viernes, 2 de diciembre de 2011

EN UN LLUVIOSO DÍA, PARA LA OBLIGACIÓN CÍVICA

Fue mi imagen, aquella escena grabada en una larga y dura jornada para la responsabilidad. Fueron más de catorce horas, las que estuve formando parte de una mesa electoral, como primer vocal titular, por decisión del sorteo llevado a cabo en la Junta Electoral. Lo entendí como una ineludible obligación cívica en un día de meteorología adversa, como la que nos deparó ese domingo 20 de noviembre. Elecciones Generales, 2011, para renovar el Congreso de Diputados y el Senado del Estado español, en orden a la formación de un nuevo equipo gubernamental. Vayamos pues a esa y a otras imágenes retenidas en la memorias, para reflexionar, posteriormente, acerca de los resultados electorales que han salido de estos importantes comicios (en realidad, lo son todos) por la especial situación en que vive España y el resto del Mundo.

Apenas falta una hora para el cierre de mi mesa electoral, ubicada en un Colegio público muy cercano a mi domicilio. La afluencia de votantes es ya reducida, a esa hora en que la tarde cede su protagonismo horario a las brumas nocturnas. Reina una temperatura desapacible en esta vetusta institución educativa, con antigüedad de finales de los cincuenta, en la pasada centuria. Imaginaba, en su ausencia, la alegría de los cientos de críos y crías, correteando cada mañana, por sus pasillos y dependencias, inundándolas de una sana y vital energía. En ese preciso momento, se acerca una mujer a nuestra mesa (había otras cuatro en esta sede) con la intención de emitir su voto. Cabello corto, andar pausado e importante volumen en su masa corporal. No viene especialmente abrigada a fin de combatir lo gélido del día, tras una persistente e intensa lluvia que ha enfriado la noche. Observo sus ojos. Son más azulados que grises, tras una gafas poco favorecedoras para la estética facial. Viene sola, sin la compañía de otra persona, algo inusual en la mayoría de los votantes. Entrega su documento de identidad a la Presidenta de nuestra mesa, sin mediar palabra alguna como saludo. Espero la comprobación que realiza mi compañero, en las listas del Censo, antes de anotar su nombre en el listado de votantes. Se le indica que no es ésta la mesa donde que le corresponde emitir su voto. Tras unos segundos, de tenso silencio, rompe a llorar amargamente, sin dar explicación alguna ante su sentimental e inestable respuesta. Los tres miembros titulares de la mesa, junto a los dos interventores que nos acompañan, cruzamos nuestras miradas con el asombro lcada de su vida. a mujer que se halla en la tercera dntores que nos acompañaban, cruzamos nuestras miradas con el asombro lsa enógico ante la actitud de esta mujer que se halla en la tercera década de su vida. Le rogamos si puede mostrarnos el documento de notificación electoral. No lo lleva consigo. Suspiros y lágrimas silenciosas, son su única respuesta. Unos de los interventores actúa con eficaz rapidez. “Venga, Sra. acompáñeme que vamos a comprobar las restantes listas del Censo, en las otras mesas del Colegio”. Pudo emitir su voto en una de ellas. Apenas restaban quince minutos para las ocho de la tarde. La humedad y el frío se habían hecho dueños de este domingo, en Noviembre. Lágrimas en una mujer…….. que quedaron sin explicar.

Quiero hacer también mención a un par de aspectos, sobre el recuento de las papeletas, en una mesa en la que votó más del 70 % de los 750 electores inscritos. Diecinueve de ellos lo hicieron por correo. Mientras que los sobres para el Congreso de Diputados no ofrecieron más dificultad que la de su elevado número, en los del Senado las anécdotas fueron más que numerosas. Los textos caligráficos, que muchos electores habían escrito encima de la hoja anaranjada, no dejaban margen a la duda. El rechazo a esta Soberana Institución se plasmaba en palabras de una cierta dureza con respecto a su inutilidad. Algunas personas también habían introducido en el sobre algunas significativas imágenes, en fotocopias, cuyo contenido iba en esa misma tendencia. Si se repara en los resultados provisionales de todo el Estado, observamos que 2.167.765 han sido votos en blanco o nulos, para el Senado de España. Exactamente, un 9,05 % de aquellos que les correspondía votar. A ello le sumamos la abstención que, para esta Cámara, ha sido casi del 30 %. Es obvio que uno de esos recortes, con los que diariamente se nos amenaza, por parte de los gobernantes, debería ser el ahorro de esta Cámara cuyo rentabilidad no justifica el coste económico que conlleva para nuestros impuestos o tributos. Creo que son unos 55 millones de euros anuales, para una gestión que probablemente sólo los nacionalistas y los 266 políticos agraciados valoran. Resultó igualmente laboriosa la contabilidad de los votos correspondientes a los candidatos al Senado. En la era de las Nuevas Tecnologías, sólo disponíamos de papel, bolígrafos, unos complicados estadillos o plantillas, más los sobres correspondientes. Contabilizar grupos de votos, con los “palotes” a la vieja usanza escolar, siendo más allá de las 22 horas, resultaba paradójico y trasnochado, estando en el año 2011. Y el clímax final llegó cuando se nos inundó de impresos, sobres, actas y papeletas, todo un conjunto de burocracia que había de ser firmado por todos los miembros de la mesa e interventores. Hasta los sobres de los votos nulos debían llevar estampadas nuestras cinco firmas. Los grupos de comunicación ya concretaban resultados, escaños y porcentajes. Sus medios técnicos tendrían una mayor modernidad para el milagro informativo, sobre los folios, bolígrafos, rotuladores y reglas, además de los ejemplares del Censo, puestos a nuestra disposición. Yo no vi ordenador disponible alguno en todo el Colegio Electoral. Precisamente una Sede donde habían funcionado nuestras cinco mesas, para el ejercicio democrático del voto. La baja temperatura, acompañada de la intensa humedad ambiental, sólo podía ser combatida con un buen abrigo. Eso sí, se nos entregó un sobre, con 62 euros, para cada uno de los tres miembros de la mesa, por nuestra obligatoria dedicación de casi quince horas. ¿Por qué no ofertar esta responsabilidad cívica a ciudadanos que sufren la lacra del paro laboral? Hubiera sido una modesta ayuda económica para, al menos….. un día de trabajo.

Comentaristas u analistas mediáticos han inundado las páginas, físicas y on-line, de sesudas, objetivas e interesadas interpretaciones, sobre los resultados del 20 N. El mapa español se cubre mayoritariamente de azul celeste. Congreso, Senado, Ayuntamientos, Diputaciones, organismos y sociedades, se ven teñidas y dibujadas por el monocolor azul del poder. Es lo que la ciudadanía española desea y todos, absolutamente todos los demócratas, debemos respetar. Ciertamente, la opción conservadora vive y viaja unida, ya desde hace tiempo. Casi once millones de votos. Mientras, las opciones progresistas se ven fragmentadas, divididas y enfrentadas. Casi siete millones de votos el PSOE. 1,6 millones, Izquierda Unida. 1,1 millones la UP y D. Otro millón más para CIU (aunque esta formación prioriza sus objetivos e ideales nacionalistas, sobre otras consideraciones y obligaciones ideológicas). Y otro millón más de votos para otros partidos nacionalistas o regionalistas, de distinto signo y carácter. Ese es un primer factor a tener en cuenta para el análisis. La unidad de la derecha ideológica, aglutinada en el victorioso Partido Popular. La Ley D´Hondt potencia el voto de las mayorías, sobre la estricta proporcionalidad de votos: 186 diputados, el PP. 110, el PSOE. 16, CIU. 11, Izquierda Unida, etc.

En un primer análisis, tenemos la cruda derrota del, hasta ahora, partido gobernante, cómodamente desnaturalizado en su ideología, sometido a los dictados interesados e inmisericordes del mercado financiero, profundamente ineficaz para dinamizar el sector laboral y atacado, de manera intensa y continua, desde todos los frentes posibles e imposibles. Entre sus más notorios errores ha estado la no convocatoria de elecciones anticipadas, como mínimo, a comienzo del año en curso. Esperar tanto, hasta finales de noviembre, ha incrementado y multiplicado los desafectos, incluso entre sus propios votantes progresistas. Ha sido un lamentable, y decisivo, error. Hace muchos meses, defendí argumentalmente, en las líneas de estos artículos semanales, la necesidad urgente de adoptar esa democrática decisión. No se hizo, esperando vanamente al cambio de ciclo. Y aquí están los resultados. Centro focalizador de todos los males, reales o ficticios, tendrá que realizar, a partir de este momento, una profunda catarsis renovadora. Deberá volver a sus verdadera señas de identidad ideológicas. El sentido progresista de trabajar por los sectores sociales más desfavorecidos, para una socialización posible de los bienes y recursos. Justa y equitativa. No ha sabido, no ha podido, enfrentarse con fortaleza a los tentáculos inmensos del capital. Ha tenido que tomar medidas tardías, al dictado de Europa y los mercados, alejando, en la incredulidad, a la parte social que naturalmente le apoya. La “travesía del desierto” ya debería haber comenzado. Al menos, cuenta en su haber con la confianza generosa de siete millones de votantes, en esta muy difícil coyuntura de los ciclos alternantes que nos impone el capitalismo. Siete millones de “idiotas”, en las muy desafortunadas, pobres e hirientes palabras de ese cualificado dirigente del Partido Popular.

La totalización, efectiva, del poder. Ese va a ser el gran riesgo del partido victorioso en las urnas. Bueno, queda aún la batalla, ya ganada de antemano, por Andalucía. Con todos los frentes a su favor, la cota del gobierno andaluz no ofrecerá mayor dificultad para sus huestes enardecidas. Salvo que en los cuatro meses que restan, para el último “parte de guerra” el haber tenido que lidiar con esos crueles mercados financieros, adoptando decisiones profundamente “impopulares” para el bienestar de la ciudadanía, dificulte la consecución gubernamental de esta mimada tierra, más acá de Despeñaperros. Con tan totalizador poder entre sus manos ¿contra quien van a dirigir ahora sus dardos monocordes, e insolidarios, en ese ejercicio opositor que tan bien saben teatralizar? Cuando también el Palacio de San Telmo esté en su patrimonio simbólico ¿qué argumentos les va a quedar a todos los alcaldes y concejales, a las diputaciones, a los parlamentarios y senadores, del partido de la gaviota, para sustentar decisiones y justificaciones, en el quehacer diario de su gestión? Va a resultar patético, o divertido si cabe, las respuestas y actitudes de todos estos dirigentes populares, especialmente si consultamos la gran verdad que atesora la fiel y reveladora hemeroteca de la memoria. Once millones de votos, y otros muchos que nos les han votado, que desean, sinceramente, ejerciten la eficaz voluntad, el acierto y la inteligencia de sobrellevar, de la mejor forma posible, esta crisis globalizada que padece el Mundo, perpetrada por la espúrea ambición financiera del capital. Anuncian, para los próximos meses, recortes y sacrificios. Demandan lealtades y colaboración para el consenso. Exactamente, todo lo contrario de lo que ellos han ofrecido desde la oposición. Pero no se les debe pagar, con la misma contaminada moneda. Esta Nación debe estar muy por encima de sus ambiciones, cinismos y oportunismos. Habrá que creer, y practicar, en el consenso y en la lealtad. Igual toman conciencia (nunca hay que perder el valor de la fe) de lo que debe ser una limpia y noble oposición. La situación de nuestro país está, democráticamente, en sus manos gestoras.

La valoración que hace hoy la ciudadanía, sobre la clase política en España, no es especialmente positiva. Más bien, todo lo contrario. Las encuestas y estudios sociológicos destacan esa tendencia, muy crítica, sobre el comportamiento de aquéllos que se dedican a ejercer la función política. Por supuesto, al igual que en todas las profesiones, no se debe generalizar de forma indiscriminada. Pero la percepción que se tiene sobre la gestión de aquéllos resulta, globalmente, muy desfavorable. De ahí que no extrañe la eclosión de movimientos ciudadanos de repulsa, como el denominado “Indignados” o ecologistas. Movimientos que no sólo focalizan su descontento sobre los políticos. También las egolátricas organizaciones financieras son objeto de una profundo análisis crítico, a raíz de la intensa crisis económica que actualmente padece la mayor parte de los países. En el 20 de Noviembre español, ese 71,69 % de participación en el voto indica un clamor y una esperanza, para que esta situación de descrédito comience a cambiar. El ciudadano contribuyente exige honradez en la conducta, pide eficacia en la gestión y anhela colaboración, respeto y buena voluntad, para afrontar las dicultades del día a día, por parte de los políticos. Ellos, y sólo ellos, son los que pueden recuperar la confianza de una ciudadanía profundamente desilusionada y escéptica. En sus manos está cambiar esta entristecida e incrédula percepción social.-

José L. Casado Toro (viernes 2 diciembre 2011)

Profesor

http://www.jlcasadot.blogspot.com/

viernes, 25 de noviembre de 2011

CYRIL Y SU BICICLETA.

Sí, me refiero a esos otros niños de la calle, aquéllos que sufren con dureza la orfandad del amor. Sentimos su necesidad, ahí cerca de nuestro protagonismo. Y, también, más allá de nuestra vecindad. La imágenes, las letras, la propia percepción de las miradas, nos ofrecen, con el crudo realismo de su verdad, la dificultad existencial en que se apoyan. Sus reacciones, sus respuestas, su violencia crispada, ha de explicarse, necesariamente, por esa crudeza afectiva que los adultos hemos proporcionado a sus vidas. De ahí que sea de sumo interés el visionado de esta película, para alimentar y sustentar valores en nuestra conciencia. También, para racionalizar éticamente el equilibrio de nuestra reflexión. Y aún es posible que tengas la opción de verla en pantalla, al margen de los vaivenes caprichosos de la cartelera. Creo que sería una acertada decisión, por el crecimiento personal que proporciona para el conocimiento del entorno social, más o menos inmediato.

El mundo y su realismo, a través del espejo que ofrece la infancia. EL NIÑO DE LA BICICLETA. última película de los hermanos Dardenne, Jean Pierre (1951) y Luc (1954) ha sido estrenada en nuestros cines, hace unas semanas. Es de nacionalidad belga, siendo la fecha de su realización el actual año en curso. Recientemente le ha sido concedido el Gran Premio del Jurado, en el pasado Festival de Cannes. Pero ¿cuál es su trama argumental? Vemos a Cyril (Tomas Doret) un delgado y nervioso chico rubio de once años, en las puertas de la adolescencia, al que su padre (una persona inmadura y egoísta, en estos tiempos de crisis globalizada para la insolidaridad) ha dejado en un centro de acogida. La madre del crío no aparece en toda la narrativa. Sólo el padre, que trabaja de cocinero en un restaurante de comida rápida, explica, en algún momento, que quiere reorganizar su vida, al margen de la presencia, incómoda, para su irresponsable necesidad, de ese hijo gestado en una compañera, durante los alocados años vividos en la juventud. Cyril se escapa, en varias ocasiones, del control de sus cuidadores, ya que ansía encontrar y volver a convivir junto a su padre. Para ello utiliza su bicicleta, vehículo que va a nuclear toda la trama fílmica, tanto en lo físico como en lo simbólico, durante los 87 minutos del metraje.

Pronto aparece en la historia, que nos es narrada, la frágil y esbelta figura de Samantha (Cecile De France, 1975) una bella y cariñosa joven, que trabaja en una peluquería de su propiedad. El azar provoca que, en una de las repetidas crisis en el carácter que estallan en el niño, conozca a Cyril, despertándose en ella la nobleza solidaria de ayudar a una persona que sufre. Observa y siente la carencia de una madre para ese niño y la egoísta actitud de un padre que repudia a su hijo, al que no quiere. Se compromete con la dirección del centro de acogida a recibir en su domicilio al niño, durante los fines de semana, a fin de ir proporcionándole ese afecto tan carencialmente ausente en los sentimientos del pequeño. Necesita darle cariño y estabilidad. Necesita, al tiempo, encontrar ese apoyo maternal que aún no ha tenido en su limpia y noble existencia.

Cyril se muestra tercamente agresivo, violento, rezumando en su carácter odio y rencor, ante un mundo que le ha tratado con tan inmisericorde crueldad. Tras localizar por fin a su padre, éste le rechaza una vez más. Las frías e inhumanas palabras que cruza con su hijo, proporcionan al chico fundamentos corrosivos para responder con desconfianza y desprecio a las personas de su entorno. En compensación, Samantha le ofrece su hogar, el afecto de una madre ausente, el equilibrio que nunca ha tenido en sus escasos años de vida. Pero el crio reacciona, en distintas oportunidades, con la violencia enquistada del dolor por unos padres irresponsables que le han hurtado el calor de una familia. Que le han impedido disfrutar del imprescindible equilibrio y estabilidad para su desgraciada infancia. Conoce a un joven delincuente, el cual también ha pasado por ese centro de acogida. Y esta peligrosa amistad le induce a cometer su primer delito, con violencia, que le coloca ante la sentencia impartida por una Juez de menores. El apoyo responsable de Samantha será fundamental para la comprensión y perdón en el comerciante agredido y la benevolencia de la jueza. Cuando la historia parece que va a finalizar con la tristeza del fracaso, se producen unos hechos que hacen reaccionar a Cyril, comprendiendo que no debe despreciar la oportunidad en el cariño que le ofrece una madre. Esa madre cuya ausencia, en su infancia, tanto daño le ha producido para su inestable y visceral comportamiento social. Luz, frente a la desesperanza, en un ser que ansiosamente la necesita.

APUNTES INTERESANTES PARA COMENTAR.

a) LA BICICLETA. Un mecanismo liberador.

Para Cyril es una eficaz compañera, en su afán por superar una situación que se le hace injusta e insoportable. Le permite abandonar o huir de una institución considerada como opresiva. Ese centro de acogida que él percibe como una cárcel, “prisión” que le aleja de la raíz afectiva que todavía él confía tener en su padre. Bicicleta liberadora, como un útil instrumento en esa búsqueda, innegociable, de un padre que puede devolverle a una situación de estabilidad familiar. Cuando le es robada, la lucha por su recuperación le pone en contacto con un grupo pandillero que ensombrece tristemente su futuro en la delincuencia. Finalmente, supone otro vínculo, mucho más positivo y esperanzador, paseando junto a la persona, providencial, que va a proporcionarle el calor de un hogar que anhela imprescindible para su joven vida.

b) CYRIL. Una infancia maltratada.

Impresiona su rebeldía, su carácter arisco, violento, explosivo en la agresividad. A pesar de la injusta y cruel dureza que la irresponsabilidad paternal le ha deparado, su comportamiento, en muchas fases de la película, se hace algo insoportable. Sin embargo, pronto compensamos la percepción de este rechazo, entendiendo el dolor y desesperación de un crío al que se le han arrebatado los pilares estables de una familia. La relación que mantiene con Samantha es, al tiempo, de salvación y desconfianza. De necesidad y rechazo. Llegar a herir a una persona, que tanto bien le está haciendo, ejerciendo de madre y amiga, solo puede comprenderse por el amargor, en la desesperación, que le ha provocado su padre. Un progenitor que ha repudia innoblemente la existencia que ha creado. En un desesperado intento para despertar los sentimientos de aquél, le ofrece el dinero que ha conseguido, tras el robo que protagoniza inducido por ese amigo mayor, delincuente en el mundo de la droga. El simbolismo de la camiseta roja, que siempre utiliza para vestirse, puede dar lugar a diversas interpretaciones según la imaginación o percepción de cada espectador.

c) SAMANTHA. El hada madrina.

Indudablemente, representa el papel de ángel bueno, en una descarnada historia sobre la infancia. La delgadez de su esbelta figura, con un perfil que nos recuerda al de aquellas diosas de la antigua mitología, la serena nobleza que irradia, la admirable paciencia que genera, el inmenso cariño, que esta peluquera ejerce sobre un niño desvalido en el abandono familiar, resulta ejemplarmente encomiable. Necesita ayudar a un ser maltratado por la vida, incluso sacrificando proyectos relacionales para su futuro. Ayudando a Cyril, se ayuda a sí misma. Se siente elegida por el destino para ejercer de madre adoptiva ante un niño que le necesita. Acepta la inseguridad, la agresividad, la violencia de ese crío, en la confianza de que más pronto o tarde logrará su aceptación y el cariño. Dándole la templanza de un verdadero hogar, aceptando el perdón, ante su inestable y violento comportamiento, alcanza esa realización y maduración personal que perseguía desde hacía tiempo, probablemente sin tener conciencia exacta de ello. Impresiona su seguridad y serenidad interpretativa.

d) EL PADRE. La irresponsabilidad personal.

Su presencia en pantalla es escasa aunque intensa. Es muy duro ver a un padre que rechaza una y otra vez a su único hijo, de once años de edad. Época de crisis, tiempos de superficialidad, imagen de una persona carente de valores y que sólo atiende al ego de sus intereses. Probablemente tuvo a este hijo en una relación no consolidada, descendencia no deseada y sin que le sirva de paliativo o justificación una situación de agobio económico. Evidentemente, tiene trabajo y estabilidad laboral. En el crudo diálogo que mantiene con Cyril, no aparece el nombre de la madre del niño. Sólo le dice a Samantha, cuando ésta le exige una respuesta ante las demandas de su hijo, que desea rehacer su vida. En ella no cabe la presencia de esa vida que, en otro momento, colaboró en crear.

Estamos ante una película, alejada de los moldes industriales, y de dotación económica, que impone Hollywood a sus films. Pero creo, sinceramente, que muchas personas se van a sentir enriquecidas, en sus valores, tras el visionado. Desde luego, no será una cinta que pase a la historia de las grandes superproducciones. Pero que, sin embargo, nos hace reflexionar y creer en lo posible. La deriva existencial de un niño, en puertas de la adolescencia, puede ser salvada y reconducida por la generosidad del amor, del sacrificio, de la voluntad. A muchos espectadores, como aludía en líneas previas, les puede agobiar, en incomodar, el comportamiento de ese crío de once años. Pero, en cualquier momento y lugar, siempre hay un hada buena, una persona solidaria, que sabrá restañar carencias, con la magia y el cariño del amor. Educadores, padres y madres, tú y aquél, todos, ganaremos con la toma de conciencia de que los comportamientos ajenos vienen condicionados por actitudes, respuestas y circunstancias, profundamente desafortunadas. Cyril sólo desea recuperar una familia. Familia que el destino, innoblemente, le ha hurtado. Al final, acepta su destino, hallándola en el corazón y la luz irradiada por Samantha, su nueva y cariñosa madre.

José L. Casado Toro (viernes 25 noviembre 2011)

Profesor

http://www.jlcasadot.blogspot.com/

viernes, 18 de noviembre de 2011

UN ACTOR, PARA DOS MONÓLOGOS SOBRE LA VIDA.

Suelo priorizar la asistencia a una sala cinematográfica, entre otros incentivos, para la distracción y el ocio durante los fines de semana. Casi siempre existe en la cartelera algún título que viene precedido por esa crítica que avala la asistencia del espectador. Sin embargo, aquel sábado en Febrero, aún con frío para abrigarse, compré la entrada de una obra escénica que representaban en un teatro administrado por el gobierno regional de la Junta. La tarde nos había dejado un intenso chubasco, que generó humedad y ambiente gélido en la noche, a esa incómoda hora de las nueve. No me parece el horario más inteligente para iniciar la representación. Te obliga a cenar en el tiempo de la merienda o ya cercanas las solemnes campanadas con las que comienza un nuevo día. Poco más de un cincuenta por ciento, fueron las butacas del aforo ocupadas por un público mayoritariamente joven. Probablemente, estudiantes universitarios. El vestuario que predominaba entre los ilusionados espectadores era muy diferente al de aquellos que gustan asistir a ese otro gran teatro municipal, de preclaro renombre literario, al menos en el selecto patio de butacas.

¿Y cuál era la pieza teatral que iba a ser objeto de representación? Se trataba de una modalidad escénica complicada pero interesante: el monólogo. Ese único personaje, en la habitación escenificada de un hotel, nos iba a introducir en una bella historia de amor, superados los cincuenta, cuando el protagonista había conocido, físicamente, a esa otra persona con la que mantenía una relación on line, desde los dos últimos meses. Lucas (nuestro personaje) y Claudio (así se llamaba el compañero hallado en las redes infinitas de Internet) residían en dos ciudades alejadas por unos 300 kilómetros. Durante la tarde habían tenido su primer encuentro personal, para el descubrimiento recíproco y, tras una cena dibujada con agrados, gestos y nervios, decidieron volver a reunirse para la mañana siguiente. La trama argumental comienza cuando Lucas, sentado a los pies de la cama, reflexiona acerca de lo que puede suponer, para ambas vidas, una relación que avanza hacia la consolidación. Nos habla de su vida, narrando aquel ya lejano matrimonio con Laura, sin sentido desde hacía casi una década. Se lamenta de la ausencia de hijos en su vida y de la renovación que Claudio puede realizar en una trayectoria personal, gris y desmotivada, como la que ha atravesado y sufrido en esos últimos diez años de realidades y necesidades al tiempo. Las bien pronunciadas palabras que el veterano actor nos transmite, generan una profunda atención entre un auditorio que se siente partícipe de las confidencias personales que comparte el único personaje. Nos sentimos trasladados, convidados, con ese respeto incondicional que merece la sinceridad interpretativa, a las vivencias, reflexiones y confidencias de una persona que afronta su gran oportunidad renovadora, para la recuperación del sentir.

En esa impersonal habitación, de un provinciano hotel, observamos el mobiliario. Digno, aparentemente elegante, pero escaso por el limitado espacio disponible. Una luz difusa y algo anaranjada ilumina la desangelada estancia, donde un antiguo televisor, de aquellos analógicos, presenta sus imágenes mudas en el sonido. Lucas ha bajado totalmente el volumen, porque desea pensar y hablar en voz alta. No se ha quitado aún la ropa de calle, lo que nos permite comprobar el esmero que ha utilizado para su atuendo, en ese su primer día para el cambio en su vida. Chaqueta azul marino, pantalones vaqueros de marca y zapatos de piel de nobuk, marrón oscuro. Eligió una camisa de tonalidad rosa pálido, para usar sin corbata. Ha querido ofrecerle a Claudio una imagen que potencie una juventud ya alejada, por la evidencia del calendario y el discurrir de los días. Su compañero de relación parece ser algo más joven, a tenor de una frase en la que alude a la necesidad de compartir y disfrutar la vitalidad juvenil que aquél representa. Esa noche, y otras muchas noches, se viene enfrentando ante una realidad, verdaderamente insospechada, para su atracción sentimental en lo personal. A pesar de algunas fotos intercambiadas en los correos, el impacto visual con su compañero ha sido esclarecedor. Hay detalles que una imagen digitalizada difícilmente puede alcanzar sobre la estricta realidad. Para él, esta presencia ha mejorado el discurso previo de la imaginación, lo que le hace aflorar una sonrisa plena de satisfacción. Han sido unas horas, intensas pero ilusionadas, regadas por los nervios del primer encuentro, con un compañero que puede ser decisivo en la deriva que marca el rumbo de su existencia.

De manera inesperada, y para sorpresa de los espectadores, ocurre uno de los hechos más insólitos vividos en una sala teatral. Llevaba casi una hora la representación cuando el actor protagonista, por alguna razón o motivo que desconocemos, sufre un lapsus de concentración y memoria. Se queda, totalmente huérfano del discurso narrativo, durante unos interminables y tensos minutos. Su rostro refleja el desconcierto, preocupación y ansiedad, ante ese escaparate de miradas que pronto cruzan comentarios y murmullos entre los asientos. ¿Qué le ocurre? ¿Qué le está pasando? ¿Se encontrará mal? El segundero de los relojes camina con una lentitud cruel y desesperante ante la sorpresa general. Tras unos cuatro o cinco minutos de crispado silencio, nuestro actor reacciona. Se levanta de la esquina de la cama donde, en ese instante, recitaba su monólogo, dirigiéndose a nosotros con la cabeza algo baja pero con voz firme y controlada en la modulación.

“Respetados, queridos espectadores. Les quiero solicitar su comprensión y perdón, por esta situación que están viviendo en el escenario de un teatro. Deseo explicarles una circunstancia personal que me afecta. Hace una semana me prescribieron una medicación, para tratar un problema en mi salud. Me aseguraron que no iba a provocarme efectos negativos para mi profesión como actor. Parece que no ha sido así. Ayer tuve un pequeño aviso, por cuya brevedad no le concedí la menor importancia. Por el contrario, hoy, he perdido la concentración y la línea argumental de mi exposición. Les aseguro que, en determinados momentos, he visto con un cierto pánico, como mi memoria se quedaba en la orfandad absoluta de contenidos. Ha sido una sensación verdaderamente incómoda y desagradable, no sólo por el hecho de sufrir una amnesia cruel para mi discurso sino, y sobre todo, porque Vds. han pagado una entrada para asistir a la representación que ha quedado interrumpida. En este preciso instante, no estoy seguro de lo que están manifestando Lucas o Claudio, en el contenido de la obra. Sin embargo, reiterándoles mis profundas disculpas voy a completar, si Vds. me lo permiten, esos veinte minutos, o los que sean necesarios, de la representación. Les hablaré no de esos dos personajes que luchan por una oportunidad sentimental en sus vidas. Voy a contarles, con la seguridad y franqueza de la experiencia, acerca de toda una trayectoria que he recorrido en mi profesión por las tablas, ficticias y reales, de muchos teatros de la geografía española y extranjera. Voy a continuar el monólogo, en el que su único protagonista va a ser aquél quien les habla. Si el respetable público lo autoriza, continúa la representación. Les estaré hablando, con la fuerza de la sinceridad, todo el tiempo que Vds. deseen. Perdónenme, una vez más. Mil gracias”.

El público asistente, puesto en pie, responde con una cerrada ovación al veterano y prestigioso actor. Era la mejor forma de mostrar su comprensión, afecto y apoyo, a una persona que nos había regalado, hasta ese instante, un esforzado y cuidado trabajo representativo, avalado por una brillante trayectoria en las tablas de los escenarios, y en la gran pantalla, por espacio de varias décadas. Volvimos a sentarnos en las cómodas butacas de la gradería escénica. Nuestro artista también lo hizo, utilizando una de las modestas sillas que conformaban el decorado de una habitación en el hotel. Frente a su público, comenzó a narrarnos imágenes, facetas y elementos de toda su vida de actor. Con un hablar pausado, sereno y agradable, nos fue relatando y explicando el apasionado y difícil oficio de dar vida a personajes trazados, con artesana maestría, en la imaginación de sus hábiles autores. Anécdotas, experiencias, logros y dificultades, estuvieron en la base de otro monólogo. Probablemente más interesante, por lo humano y real, que el primero, atendido por un público entregado a la sinceridad del protagonista. Incluso hubo oportunidad para que varios espectadores plantearan algunas preguntas que, con sencillez y agrado, fueron atendidas por el maestro en la escena.

Salimos ya muy tarde del teatro. Las manecillas del reloj marcaban las once y veinticinco minutos. Casi dos horas y media, de minutaje continuado, para un único actor en la sin par experiencia. En realidad se nos brindaron dos monólogos, bien construidos en su veracidad, cuando el precio de la entrada sólo garantizaba uno de ellos. Por cierto, antes de despedirse, el actor aún tuvo el gesto de escenificar los minutos finales de la obra anunciada, a fin de que los espectadores conociésemos el desenlace de la relación entre Lucas y Claudio. El primero recibe una llamada telefónica. Tras atenderla, visiblemente emocionado, pronuncia unas palabras entrecortadas: “gracias amigo, gracias……. amor”. La verdad de muchas vidas, lejanas y próximas, tal y como son en la sinceridad. Un grandioso telón, de fieltro y terciopelo rojo, nos aleja pausadamente al solitario personaje, que observa pensativo sus recuerdos caminando, sin dirección, por la pequeña habitación de su hotel.-

José L. Casado Toro (viernes 18 noviembre 2011)

Profesor

http://www.jlcasadot.blogspot.com/