jueves, 15 de diciembre de 2016

UNOS MINUTOS ANTES DE LAS CINCO, EN UNA TEMPLADA TARDE DE OTOÑO

Ambos habíamos llegado a nuestras respectivas paradas, enfrentadas y separadas por la limitada amplitud de la calzada, con un generoso tiempo de espera para la llegada de los respectivos buses. Por muy breves segundos, perdimos la posibilidad de subir a los anteriores vehículos de esta línea de viajeros, que se suelen cruzar precisamente en esta zona de la carretera desde sus respectivos orígenes. El destino inmediato de una joven mujer era bajar en dirección al mar, en el sur. El mío, subir hacia el norte, allá en la montaña.

Entonces comenzamos a practicar ese rítmico ritual de dar cortos paseos, por el vacío y desangelado espacio habilitado en nuestras respectivos puntos de espera. Al menos yo, podía entretener el paso de los minutos comprobando la estructura horaria de esta línea de transporte, a través de diversas pegatinas informativas pegadas en una cristalera lateral. En su caso hacer lo mismo no le era posible, pues la estructura de su parada estaba completamente derribada por la acción destructiva de un gran volumen de tierra y grandes cascotes de piedra. El efecto de las fuertes lluvias, caídas en los días precedentes, había provocado el derrumbamiento de un flanco o muro de ladera montañosa, con el dañino efecto sobre la mampara, las placas verticales y los asientos de esa construcción habilitada para la espera de los pasajeros, en esta muy utilizada línea de transporte interurbana.

Como en aquel momento éramos los únicos usuarios, en las dos paradas de viajeros, de una manera más o menos furtiva nos íbamos observando aunque, con formas educadas, tratábamos de mantener la discreción en nuestras respectivas miradas.

Tenía allá, ante mí, a una joven de mediana estatura, que rondaría la treintena en su edad. Morena de cabello, cubría sus ojos con una gafas claras de montura plateada. Vestía un suéter de rayas moradas y blancas, pantalón azul oscuro ceñido, probablemente de lycra, cubriendo la delgadez de su anatomía con una “colegial” y ya muy ajada trenka, del mismo color negro como también lo eran sus zapatos de bajo tacón. Miraba, una y otra vez, a la carretera que ascendía hacia el pueblo blanco, encastrado en la zona media alta de la sierra norte. Pero su bus, respetando las frecuencias horarias marcadas en la pegatina de información, aún tardaría unos minutos en aparecer, a fin de recoger a esa única viajera que aguardaba con muestras inequívocas de juvenil impaciencia.

En un inesperado momento, la chica rompió el hielo del silencio recíproco, desde el otro lado de la carretera. “Por favor ¿no tendría ya que pasar el bus? Aunque vas en dirección opuesta ¿llevas mucho tiempo también esperando? Lo digo porque cuando llegué a mi parada, ya te encontrabas ahí”.
Su voz tenía un cierto acento sudamericano. Mostraba ser una persona agradable, con la saludable necesidad de comunicar. Probablemente no conocía bien la dinámica de frecuencias, en los buses que por allí circulaban, tratando de compensar su evidente impaciencia con esas palabras que casi siempre ayudan a sosegar los traviesos nervios del momento. Su espontaneidad expresiva, desde el otro flanco de la carretera, resultaba atrevidamente simpática y estimulante.

De una manera didáctica y “a plena voz” le tuve que explicar, a mi receptiva interlocutora, que los dos autobuses que, más o menos previsiblemente, se iban a cruzar en este punto del trayecto, habían partido desde sus respetivos orígenes a las 17.05 minutos, según indicaba la información de la empresa de transporte. Solían tardar entre 10 y 12 minutos desde sus estaciones de origen, por lo que estarían ya a punto de aparecer ante nuestra vista pues, según había comprobado en el móvil, eran las cinco y cuarto de la tarde. Añadí un breve comentario jocoso, acerca del estado ruinoso de su punto de espera, indicándole que tuviera especial cuidado con ese lateral del monte que, con tan intensa lluvia caída durante los últimos días, había perdido su compacidad y firmeza.

Cuando parecía estarse iniciando una curiosa e inesperada conversación, entre dos personas que muy probablemente nunca antes habían coincidido, vi llegar desde lejos a mi bus, que ascendía esforzadamente por este tramo de la carretera, estructuralmente dotado con un gran angular. Me despedí de la chica, deseándola pasara una buena tarde. Ella lo agradeció con breves palabras y una sonrisa. A poco de iniciar mi corto viaje hacia el pueblo de la montaña, me crucé con el otro vehículo que bajaba, camino de ese punto de confluencia, donde esperaría impaciente la chica “sin nombre”.

Esta simple y simpática anécdota no alcanzaría mayor importancia y pasaría rápidamente al estante de los olvidos, en nuestra bien recargada memoria. Así fue como sucedió en los próximos días. Pero el azar, que tiñe de diversos colores nuestro diario caminar, quiso que, de manera sorprendente y casual, aquella historia del fugaz encuentro entre dos personas continuase. El reencuentro acaeció el sábado siguiente.

Había una vez más bajado hacia el pueblo del mar, en donde tenía que realizar unas pequeñas compras de material para unos arreglos de bricolaje. En pleno centro de la villa costera, me detuve en unos jardines a fin de responder a un whatsapp que acababa de llegarme. Unos pequeños jugaban, mientras padres y madres descansaban y controlaban los movimientos de sus hijos. Y la casualidad, difícil de explicar, generó un nuevo encuentro con la joven “anónima”. Ambos nos reconocimos, en una escenografía  que tenía no pocos elementos cinematográficos.

Tras un cordial saludo, quisimos desvelar nuestros nombres. Pamela, que estaba ojeando uno de esos diarios gratuitos que se reparten a diario, inequívocamente quería o necesitaba prolongar aquel inicio de la conversación, que ambos habíamos iniciado en los bordes opuesto de la carretera. Siempre expresiva y amable, comenzó a desgranar, de manera espontánea, el breve currículo que le significaba. Me dispuse a escucharla, con la atención y el interés propio de la, nuevamente acaecida, peculiar situación.

“A pesar de mi juventud (aún no he cumplido la treintena) he tenido una vida bastante agitada. Tuvimos que venirnos acá, desde mi país, Argentina, mi mayma y yo, hace ya casi cinco meses. Aunque no tengo muchos estudios, pude encontrar, al finalizar la secundaria, un puesto de administrativa en una gran empresa que fabrica accesorios para los carros, como llamamos a los coches allá. Tuve la debilidad de encariñarme con uno de los jefes, llamado Sandro Labarca … no olvidaré su nombre. Cuando me sentí utilizada, hasta la degradación, quise poner tierra de por medio. Pero este hombre mayor, muy posesivo y a ratos violento, comenzó a hacerme la vida imposible. El maltrato que sufría era insoportable y, día tras día, el miedo se me subía por las venas.
Mayma, la abuela que me crió, quiso liberarme de la persecución a que me sometía este mal hombre, poderoso socialmente y enloquecido con sus innobles deseos. Teníamos miedo. Había que huir ¡Vaya palabra! ¿verdad? Ambas decidimos venirnos a este país hermano, prácticamente con lo puesto y algunos ahorrillos. Elegimos esta bella ciudad costera, por su buen clima y la alegría comunicativa de que hacen gala sus gentes, según me hablaron unos compatriotas.

Estamos compartiendo una pequeña habitación de alquiler, en donde se nos ha habilitado una litera para el descanso, pues no caben allí dos camas. Tenemos derecho al baño y cocina, Además podemos ver la tele, que la señora Engracia tiene instalada en el salón comedor. Mi mayma es muy habilidosa con esto de las labores. Fabrica unas muñecas de trapo, muy lindas, que las vendemos en el mercadillo semanal y también en algunas plazas y calles, aunque la policía a veces nos deja hacerlo y otras nos manda retirar la mercancía. Ahora te las enseño”.

Me asombraba la exagerada locuacidad y la amplia confianza que la joven Pamela depositaba en mi persona, narrando con tantos detalles una situación que era en sumo complicada. Sin embargo ella lo afrontaba con una gran entereza y admirable normalidad.

“Y qué estaba haciendo yo, la otra tarde, cuando nos conocimos en aquella parada de la carretera? Busco trabajo, cada uno de los días, pero lo poco que me sale y me ofrecen tipejos tan “boludos” con los que tengo que tratar es como para no contar. Esa tarde, subí para tener una entrevista con un empresario de muchos locales de alterne, que tiene repartidos por varias regiones españolas. Se alojaba en el hotel, situado cerca de la parada del bus. Ya puedes imaginarte lo que me ofreció. Trabajo de casi doce horas diarias, atender a los clientes, tanto en la barra como en los reservados y, además, entregarle una importante comisión mensual de lo poco que se me iba a pagar por mi labor. Él se encargaría de gestionar y controlar todo mi trabajo. Por supuesto, tendría que desplazarme, sin rechistar, a la provincia o localidad donde se me ordenara. Le respondí que me olvidara y punto. Por eso tenía tanta interés en alejarme de tan asqueroso “tipejo”.

Y así son las “estupendas labores” que te llegan, en estos tiempos difíciles. Hubo un grupo formado por gente extraña, que buscaba modelos para fotos eróticas. Otro me propuso hacer seguros a comisión, a través de Internet, teniendo yo que pagar un porcentaje de los gastos de teléfono. En la restauración, ya sabes: meterte en la cocina, fregando platos y cubiertos, teniendo que cubrir horarios que después no te retribuyen y “sin protestar”. A la menor reclamación te enseñan la puerta de la calle y sin indemnización. Tienen colas de personas para esos puesto donde se te explota de la forma más mísera e ilegal.

Total, que seguimos con nuestras muñecas de trapo que, como ves, son preciosas y van teniendo una buena aceptación. Aquí llevo unas cuantas para ofrecer a un comerciante de artículos y juguetes para niños. Rotamos por algunos mercadillos semanales y, cuando podemos, montamos el tenderete en las plazas y calles por donde circule más la gente. ¡Que le vamos a hacer! Tenemos que comer cada día”.

Lógicamente, tenía que ser generoso con toda esa amplísima confianza y detallismo comunicativo que estaba recibiendo de mi interlocutora y ocasional amiga. Tenía en mi proximidad a una chica joven, maltratada por el destino, que había tenido que abandonar su país y buscar refugio en España. Con la ayuda de su abuela, se ganaba esos euros necesarios para el sustento básico de cada día. En una época difícil para el trabajo y dada la escasa cualificación por sus estudios, practicaba la venta ambulante, mientras buscaba esa complicada estabilidad laboral que no llegaba o el trabajo que se le ofrecía en condiciones verdaderamente penosas.

Decidí comprarle una de sus pequeñas muñecas. Buscaría a quien regalarla o, tal vez, la conservaría como recuerdo de esta peculiar y muy curiosa amistad. La elaboración de este lindo juguete era bastante simple, pero no estaba exento de un cierto encanto. De manera especial, por la sonrisa que mostraba en el dibujo de su rostro y por el intenso colorido que adornaba el trajecito con el que se vestía. El precio por unidad era de 12 euros. Le di un billete de 50, indicándole que no me diese la vuelta. Al despedirnos le deseé mucha suerte, aconsejándole que actuara con sensatez y prudencia en la vida.

El azar caprichoso, que interviene en la privacidad de nuestras agendas, hizo que ella y yo no volviésemos a coincidir durante los próximos meses. Bien es verdad que, siempre que pasaba por aquel jardín o cuando esperaba la llegada del bus, en la parada ya restaurada, recordaba la historia de Pamela, con sus desventuras y proyectos. No quise deshacerme de la muñeca de trapo que sigue adornando, con esa tierna imagen infantil, una de las preferidas estanterías donde reposan mis libros.

Una tarde de playa, en pleno tórrido agosto, me acerqué a uno de los alegres puestos de helados, que se instalan cerca de la arena. Azotaba bastante el viento de terral y el calor resultaba insoportable. Había mucha chiquillería y personas adultas, aguardando su turno para comprar esos refrescantes polos y helados, junto a otras suculentas “chucherías”. Mientras observaba el listado de productos disponibles, escuché una voz que me resultó “familiar” en el recuerdo. Decía, algo así como “Sandro, no me seas tan boludo, que me haces daño…” Levanté mis ojos del cartelón de los helados y vi que allí, más adelante en la cola, estaba Pamela, la chica de las muñecas, acompañada por un señor mucho más mayor que ella. Ambos jugueteaban entre risas, intercambiando desenfadadas y zalameras carantoñas.-

José L. Casado Toro (viernes, 16 de Diciembre 2016)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

viernes, 9 de diciembre de 2016

LA VERSÁTIL MAGIA DEL ESPEJO, EN EL MERCADILLO NAVIDEÑO DE AHMED.

La tradición comercial, festiva y sentimental, que se genera alrededor del anhelado calendario navideño facilita que, un año más, el Parque malacitano se pueble con la alegría de unas casetas en las que se pueden comprar artículos de una admirable y cromática variedad. A lo largo de su flanco o lateral norte, en esos terrenos bien ganados esforzadamente al mar, desde finales del siglo XIX, decenas de puestecillos, levantados con la uniformidad constructiva de la madera y el metal, ofrecen sus bien elaborados productos, para el disfrute de una diversificada clientela de pequeños y mayores.

Una mayoría de casetas están dedicadas para vender artículos, con los que decorar y gozar las fiestas de Navidad: figuritas y materiales para montar el nacimiento o belén, árboles sintéticos y elementos para su decoración, artículos muy variados para bromas y fiestas, instrumentos para la música de pastorales y comparsas (zambombas, panderetas, flautas y tambores…) además de vestidos, gorros y bufandas, apropiados para disfrazarse de Papá Noel. Más hacía el este del Paseo, hay otras casetas dedicadas a ofertar productos y complementos para el regalo y el uso personal. Además de los juguetes educativos” la tradicional bisutería y productos de culturas lejanas, como la India, predominan los artículos artesanos con el trabajo de la piel: carteras, bolsos, cinturones, pulseras, gorros y guantes. Por último, suele aparecer una gran librería, con ejemplares a muy buen precio, de manuales desclasificados y restos de ediciones (los denominados popularmente “librería de viejos” aunque la mayoría son ejemplares de primer uso). No podían faltar, algunos puestos con productos alimenticios, de manera especial las tradicionales patatas asadas, churros,  bocadillos, golosinas o “chuches” y algunas bebidas.

Las luces de colores, el continuo gentío y los sones alegres de villancicos, generan un marco festivo y alegre, que añade la siempre grata imagen de color y dinamismo en la decoración urbana, para despedir el año en curso y celebrar la llegada de la nueva anualidad.

Entre todos esos puntos de venta, hay uno cuyo inquilino ha querido rotularlo con un llamativo cartel: LOS REGALOS ESPECIALES EN AHMED. Este “teatral” y sugerente vendedor es un hombre ya bien entrado en años, probablemente en la quinta o sexta década de su vida. Años bien llevados, por la delgadez y esbeltez de su cuerpo. Cubre su cabeza con un ostentoso turbante rojo, que disimula una extensa y tostada alopecia. Viste con una larga túnica beige, embellecida con un labrado cinturón de piel. Encima de su pecho luce un elegante medallón de latón dorado, adornado con unos dibujos y letras que revelan alguna simbología islámica. Se esfuerza en atender a sus clientes de una manera amable, aunque su hablar pausado y mirada penetrante, dota a la conversación de una atmósfera misteriosa, cercana a esa indisimulable magia que estimula la curiosidad.



Caminó ayer por la tarde y hoy también ha repetido su paseo, deteniéndose unos minutos delante del mostrador. Le ha llamado la atención el atractivo rótulo que preside el frontal del atractivo puesto de “los regalos especiales”. Daila, 39 primaveras en su vida, administrativa de una gestora inmobiliaria, lleva ya cierto tiempo con su nivel anímico bastante degradado. Teme que estas sentimentales fiestas navideñas, horaden más ese foso de confusión en el que, de manera paulatina, se ha ido viendo inmersa. Por este motivo, trata de distraer los ratos de ocio que tiene disponibles, cuando sale de la oficina sobre las siete de la tarde. A veces elije una película en la gran pantalla, en otras ocasiones recorre los centros comerciales y en momentos afortunados también gusta quedar con alguna de esas amigas que pueden disponer de algún hueco libre para compartir. Vive sola, en un coqueto apartamento que tiene alquilado por la zona de la subida a Gibralfaro. Sus padres, a los que visita de tarde en tarde, siguen residiendo en un pueblecito de escasa población, en las estribaciones de la serranía rondeña. Pero, en la actualidad, esta joven mujer percibe una preocupante infelicidad, mezcla de confusión, frustración y anhelos sin suerte.

“Hola, buenas noches. Me agrada observar la cantidad de objetos y figuras curiosas que tiene para vender en su puesto. Muchas de estas cosas no sé si tienen un fin solamente decorativo u otro sentido de uso que se me escapa. Desde luego todo parece tan atrayente y misterioso … como ese perfume que está quemando y cuyo olor subyuga nuestro sentido del olfato. Verá, yo quería comprar alguna cosa interesante pero, considerando que el regalo es para mí, no sé si tendría, entre su variada mercancía, aquello que me pudiera ayudar a sonreír. Debo explicarme, porque me siento un tanto liada y con los biorritmos algo bajos. Estoy sufriendo un momento de depresión anímica, que ya está durando excesivo tiempo. Y temo que pueda ir a más. ¿Por qué no me ofrece algún objeto que sea especial y diferente, como bien anuncia en el rótulo de ahí arriba? Igual me decido a comprarlo y, por supuesto, poder disfrutarlo. Me haría mucho bien”.

Ahmed había estado pacientemente escuchando las valientes palabras de esta mujer, que parecía desorientada y confusa ante su mostrador. Creyó reconocerla de la tarde anterior, cuando también estuvo detenida durante largos minutos ante su bien repleto panel expositor.

“Sí, te recuerdo, porque ayer ya me pareció verte interesada ante los productos que puedes encontrar en mi tienda. Es muy fácil y a la vez complicado satisfacer esa necesidad sobre algo que te ayude a generar la sonrisa. Ya sé que no te refieres a una “forzada” sonrisa momentánea, sino a ese regalo que te haga ver la vida de manera más positiva, a fin de que puedas enriquecer tu ánimo, con una mayor permanencia, ante las inesperadas dificultades y, por supuesto, ante esas otras muchas alegrías que debemos intentar buscar y disfrutar.

Ves aquí, encima del mostrador y en los paneles de las paredes, muchos objetos elaborados para el adorno, la distracción y las sorpresas. Pero, como me has caído muy bien, quiero premiar tu sinceridad con un objeto que no lo tengo expuesto a disposición para su venta. Espera un breve momento, que voy a tratar de localizarlo, ya que creo tenerlo guardado en el interior de uno de estos dos maletones”.

Dicho lo cual, el insólito mago, gurú o teatral comerciante, comenzó a rebuscar por aquí y por allá, tratando de localizar esa valiosa pieza con la que entendía podía generar la sonrisa suplicada por su cliente. Tras abrir diversas bolsas, al fin parece logró dar con ese objeto que necesitaba, ante la intrigada mirada de Daila. De una bolsita de cuero beige, extrajo lo que parecía ser un espejo, con un tamaño similar al de una cuartilla o medio folio de papel, con sus bordes chapados de latón plateado y con la forma de una bella flor acorazonada. Manteniendo el espejito en sus curtidas manos, guardó unos segundos de silencio, fijando sin pestañear su vista sobre el rostro de su interlocutora, a la que dijo finalmente una enigmática frase:

“Si aplicas la necesaria y paciente inteligencia, en el uso de este pequeña pero valiosa joya, hallarás el camino, no sólo para que la sonrisa vuelva a tu rostro, sino para también el sentimiento de alegría inunde la bondad de tu corazón. Tras encender una barrita de sándalo, que ayude a la ambientación necesaria, te aconsejo de que mires en el espejo, de manera especial durante la noche. A esa hora, en la que el firmamento parece dormir, las estrellas y su fuerza cósmica sabrán ayudarte en esa noble y valiente empresa que te has impuesto conseguir: sonreír y avanzar por la vida, siempre con humildad, por todos esos caminos que te hagan sentir el placer de la felicidad.

He de confesarte de que, en realidad, nunca he querido venderlo. Por eso, siempre he evitado mostrarlo en el expositor, donde sí aguardan otros muchos objetos para el regalo. Pero en tu caso, va a ser diferente. Creo que necesitas esa ayuda para vitalizar un ánimo que percibo tal vez atormentado o enfermo. Aunque este espejo me ha acompañado durante años, en esa aventura que siempre supone construir nuestras vidas, te lo ofrezco a un precio testimonial. Sí, he dicho bien “nuestras vidas” en plural, porque yo creo en la reencarnación de las almas”.

Daila cada vez entendía menos el sentido de lo que le estaba transmitiendo el comerciante Ahmed. El espejito era realmente coqueto, aunque un poco tosco en la terminación de sus bordes plateados. Sintiéndose un tanto ruborizada, sólo acertó a preguntarle por el coste de este objeto para su compra. Al final pudo conseguir una pequeña rebaja, abonando sólo dieciocho euros sobre los veinticuatro que el comerciante inicialmente le pidió. Camino de casa, iba pensando en una conversación tan original como la que había mantenido con el vendedor del turbante rojo y la túnica beige.

“No sé qué pensar ¿habré sido timada o este espejito me ayudará en esta fase tan desanimada en la que me hallo inmersa? A menos, un espejito siempre viene bien aunque sea algo demasiado grande como para llevarlo en el bolso. En todo caso, siempre podré usar la bolsita de piel para llevar alguna documentación o incluso para proteger el móvil y la cámara fotográfica. A mí esto de mirar el espejo durante la noche y eso de las estrellas y su potencia cósmica, me sigue pareciendo una pueril tomadura de pelo. Pero todos los días tenemos momentos de debilidad para incurrir en estos juegos”.

Aquella noche quiso olvidarse del espejito mágico y sus cualificadas propiedades, yéndose directamente a la cama, tras completar el visionado una película que se había bajado de Internet. Pero, veinticuatro horas más tarde, se llevó la bolsita de Ahmed a su dormitorio. Comprobó desde su ventana que la noche se mostraba muy limpia y que la atmósfera permitía ver bastante bien todo un cielo lleno de estrellas, allá en todo lo alto del firmamento. Encendió una varilla de incienso y comenzó a mirarse en el espejo, una y otra vez, comprobando que nada ocurría, después de ver sólo su rostro en todas esas oportunidades fallidas. Estos mismos gestos los fue repitiendo en algunas de las siguientes noches, antes de recostarse entre las sábanas. Observaba su rostro y, tras unos minutos de reflexión, se entregaba al descanso. Curiosamente, en algunas de esos momentos con el espejo en las manos, se sintió un tanto ridiculizada, brotando desde la mímica de su cara esas nerviosas sonrisas que incluso finalizaban en una risa “floja” por la chusca escena que estaba protagonizando.

En esos breves momentos para la reflexión, acertaba a preguntarse por qué se sentía tan “desvalida”, cuando su situación vital, en realidad, no merecía ese tan radical y duro calificativo que, errónea y anímicamente, se concedía. Ciertamente, en las puertas de sus cuatro décadas, podía resaltar carencias afectivas y maternales para su proyecto de vida. Pero no era menos cierto que, por el contrario, tenía otras compensaciones que merecían consideración y valoración, aplicando sensatez y serenidad. Juventud, salud, trabajo, formación, independencia, amistades … valores muy estimables, cuya posesión no siempre sabemos considerar como realmente merecen. Cuando, por alguna circunstancia aciaga, comprobamos la pérdida de los mismos, entonces acertamos a darnos cuenta de la importancia y significación que humanamente poseen.

Otra tarde de Enero, cuando aún el mercadillo seguía funcionando con vista a la fiesta de Reyes, Daila encaminó sus paseos vespertinos hacia una determinada caseta, entre el bullicio acelerado de los viandantes. Tras el mostrador de objetos raros y curiosos, se encontraba el “sabio” del turbante rojo y la túnica beige.

“Buenas noches, Ahmed. He venido, de manera expresa, para agradecerle su sabiduría y generosidad, al venderme este bonito y “mágico” espejo. Aunque en un principio era profundamente incrédula, con respecto a la eficacia que podía ejercer en mi este pequeño instrumento, al paso de las noches me ha ido ayudando a reflexionar sobre mi real situación en la vida. Al fin he podido entender esas cosas buenas que tenemos a nuestro alcance y que, de manera desacertada, no sabemos valorar. Ahora me siento mucho mejor y, lo más importante, he sabido que la luz se encontraba dentro de mí. Sólo era cuestión de tomar conciencia de su proximidad y apreciar su eficacia, a fin de remontar de nuevo con el placer de la sonrisa”.

En esta ocasión, Ahmed también sonreía. En la despedida, quiso regalar a esta joven mujer unas barritas de incienso y sándalo, como nueva muestra de amistad. El Paseo del Parque seguía a esas horas de la noche repleto de personas que caminaban por entre un firmamento de luces, los subyugantes aromas, cientos de juguetes y esos cromático latidos a vida que sustentan la siempre necesaria esperanza.-

José L. Casado Toro (viernes, 9 de Diciembre 2016)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

viernes, 2 de diciembre de 2016

IVÁN Y TATIANA. CONFIDENCIAS Y SENTIMIENTOS EN EL ALBAYZÍN.

Durante esta semana Tatiana cubre el turno de tarde en el museo municipal, institución donde lleva trabajando tres meses ya como vigilante. Entre sus obligaciones, se encuentra también la de atender las consultas realizadas por ese público heterogéneo, que cada día decide acudir al céntrico espacio expositivo. 

Desde que finalizó su grado formativo en archivos y bibliotecas, hace ya dos cursos, esta voluntariosa joven, a punto de cumplir las veintitrés primaveras de  vida, no había tenido especial suerte en el ámbito laboral. Algunas clases particulares, impartidas a los hijos de unos amigos de su padre, con el fin de ayudarles a preparar  las pruebas finales de Junio, junto a una semana de sustitución en las rebajas de una franquicia de ropa, éstas habían sido las únicas experiencias laborales. Sin embargo, al ser seleccionada para el programa de empleo joven, convocado por el Ayuntamiento de su ciudad, se sintió muy ilusionada ante un interesante y cómodo trabajo que iba a durar, al menos, cuatro meses prorrogables.

Dado su específico currículo formativo fue asignada al departamento de cultura, a fin de cubrir el horario de vigilancia y atención al público, en el espacio múltiple de exposiciones. Esta sección del organigrama municipal tiene un horario de apertura al público, entre las nueve y las veintiuna horas, cerrando desde las dos a las cuatro de la tarde. Ella y otra compañera se reparten las horas de trabajo en dos turnos, que alternan cada semana entre martes y domingo. Tras la novedad de los primeros días, las cinco horas diarias de vigilancia se le han ido haciendo aburridamente cansinas. Tiene que recorrer de manera continua las tres salas expositoras (especialmente cuando hay público en las mismas) controlando la actitud de los asistentes con respecto a las obras expuestas. La toma de fotografías con los flashes de las cámaras no se encuentra permitida, por lo que ha de llamar con frecuencia la atención a los visitantes que hacen caso omiso de esta advertencia. Las exposiciones son renovadas cada dos semanas, por lo que días antes de cada nueva muestra, ella y su compañera Silvia, reciben un pequeño dossier informativo que han de leer y aprenderse, para el caso de recibir alguna pregunta sobre los cuadros o esculturas expuestas.

Salvo algunos fines de semana y el inicio de los nuevos ciclos expositivos, el número de visitantes a las salas es normalmente escaso. A veces pasan las horas de la mañana y la tarde, sin la presencia de persona alguna en las salas. Al ser un centro de titularidad municipal, el coste para el interesado en las diversas muestras resulta gratuito. En realidad, casi nadie suele preguntar acerca de las obras que contempla por lo que, al acumular minutos de paseos y recorridos, el sentimiento de profundo aburrimiento anímico embargaba a esta joven al paso de sus jornadas de trabajo.

Sin embargo, este martes un hecho vino a cambiar la situación de cansada rutina diaria que soportaba esta alegre y comunicativa chica. Tatiana había estado mezclando los paseos intermitentes, por entre los cuadros, con algunos minutos sentada en un único taburete de madera, habilitado para los encargados de vigilar el material expuesto. De inmediato vio entrar a un joven barbudo, que vestía vaqueros envejecidos y bien sucios para estar a la moda, una camiseta de color indefinible, por sus degradadas tonalidades y unas “blancas” playeras, a tono con el estado material y de limpieza de sus raídos pantalones. Como después tendría oportunidad de conocer, el “bohemio” individuo atendía por el nombre de Iván José.

Un suspiro de alivio brotó desde la garganta de Tatiana. “¡Al fin un visitante, en casi dos horas con el museo abierto. Qué aburrimiento de tarde! Vamos a ver cuantos minutos es capaz de permanecer este chico dentro de las salas”.

Tras expresar estas palabras en voz baja, se acercó prudentemente, pero con una amplia sonrisa, al joven interesado en la muestra colectiva de pintura actual, con nombres muy destacados en el mapa artístico nacional. Le ofreció un catálogo muy bien editado de la exposición, con los títulos de todas las obras, así como con una reseña biográfica de cada uno de los cuatro artistas, autores de las pinturas. Tras ojear el catálogo, Iván sonrió agradecido el gesto de la responsable que le atendía y, de manera rápida, se encaminó hacia una parte concreta del local. Allí es donde estaban expuestos los cuadros de un famoso artista de los pinceles, radicado en Segovia.

De manera discreta, dejó al único visitante solo en aquella amplia sala, a fin de que no se sintiera incómodo con su presencia, dirigiéndose a continuación  hacia las otras dos salitas del complejo expositor. Al pasar unos minutos, volvió a esa sala, mayoritariamente ocupada por el trabajo artístico del pintor segoviano. Comprobó que el joven allí seguía, desplazándose lentamente ante los cuadros del afamado artista contemporáneo. Viendo el interés que mostraba por la muestra pictórica, decidió acercarse al mismo, a fin de intercambiar unas palabras y compensar la aburrida rutina que sentía aquella tarde.

Observo que te interesa mucho la obra de este importante pintor. Lo digo por el tiempo que llevas centrado en estos cuadros. En el catálogo se explica que este artista está en un momento “dulce” de su creatividad plástica. Y, a sus cuarenta y nueve años de edad, es todavía bastante joven para que nos siga enriqueciendo con la calidad de sus paisajes castellanos, donde predominan los colores intensos, destacando especialmente los celestes, naranjas y grises”.

El joven permaneció en silencio, sin quitar la vista de los cuadros. Cuando Tatiana se iba a retirar, para dar otro de sus paseos, viendo la falta de comunicación de su descortés interlocutor, éste volvió su mirada hacia ella, con la intención de responderle.

“Discúlpame, quiero darte las gracias por lo amable que demuestras ser. Bueno… mi nombre es Iván José y me dedico a esto de la pintura desde mi adolescencia. Te darás cuenta, por mi pronunciación, que también soy natural de la región castellana, concretamente de una provincia hermana a la de este pintor: Valladolid. Conociendo por Internet la celebración de esta muestra, en tu preciosa ciudad, he viajado hasta aquí para visitarla y de paso ver los cuadros. Tengo muchos motivos para hacerlo, pero sería largo de explicar. Si te apetece escucharme, podemos  tomar algo cuando termines hoy tu horario en la exposición. Me voy a quedar, aquí en Granada, al menos una semana. Estoy en casa de unos amigos, artistas también (hacen maravillas con el cuero) que viven por la zona alta del barrio del Albayzín”. 

Iván aún permaneció largo rato en esa sala, tomando numerosas fotos y haciendo unas anotaciones. Previamente él y Tatiana habían quedado para las 8 y media, en una de las tabernas que pueblan esa siempre romántica subida hasta el barrio antiguo musulmán. Le había caído bien el muchacho que, aun silencioso y raro al principio de conocerlo, pronto mostró ser una persona afable, de fluida palabra y portador de algún misterio que, en esas frases compartidas, había dejado entrever. Quería conocer un poco más a ese joven que había permanecido, no menos de sesenta minutos, delante de los cuadros pintados por un afamado autor, afincado en la región castellana. Siempre muy curiosa, se preguntaba cuáles serían los verdaderos motivos que habían llevado a este apuesto joven para desplazarse a la bella ciudad de los cármenes.

A la hora más o menos fijada, ambos estaban en El Candelabro, lugar emblemático de ese barrio con encanto y misterio musulmán, sentados en torno a una tosca mesa de madera, con dos vinos de la casa y sendas primeras tapas, de esas que tan generosamente sirven en la capital de la Alhambra. Tras unas primeras palabras, de temática intrascendente, Iván decidió complacer la más que evidente curiosidad de su interlocutora.

“Aunque tengo la piel regularmente bronceada, he de confesarte que soy en realidad un “negro”. No te rías, por favor. Te lo voy a explicar enseguida. Siempre me gustó la pintura. Mis padres comentan que desde los pañales ya dibujaba, con todos los colorines que pillaba. De niño me tenían que poner grandes pliegos de papel en las paredes del pasillo, a fin de evitar que las llenase con mis garabatos y lápices Alpino. Me califico de autodidacta, en esto del arte, aunque he pasado por algunos centros formativos, generalmente por presión familiar. Intenté probar suerte, participando en exposiciones organizadas por las instituciones y, también, en algunas galerías privadas. Muy buenas palabras, esperanzadoras críticas, pero lo que se dice vender, vender, casi nada de nada. Y no puedes estar acumulando lienzo tras lienzo, en ese pequeño local que alquilé, pues al final de cada mes necesitas un soporte económico que nunca acaba de llegar.

Un tanto desesperado, pues no le veía fácil salida a mi situación, tuve la debilidad de contactar con una sociedad que te posibilitaba acceder a pintores prestigiosos, que se ven desbordados ante los numerosos encargos que reciben. Entras a formar parte de sus equipos, trabajando con los pinceles para ellos que, a veces, hacen algunos retoques y siempre firman con sus nombres todas esas obras en las que apenas han participado. Con el agravante de que te entregan una miseria por unos cuadros que ellos se encargan muy bien de cobrar. Todo está hábilmente controlado por esa sociedad que tiene sus “espaldas” muy bien protegidas, a fin de evitar verse metida en pleitos antes la justicia”.

Tatiana escuchaba, atenta y sorprendida, las confidencias que su inesperado nuevo amigo le estaba transmitiendo. En realidad no era un tema totalmente nuevo para ella, aquello que el apuesto joven le contaba, aunque siempre lo había vinculado al mundo del cine, con artistas anónimos que trabajan para potenciar la fama, la gloria y el dinero de otros. Pero en modo alguno podía imaginar que tenía ante sí, a muy escasos centímetros de su persona, a un “buen” pintor cuya creatividad era aprovechada por nombres consolidados, a cambio de unas muy modestas monedas. Decidieron pedir otra ronda de vinos, que pronto llegó acompañada por unas “segundas tapas” en este caso de habitas con jamón y morcilla frita de la sierra.

“Habrás comprobado cómo me he centrado en una de las tres salas que habilitáis en el Centro cultural.  Entre las obras expuestas, por ese autor consagrado de tanto prestigio, hay cuatro, por cierto ya con el cartel de “vendidas”, cuyo verdadero autor son estas manos y mi capacidad para interpretar los paisajes. Si comparamos el precio de su venta, con la cantidad que yo recibí por tantas horas de esfuerzo ante los lienzos, te llevarías las manos a la cabeza. Llenan sus bolsillos de dinero, avalados por un nombre emblemático en el mundo del arte, dejando para ti sólo unas “pobres migajas” con las que apenas puedes subsistir. Y así funciona este mundo. Supongo que igual sucede en la novela o en cine, en los cuales el trasfondo de muchos oropeles son absolutamente falsos. Te explotan, mientras ellos se enriquecen. Pero, cuando tienes que resolver el sustento de cada día, te prestas a los comportamientos más inconfesables con el fin de poder vivir”.

Durante los siguientes cuatro días, el anónimo pintor y la joven encargada de la vigilancia en la sala expositiva, siguieron saliendo cada tarde/noche, intimando confidencias y sensuales afectos. Cada una de esas tardes Iván acudía al centro cultural, permaneciendo en el mismo un buen rato, antes de su hora de cierre. Tatiana le facilitaba una silla, para que estuviera junto a “sus obras”, mientras ellas se ocupaba de otros menesteres organizativos. Cuando terminaba su horario de trabajo, ambos marchaban alegres y esperanzados a disfrutar del embrujo lírico y pautado en los versos de la noche granadina. Los sentimientos de ambos eran inequívocos para su recíproca atracción en el amor.

Sin embargo, aquél domingo en Noviembre, para desconcierto e inquietud de una chica enamorada, Iván no apareció. Se sentía nerviosamente preocupada por si algo indeseable (como un accidente o problemas en su salud) le hubiera ocurrido. Pero el número que marcaba no recogía las llamadas que ella repetidamente realizaba. Y tampoco conocía la dirección exacta de esos “amigos del Albayzín” en donde él le había comentado que se “cobijaba” durante su temporal estancia en Granada ¿Qué podría estar sucediendo? ¿a quién acudir para preguntar?  

Ninguna explicación sobrevino al respecto, en los próximos días. Tampoco en las siguientes semanas hubo luz alguna para su confusión anímica. Enfado, desilusión, muchos interrogantes sin palabras y, otra vez de nuevo la evidencia de que había que volver a empezar. En los momentos de sosiego, con sus mejores amigas de siempre, Tatiana se repetía, con la voz de su conciencia, una frase paliativa, para su orfandad afectiva: “Fue una hermosa, una maravillosa posibilidad ¿Por qué me entregué e ilusioné tanto con este chico, que ha desaparecido de mi vida sin la menor explicación?”.

Se encontraba en su pequeño apartamento, donde se había querido independizar, preparándose para ir a tomar las uvas de Fin de Año en casa de sus padres. De manera inesperada, a eso de las seis menos cuarto de la tarde, un envío urgente llegó a su domicilio. En el interior del paquete, una tela de lino enrollada, 50 x 50 cm. El anverso de la misma mostraba una pintura al óleo de su propio rostro, a modo de sutil espejo, con un fondo de paisaje en el que se veían los Palacios nazaríes de la Alhambra, vista desde el Mirador de San Nicolás. Precisamente fue allí, en una intimidad inolvidablemente romántica, donde Iván le había regalado las dos palabras más bonitas que toda persona anhela siempre escuchar. Y, junto a la bella imagen del lienzo, una tarjeta que portaba una breve frase, para el enigma, la ansiedad y la esperanza:

“MI querida Tati. Reconozco que no he sabido darte toda la sinceridad que bien mereces. Pero aquellas dos palabras, pronunciadas en ese romántico lugar donde he dibujado tu precioso rostro y en el que los atardeceres hacen vibrar los corazones, representan mi gran verdad y mi único patrimonio afectivo. Debes saber esperar. Te pido, encarecidamente, que sepas esperar. Tengo que superar problemas, muy complicados, en lo profesional. Pero el premio, tras un difícil camino, serás tú. Eres tú. Iván”.-       

José L. Casado Toro (viernes, 2 de Diciembre 2016)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga