Me reitero en lo ya expuesto. Más o menos, que el mundo se vería al revés, en ese día para la práctica de la verdad. Todos, todos deberían dar ejemplo y participar en la conmemoración. Desde el Papa y todas las jerarquías católicas al resto de las demás religiones, las monarquías, las presidencias de toda naturaleza, los sindicatos, la clase científica, los colectivos profesionales, las unidades familiares….. ¡Qué conflicto, qué hecatombe, provocaría esa endemia universal en el decir lo que cada uno tenemos realmente en nuestras conciencias! Sería tal la revolución provocada que, inevitablemente, tendríamos que reinventar de nuevo el mundo y la propia sociedad que lo sustenta. ¿Y entre los matrimonios…..? ¡Qué locura, santo dios!

“Bueno ¿y por qué no lo intentamos tú y yo? Te propongo que pasado mañana, miércoles, cuando nos reunamos para echar un ratito para la merienda, sólo digamos la verdad de lo que pensamos, durante ese par de horas en que estamos juntos. Puede ser divertido y, además, así tomaremos conciencia de lo que supone olvidarse de la mentira, esa realidad sobre la que está montado el mundo y todas sus estructuras. ¿Te atreves, te animas a esta dificilísima experiencia, aunque sólo sea entre nosotros dos?

Hoy, la ronda tocó pagarla a Fran. Ya, con las tazas vacías y los cuatro hojaldres en el placer del paladar, se despidieron hasta el siguiente encuentro o tertulia. Ambos estaban de acuerdo en intentar, para ese próximo miércoles, el “sacrificado” ejercicio de la verdad. Pero ¿qué tal lo llevarían? Uno y otro pasaron el día intermedio buscando o elaborando esa u otras preguntas que siempre habían tenido en mente, con respecto al que consideraban el mejor de entre todos sus amigos y conocidos. Y por fin llegó, para ellos, ese DÍA DE LA VERDAD, que iba a regar, con generosidad primaveral, luces, aromas y sentimientos, en dos corazones para la sinceridad. ¿Qué fue lo acontecido, en esa tarde dedicada para realizar la tan difícil práctica?

Ambos amigos venían al encuentro con las pilas bien cargadas de interrogantes. Tanto años de relación, desde la infancia, había dejado en ellos no pocas páginas sin cerrar y algunas dudas que reclamaban respuestas, aunque sólo fuera por el ese sentido tan humano de la curiosidad. Tras el ritual saludo de los afectos pidieron, a la joven camarera que esta tarde les servía, los dos cafés bien cargados y las parejitas de hojaldres rellenos con “cabello de ángel”. Apostaron por hacerse una primera pregunta, posiblemente la más conflictiva de la experiencia para después, según evolucionaran los acontecimientos, ir desgranando el listado que cada uno tenía anotado en unas hojitas guardadas en la cartera. Las dos primeras fueron  de tal significado que la tarde quedó inmovilizada bajo el clímax de las sorpresas.

“Vamos, Fran, me puedes asegurar que Carmen y tu nunca habéis tenido algún “asuntillo” afectivo a mis espaldas? No olvides que estamos en el Día de la Verdad……

“Dime, Gabi, aquella vez que me denegaron un préstamo que ya tenía prácticamente concedido, para reformar la consulta y comprar el chalet en la sierra, tuviste algo que ver a través de tu hijo, principal interventor en el banco…..?

Profundo silencio en las palabras que no se pronuncian, frío en las tazas que no se consumen y cuatro pasteles que allí quedan abandonados en el plato. La tarde había sido muy corta, en el tiempo, pero muy larga, para la sinceridad imposible. Cada uno de ellos pagó su parte correspondiente en la cuenta y se retiraron camino de los árboles de la Alameda con un gélido “buenas tardes”. Tardaron unas cuantas semanas en recomponer, de alguna manera, su inesperada maltrecha relación. Pero ya nada sería igual, tras ese miércoles en que dos personas quisieron jugar al críptico “día de la verdad”.- 


José L. Casado Toro (viernes, 26 abril, 2013)
Profesor