viernes, 15 de diciembre de 2017

CAMBIOS INESPERADOS EN LA SENDA CONVIVENCIAL DE UN HOMBRE EGOISTA.


Las personas pueden cambiar, qué duda cabe. Lo podemos apreciar tanto en su carácter, en su mecanismo de vida, en sus gestos y reacciones, como también, por supuesto, en su diaria apariencia externa. Son muchos los aspectos que pueden gozar o sufrir de esas modificaciones con las que deseamos mostrar una nueva identificación ante los demás, “luciendo” otros rasgos, externos o internos, tanto los de naturaleza física como también, es obvio, esa “silueta psicológica” que nos hace ser de una forma o de otra. Aceptando, en mayor o menos medida, estas afirmaciones, no podemos de igual manera negar, con la evidencia que nos ofrece la experiencia (inmersa en la realidad) de que ese cambio personal no resulta desde luego fácil. Primero, porque esa capacidad o habilidad de “transformación” no es un don que atesoren todas las personas y segundo porque, a medida que los seres humanos vamos acumulando años en nuestro calendario íntimo, esos cambios se tornan casi imposibles ya que tenemos muy definida y marcada nuestra peculiar manera de ser y de actuar. Sin embargo, en la historia que a continuación vamos a relatar, estas últimas premisas no van a resultar tan firmes y permanentes.

Santos Tallar Ley vive sin compañía en un tercero C, no muy amplio en metros cuadrados pero suficiente para sus actuales necesidades de hábitat. Su vivienda se halla inserta en un viejo bloque de cinco plantas, ubicado en la centralidad antigua y algo degradada de la ciudad. Heredó este piso, en el que siempre ha residido, de sus padres, ambos hoy ya en el ingrávido reino de la memoria. Aunque su padre falleció siendo él muy joven, la convivencia con su madre, doña Modesta, se ha prolongado durante largos años, aunque desde hace ocho, este hombre, de carácter huraño, misántropo y profundamente egoísta, perdió el apoyo de un ser que siempre tuvo miradas complacientes y plenas de cariño para el hijo único de sus entrañas.

A sus 48 años de edad, Santos permanece ostentando esa soltería que tiene plenamente asumida. Sus relaciones con la vecindad siempre han estado bajo mínimos, siendo considerado por la mayoría de los habitantes del bloque como una persona rara, que rehúye el trato cotidiano y centrada en una cerrada privacidad muy poco dada a intercambiar palabra alguna con los demás. Se gana la vida, trabajando durante las mañanas, con el reparto domiciliario de publicidad (su libro escolar quedó interrumpido, tras repetidos fracasos con ruidosos enfados paternos, en el 2º de B.U.P). Suma a esos euros ganados por el buzoneo mensual, el trabajo ocasional que le dan en una subcontrata encargada de repartir las pesadas compras que la clientela realiza en un céntrico hipermercado, actividad que sólo lleva a cabo por las tardes. Lo hace viajando en una veterana furgoneta, repleta de voluminosa o más reducida paquetería. Completa estos modestos ingresos con los intereses bancarios de unos depósitos o ahorros puestos a plazo fijo, que su madre se esforzó en reunir con gran tenacidad y sacrificio, especialmente desde que se convirtió en modesta pensionista al quedar viuda de su marido D. Fulgencio, sargento del ejército de tierra. Completando el perfil de este extraño personaje hay que añadir que, también desde hace años, padece grandes fases de insomnio, desequilibrio que trata de combatir sentado ante un anticuado televisor, en el que ve todo tipo de programas, situación que se prolonga, noche tras noche, hasta la profundidad horaria de la madrugada. Con su insociable carácter, carece de amigos, “disfrutando” en soledad el ocio de sus horas libres, con la realización de largos y repetidos paseos a través del laberinto urbano y también con la actividad senderista, aplicada necesariamente durante los fines de semana.

Aquella tarde de un frío y seco diciembre, al volver de uno de sus paseos por la “telaraña” urbana, abrió el buzón de su piso hallando en su interior, entre la numerosa publicidad comercial acumulada, un aviso pendiente de entrega. Tendría que recogerlo, por la no presencia domiciliaria del destinatario, en la estafeta de correos que le corresponde, oficina situada en la zona intermodal de transporte, junto a la estación central de ferrocarriles. Allí se dirigió, en la mañana siguiente, encontrándose con una carta certificada y con acuse de recibo. A pesar de la intriga (procedía de un bufete de abogados, con sede en Madrid, según el membrete del sobre) la guardó en su cartera, a fin de leerla con más tranquilidad cuando volviera a casa para tomar el almuerzo, a eso de las dos y media de la tarde.

“Estimado Sr. Tallar Ley.

Tengo a bien comunicarle que, mediante riguroso sorteo notarial, ha sido Vd. elegido por la suerte (junto a otras dos personas con residencia permanente en territorio español) para recibir una generosa entrega que nuestro representado desea donar, tras su reciente fallecimiento. El nombre del benefactor habrá de permanecer en el anonimato, por deseo expreso del mismo. En contenido y características de la muy importante donación habrán de someterse a las premisas que a continuación le detallo.

Vd. Sr. Santos, habrá de decidir, en un plazo máximo de tres semanas, a partir del recibo de esta misiva, cuál será la naturaleza del regalo que mi representado desea entregar para la ciudad donde resida el beneficiario que haya sido correspondido o designado por la suerte. Es decir, está en sus manos concretar el tipo de donación o regalo con el que la ciudad donde vive va a sentirse agraciada. Le aconsejamos que elija hasta tres opciones, de diferentes cuantías, a fin de que un equipo técnico, cualificado al efecto, decida cuál es la más adecuada, en función del montante económico disponible para esta donación.

Una vez que hayamos recibido y estudiadas sus tres opciones, un representante de este bufete le visitará en su propio domicilio, a fin de que firme personalmente la documentación pertinente. Con ello podrá ponerse en marcha el proceso de donación gratuita a su municipio y la materialización concreta de aquello que haya de ser realizado.

Debo aclararle que nuestro representado ha sido una persona de vida muy azarosa y aventurera. Por sus numerosas actividades ha generado una cuantiosa fortuna. Al no tener herederos directos, por voluntad testamentaria, quiere dejar un legado de generosidad a este país que le ha acogido durante la última década de su existencia. Su ilusión es legar toda su fortuna a tres municipios españoles, a fin de que sean beneficiados con alguna realización que gratifique la convivencia de sus habitantes. En este caso, Vd. (junto a los otros dos beneficiarios de diferentes municipios) tendrá el honor y la responsabilidad de elegir lo mejor que desea, a fin de dotar y mejorar la ciudad en que vive.

Para cualquier otra aclaración, póngase en contacto con alguno de los teléfonos que ponemos a su disposición, al final de esta comunicación. Se le informará cumplidamente al respecto sobre todo aquello que necesite conocer para su mejor compresión y decisión.
Atentamente. Siglo XXI Abogados. Madrid”.

Santos no daba crédito a lo que estaba leyendo, cuando se disponía a dar buena cuenta de un apetitoso plato de lentejas, con chorizo y morcilla, almuerzo que había comprado en un establecimiento de “comidas para llevar” ubicado a pocos minutos de su domicilio. Repasó, una vez más el contenido de la carta y. de forma paulatina, crecía su indignación, entre cucharada y cucharada del alimento que estaba consumiendo. “De modo que me regalan un premio, a mí que nunca me han dado nada, resultando que el premio es finalmente para la ciudad, teniendo yo que decidir precisamente  en qué consiste el “dulce” que va a recibir toda esta gente con la que tan mal me llevo. En realidad no me llevo, porque ellos pasan de mi y yo paso de ellos. Vaya papeleta que me ha tocado. Diría que esto lo ha hecho el Diablo, para reírse de mi pobre persona.” Dicho lo cual, se tomó un par de vasos de tinto clarete, como postre, pues no le gustaban los dulces. En cuanto a la fruta, sólo le apetecía en esta época del año las naranjas y hoy se le había olvidado pasar por ese puestecillo de Abilio para comprarlas. Este paciente frutero, propietario de ese portal tienda las suele vender barata, pues su familia tiene unas tierras de cultivo por la zona de Pizarra o Álora, lo que les permite reducir los precios de venta al público.

Toda la tarde estuvo malhumorado con su suerte, mientras hacía cinco servicios de reparto a otros tantos domicilios repartidos por el plano de la ciudad. Mientras conducía de un lugar a otro, no dejaba de darle vueltas al asunto del regalo.

“El señorito que ha ideado todo esto no debe estar muy bien de la “mollera”” se decía. “Ahora, cuando vuelva a casa, voy a llamar a ese teléfono. A ver si resulta que todo esto es una broma de mal gusto. Aunque no es el Día de los Santos Inocentes, hay por ahí mentes cuadriculadas que se pasan el tiempo en crearnos problemas a los demás. Desde luego, lo que no voy a ser de ninguna manera es un Rey Mago para la gente. Bastante tengo yo con ocuparme de mis cosas.”

A eso de las siete menos cuarto de la tarde, volvió a su piso, no sin antes pasar por el súper para comprarse un par de hamburguesas, de esas que tienen una caducidad inmediata y son ofertadas con hasta un cuarenta por ciento de su precio de coste, para preparar la cena de esa noche. Marcó uno de los números que venían en la enigmática carta y después de pasarle la operadora por dos departamentos del bufete, se puso al teléfono una voz joven que se identificó como Bernardo Ladrillán. Se trataba de un pasante del despacho, que estaba haciendo sus prácticas de abogacía y el que a esas horas del día estaba encargado de realizar una primera atención a los comunicantes. Santos le pidió la confirmación de todo este asunto y que le aclarase realmente quién estaba detrás de toda esta tan generosa donación.

“Por supuesto, Sr. Tallar, que todo el contenido de nuestra carta responde a la más absoluta verosimilitud. Nuestro equipo está integrado por personas de la más seria y reconocida cualificación, profesional y moral. Comprendemos que todo este asunto provoque su desazón y extrañeza, pero debe confiar en nosotros. Ya que muestra tanta insistencia, para ayudar a su sosiego le voy a dar alguna clave explicativa a fin de que entienda el trasfondo de esta muy generosa donación. El benefactor (ya no está entre nosotros) era natural de un país extranjero. Durante su vida parece ser que estuvo implicado en muchos negocios, algunos de los mismos rozando o incurriendo en la ilegalidad. Incluso sufrió detenciones y penas de cárcel. La última fase de su vida la llevó a cabo en nuestro país, donde encontró una grata acogida, respeto de sus habitantes y esa tranquila felicidad que llevaba buscando desde hacía dgrandes res regalosnoblecen precisamente a quien las realiza. De ah, limpiar un tanto su conciencia de algunas operaciones y actécadas. Ya casi en el final de sus días, esta persona se propuso compensar a este país, que con tanto cariño y hospitalidad le acogió, con una parte de todo ese cariño y generosidad afectiva que tanto valoraba y, de paso, limpiar un tanto su conciencia de algunas operaciones y actividades, que no ennoblecen precisamente a quien las realiza. De ahí estos tres grandes regalos que su muy suculenta herencia puede sufragar. Vd. tiene el gran y emblemático honor de ser el intermediario de ese bien que la comunidad donde vive va a recibir. Debería Vd. Sr. Santos sentirse orgulloso de haber sido elegido por la fortuna para tan emocionante y ejemplar intermediación”.

Aquella noche el insomnio se acrecentó en el desequilibrio onírico de Santos. Apenas pudo “pegar ojo”. Se sentía desvalido por el destino. Ahora ya no tenía cerca a su madre, doña Modesta, que con tanta dulzura le aconsejaba y entendía su particular forma de ser. Necesitaba consultar, tal vez desahogarse en conciencia, con un buen amigo o amiga, a fin de que esta persona le ayudara a tomar la decisión más justa y equilibrada. De manera especial, que le hiciera comprender que estaba en su mano hacer un gran bien a esa comunidad de la que se sentía tan separado, aislado e incomprendido. Pero… no tenía amigos. Desde hacía años, sólo vivía para sí mismo, en un marco de egocentrismo enfermizo y falaz. ¿A quién acudir, para hablar, dialogar y solicitar esa ayuda fraternal? ¿Dónde estaría la mano generosa, la voz hermanada, que le ayudara a emprender un profundo cambio en su vida, abierto a la solidaridad con los demás? Tal mal se sentía que al amanecer, telefoneó a Pita, su jefe, para indicarle que tenía que ir al médico. Hoy el buzoneo publicitario habría de esperar.

Estuvo sentado toda la mañana detrás del balcón de su domicilio, observando pacientemente  el bullir de la calle y a toda esa anónima vecindad que latía tras los poco aseados cristales de su pequeño salón-estar, sin nadie con quien hablar, reír o soñar. Pensó en su niñez, en su juventud y en todos esos años perdidos de introversión y ambición personalista. De pronto, vino a su mente una lejana imagen. Esa imagen le recordaba a un hombre de espíritu joven, alegre y servicial, con gran don de gentes que vestía túnica conventual. Se trataba del Hermano Florián.

Este vitalista fraile carmelita, siempre le trató con sencillez, confianza, generosidad y cordialidad, sabiéndole escuchar y aconsejar. Lo consideraba como un gran amigo, su mejor amigo, durante aquellos lejanos años de su adolescencia en los que solía pasar muchos ratos en los salones parroquiales del barrio, junto a otros chicos y chicas de su edad. El tiempo “corrió” y aquel grupo se desintegró, dado que muchos de sus miembros se marcharon a estudiar a otras provincias o buscaron otros vínculos personales, grupales o afectivos. Dejó de visitar a este clérigo o hermano carmelita en la Parroquia del Carmen, del que nunca más había vuelto a saber tras su alejamiento de los círculos eclesiales. A pesar de que habían transcurrido más de tres décadas desde entonces ¿por qué no preguntar por el Padre Florián. ¿Seguiría en la comunidad malagueña? ¿Habría sido trasladado a otras diócesis? ¿Se acordaría aún de aquel joven desorientado al que tanto ayudaba con sus bromas, consejos y dinamismo fraternal?

Aquella misma tarde se dirigió a la ahora “remozada” parroquia, yendo directamente a la sacristía a fin de inquirir información acerca de la persona con la que deseaba contactar. Le indicaron, para su alegría, que efectivamente el Padre Florián se encontraba en la Comunidad. Que podía subir a visitarlo pero que no le agotase mucho con la conversación, dado su delicado estado de salud. Minutos después, ante su presencia estaba una venerable persona en silla de ruedas, revestido con la túnica conventual. A sus 65 años, aquel joven fraile de su adolescencia había cambiado notablemente en su físico, afectado por las secuelas del Párkinson. A pesar de este gran problema, su mentalidad actual mostraba un estupendo nivel. El clérigo carmelita aseguró que le reconocía, aunque en verdad también le veía notablemente cambiado. Desde luego se alegraba mucho de que hubiera ido a visitarle, a pesar de las tres décadas pasadas sin el menor contacto entre ellos. “¿Qué te pasa “Santín” (así le llamaba, en aquellos inolvidable años 80). Te veo nervioso y presa de la preocupación. Cuéntame serenamente lo que te ocurre y desasosiega. Seguro que juntos buscamos y encontramos esa luz que te va a guiar con la mejor solución”.

Tras escuchar el largo monólogo de su inestable interlocutor y sin perder nunca la sonrisa, el venerable fraile guardó unos minutos de silencio. a modo de reflexión, antes de expresar con sabias palabras ese mensaje de paz, amor y racionalidad que deseaba aportar a una persona con síntomas evidentes de desequilibrio.

“Querido y buen Santi: la vida te está ofreciendo, generosamente, una nueva oportunidad que no debes, en modo alguno, desaprovechar. Por las razones que sean ¡ahora no importan! te has apartado egoístamente de tus hermanos y Dios junto al destino han puesto en tus manos el poder entregarles un importante bien material, del que a buen seguro disfrutarán.  Pero, por importante que sea esa donación que con humildad y grandeza vas a transmitir, lo más importante y decisivo para tu vida, para la salud de tu alma, es ese cambio profundo y trascendental con el que vas a revitalizar tu equivocado caminar actual. Vas a dejar de comportarte y pensar enfermizamente en ti mismo y en cambio vas a abrirte, con humildad y esperanza, hacia las necesidades de los demás. Este cambio te hará mucho más feliz. Sentirás que una vida sólo tiene sentido cuando la ponemos al servicio de ese amor fraterno y solidario hacia los demás.”

Han transcurrido once meses, desde aquel feliz y paternal reencuentro del Padre Florián con Santos Tallar. La ciudad en la actualidad dispone, felizmente, de un nuevo gran espacio convivencial, de titularidad municipal. Este centro para la cultura y el ocio ha sido denominado SALÓN MÁLAGA PARA LA SONRISA (título acordado entre Santos y su amigo, el fraile carmelita) en el que además de los servicios administrativos y organizativos, se ha construido un espléndido auditorio, con capacidad para hasta 450 espectadores. Cada fin de semana, sea invierno o verano, se representan en el mismo dos espectáculos, abiertos a la gratuidad del público asistente. En la mañana del sábado hay variadas funciones y juegos, especialmente diseñadas para los niños y los jóvenes, mientras que en el domingo tarde las representaciones y actividades están centradas en un público adulto. El nuevo Salón Málaga para la Sonrisa, convivencial y lúdico, se encuentra ubicado en el amplio solar antes ocupado por dos antiguas salas de exhibición cinematográfica (cerradas hace años y hoy muy degradadas en sus edificaciones) convertidas por la generosidad del misterioso donante en un necesario y dinámico centro para difundir la cultura popular. Entre las numerosas actividades que en él se desarrollan merecen citarse las siguientes: marionetas, teatro de mimos,  representaciones de magia, cine, teatro, danza, bailes populares, conciertos, cantautores, grupos musicales, asambleas y celebraciones de las asociaciones de peñas, escuela de teatro, escuela de cine, exposiciones fotográficas, conferencias y un primer esbozo de lo que en un futuro será la imprescindible cinemateca del municipio. La Banda Municipal de Música, así como la Orquesta Filarmónica también utiliza este espacio para determinados conciertos.

La hábil mano del Padre Florián supo mover los hilos necesarios, a fin de que la Concejalía de Cultura del consistorio malagueño reservara en sus presupuestos la dotación económica para un nuevo puesto laboral. Esta función tiene como misión la adquisición y conservación del material necesario para el funcionamiento del Salón Málaga. El aludido puesto de trabajo, de libre designación, ha recaído en la persona que ha intermediado de manera tan eficaz para la consecución de este gran logro para la cultura social del municipio: Santos Tallar, quien desde ahora afronta con alegría la sucesión de los días, mostrando un espíritu abierto a la sociabilidad y a la amistad solidaria. La ciudad también disfruta del nuevo incentivo lúdico-cultural, muy grato regalo recibido desde el sutil anonimato de la buena voluntad. - 



José L. Casado Toro (viernes, 15 Diciembre 2017)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

viernes, 8 de diciembre de 2017

MI DESCONOCIDA COMPAÑERA DE ASIENTO, ANTE LA PANTALLA DE THE BOOKSHOP.

La suerte, el infortunio, la casualidad o el azar hacen que, en numerosas ocasiones, tengas que compartir tu asiento junto al que utiliza otra persona que, hasta ese momento, te resultaba absolutamente desconocida. Así sucede, en la fluida sucesión de los días, cuando viajas en un autobús, en un tren o al utilizar el transporte aéreo, por citar algunos ejemplos. Lo mismo ocurre cuando asistes a un concierto, a una conferencia, a una comida de celebración social o a cualquier otro espectáculo. Puedes sentirte, en esos o en otros casos, más o menos agraciado o desafortunado, con respecto a la persona, hombre o mujer, que la suerte o el destino te haya deparado para estar ubicado junto a ella. Y es que un determinado compañero de asiento puede ser una muy grata y saludable experiencia. O, por el contrario, puede hacerte pasar un tiempo incómodo y molesto, del que te “liberas” cuando ha finalizado la imprevista o casual unión social que os ha vinculado. Obviamente, también ese compañero puede experimentar los mismos o variados sentimientos con respecto a tu propia persona.

Las percepciones sobre esas aleatorias parejas de asiento suelen resultar muy variadas y contrapuestas. Algunas personas no dicen palabra alguna durante horas, mientras que hay que otras no saben cómo poner freno a su nerviosa locuacidad. Los hay quiénes te impiden relajar el cansancio acumulado con un rato de sueño, la lectura de un libro, un periódico o incluso gozar con la agradable contemplación del paisaje. También te encuentras con esos interlocutores que monopolizan su “diálogo” narrándote mil y un detalles de sus vidas, contrastando con la actitud de otros que ejercen de “detectives”, arbitrando todos los medios posibles para conocer acerca de tu modesta biografía, aplicando para ello toda suerte de preguntas y recursos. Puedes tener la suerte de que te corresponda un compañero que haya aseado tu cuerpo y vestimenta o, para tu desgracia, cuya epidermis emita unos efluvios o aromas desagradables que, con educada resignación, has de soportar. La experiencia de dialogar con una persona que sufra halitosis en su aliento no resulta fácil de conllevar. Tampoco habrás olvidado a ése que no paraba de comer, aquél otro que hablaba sin cesar por su móvil o tecleaba compulsivamente chats a varias bandas. Los hay quiénes rezan, ven películas o continúan escuchando músicas inolvidables, por esos “mágicos” auriculares que saben transmitir el sonido al ambiente, aún estando aplicados a las privadas orejas de sus ruidosos propietarios.

Hay que rendir también un “cálido y merecido homenaje” a todos esos compañeros que comparten las fotos de su viaje veraniego, mostrándote en su móvil no sólo una, sino cientos y cientos de imágenes, a las que no encuentras calificativos suficientes con que atender y complacer la receptividad de su afortunado protagonista. Y cuando no son los viajes, también aparecen en las tres o más pulgadas de the screen o pantalla las simpatías de sus inocentes e “inteligentes” mascotas. Finalmente, no olvidemos a todos esos egoístas del espacio, que se apropian, en todo tiempo y lugar, de los reposabrazos compartidos, cual señorío patrimonial del que se sienten propietarios, asiéndolos con fuerza voraz ante el temor invasivo de otros brazos que también reclaman su justo y necesario descanso. Su patente insolidaridad refleja esa muy precaria o inexistente educación de la que hacen gala sin el menor pudor o recato.

En este contexto temático, aparece una interesante historia, no hace mucho tiempo compartida en un entrañable cine de la capital malagueña. Tratando de eludir algunos de los problemas comentados, suelo elegir una localidad de pasillo cuando asisto a una sala cinematográfica o para la representación de una pieza teatral. Esa determinada ubicación en el cine me ofrece una serie de ventajas, en relación con los compañeros en paralelo que tenga a mi lado. Ya no serán dos, sino solo uno. Para aquella tarde otoñal de domingo, elegí una atractiva película bien aplaudida por la crítica especializada. THE BOOKSHOP (LA LIBRERÍA) dirigida por Isabel Coixet (Barcelona, 1960) y protagonizada en sus principales papeles por Emily Mortimer (Finsbury, R. Unido, 1971), Patricia Clarkson (Nueva Orleans, 1959), Bill Nighy (Canterhamon the Hill, R. Unido, 1949) y la muy joven y prometedora actriz Honor Kneafsey (Reino Unido, 2004).  

PRINCIPALES BASES ARGUMENTALES. La película (115 minutos, rodada en un inglés británico, muy bien pronunciado y subtitulada en castellano) se ambienta durante 1959, en las costas del sur de Inglaterra. Florence, una bella, decidida e inteligente mujer, aún joven, cuyo marido falleció durante los combates de la 2ª Guerra Mundial, decide abrir una modesta librería, en una pequeña localidad pesquera, sociológicamente muy conservadora y tradicional y en la que nunca se había instalado un comercio cultural de estas características. Una influyente y caprichosa miembro de la nobleza local, Mrs. Violet, no acepta este aire de libertad y cultura que llegaría a su localidad con la apertura de un comercio de libros, por lo que se esfuerza (con crueldad inaudita) en hacer la vida imposible a Florence, que sufre con paciencia y tenacidad la incomprensión y maldad de esta ambiciosa y poderosa integrante de una decadente nobleza regional. Violet exige dedicar ese viajo caserón a un centro de artes, a fin de evitar que la bibliografía innovadora que pueda exhibir sus estantes alteren el status complaciente de una población “atada“ a una tradición de sometimiento y costumbres conservadoras.  La valiente e intrépida librera sólo cuenta, para su decidido y plausible proyecto de innovación cultural con la ayuda de dos personas de muy contrastada edad. Mr. Brundish, un solitario, muy veterano y poco sociable miembro también de la nobleza, ávido e inteligente lector de buenos sentimientos, junto a una niña llamada Christine, de muy humilde familia, que dedica algunas horas en las tardes, después de sus clases escolares, para trabajar en la coqueta librería. De esta forma ayuda, con sus modestos ingresos, a las perentorias necesidades económicas que padecen sus padres y los numerosos hermanos con los que convive.

No habían transcurrido muchos minutos, desde el inicio de la proyección, cuando percibo que una mujer, que ocupaba el asiento contiguo al mío, comienza a manejar su móvil telefónico sin al parecer importarle la molesta luminosidad que provocaba desde su pantalla a los espectadores próximos. En estos casos, centro mi vista en la gran pantalla y establezco una ligera visera lateral con la mano. Estuvo trasteando su aparato telefónico de manera intermitente, leyendo y respondiendo mensajes probablemente vinculados a la plataforma de Whatsapp. 

En un momento determinado del “metraje” apagó el móvil y centró toda su atención en la película. Se trataba de una mujer joven, tal vez cercana a la treintena en su vida. Vestía una cazadora vaquera azul, blue jeans y calzaba unas zapatillas Converse blancas de caña alta, muy trabajadas por el desgaste y la suciedad, como después tuve la oportunidad de comprobar. Pensé que ya se habría sosegado, tras la fase de comunicación telefónica, cuando en un momento concreto rebuscó en su bolsa de hilo grueso, hasta sacar un paquete de kleenex. Los fue utilizando, con manifiesta intermitencia, aunque desde luego no la escuché de toser o de estornudar en momento alguno. De manera casual ella y yo éramos, ese nublado domingo, los únicos ocupantes de la quinta fila, números pares de la sala 2.

La explicación al uso de tantos pañuelos de papel se desveló a los pocos minutos. Realmente la chica lloraba. Evitaba hacer ruido pero, aún con la oscuridad de la sala, sus gestos secándose los ojos y algún corto gemido revelaban que se encontraba intensamente emocionada. No he de negar que la trama de la película podía despertar algún sentimiento de indignación y afecto hacia la actuación de la protagonista, Florence, acerca del injusto y cruel trato que estaba recibiendo por parte de la egoísta, malvada y poderosa Violet. Pero de ahí a tener que derramar lágrimas, por mucha empatía que se aplique al visionado de una película, va un largo trecho para su justificación. No veía lógico tal estado emocional en mi compañera de asiento a no ser que ese degradado estado anímico se debiera a razones ajenas al propio relato que los actores representaban en pantalla. Pero es que la chica se veía tan compungida que, tras unos minutos, me sentí obligado a transmitirle unas breves palabras, en voz baja, preguntándole por si algo le ocurría. Me hizo una indicación gestual con la cabeza y su mano derecha, que yo interpreté como una respuesta en el sentido que no pasaba nada grave.

Cuando las luces de la sala se encendieron, tras la finalización de los títulos de crédito finales, pude ver con mayor claridad el rostro de la chica, el cual mostraba una profunda tristeza. Sus ojos se mostraban brillantes y enrojecidos. Aún temiendo que mi actitud pudiese malinterpretarse, me atreví a decirle, con la sencillez de que fui capaz:

“Sin duda, estás muy afectada. Tal vez te siente bien tomar alguna infusión. Si te parece, esta calle está poblada de cafeterías. A mí también me apetecería tomar algo, pues son las seis y cuarto de la tarde. Una hora, más que perfecta, para disfrutar de un té o similar”.

Esperé que fuera a los lavabos y a la vuelta parecía más calmada. Elegimos una cafetería cercana, en ese momento con mucho turismo en su interior. Era domingo por la tarde.

“Me parece que “te he dado la película”. Por lo que te pido disculpas. Es que llevo unas cuantas semanas, con los ánimos por el suelo. Ya sabes, se van acumulando cosas, reveses, problemas, cuya suma te hacen estallar en el momento menos pensado. Creía que la película era más alegre … pero me he ido “metiendo” en la trama y, si he de serte sincera, el sufrimiento e injusticia que sufría la protagonista lo he sentido plenamente reflejado en mí”.

Marian, necesitaba expresar aquello que le ocurría. En gran parte de su “monólogo” respeté ese protagonismo, ese camino para tratar de recuperar el equilibrio, explicando lo más brevemente posible un comportamiento que lógicamente inquietaría a todos aquéllos que lo contemplasen desde la proximidad de, en este caso, una sala de cine. Tomando pequeños sorbos de un café solo y sin azúcar, hizo una radiografía básica de su vida, ante un desconocido compañero circunstancial  de su asiento en la sala 2 del complejo cinematográfico. La chica era natural de una provincia hermana. Desde los diecinueve años, había trabajado precisamente en una librería tradicional y céntrica de su ciudad. Ahora, con treinta y dos años (muy bien llevados, en la apariencia de su físico) se le habían acumulado una serie de problemas, que ponían a prueba su estabilidad y capacidad de reacción ante los mismos.

Los herederos de la propiedad en la librería donde trabajaba decidieron no continuar con el negocio, obteniendo un buen rédito económico por la venta del amplio local, en plena centralidad  de la capital cordobesa. Ese trabajo, viviendo entre libros, historias y sensaciones, se le había ido, con impertinente rapidez y de la noche a la mañana, dejándola sumida en una profunda depresión. Y ello en un contexto de la economía no abierto a la superación inmediata. Paralelamente a esta desagradable situación, vino a sumarse la desvinculación afectiva de sus padres, entregados a la realidad irrefrenable de sus nuevas parejas. Ella, la única hija del matrimonio deshecho, decidió entonces buscar refugio y acomodo en el marco afectivo de una tía materna que por motivos funcionariales (fiscal judicial) lleva casi tres décadas residiendo en Málaga, en la integrada soledad de su soltería.  Este señora, próxima a la jubilación, ha visto como “agua de mayo” la llegada de una querida sobrina con la que desde siempre y en la distancia tan bien congenió. Desde hace ya cinco meses tiene a Marian en su casa y ambas tratan de buscar un acomodo laboral. Pero la dificultad de este contexto depresivo que padecemos, secuela de la gran crisis económica, no facilita la llegada de un trabajo para el que su sobrina no puede ofrecer un buen currículum de titulaciones académicas.

“Al conocer que esta película estaba en la cartelera, vine a verla pues me hacía ilusión disfrutar con una historia ambientada en una librería, ese pequeño y gran mundo en el que me he desenvuelto prácticamente desde la adolescencia. Pero me han afectado, en demasía, todos esos problemas y sufrimientos injustos de una gran luchadora por llevar la cultura de las palabras a un marco social anclado en comportamientos muy primarios ante la vida. Por cierto ¿qué te ha parecido la película?

“En mi opinión, se trata de una historia denuncia, muy bien rodada e interpretada. La ambientación “británica” está acertadamente lograda y te hace volver la mirada afectiva hacia el mundo de los libros, precisamente en esta Era en la que el marco digital absorbe las estructuras en que se sustenta gran parte de nuestra existencia. Habría que decir “casi toda” …  pues aún nos quedan el auxilio de los sueños y el poder infinito que nos proporciona nuestra mente.

Obviamente, la película hace sufrir a todos esos espíritus que atesoran sensibilidad y racionalidad y que, además, se sienten indignados ante comportamientos egoístas, irracionales y plenos de maldad. Estas dos percepciones están plenamente encarnadas en los personajes de Mr. Brundish y Mrs Violet, respectivamente. En el centro de la historia, late la admirable figura de Florence, una valiente, rebelde e idealista librera, que aporta un punto esperanzado de serenidad y calma a ese mundo viciado por las ansias de poder, sometimiento e intolerancia.

Una vez más, suele ocurrir con muchas de las películas que visionamos, nos agradaría haber podido contemplar otro final en la narración, pues el que la experta directora nos ofrece hace que los espectadores salgamos entristecidos y algo tensos con el resultado global de la historia. Ese “triste” final intenta “salvarlo” con la drástica decisión llevada a cabo por la pequeña y asombrosamente reflexiva Christine, pero ello no equilibra la sensación de injusticia y “educada violencia” que subyace en la actuación de los poderosos sobre los débiles. Ese desenlace cinematográfico de Mr. Brundish y Florence, sinceramente, yo lo habría modificado. Tal vez esté en la novela, publicada en 1978 (Penélope Fitzgerald, Lincoln 1916 – Londres 2000) en la que está basada la película, pero muchos podemos considerar ese final como manifiestamente mejorable, en la línea de haber podido mejorar el sentimiento colectivo.

¿Por qué Mrs. Violet no recibe su más que merecido castigo? ¿Por qué Florence ha de renunciar a su hermoso y solidario objetivo? ¿Por qué no hay esperanza para el aislamiento afectivo de un hombre bueno, sumido en el pathos psicológico de la soledad? ¿Por qué la maldad y la incultura han de eclipsar valores tan importantes como son la generosidad, la bondad y el siempre saludable placer de la lectura?”.

Marian y yo decidimos despedirnos con un juego poliédrico de sonrisas, esperanzadoras palabras y comprensiones recíprocas. Me preguntaba, caminando hacia el bus, cuánto de verdad y de ficción habría en la vivencia que ambos habíamos compartido. En esa tarde, ya transformada en noche de domingo, una joven, matriculada en una academia privada de arte dramático, reflexionaba acerca del trabajo que habría de redactar tras la cena. Se trataba de un complicado ejercicio planteado por su profesora de interpretación y simulación, Mrs. Daisy, acerca del comportamiento y respuestas por parte de una chica solitaria, que llora desconsolada en la nublada soledad de una sala de cine.-


José L. Casado Toro (viernes, 08 Diciembre 2017)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

viernes, 1 de diciembre de 2017

UN MANUSCRITO PARA DESPERTAR EL LETARGO DE TANTAS CONCIENCIAS AUSENTES.

Suele ocurrir, gratamente, en los momentos más inesperados del almanaque. Cuando el patrimonio de tu memoria acumula una elevada cifra en las hojas vitales del calendario, se van recuperando, de manera inesperada, antiguos vínculos personales que se tenían por perdidos u olvidados en la nebulosa lejanía de los tiempos.

A estos reencuentros contribuyen las versátiles herramientas puestas a nuestra disposición por la revolución “infinita” que proporcionan las redes digitales de Internet. También favorece esta recuperación, por supuesto, el que hayas desempeñado una actividad laboral abierta al conocimiento y relación con un número muy cualificado de personas. Por ejemplo, la oportunidad laboral de haber ejercido la docencia, en cualquier grado o nivel de la enseñanza, hace posible que muchos de los antiguos alumnos puedan a lo largo del tiempo reconocer y contactar con el que ha sido su profesor en una determinada materia, dentro del numeroso claustro con el que han trabajado su proceso formativo en los tiempos más o menos lejanos de la adolescencia.

Aunque en otras profesiones puede ocurrir esa misma realidad de recuperar viejas o antiguas amistades, el ámbito de la enseñanza es afectivamente especial. Se trata de personas con las que el maestro o profesor trató hace ya veinte, treinta o cuarenta años, precisamente en una etapa evolutiva que para estos jóvenes resultaba trascendental. Ese importantísimo período en la vida de las personas, comprendida entre los 12 y los 18-20 años, nunca llega a borrarse totalmente por su especial significación en las complicadas estructuras que conforman nuestra memoria.

Muchos de estos antiguos escolares suelen preguntar por su "profe" a ese afamado y polivalente buscador que es útil para casi todo. En esa maravillosa aplicación o plataforma Google, universalmente “divinizada”, es muy probable que aparezca alguna interesante respuesta, algún posible  camino, alguna “luminosa” sugerencia para tu más o menos difícil pregunta o necesidad. Escribes el nombre completo de aquel antiguo maestro y, de una u otra forma, aparecen numerosas pistas para saber acerca de su persona y establecer algún afectivo contacto, aunque a veces (es cierto) no resultan fáciles los caminos propuestos para una adecuada  comunicación.

Para Ismael Blanco, 42 años, técnico informático en una franquiciada empresa del sector, su objetivo en la búsqueda resultó exitoso. A ello colaboró precisamente que la persona, a quien trataba de localizar, tenía un blog donde insertaba materiales muy diversos en su elaboración y naturaleza. Rápidamente el buscador le remitió a dicho portal, en cuyo perfil estaba precisamente anotado el correo electrónico de ese profesor de Historia con el que deseaba contactar. Fue alumno suyo en dos cursos del instituto: uno, en tercero de la ESO y también recibió sus enseñanzas en el último año de la educación secundaria: el 2º de bachillerato. En los veinticuatro años que habían transcurrido, desde que abandonó en centro escolar, no había vuelto a contactar con este docente, que fue también su profesor tutor en ese ya lejano curso de la Educación Secundaria.

En la actualidad Higinio Torrecilla, 62 años, es un profesor jubilado. Hace dos años alcanzó su bien ganado retiro laboral aunque, por su anímica base vocacional, aún sigue añorando su etapa activa en las aulas, donde explicó los contenidos históricos, geográficos y artísticos de su materia durante tres décadas y media. Ahora cubre su tiempo con muy diversas actividades, entre las cuales ocupa un lugar preferente el mantenimiento de su activo blog personal, donde “cuelga” materiales muy variados, escritos de su propia mano o con referencia a otros autores. Entre aquellos archivos, destacan la composición de relatos.

Cada noche, tras el visionado de alguna película (una muy grata rutina, dado su “amor” y afición al séptimo arte) suele dedicar un buen rato a trabajar con el ordenador, comprobando y respondiendo a los diferentes correos que han ido llegando a su portal. También repasa las noticias del día y prepara materiales que puedan ser atractivos para insertar en las páginas de su cuidado y vitalista blog.

Aunque en la mañana de este domingo otoñal tenía previsto madrugar, a fin de desplazarse en el tren de cercanías a un interesante paraje de la sierra rondeña en donde practicar la actividad senderista, el sábado estuvo navegando hasta cerca de las dos horas delante de su pantalla digital. En el listado de remitentes, una vez más aparecía esa mucha publicidad que normalmente va a la papelera del escritorio. Sin embargo, durante esa noche otoñal del fin de semana, observó un nombre que le resultaba desconocido en ese largo listado de llegadas. Nada le decía el dato de un remitente llamado Ismael Blanco. Aún así se detuvo en dicho correo, antes de tomar la decisión de abrirlo o eliminarlo. Le extrañaba, de manera especial, las palabras o motivo del “asunto”. En dicho apartado, aparecía una frase cordial ”¿Cómo está, Profesor?” Debía tratarse, sin duda, de algún antiguo alumno que conocía su dirección electrónica. Tomó la decisión de abrirlo, a pesar de que, por más que pensaba, no reconocía el nombre del remitente. Parecía lógico y respetuoso conocer el contenido del mensaje.

“Estimado profesor, D. Higinio. Probablemente tenga Vd. dificultad para recordar mi nombre (han pasado ya casi dos décadas y media, desde aquellos cursos en los que estuve como alumno en sus clases). Fueron dos cursos,  aquéllos que compartimos en las aulas: tercero de la ESO (fue mi tutor) y el último de bachillerato. A pesar del tiempo transcurrido, no me ha sido fácil superar una muy amarga experiencia que viví durante mis años escolares. En realidad, aún quedan secuelas de la misma en mi carácter.

En la actualidad trabajo en un servicio técnico de informática. Soy un tanto introvertido y no me relaciono mucho con la gente. Siempre he preferido vivir solo, por lo que no me esforcé en formar una familia. En mi tiempo libre, practico la escritura. Precisamente tengo un blog como el suyo. Al fin he logrado terminar mi primer libro, que está aún sin publicar. En el texto del mismo se narran esas terribles y desagradables experiencias que, como adolescente, tuve que vivir durante mis años escolares y que tanto han influido o determinado mi forma de ser actual.

Le envío, en un archivo adjunto, el manuscrito de este largo relato. Me gustaría que leyese el contenido de estas casi doscientas páginas. Estoy muy interesado en conocer su opinión y la de algunos otros profesores (seis, exactamente) quiénes también ha recibido el mismo y correspondiente archivo.

Mi intención es publicar este libro. Pero Vd. y sus compañeros no deben preocuparse, porque sus nombres no aparecen en el texto y evito una fácil identificación de sus personas. Para mi es mucho más importante denunciar la situación planteada, que señalar a nadie con nombres y apellidos. Estos datos permanecen bien guardados en la privacidad de mi memoria.

¿Por qué quiero que este libro salga a la luz? Para evitar que situaciones como las que planteo continúen perjudicando, de manera tan desafortunada, lo que debe ser el normal y sano desarrollo de un adolescente. Tal vez los profesores, la administración educativa y la propia sociedad, tomen conciencia algún día de estas terribles situaciones que, las más de las veces, permanecen ocultas, haciendo sufrir a muchas personas inocentes.
Atte. Ismael Blanco”.

La sorpresa de Higinio, ante la extensa misiva explicativa, era profunda. Por más que intentaba hacer memoria, no asociaba en sus recuerdos la imagen del remitente (seguro que uno de sus numerosos alumnos) en aquella ya lejana década de los noventa. Parecía lo más aconsejable iniciar la lectura de ese manuscrito que, como archivo adjunto en formato pdf, acompañaba al inesperado correo. 
Una vez descargado el proyecto de libro, procedió a su expectante ejercicio de lectura. Dado el interés de su contenido, estuvo leyendo las bien redactadas páginas hasta cerca de las tres de la madrugada, hora en que el sueño pudo más que su motivación ante los párrafos que ávidamente iba “devorando”.

Quiso ser fiel a la realización de su proyecto senderista, actividad que le ocupó una buena parte del domingo. Pero ya en la vuelta a casa y tras la correspondiente y reconfortante ducha, preparó una frugal merienda - cena, a base de ensalada, lácteos y cereales con fruta. Apagó la televisión tras el necesario “ágape” y se dirigió hacia su sillón preferido, donde aguardaba ya el tablet, acompañado de una buena taza de café solo, a fin de evitar la tentación del sueño. Quería avanzar en la detallada exposición que realizaba Ismael en su manuscrito, cada vez más provocadora para la laxitud irresponsable de las conciencias. 

Aquella noche estuvo ante las páginas del texto hasta una hora muy avanzada de la madrugada. Cuando al fin se fue a la cama, le quedaba ya poco contenido por completar del interesante “libro-denuncia”. La verdad es que perdió el ritmo del sueño, ante todos esos párrafos que hacían fluir en su rostro un profundo rubor y un indisimulable sentimiento porcentual de culpa.

Cuando a la media mañana del lunes finalizó la lectura de los párrafos que aún le restaban por conocer, se sentía intensamente abrumado. Decidió darse un largo paseo por el paseo marítimo, acercándose a  la playa a fin de observar y disfrutar del ritmo acústico y visual que producía el oleaje del mar al romper junto a la orilla. Su cabeza iba dándole vueltas a ese texto/denuncia que había tenido que leer, por la voluntad de su autor, un antiguo alumno que, de forma lamentable, había sufrido demasiado en una etapa decisiva para la evolución armónica de su personalidad. Tras una profunda y valiente reflexión, aquella tarde, sin más dilación, comenzó a redactar la carta respuesta que quería transmitir al infortunado discípulo con el que convivió profesionalmente en las aulas escolares.

“Amigo Isaac. He querido sin más dilación responder a tu correo, una vez completado el contenido de ese importante y testimonial manuscrito que deseas ver publicado próximamente.

Te confieso que me ha impresionado todo lo que con valentía narras, producto de una muy dolorosa y desafortunada experiencia acaecida hace ya mucho tiempo. Ser el objetivo de todas esas crueles actitudes y agresiones que, en aquéllos importantes años de tu adolescencia, tuviste que soportar, me produce indignación y un profundo pesar. Conocer esas vejaciones, amenazas, humillaciones, agresiones tanto físicas como psicológicas, que algunos violentos compañeros te infligieron, me produce espanto, incomprensión y una rabia difícil de contener.

Según dices, este manuscrito lo has enviado a algunos de tus antiguos profesores que, como es mi propio caso, fuimos tutores del grupo donde cada año estuviste matriculado. Tengo que hablar en primera persona, lógicamente, pero te puedo asegura que yo no supe percibir estos lamentables hechos que de ningún modo pongo en duda. También estoy completamente seguro de que esos otros profesores tampoco conocieron esos incalificables comportamientos. Pero ello no me exime de la responsabilidad que asumo por no haber hecho más por detectar de que en el grupo del que era tutor o profesor estaban perpetrándose tales ignominias.

Sería ahora para mí fácil plantear una pregunta: ¿Por qué no acudiste a tus profesores, a fin de plantear abiertamente esos dolorosos hechos de los que eras objeto? Sin duda no lo hiciste por el miedo, las amenazas u otras razones que te impidieron buscar la ayuda y la protección necesaria.
Todo ello no exime de que en este momento, con más de dos décadas de distancia en el tiempo, te pida sinceramente perdón. Debo y quiero disculparme por no haber sabido detectar a tiempo ese rechazable bullying que tuviste tan dolorosamente que padecer.

Manifiestas que esos episodios han dejado huellas negativas en tu carácter que, incluso hoy, necesitan tratamiento. Confío que la cualificación médica consiga aliviar definitivamente esas heridas psicológicas en tu persona. Y aplaudo tu valentía en querer publicar este testimonial manuscrito. Tal vez con esta difusión consigas que otros muchos profesores,  también por supuesto otros numerosos padres, tomen conciencia de que, aunque no sean detectados, pueden estar ocurriendo infames episodios de bullying sobre los alumnos o sobre esos hijos que la sociedad ha puesto bajo su responsabilidad.

Dejo bajo tu recto criterio la posibilidad o conveniencia de que podamos mantener un diálogo directo, en el futuro. Hasta ese anhelado instante, recibe toda mi consideración, respeto y disposición para la ayuda. Higinio”.

El libro denuncia de Ismael fue, finalmente, publicado. La venta y difusión del ejemplar resultó en sumo esperanzadora, en palabras del director editorial. Este técnico informático ha pedido a su antiguo profesor, don Higinio, un poco más de tiempo, a fin de que ese reencuentro personal entre ambos pueda llegar a producirse. En la intimidad de su conciencia conoce los porcentajes correspondientes a la ficción y a la realidad que integran el impactante relato denuncia. Obviamente, quiere incrementar las ventas en las librerías. Pero también esa parte ficcional del texto, ajena a la verdad, sea una peculiar forma de pagar, tanto a unos como a otros, los errores de unos años que debieron ser para su persona manifiestamente mejorables.-


José L. Casado Toro (viernes, 01 Diciembre 2017)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

viernes, 24 de noviembre de 2017

PREGUNTAS, OFERTAS Y REGALOS, PARA LA DEBILIDAD DE VOLUNTADES INCIERTAS.

Parecía que ese lunes iba a ser un día más, sometido a la bien practicada y sosegada rutina de la normalidad, en la vida de una reducida familia integrada por dos veteranas y bien avenidas  hermanas, que se disponían a construir con paciencia el devenir de las horas. Pero el teléfono, con su impertinencia habitual y unos minutos antes de las diez, sonó en este domicilio ubicado en un barrio de sociología popular, no alejado de la centralidad madrileña. Preguntaban por Frasca de la Divinidad Cortina.

Adela, 68 años, junto a Frasca (dos años menor) han habitado desde siempre en el 4º A, piso que heredaron de sus padres e inserto en un bloque de viviendas sin ascensor en el que residen otras muchas familias, mayoritariamente de edad avanzada. También hay en el inmueble un par de viviendas donde contrasta el latido de la vitalidad juvenil, emanada de sendos pisos compartidos por chicos y chicas que estudian en la universidad o que ya negocian, en la competitividad sin tregua de cada día, la búsqueda de esas horas de trabajo que den luz a las titulaciones que certifican y atesoran sus currículos. Ambas hermanas no han llegado a pasar por la vicaría o el Registro Civil, ostentando esa soltería existencial que tienen perfectamente asumida. En el ámbito profesional su dedicación ha estado centrado en el mundo de la costura, siendo habilidosas en los difíciles o complicados “arreglos” tanto para la sección textil de un importante Centro Comercial, como también para otras diversas empresas del mismo sector mercantil. Los ingresos económicos derivados de estos trabajos, de naturaleza ocasional, han sabido completarlos con el ejercicio diario de modistas, cosiendo para una variada clientela de personas particulares.

Las dos hermanas tuvieron el acierto de comenzar a cotizar como autónomas, lo que les ha permitido disponer en la actualidad de dos modestas pensiones, tras la llegada de la necesaria jubilación. A pesar de la escasa cuantía de ambas prestaciones, la suma de las mismas y los intereses de unos depósitos bancarios,  les permiten disponer de una liquidez mensual con la que poder afrontar los gastos cotidianos y vivir con un sencillo desahogo en la sucesión de los días.

Junto a ellas convive en la vivienda un tercer “personaje” al que ambas deparan un emocionado y afectivo cariño por la siempre apreciada compañía que les presta. Esa muy bien cuidada mascota atiende por el nombre de Blenda, una gata gordinflona de pelo blanco en la mayoría de su voluminosa anatomía, salvo el color castaño que luce en la extremidad de su medio rabo. La recogieron un día de la calle cuando, aún “bebé”, maullaba buscando calor y comida y desde aquel afortunado día ha centrado sus mimos y atenciones, especialmente para un sustento alimenticio cada vez más exigente y exquisito: muy zalamera, se siente feliz con los jurelitos y boquerones que de forma periódica le sirven, aunque su plato o manjar preferido es el contenido de las suculentas latitas de atún. Tampoco le falta cada día esa ración de arroz cocido mezclado con trocitos de pollo que sus generosas amas, con esmero y afecto, tienen a bien prepararle.

En su comportamiento diario practican una acendrada y apasionada religiosidad, que se hace patente por su pertenencia a la Orden del Santo Escapulario. Son tenaces cumplidoras en la asistencia parroquial, para la mayoría de los oficios litúrgicos, dedicando también muchas de las horas semanales a la acción pastoral, especialmente para la catequesis de los niños y niñas del barrio en la preparación de sus comuniones. Entre las obligaciones solidarias que también se autoimponen se encuentran las visitas y asistencias a los feligreses enfermos, ayudándoles y confortándoles en lo posible con su compañía, diálogo e incluso con el cuidado de sus cuerpos enfermos. La puerta de su domicilio está presidida, bajo una esférica y abatible mirilla  protectora, por una placa en la que se dibuja la devota imagen de un Sagrado Corazón con la leyenda de “En Vos confío” escrita con grafía cursiva en su lateral inferior. También, en una vitrina del salón de estar, poseen una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, a la que profesan gran devoción y respeto filial, pues consideran que su padre, don Isacio, recibió continua protección de esta advocación cristiana, durante los largos años en que ejerció el noble y ejemplar oficio de camionero transportista de perecederos.

Volviendo a ese lunes de un sorprendente cálido otoño, especialmente en las horas centrales del día, fue Adela quien atendió la llamada telefónica. Una amable voz al otro lado de la línea preguntaba si podía hablar con su hermana Frasca.

“Buenos días, apreciada Sra. Martínez. Mi nombre es Flavio del Morral y pertenezco a una importante empresa privada de consulting y estudios de la opinión. Ha tenido Vd. la suerte, estimada Sra. de ser seleccionada para responder a unas breves preguntas sobre cuestiones electorales, cuyas respuestas no le llevarán más de 10 minutos. Debe, ante todo, confirmarme si se encuentra en la horquilla de edad de más de 55 años. En caso afirmativo, le plantearé unos fáciles e importantes interrogantes, por cuya participación tendrá derecho a una interesante compensación en forma de premio”.  

Frasca, la menor de las hermanas, nunca se ha caracterizado por la fuerza de su carácter. La influencia y preeminencia de Adela, desde la muy lejana infancia, ha ejercido sobre ella ese tupido y excesivo manto protector que, en no pocas ocasiones, le ha generado sometimiento, agobio y pasividad. Sus fases depresivas, especialmente en los últimos años, son más que frecuentes e inquietantes para su salud anímica y física. Sin embargo, hoy se siente feliz e infantilmente importante. Ha sido ella la elegida para atender a unas preguntas que un amable señor le va a plantear, con el premio añadido de un regalo como compensación, dádiva que podrá “ostentar” con “infantil” orgullo ante el protagonismo usual de Adela en la vida familiar. A causa de estas premisas, junto a la curiosidad que le provocaba el persuasivo interlocutor, no tardó en responder afirmativamente, aceptando atender su participación en la encuesta.

El tiempo de diálogo entre el entrevistador y la cada vez más aturdida señoraaturdidada ensaci ella la elegidcomunicante. estada se alargipacis pregunterlocutor, de un regalo como compensaci ella la elegid se alargó casi el doble, de aquéllos 10 minutos inicialmente sugeridos por el sagaz profesional de la comunicación. La naturaleza de las preguntas que sustentaban la encuesta no era en sí misma complicada, siempre para una persona que estuviera al tanto de la situación socioeconómica del país, que leyera habitualmente la prensa y que frecuentara la escucha de los informativos emitidos por la radio y la televisión. Pero Frasca, la persona hoy protagonista de la palabra, sólo ha cursado los estudios primarios, durante su infancia y adolescencia. Tanto ella como Adela fueron adiestradas por su madre, siendo aún muy jóvenes, en el arte del hilo, la aguja, la tijera y la máquina de coser, siempre pendientes de las tallas, las hechuras, las sisas y esos colores que periódicamente la moda impone, con sus crípticos e indefinibles designios. Sus afanes, intereses y preocupaciones estaban, inevitablemente, al margen de ese contexto sociopolítico que animaba el latir de las preguntas que a la “madura” Sra. se le planteaban. Veamos algunas de las “simples cuestiones” que Flavio le hacía, desde esa poderosa empresa especializada en estudios de la opinión.

¿Cuáles son, en su opinión, los tres principales problemas que tiene el país en la actualidad? ¿Cuál la televisinsaci ella la elegids que tiene el pa le planteaban. al margen del contexto sociopol la televisinsaci ella la elegid fue el partido o agrupación política que Vd. votó en las pasadas elecciones? ¿Volvería en este momento a repetir su confianza a esa opción política? ¿En su consideración, cuál es el profesional de la política más honesto en todo el espectro sociopolítico de España? ¿Cuál es la emisora de radio que más sintoniza, dentro de sus preferencias? ¿Cuál sería el periódico o revista que nunca compraría en los kioscos de prensa? ¿Qué opina sobre los casos de corrupción en la administración nacional, regional y local?

Contrastemos estos interrogantes con el espíritu de las respuestas emanadas desde la atribulada y al tiempo emocionada señora.

“Mire Vd. señor, en verdad yo no entiendo de política. Cuando llegan las elecciones, el párroco nos dice que debemos cumplir con nuestras obligaciones cívicas y entonces mi hermana Adela elige las dos papeletas. No queremos revoluciones, ni guerras, ni violencias. Queremos el bien para todos, especialmente para los que más sufren. La radio la utilizo para escuchar mi novela preferida y en cuanto los periódicos, no los compro. Ese dinero lo dedico para ayudar a los que menos tienen. En cuanto a las personas que se dedican a la política, sólo les pediría que pensaran más en los demás y menos en sí mismos. Robar es malo. Engañar no es bueno. Odiar a los que no piensan como tú, pienso que es una sinrazón. Resulta inhumano que una persona quiera trabajar y no pueda, porque no le dan trabajo. Es terrible que estés enfermo y tengas que esperar semanas, meses e incluso años, para empezar tu curación. Debería estar castigado que el dinero necesario para construir y hacer buenos hospitales y escuelas se dediquen a satisfacer las ambiciones y caprichos de aquéllos que todo poseen. Me gustaría creer que la justicia es igual para todos y que todos pagan los impuestos que les corresponden  …”

Tras estos sencillos planteamientos, Flavio decidió dar por finalizada la encuesta con Frasca. Entendió que era llegado ya el momento de compensar a la buena señora con algún incentivo que le volviera a hacer sonreír (en los últimos minutos la había percibido con un sentimiento abatido, triste y heterogéneo, mezcla de indignación, paciencia y bondad.

“Muy bien doña Frasca. Lo ha hecho Vd. muy bien. Como obsequio por su generosa colaboración con nuestro trabajo y el tiempo que le hemos arrebatado de sus obligaciones personales, podrá elegir entre uno de estos tres regalos que le ofrezco: una plancha eléctrica para viajes, un transistor con auriculares o un elegante pendrive para ordenador, con una capacidad de 32 gigas. El regalo elegido le será entregado en su propio domicilio, por uno de nuestros agentes, que previamente se pondrá en contacto con Vd. para concertar la hora puntual de visita”.

Frasca, recuperando la sonrisa en su rostro, pidió unos segundos al entrevistador a fin de consultar con su hermana el regalo que debía elegir. Adela sentenció: “No tenemos ordenador y nuestra querida radio aún funciona. Será útil tener en casa una nueva plancha, pues la nuestra a veces falla. De todas formas, no sé por qué siempre me tienes que preguntar, cuando has sido tu la elegida para recibir esta compensación por tus respuestas”. Una vez concretado el obsequio, el propio Flavio fijó el jueves de esa misma semana para la fecha de entrega, aceptando ambos interlocutores las 11 como la hora más apropiada para hacer efectivo el encuentro.

Efectivamente el día fijado, con una castrense puntualidad, una persona llamó al timbre de la puerta. Tras observar por la mirilla y preguntar quién era, la propia Frasca abrió la puerta, mostrando una preocupación miedosa difícil de disimular. Se encontraba sola en casa, pues Adela había tenido que ir precisamente ese día al ambulatorio para una cita con el médico de cabecera previamente concertada. Necesitaba unas recetas para abastecer la copiosa farmacopea que a diario ambas tomaban. Para su asombro, el sonriente comercial del regalo se presentó como Flavio, el amable joven que días antes había protagonizado la consulta telefónica. Rogó si se le podía conceder unos minutos, antes de hacerle entrega del obsequio, pues traía en su cartera unos dossiers con una ofertas verdaderamente interesantes que le gustaría poder explicar.

Fue una experiencia desagradable, para el débil carácter de la agobiada señora que, sin la ayuda cercana de su hermana, se vio desbordada ante ha habilidad oratoria del persuasivo comercial, con sus “irresistibles ofertas”. Su incisiva verborrea comenzó con la temática de los seguros “para todo”. Vida, hogar, mascotas, salud, viajes, asistencia jurídica, fueron los focos explicativos en los que Flavio se centró, todo ello acompañado por una gran cantidad de folletos ilustrativos, esquemas y cálculo de costes que aturdieron aún más a Frasca que no sabía como frenar la “sagaz técnica comercial” de un especialista en hacer muy fácil y atractivo lo complicado de esa “letra pequeña” que subyace en tantos cantos de sirena. Una vez comprobado que con esta vía a ningún punto llegaba, sólo al “no y no” de la acomplejada señora, el comercial continuó por la senda de las tarjetas bancarias, aunque con igual suerte, pues el muro de la cerrazón de Frasca era realmente imposible de derribar.

Sintiendo un mucho de pena, al ver el cada vez más enrojecido rostro de su interlocutora, patentemente sofocada, puso de inmediato fin a sus ofertas y sacó de la bolsa deportiva que le acompañaba una pequeña caja en cuyo interior iba la plancha de viaje, entregándola como premio a la paciente colaboradora de la encuesta. La grafía inserta en el exterior del embalaje revelaba que era un producto de origen oriental, probablemente fabricado en China, con una marca desconocida en la publicidad usual de los medios de comunicación. Se despidió de ella con la mayor cordialidad de que era capaz, abandonando ese domicilio en el que había permanecido poco más de una hora. Frasca dejó ese electrodoméstico, cuya posesión tanto dolor de cabeza le había provocado, encima de la mesa. Se preguntaba, una y otra vez, como su hermana tardaba tanto en volver de la consulta médica.

Ya por la tarde, mientras su hermana descansaba tras el almuerzo con una infusión de tila en el cuerpo, Adela marcó un número de móvil. En la conversación que mantuvo procuró en todo momento bajar el volumen de voz, tratando de evitar que Frasca se despertara del profundo sueño en el que se hallaba sumida.

“Gracias, Remigia, por tratar de ayudarnos. Cuando me comentaste la semana pasada que uno de tus hijos trabajaba en un grupo teatral, pensé que era la oportunidad que venía buscando para tratar de ayudar a Frasca, cuyo estado psicológico cada vez me preocupa e inquieta más. El médico me dice que la protección que le he dado, durante tantos años, no ha hecho más que perjudicar su estado anímico, cada vez más inseguro y desequilibrado. Además de las medicinas, mi hermana ha de enfrentarse a realidades que potencien su protagonismo y autoestima si no queremos llegar a una situación en que la degradación de su voluntad sea irreversible. La actuación de tu hijo “Flavio” (bueno, Saúl) ha sido muy eficaz, aunque tal vez hoy se haya pasado con los seguros y las tarjetas de crédito. Pero la intención ha sido buena, qué duda cabe. Dale las gracias de mi parte. Le estoy muy reconocida. Pienso, no me cabe la menor duda, que llegará a ser un excelente y convincente actor… Sí, ahora tenemos una nueva plancha. La compré secretamente en “el chino” por siete euros. Veremos cómo funciona”.- 


José L. Casado Toro (viernes, 24 Noviembre 2017)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga