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viernes, 31 de diciembre de 2021

EN EL GRAN DÍA DE LAS DOCE CAMPANADAS.

Pocas fechas hay tan especiales y singulares en el almanaque, por su significación para nuestras vidas, como aquella que marca el final de una anualidad y recibe, tras escuchar las doce campanadas, un nuevo ciclo anual. Efectivamente, el 31 de diciembre es un día que suele estar marcado por un cierto nerviosismo, incluso un estrés positivo, pues los ciudadanos desean que su Noche “Vieja” resulte alegre, enriquecedora, perfecta. Al recibir el nuevo año, nos transmitimos esas palabras emblemáticas de salud y prosperidad, con una gran cena para despedir el año que finaliza y ese “jolgorio de los doce sones, marcando la entrada de un nuevo año que deseamos siempre resulte mejor que el precedente.

Pese a que tratamos de controlar los más nimios detalles para que nada falle, en esa cena de golosos manjares y embriagadoras bebidas, con las bolsas de cotillón animando la gozosa velada y siempre con la ayuda de una televisión que, en casi todas de sus cadenas, trata de acompañarnos con el humor, la música y los torrentes incontenibles de sonrisas, no siempre el resultado es el deseado. Los factores y elementos imprevisibles pueden alterar, en uno u otro sentido, una noche de transición, en donde los teléfonos y los móviles colapsan la red con “miles” de felicitaciones y comunicaciones enviadas a familiares, amigos, compañeros y conocidos, que llegan a todos los puntos cardinales de la geografía local, nacional y mundial. Pero, a pesar de la mejor disposición y planificación aportada, alguna “pieza traviesa” del engranaje puede alterar los resultados finales. Vayamos ya pues a nuestra historia, inserta en este festivo y ruidoso contexto.

Sucedió en un gran bloque de viviendas (edificio de quince plantas) ubicado en zona urbana de elevado estatus social. En esa señorial construcción, donde luce el mármol y la piedra noble de variados colores por doquier, residen familias que pertenecen a una clase media/alta, atendiendo a su nivel económico.  La vivienda 2 A es habitada por una señora de 69 años, que había quedado viuda hacía unos dos años. Doña Emerinda, el nombre de la propietaria del inmueble, ha ejercido durante su ya larga vida atendiendo al cuidado de su familia y a las tareas del hogar. Su marido, don Torcuato había hecho fortuna con el próspero negocio de unas bodegas, tarea a la que sumaba una cadena de quitapenas por diversas localidades de la provincia, actividad que en la actualidad llevan sus dos hijos, ya casados y con numerosa prole. Esta muy “enérgica” y religiosa señora ha hecho gala desde siempre de un fuerte y personal carácter para la toma de decisiones.

A partir de su viudez, sus hijos le han propuesto en repetidas ocasiones que vendiera o alquilara la casa familiar y se fuera a vivir con ellos o al menos que pasara en sus domicilios algunas temporadas, a fin de que no estuviera sola en casa. Sin embargo, una y otra vez, Emerinda respondía con la firme autoridad de carácter, expresando su convencimiento de que prefería no moverse de su casa de siempre. A lo más que ha accedido, considerada su ya avanzada edad, ha sido permitir que una joven universitaria, llamada Venicia, conviva con ella en el muy amplio piso, acogiéndose al interesante programa social que establece la UMA para los estudiantes que carecen de vivienda en Málaga y aceptan hacer compañía a personas mayores, a cambio del correspondiente alojamiento.

La propietaria del inmueble suele repetir con frecuencia, a esos hijos preocupados por su soledad, que a ella le apetece estar tranquila en su casa, viendo la televisión, con sus lecturas y esas copitas de anís a la que es muy aficionada, pues así eleva el ya potente ánimo que le caracteriza. En realidad, nunca le ha faltado una muy grata y valiosa compañía: una muy querida gata, gordinflona de cuerpo y muy zalamera de carácter, que acumula bastantes años de existencia, siempre bien cuidada y atendida. Esta elegante mascota de tres colores, blanco, rubio y negro cálido, “atiende” por el nombre eslavo de Dimitra, en honor de Dimitri, uno de los personajes de una novela que siempre le ha encantado a su ama: Los hermanos Karamazov, del ruso Fiódor Dostoievski. La señora Emerinda mantiene una buena salud y una envidiable energía, recibiendo una generosa asignación mensual, procedente del negocio familiar, a fin de que nada, especialmente material, le falte.

Para la despedida del año y a pesar de los requerimientos de la familia dejó bien claro, una y otra vez, que ella no se iba a mover de su hogar y que con la presencia de Dimitra se encontraba perfectamente acompañada. Venicia, la joven universitaria, estuvo con ella hasta la misma mañana del 31, pues a las 14 horas tenía que tomar el bus para pasar la noche de fin de año con sus padres y hermanos, que residen en el pueblo de Pujerra, sito en la serranía rondeña. Pero durante esa mañana se preocupó de dejarle preparada una buena cena en el frigorífico, menú que consistía en una crema de pato, con trocitos de jamón ibérico, una estupenda lubina al horno, acompañada de guarnición de verduritas asadas y para el postre unos bizcochos “borrachos” al anís dulce, golosa bandeja que conocía deleitaba a la señora que generosamente la hospedaba, a fin de poder seguir los estudios en la UMA cada día. Las cualidades de Venicia en las tareas de cocina han sido siempre muy elogiadas por la acaudalada señora, habilidades reposteras que esta chica de pueblo había bien aprendido de su madre y abuela.

Ya en la sobremesa del almuerzo, de ese especial 31 de diciembre, Emerinda habló por teléfono durante unos minutos con cada uno de sus hijos, deseándoles que pasaran una feliz entrada de año y que no bebieran alcohol en demasía. Los tranquilizó repitiéndoles, una y otra vez, que se encontraba muy bien en casa, evitando pasar el frio húmedo que “azota” por la noche, en el desplazamiento de una casa a otra, humedad que tan mal le sentaba para sus huesos. Les comentó el menú tan delicioso que le había dejado preparado Venicia para la cena y que después de las doce campanadas se iría a la cama, no sin antes hacer sus oraciones, pues la devoción estaba por encima de todo. Las dos familias iban a reunirse en el domicilio del hermano mayor, Paulino. Adriano, el menor, acudiría a la cena con su mujer e hijos y acompañado por un vecino, muy amigo que recientemente había roto con su mujer, a fin de que no pasara la Nochevieja sin compañía alguna. 

Después de ver las noticias de las tres, apagó el aparato de televisión y se sentó en su butaca favorita, para pasar un rato de lectura hasta la hora de la merienda. Como el día estaba algo frío, encendió el brasero eléctrico que tenía acoplado debajo de la mesa camilla. La gata Dimitra notó de inmediato el foco de calor y con esa elegancia “orgullosa” que le caracterizaba, en el caminar de sus pezuñas, se desplazó hacia donde estaba sentada su ama, acomodándose a los pies. Sobre las cuatro y media de la tarde, Emerinda escuchó sobresaltada el timbre de su domicilio. De inmediato pensó en alguna publicidad o equívoco vecinal. Se incorporó de su mullida butaca y se dirigió hacía la puerta, con un cierto sigilo, pues su intención era observar a través del cristal de la mirilla quién podría ser. Delante de la puerta estaba una mujer adulta, probablemente en la treintena, que venía acompañada de un niño que en poco superaría los diez años. Esta desconocida persona para ella asía en su mano un carrito de la compra. Abrió al fin la puerta y le preguntó qué deseaba. Recibió una respuesta entrecortada, posiblemente por el aparente nerviosismo que embargaba a la desconocida. Esta mujer joven, que soportaba un cierto sobrepeso, manifestó que deseaba hablar con ella de un asunto delicado, pero importante para ambas. Más extrañada todavía, le indicó que pasara y las dos mujeres, acompañadas del niño, se sentaron en el saloncito. El crio miraba un tanto asustado a la señora mayor que les había abierto la entrada.

“Le agradezco que me reciba, señora. Mi nombre es Roberta y este es mi hijo Expedito. Desde hace unos meses quería hablar con Vd. El asunto que nos concierne viene de muy lejos en el tiempo. Hace ya muchos años mi madre Candelaria, una mujer de especial belleza y que en gloria esté, tuvo una intensa y secreta relación afectiva con su difunto esposo, don Torcuato. De esa relación nací yo, cuando ya el vínculo que mantenían había finalizado. Sé que mi padre supo de esta realidad natal y aunque nunca tuvo pensamiento de reconocerme es verdad que, de tarde en tarde, enviaba a mi madre alguna cantidad, para ayudarle en sobrellevar la modestia y pobreza de nuestra situación. Mi madre nunca exigió nada a su marido y en modo alguno quiso perjudicarlo en la estabilidad familiar que mantenía. Aquello sólo fue una sentimental “aventura”, que duró algunos meses, con la feliz consecuencia de mi nacimiento a la vida. Fueron pasando los años y tuve un mal matrimonio con una persona innoble y cruel, de la que nació este niño que tiene ante Vd. El padre, menos mal, se fue con otra mujer, pero dejándonos en la más profunda pobreza. Sin embargo, estoy sacando a mi niño adelante, trabajando todas las horas que el cuerpo me permite, en la limpieza de portales, escaleras y locales. Esas cantidades periódicas, que su marido nos enviaba, desaparecieron hace tiempo. Pero unos meses antes que se produjera su fatal desenlace, supo localizarme, indicando que deseaba hablar conmigo y que ya concretaríamos una cita para ese encuentro. Quise ver, en esa inesperada llamada telefónica, un deseo de conocerme y seguro que de ayudarme. Al poco tiempo tuve conocimiento (yo tenía abundantes datos de mi progenitor) que había fallecido de manera repentina. Después de un año y meses, al fin me he decidido a visitarla. Y hoy, último día del año, me he armado de valor para acercarme a su domicilio”.

Emerinda difícilmente podía dar crédito a todo lo que estaba escuchando. Se sentía profundamente abrumada, aturdida, confusa, desconcertada, como viviendo una muy desagradable y extraña pesadilla. Sólo acertó a musitar unas palabras, en el sentido de “¿Y Vd. Roberta, que es lo que pretende de mi?

“Mire señora. De ningún modo pretendo causarle daño alguno o provocarle molestias desagradables y más en un día tan señalado como hoy. Comprendo su desconfianza y lógica confusión. Pero cuando me he decidido a dar este gran paso, apenas he pensado en mi persona, sino sólo en mi hijo. Estamos pasando por una etapa muy dura en nuestras vidas. Hace meses que la empresa que me daba algún trabajo cerró, por problemas de liquidez y mala gestión. A veces me salen algunos portales o limpiezas muy esporádicas. Pero tengo que hacer frente a los gastos del pisito que tenemos alquilado, en una barriada muy modesta de la ciudad. La alimentación es otro problema. Suelo ir por los mercados, a la hora del cierre, y a veces me dan verduras o frutas de las que ya no van a poder venderlas por su maduración. Para el día de la Nochebuena o la Navidad tuve suerte con un camarero de un restaurante del puerto que me dejó coger productos caducados o en mal estado, antes de arrojarlos al contenedor de la basura. Y así vamos. Hay que inventarse algo cada día, para lograr ir subsistiendo. A veces también saco algo de las parroquias, cuando reparten bolsas de alimentos para la gente pobre”.

La viuda de don Torcuato, supuestamente personaje central de esta dramática historia, era una persona de mentalidad muy conservadora y de acendrada religiosidad. A pesar de su carácter enérgico y voluntarioso ante la vida, a su edad lo que menos quería era estar en medio de escándalos y conflictos, que quebraran la suntuosa imagen que mantenía entre los demás convecinos del acomodado inmueble. El impacto “escandaloso” que produciría entre sus amistades, conocer que su difunto marido había tenido una hija extramatrimonial, supondría para ella un golpe extremadamente doloroso para sobrellevar. Y por encima de todo estaban Paulino y Adriano, con sus respectivas familias. Qué dirían uno y otro al conocer, a estas alturas de sus vidas, que tenían una hermana de sangre. La vergüenza y la humillación caería como un pesado baldón sobre la cuidada imagen social que habían logrado construir a lo largo de sus vidas. No se le ocultaba que su marido pudiera haber tenido alguna “aventurilla” pero de ahí a tener una hija, fuera del “santo” matrimonio era algo durísimo para sobrellevar.

“Roberta, este es un asunto muy desagradable y doloroso para mi. Pero en modo alguno voy a permitir escándalos que enturbien la imagen social de mi familia. Si Vd. lo que pretende es algo de dinero, nos podemos arreglar, pues me asegura que se halla en una situación angustiosa y con un pequeño al que mantener. Precisamente en estas fechas navideñas, en donde las carencias son más difíciles de sobrellevar. Pero de ninguna manera me voy a comprometer a dar un paso más. No me responsabilizo de lo que pudiera hacer mi difunto esposo. Torcuato, para mi profunda pena, ya no está entre nosotros para corroborar o aclarar su comportamiento. Pero yo, una mujer cristiana, sabré dar una respuesta caritativa a su muy humilde condición”.

En un estado de confusión, temor al escándalo y fuerte convicción religiosa, Emerinda fue a su dormitorio y extrajo de una pequeña caja fuerte, que tenía encastrada dentro de su armario, una cantidad de dinero, que introdujo dentro de un sobre. Ya en el salón, entregó a la supuesta hija ilegítima de su marido dicho sobre.

“Espero que con esta cantidad pueda resolver sus carencias más urgentes, Roberta. Pero le ruego y le advierto que este muy lamentable asunto no debe utilizarlo para hacer daño a esta familia. Tengo abogados y acudiría a la policía en caso de extorsión. Deje, por caridad, en paz a esta familia. Veo que viene también acompañada por un carrito de la compra. Acompáñeme a la cocina, que sacaré algo de la alacena para que alimente dignamente a su hijo estos días. La caridad cristiana debe comenzar por los que más la necesitan, como nos enseña el Salvador”. Y ya en la bien cuidada y repleta cocina, introdujo en el carrito algunos alimentos, como aceite, leche, patatas, arroz, huevos, azúcar, botes de legumbres cocidas, queso y mirando al pequeño que seguía observándola con cara de miedo, llenó una bolsita de dulces de Navidad, en los que no faltaron un par de tabletas de chocolate con leche.

“Señora, se lo aseguro y prometo: no la voy a molestar más. Comprenda que éstas son unas fechas muy especiales y es muy doloroso ver a mi hijo pasando hambre y con el temor de que nos echen del piso donde nos protegemos del frío y la lluvia”. Dicho lo cual y sin más gesto afectivo o cariñoso, la extraña y sorprendente mujer abandonó junto a su hijo Expedito la lujosa vivienda, expresando la correcta y educada frase de “Muchas gracias, por su compresión y ayuda. Verdaderamente es Vd. una gran Señora”.

Tras el inesperado e insólito episodio, vivido en la tarde de fin de año, Emerinda tuvo que prepararse una infusión de tila bien caliente y tomar alguno de los calmantes que consumía por las noches antes de irse a la cama. Se sentía física, pero más anímicamente, bastante mal. Sin embargo, también pensaba que, con su elegante y muy dadivosa actitud, había contribuido a salvaguardar la paz de su familia, evitando cualquier “nubarrón” o “tempestad” social que pudiera degradar la consolidada situación que sus apellidos ostentaban ante los amigos y convecinos de la ciudad. Y de paso ayudaba a una desgraciada madre abandonada, que se esforzaba en sacar adelante a su hijo. Dándole vueltas y más vueltas al asunto, lo sucedido en ese aciago día del 31 de diciembre le seguía pareciendo confuso, complicado y profundamente extraño.   

Esa emblemática noche decidió cenar pronto, consumiendo apenas una reducida parte del alimento que Venicia le había preparado con tanto esmero. Incluso evitó esperar al toque de las campanadas de la medianoche. Se sentía profundamente cansada, estado sin duda debido a la “misteriosa” visita que había tenido durante esa tarde. Se llevó el móvil a la mesita de noche, porque era previsible que sus hijos la llamarían para desearle el Año Nuevo. Ella disimularía y mantendría en su recta conciencia esa página secreta del comportamiento innoble de un marido que, como hombre de la vida, posiblemente habría tenido sus debilidades mundanas, pero que ella, como buena cristiana, sabría y debía perdonar y olvidar. Tomó su devocionario para rezar en el lecho, mientras su fiel Dimitra reposaba plácidamente “echada y enroscada” sobre el final de la cama, gozando de la suave y cálida templanza proporcionada por la mullida manta de lana que la cubría. Después de atender las llamadas de Paulino y Adriano, los calmantes fueron obraron su efecto, quedando sumida en un profundo y reparador letargo. 

Emerinda no volvió a ver a Roberta, ni a ese supuesto hijo que le acompañaba, un tanto asustado y cohibido ante las severas indicaciones que había recibido antes de atravesar la puerta de ese 2º A, en un bloque para “personas importantes”. Tampoco pudo tener conocimiento de una clarificadora conversación que mantuvo Cosme, sobre las 7:30 de la tarde de ese día final de año, en casa de su sobrina Eloisa, en una barriada obrera de la ciudad.

“De modo que has logrado sacar “a la vieja” 1.000 euros y el carrillo de la compra lleno “para tu profunda necesidad”. Eres una artista, sobrina, aunque eso que me dices que no piensas volver a importunarla me parece una tontería, porque yo sé que esa mujer y su familia tienen buenos dineros, a raudales. Con esa habilidad, que a ti te sobra, podrías tener unas suculentas rentas mensuales que no te vendrían mal. Y es que esta mujer siempre se las ha dado de mucha grandeza y copete, pero fíjate que, con tanta arrogancia y señorío, le tiene un miedo atroz a los escándalos y al qué dirán sus amistades de pacotilla. Yo he tenido que aguantarle muchos desprecios pero, con lo de esta tarde, le hemos pasado una buena factura”. 

Y Cosme, veterano conserje del bloque en el que reside doña Emerinda Martiala, se marchó a su domicilio con 500 euros en el bolsillo. Antes de llegar a su casa, pasó por el colmado de Armenio, el “lechugo” en la terminología popular. Allí retiró el gran jamón de pata negra que tenía reservado desde hacía un par de semanas. También se llevó una botella de exquisito y caro champán francés, para bien celebrar la entrada del nuevo año, con las doce alegres campanadas. -

 

 

EN EL GRAN DÍA DE

LAS DOCE

CAMPANADAS

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

31 diciembre 2021

                                                                               Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/

 

 



 

jueves, 27 de diciembre de 2018

ESAS OTRAS ÚLTIMAS NOCHES DE LA ANUALIDAD.

El siempre emocionante último día de cada año, lo que los ingleses denominan New Years Eve, significada con esa larga y densa Noche (llamada popularmente la Nochevieja) repleta de alimentos, bebidas y una intensamente festiva celebración, no es igual para todas las personas. Parece evidente que, al desenfadado y feliz acústico jolgorio de la mayoría ciudadana, habría que sumar o considerar esa significativa parte de la población que no puede celebrar estos eventos como hacen las demás personas, por razones obvias de sus ineludibles obligaciones profesionales al servicio de la comunidad. En este grupo social se encuentran los cuerpos de la policía nacional y autonómica, que velan por la seguridad ciudadana, el personal sanitario que atiende a los enfermos en los centros hospitalarios o en los demás servicios de urgencia médica, el Real Cuerpo de Bomberos y los miembros de Protección Civil, para los incendios y demás catástrofes y aquellos otros trabajadores que prestan sus servicios en los numerosos establecimientos de restauración, que funcionan hasta muy avanzadas horas de la madrugada. Todos ellos forman el ejemplar grupo de abnegados ciudadanos, para los que la noche del 31 de diciembre ha de estar condicionada por su responsable e irrenunciable ejercicio profesional al servicio del resto de la población. 

De alguna forma, es también el caso de una aún joven mujer. Regina Belén Bahía es la hija única de doña Eloísa Bahía Fuente del Campo, una señora viuda que permanece ingresada en un centro hospitalario desde hace varias semanas, con severos fallos multiorgánicos, agudizados por su ya avanzada edad. Aunque la enferma tienen familiares lejanos, es Regina quien se encarga de estar junto a su madre durante unas horas pues la mercería donde trabaja, desde hace unos  quince años como dependienta, tiene un horario diario de apertura hasta las 8:30 de la noche. A esa hora, suele tomar el autobús para desplazarse a la clínica, donde permanece  acompañando a Eloísa hasta prácticamente la medianoche. De manera habitual, baja unos minutos a la cafetería del centro hospitalario para hacer alguna consumición y cuando vuelve a su domicilio completa la cena con algún alimento o infusión antes de irse a la cama. Los fines de semana puede estar más tiempo junto a su madre, pues los sábados por la tarde y lógicamente los domingos la mercería cierra o interrumpe su actividad comercial. 

Don Blas es el propietario de El Dedal, comercio tradicional para las labores de costura y complementos en el vestir, establecimiento que heredó de su padre, el fundador de este pequeño y tradicional negocio. Este veterano y experto comerciante aprecia mucho a su empleada Regina, persona que destaca por su responsabilidad y prudencia. Esta ejemplar empleada no sólo se ocupa de atender a los clientes que acuden a la tienda, sino que también “echa una mano” en las tareas organizativas de una tienda dedicada al comercio detallista en la que se manejan centenares de pequeñas y diversificadas mercancías. La sede del establecimiento está muy bien ubicada en pleno centro antiguo de la urbe malacitana, teniendo una clientela fiel y consolidada, en la predominan las compradoras sobre los clientes masculinos. En este popular establecimiento se puede adquirir todo tipo de botonadura, hilos, diversificado material de costura, lanas, ropa interior y también prendas de vestir, cordones de zapatos, cremalleras, agujas de coser y esas otras que permiten hacer punto… todo un amplio y abigarrado almacén de productos para la laboriosidad familiar. La organización de este “pequeño mundo” de mercancías exige paciencia, laboriosidad y don de gentes, a fin de que el cliente salga lo más satisfecho posible de la tienda y prometa su intención de volver. La experiencia y profesionalidad de esta dependienta  resulta básica para el funcionamiento de este negocio.

En lo humanamente personal, Regina, que tiene en la actualidad treinta y siete años, con una apariencia física bastante normalizada (sin destacar especialmente por los elementos “estándar” de la belleza exterior) mantuvo un largo noviazgo con una persona bastante mayor que ella. Pero en una desafortunada pero clarificadora tarde, tuvo la dura oportunidad de ver a su pareja afectiva manteniendo un comportamiento intensamente “encariñado” con una joven de gran belleza, en uno de los jardines próximos al Puerto. Bernardo estaba “oficialmente” realizando un viaje a una localidad cercana de la Axarquía, a fin de realizar unas ineludibles gestiones comerciales de representación para una conocida marca de embutidos y mermeladas. Esta deslealtad o duplicidad afectiva provocó inevitablemente una dolorosa ruptura, en la monótona relación que ambos mantenían. Estos desafortunados hechos, para la vida sentimental de la dependienta, sucedieron hace ahora poco más de un año. A este conflicto se le ha unido los “severos” problemas de salud que atraviesa en la actualidad su madre, todo lo cual ha dado lugar a que la situación anímica de esta mujer se haya ido debilitando y degradando, perjudicando lo que hasta entonces era un carácter alegre y positivo en la normalizada sencillez de su vida.  

Y hoy llega la lúdica y festiva tensión anual del 31 de diciembre, con esa “simbólica” extensa Noche en la que cada uno interpretamos, con los rudimentos escénicos que nos caracterizan, esos roles aparentes de felicidad y jolgorio, para despedir un marco temporal que nos dice adiós, que deja paso a otro nuevo que llega, con sus alforjas presuntamente “inmaculadas” repletas de esperanzas y cambios. Pero en el caso de Regina, su noche va a estar condicionada por la responsabilidad y el cariño debido a una madre que la adoptó, cuando apenas ella llegaba al mundo, anciana mujer que ahora yace en la cama de un hospital, afrontando la dura realidad del deterioro físico impuesto por la naturaleza a los organismos de amplia longevidad.

En la mañana de este último lunes del año, el propio don Blas, conociendo la situación familiar de su empleada y mostrando esa bondad que siempre de manera ejemplar le ha caracterizado, ha ofrecido abrirle las puertas de su hogar, para que comparta con su familia la despedida del calendario y no se sienta sola en casa durante esa noche tan especial. También Maritina, una compañera eventual que es contratada para los periodos en los que el trabajo se densifica, con esa juventud desbordante que se atesora a los veinte años, le ha “ofrecido la mano” para que se una a su pandilla de amigos, grupo que va a organizar una fiesta de despedida en una sala de fiestas  sita en el Camino de Antequera, zona del Puerto de la Torre en el norte malacitano. Pero Regina Belén se ha excusado ante los dos sinceros y cálidos ofrecimientos, explicando su voluntad de permanecer durante esas horas festivas junto a la persona que ha sido a todos los efectos su madre, pues el cariño, la dedicación, la educación y el sustento que de ella ha recibido, supo eclipsar la maternidad genética de otra persona que ninguna de las dos llegó a conocer.

Eran las seis de la tarde cuando llegó al centro hospitalario, con el ánimo de acompañar a su madre en esa transición de la anualidad para ofrecerle su agradecida y filial compañía. Elogiosa y ejemplar actitud la mostrada por su hija, aunque doña Eloísa pasaba más tiempo adormilada, por efectos de la sedación que los médicos le aplicaban, que en estado de plena consciencia. En esos escasos momentos de total lucidez hablaba poco, aunque miraba continuamente a su hija, regalándole sonrisa tras sonrisa, a fin de aportarle y transmitirle esa fuerza y confianza que compensara la indudable preocupación que su único familiar próximo se esforzaba inútilmente en disimular. Regina tenía decidido tomar algo en la cafetería, cuando llegara la hora normal de la cena y después seguiría junto a su madre distrayéndose con algunos de los programas que emiten las cadenas en esta noche de celebración y jolgorio. Ya, para la hora del descanso, podría echarse en el sofá cama que todas las habitaciones (individuales) tienen dispuestas para el acompañante que quiera pasar la noche junto al familiar o amigo enfermo. Sería una entrada de año muy diferente a las últimas celebraciones que madre e hija habían pasado juntas, teniendo su pequeña fiesta íntima en su propio domicilio.

No había transcurrido una hora desde su llegada a la habitación, cuando tocaron en la puerta y a los pocos segundos entró Teo, un joven, agradable y dinámico enfermero al que conocía por los días en que su madre enferma llevaba encamada y por algunos gratos momentos de conversación que ambos habían tenido oportunidad de mantener. Se había creado entre ambos una sencilla amistad y proximidad de carácter. Este profesional de la enfermería era ciertamente unos años más joven que su interlocutora, la cual se sintió aliviada con la posibilidad de tener a alguien de tan abierta personalidad con quien intercambiar algunas palabra, durante tantas horas de visitas hospitalarias. Comunicación agradecida en el silencio de una habitación que, como la de todos los centros sanitarios, destaca especialmente  por ese olor tan característico a medicamento, aroma parecido al alcohol, que emana por doquier dada la funcionalidad médica de la edificación.

“¡Hola, Regina! De nuevo por aquí. Me alegro de verte. Estoy seguro de que esta tarde no trabajas, pues hay miles de establecimientos que cierran con horario anticipado, por el tema de las fiestas de Nochevieja. Pero ya ves, hay algunos trabajadores a los que nos toca hacer una entrada de año muy diferente. También me ocurrió en la Nochevieja de hace dos años. En fin, es nuestro oficio y lo hacemos con la mayor y mejor disponibilidad. No hay otra. Los “compas” tenemos, en la sala de enfermeros y auxiliares, algunas cosillas de Navidad para cenar, “chucherías”que previamente nos hemos traído de casa. Las doce campanadas las escucharemos emocionalmente con la bolsita de uvas en la mano o tal vez en alguna habitación donde se nos haya reclamado por parte de los encamados, a causa de alguna necesidad. Por cierto ¿hasta qué hora te vas a quedar aquí junto a tu madre? ¿Tienes algún plan para tomar las doce uvas, en casa de algún conocido o en alguna cena a la que te hayan invitado?”

Cuando Regina le explicó su intención de quedarse allí toda la noche, bajando sólo unos minutos a la cafetería a tomar algo “solido” a horas de cenar, el jovial enfermero sonrió con afecto, disponiéndose a continuación a cambiar el propósito de su muy responsable interlocutora. Lo iba a hacer aplicando esa convicción con la que sabía dotar a sus palabras, de manera especial cuando se le habla a las personas con las que se tiene una cierta afinidad.

“¡Pero mujer! Escucha con atención lo que voy a decir. Yo, personalmente, junto a los compañeros a los que nos ha tocado el turno de guardia esta noche, vamos a estar aquí. Todo enfermo que necesite nuestra atención, te aseguro que la va a recibir con la mejor y pronta diligencia. Quedarse aquí toda la noche no tiene sentido, pues ni vas a poder cenar bien, ni tampoco vas a descansar como lo harías en tu propio domicilio. Tu madre, ahora duerme pero, si despertara. ella te diría algo parecido a lo que yo te voy aconsejar. Ahora, dentro de unos minutos, tengo un ratito de descanso (lo que llamamos en broma la “merendola”). Te puedo acompañar a ese súper que está a no más de veinte metros del hospital y que al ser regentado por comerciantes orientales no cerrará hasta bien pasadas las diez de la noche. Este establecimiento suelen tener muy buenos productos. Eliges alguna cosita agradable para la cena y esa botellita de sidra que tan bien sienta en estas noches en las que se abusa de la ingesta. Estos “chinos” han puesto una nueva sección de fruta. Puedes elegir unidades de productos tropicales y te haces una súper macedonia de fruta con almíbar … bueno, yo te doy la receta ahora ¡ Me tendrás que pagar el copyright!”

La chica se sentía un poco abrumada ante la amabilidad y bondad que este joven transmitía, a no dudar, con una transparente credibilidad. Teo, prácticamente desde el ingreso de su madre, había tenido una gran deferencia hacia su persona. En realidad, el planteamiento que le estaba haciendo el buen enfermero era bastante lógico. Su madre pasaba más tiempo dormida que despierta, gracias a los efectos de la sedación que la dirección médica le estaban, con inteligente y profesional humanidad, aplicando. Decidió entonces que se quedaría más o menos hasta las diez y después se desplazaría a su casa a cenar algo, ver un poco de la tele y a descansar. En la mañana del 1, ese primer día de un nuevo calendario, no más tarde de las nueve horas, volvería de nuevo a la habitación del hospital, para estar junto a su madre. Teo le aseguraba que ante cualquier modificación en la situación clínica de doña Eloisa, marcaría su número de móvil para tenerla al instante bien informada.

Minutos después, los dos buenos amigos se dirigieron al comercio regentado por los orientales, llamado La Gran Muralla, a fin de comprar un poco que queso y jamón cocido, junto a unas frutas tropicales que resultaban en apariencia ciertamente apetitosas. A medida que avanzaban las horas de la tarde, con la llegada del oscurecer nocturno, las circulación y el ajetreo callejero habían ido paulatinamente decreciendo. Los preparativos para la última cena del año, en la propia casa o con el desplazamiento a otros domicilios de familiares y amigos, priorizaba netamente el interés de la ciudadanía. Los cada vez más reducidos viandantes, caminando bien abrigados por las aceras y plazas de la ciudad, parecían tener una evidente prisa. A la gente se la veían la que se mezclan desordenadas esta dependienta  resulta b como llevando consigo esa tensión nerviosa en la que se mezclan un tanto desordenadas las palabras, los pensamientos y las ilusiones festivas de una fecha emblemática, la del 31 de diciembre, con la que ponemos fin a una larga y contrastada anualidad en hechos y vivencias.

Han pasado ya abundantes amaneceres, a partir de los hechos aquí narrados. En la tarde de un luminoso sábado, con ropajes cromáticos y aromáticos de la recién avenida Primavera, dos jóvenes personas se encuentran sentadas en una terraza de la zona portuaria. Ambos disfrutan de la agradable brisa marina, regalo y don de la naturaleza que acaricia y juega tonificando, con la generosidad solar, todo esos cuerpos necesitados de consuelos y esperanzas. Comparten sendas tazas de café y unas pequeñas galletas de canela, ciertamente sabrosísimas para todo exigente buen paladar. El calor humano, la cercanía afectiva y los consejos oportunos de Teo han sido para Regina como un bastión insustituible de cariño y apoyo constante, que ha hecho más llevadera la nueva situación en su vida. La carencia ahora de una madre, cuya ausencia supera los límites de la lógica y la necesidad, resulta siempre una dura experiencia difícil de asumir. Pero él y ella, ella y él construyen caminos y planes ilusionados para su futuro en común, con esa connivencia de dos seres que saben acomodar las sonrisas, acompasar los latidos y enriquecer esas miradas para las que no se necesitan palabras. Sólo es necesaria la proximidad. Sólo es irrenunciable el cariño recíproco.-

ESAS OTRAS ÚLTIMAS NOCHES DE LA ANUALIDAD.



José L. Casado Toro  (viernes, 28 Diciembre 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga