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viernes, 18 de enero de 2013

EL MEJOR REGALO DE REYES.


Siempre he mantenido la convicción de que la acción tutorial  es una de las tareas más gratas, posiblemente la de mayor importancia, que los Profesores pueden desempeñar en el seno de las distintas comunidades educativas. ¡Son tantas y variadas las experiencias que se generan a partir de esta creatividad formativa por excelencia!

Es uno de los primeros martes de enero. Alumnos, personal de administración y servicios y los equipos de Profesores, todos habíamos vuelto a las aulas, tras las vacaciones navideñas. Apetecible y necesaria etapa de buen descanso, propicia para potenciar la vida familiar y las actividades lúdicas, en un marco densamente festivo que sirve de transición a dos anualidades. Así pues, con renovado espíritu y fortalecimiento físico, organicé mi primera clase de acción tutorial colectiva, ya en el marco novedoso de un nuevo año.

Aunque lo chicos y chicas de mi tutoría, para este curso, alcanzaban ya una media de edad entre los 14 -15 años  (hablamos de un 3º de la ESO) estimé interesante plantear una temática de participación colectiva centrada en la cercana jornada de Reyes. ¿Cuál ha sido el mejor regalo que has recibido, ya sea durante la Navidad, o en esa mágica Noche en la que tantas voluntades pueden convertirse en una feliz realidad? pregunté.  Les encargué que redactaran algunas líneas que sirvieran de base para contrastar opiniones, ilusiones y deseos navideños, en la intimidad de sus jóvenes vidas. Probablemente, la temática a debatir puede parecer algo infantil. Pero me había propuesto motivar un debate de participación y comunicación colectiva, en uno de esos primeros días de la vuelta a las clases, y el asunto de los regalos ofrecía suficientes incentivos para que todos retomáramos a gusto la convivencia del diálogo.

Tras unos diez minutos de espera, a fin de que cada uno trazara sus líneas argumentativas acerca de la pregunta planteada, se inician las intervenciones. Aunque, como tutor, iba a controlar el jugoso debate, cedí el protagonismo de la concesión de palabra a varios alumnos, a fin de que fueran habituándose en el ejercicio de dirigir los turnos y el adecuado juego participativo. Pronto sobrevolaron, por la atmósfera adolescente del aula, una serie de regalos de la más variada gama y condición. Una primera impresión: la extremada generosidad de algunos padres, a la hora de aceptar las desproporcionadas peticiones de sus hijos e hijas. Esta apreciación deriva de que, en su gran mayoría, son familias de un nivel socioeconómico más bien modesto o medio bajo.

En segundo lugar, muchos de los perceptores de las dádivas “reales” (todavía sigue predominando el regalo que se recibe en la mañana del 6 de enero) no se caracterizan por ser abnegados “trabajadores en el estudio”. Todo lo contrario. Si echamos cuenta de las estadísticas que nos confirman los boletines de notas, las calificaciones de estos agraciados en la mañana real son más que precarias, abundando los insuficientes en más de dos y tres materias. Alguno podría entender, siempre expresándolo con la mayor delicadeza, que, ante ese pobre rendimiento, no se les castiga sino que se les premia. Sería de especial interés conocer la argumentación de los progenitores ante su proceder en la Noche mágica de Reyes. ¡Claro, tal vez por eso. Es que es….. mágica!

Hubo algunos casos en que los regalos aparecían, durante esa espléndida mañana de enero, en la casa de “mi madre” y en la casa de “mi padre”. Efectivamente, aquellos matrimonios que se ven inmersos en separaciones o divorcios, también son visitados por sus Majestades con notable generosidad. Sus hijos reciben los juguetes u otros presentes en ambos domicilios, con lo que se incrementa la variedad y el número de aquéllos, para el goce indisimulado de sus perceptores. El itinerario de estas visitas se incrementaba con el atrayente paseo por la casa de la abuela, tíos o incluso amigos de los padres.

Bueno ¿y que se regala? Tratándose de jóvenes adolescentes, el concepto básico de juguete queda transformado y superado por otras realidades, más a tono con la edad. Ropa y zapatos ocupan, en este caso, un lugar preferente. También, por supuesto, los productos informáticos. Desde los ordenadores (especialmente, el portátil) hasta los elementos periféricos, como los discos duros y las impresoras. Las tabletas informáticas se han puesto muy de moda, aunque en ese entorno electrónico continúa teniendo un puesto de privilegio la telefonía de última generación. Alguna consola, para los juegos en pantalla, adornos de joyería y bisutería, especialmente para las jóvenes y…… muy escasos libros.  ¿Y a quien le han traído algún libro interesante? “Profe, los libros son para el estudio, y estamos hablando de los Reyes Magos”. Tuve que explicar mi posición acerca de que también SS MM visitan, para hacer su  acopio de recursos, las librerías, donde se encuentran joyas espléndidas para distraer, divertir y enriquecer o alimentar nuestras mentes. Mientras, otros hablaron de sus cámaras fotográficas…..

El ambiente se había ido animando, de manera progresiva, tras un principio en que la temática a comentar no parecía despertar un fuerte ánimo participativo. Posiblemente, porque a estas edades de la adolescencia se perciben estas temáticas como especialmente infantiles. En realidad, una gran mayoría habían acompañado a esos progenitores a los centros comerciales donde los Reyes hacen acopio de las mercancías solicitadas por los niños pequeños y grandes.

Y allí, en la fila tercera, junto a la ventana donde aún entraba un rayito de ese sol invernal que tanto agradecemos, Carina, algo seria, parecía un tanto ausente del jolgorio general que los diversos monitores se veían incapaces de encauzar y controlar.  Mi posición como tutor era bien clara: en aquel segundo día de clase, y primero de acción tutorial, debía prevalecer la alegría, compartiendo un recuerdo y realidad amable de las pasadas vacaciones. La rutina de la vuelta a las aulas, con los madrugones, los estudios, los apuntes y las tareas para la casa, la aridez de algunos contenidos, los mensajes repetitivos del “no se puede… está prohibido… te voy a poner un parte…. silencio …. cállense …. silencio……. etc”,  debían ser compensados con otras sugerencias de mayor estímulo y alegría, para personas que vibran y comparten esa maravillosa e inolvidable edad de los quince años.

“Carina, aún no hemos escuchado cuál ha sido ese mejor premio, o el que te ha hecho mayor ilusión, en la carta a los Reyes. Seguro que tienes algo que contarnos. A pesar de este complicado sonido ambiente, tus compañeros van a escuchar con interés aquello que quieras contarles. Venga, anímate. A todos nos gusta verte sonreír y hoy te veo pero que muy, muy pensativa”.

Por diversos motivos, la personalidad de esta alumna influye en el resto de sus compañeros. Su situación en el grupo es un tanto especial, con respecto al resto de los alumnos. Al fin se decide a intervenir, ante el requerimiento del Profesor tutor. Sus palabras, pronunciadas con un ritmo intencionalmente lento, ejercen el mágico efecto de facilitar un silencio magnéticamente generalizado en el colectivo grupal. “Bueno, preferiría no hablar…. en esta ocasión” fue su respuesta. Quise forzar un poco la situación e insistí en mi petición. Posiblemente era la única alumna que no había abierto la boca, en los cuarenta minutos que llevábamos de clase.

“Si el Profe insiste, puedo resumir mi postura en este debate tan ilusionante que aquí se ha montado. MI mejor regalo, aquello que me ha hecho más feliz en estos días, no ha sido una cosa material, como las muchas que mis compas han comentado. Aunque todas las cosas que aquí han salido me parecen bastante chulas, en mi caso ha sido algo familiar lo que más me ha alegrado. Aunque es muy íntimo, y mis mejores amigas lo conocen, no me importa decirlo aquí públicamente, aunque sé que algunos no se atreverían. Pero así soy yo. (no se escucha en el aula el simple vuelo de una mosca. Todos miran a Carina, con atención y respeto). Mi familia estaba…… rota. Es una desgracia…. hay muchas así ¿verdad? ¿Culpables? No creo que esa sea la mejor palabra. El padre, la madre, todos… Seguro que ellos sufren pero ¿y nosotros? ¿Han pensado en nosotros? Los hijos vivimos este drama pero que muy “requetemal”. Muy “jodidos”. Hay muchas noches y días de lágrimas. De angustias. De estúpida soledad. Pero…. los Reyes este año han querido traerme una alegría. Parece que la cosa se está arreglando. Y yo voy a sentirme feliz, viendo como mi madre vuelve a sonreír. Ese ha sido mi mejor regalo. Gracias, Profe. Gracias….. papá”.-


José L. Casado Toro (viernes 18 Enero, 2013)
Profesor



viernes, 29 de junio de 2012

SONIDOS PARA RECORDAR, SENTIR Y GOZAR.

Todos, absolutamente todos los sentidos resultan necesarios, fundamentales y enriquecedores, para considerarnos vinculados, como protagonistas activos, a la vida. La naturaleza ha querido regalarnos estas capacidades, orgánicas y psicológicas, a fin de comunicar con ese entorno que nos justifica y sustenta. Hoy, desde estas páginas que cada semana también comunican, deseo comentar algunas sensaciones, muchas percepciones, que me hacen soñar, gozar y reflexionar, a través de los sonidos. Son como latidos de vida que nuestro oído, nuestra preciada capacidad auditiva, integra y hermana a esas otras habilidades que el resto de los sentidos saben proporcionarnos. Sí, ya sé que en la vorágine actual de las prisas, con el aturdimiento impasible del minutero, existen otras realidades más inmediatas y prioritarias para tu necesidad. Lo entiendo, por supuesto pero, hoy, voy a referirme, a la fortaleza conceptual y sentimental de los sonidos. En concreto, a determinados sonidos que nos hablan, desde afuera, para el interior de nuestra convulsa o relajada existencia.


¿Y como elegir, entre tantos y tan variados acordes, procedentes del pentagrama acústico que, vivencialmente, nos rodea? No, no resulta fácil priorizar unos sobre otros. Pero vamos a entregarnos, lúdica y creativamente, a bucear en el océano de los recuerdos, algunos de aquéllos que sean más activos o significativos para componer nuestro comentario. Precisamente, ayer tarde estuve en el puerto marítimo, junto a esas aguas azules, verdes e infinitas, que acarician nuestra ciudad. Quise alejarme de la densificación comercial y encontré el acomodo oportuno junto al morro de levante, no lejos de esa Farola en blanco que nos sabe orientar en la confusión de la noche. Y allí, bajo la suavidad reconfortante del sol y el frescor de la marisma, ese sonido repetitivo, rítmicamente acompasado, emitido desde los motores de los grandes buques, cruceros o mercantes, anclados en el regazo de nuestra bahía. Son navíos que acaban de llegar o se muestran prestos para la partida. Pero, en todos ellos, se hace real el latido de su presencia, llegando dulcemente a nuestra escucha, su voz, su convivencia, evitando brusquedades o desafortunadas impertinencias. Comparten, solidariamente, su maquinaria cardíaca con la hospitalidad de nuestra percepción. Eran poco más de las cinco, en una tarde de junio. Aguas mansas, en el letargo, que brillaban tras los rayos dorados de un sol generoso. Olor a brea, a sal y el vértigo de la aventura. Con la atención del silencio, escucha cómo también los barcos pueden….. y saben hablar.

Ya no son como antes. Ahora, en los tiempos sin tiempo, corren más y suenan menos. Los hemos visto funcionando con el corazón que sabía impulsar el carbón mineral. Después, fueron los motores diésel. En la actualidad, la electricidad permite alcanzar velocidades que arañan los trecientos kilómetros a la hora. Es el reto de la distancia, junto al del tiempo. Sonidos viajeros de unas ruedas que se deslizan por las vías, acordes repetitivos que caminan presurosos hacia cualquier destino, hacia ese u otro lugar, para tu necesidad. Cierra lentamente los ojos, en el interior mágico de un vetusto vagón de ferrocarril. O sentado en ese banco adormilado de una olvidada estación que, siempre, siempre sabe esperar. Escucha el ritmo agradable de unos vagones que transportan, con presteza, vidas ansiosas para conocer, disfrutar y cambiar. “Buenas tardes. Perdone ¿qué número de asiento es el suyo?  Claro, su número corresponde al vagón siguiente. No se preocupe, a mi también me suele ocurrir. Permítame que le ayude a bajar su trolley y la mochila del estante superior”. El tren inicia su marcha y ya, bien acomodados, prestamos oído al parpadeo acústico de una maquinaria que nos anuncia un destino. Meta o fin que se abre hospitalaria, para una nueva oportunidad. Raíles hermanos que dibujan un camino sembrado de acordes, en nuestro goce y necesidad.

Muchas tardes, tú y yo, aquél otro y todos los demás, hemos caminado, descalzos y en silencio, junto a las olas del mar. Agua plateada de sal y ternura, de frescor alegre y marinero, que nos sabe, en la alegría, acariciar. Pero lo más importante, ahora, es el ritmo acústico de esas olas, que van y vienen incansables, componiendo estrofas y canciones que siembran en la trasparencia nuestro deleite. Para ayudarnos a un mejor vivir, sentir y reflexionar. Y allí, una joven que parece que… ¡está llorando! ¿Serán lágrimas en la desventura o el goce de aquello que no se puede ocultar? Permanece de pié, observando el horizonte en celeste cielo, y sin atreverse a caminar. Hubiera sido bueno preguntarle, pero cuidé la impertinencia por esos moldes absurdos que desvitalizan el comunicar. “Perdona ¿qué te ocurre? Te veo sufrir en el llanto ¿En algo puedo ayudar?” Pero ambos nos separamos. Ella, en su destino, mientras yo, avanzaba hacia poniente, pues la tarde invitaba a pasear. Las olas seguían haciendo explícitas sus canciones, para oídos sedientos de consuelo, recuerdos y esperanzas, valientes, audaces y juguetonas, frente a la irracionalidad.

Y seguimos con el agua que, aun si verla, la percibimos cercana a través de los ritmos caprichosos en su discurrir por la naturaleza. Experimenta y goza de una tarde, primaveral o bajo el manto de cualquier otra estación, paseando por los jardines de esa fortaleza islámica, tesoro para la memoria, en Granada. Es un verdadero y asombroso placer. El agua, en La Alhambra. Llamada la Roja, entre otros motivos, por ese color sangre de la tierra, en la colina donde se cobija.  Arte nazarí que ensueña otra época, otra vida, en pleno corazón de la bella ciudad hermana. Palacio, jardín y fortaleza. Conjunto épico de un pueblo o isla musulmana, resto de Al Andalus, frente al cerco cristiano que ejerce la austera y noble Castilla. Decía que paseando entre los setos de mirtos o arrayanes, hermanados a un abecedario de flores cromadas y perfumadas, puedes escuchar, con apasionada atención, el golpeo, el tic tac, el cimbreo acústico del agua, traviesamente oculta en muchos de sus arterias plateadas hacia los estanques. Mágico silencio, entre los reflejos anaranjados de un sol que lentamente declina, sólo interrumpido por ese sonido del agua que, aún sin verla, sientes, percibes y disfrutas, cuando ella juega, acaricia y percute la epidermis natural que la sustenta.

“Buenas tardes, Sr. De nuevo por aquí. Es grato poder saludarle y gozar de su conversación. Buen marco para vivir, para escribir y recrear la leyenda. Pienso que dentro de unos años, al paso del tiempo, esos textos, que está escribiendo, serán leídos con avidez y placer, por cientos y miles de personas de todos los países y lenguas. Cuénteme, regáleme por favor, una tarde más, otra nueva historia, que me haga soñar, sentir y gozar, para salvar lo más agradable del día”.
Puedo hablar, en la imaginación, con Washington Irving. New York, 1783-1859). Tales of the Alhambra, 1832.

No son pocas las ocasiones en las que tratas de hallar un aire más limpio, en lo material, en los valores, en las raíces de tu ánimo, escapándote al entorno, más o menos agreste, de la naturaleza. Allí puedes sentir, reflexionar y recuperar algo de tu yo, en medio de las flores, el roquedo y la soledad. Silencio para el espíritu sólo roto por los viajes del viento, la percusión de la lluvia y el trinar de las aves. ¿También crees tu que los pájaros hablan y dialogan entre ellos? Y ¿por qué no? ¿Quién puede asegurarte lo contrario? Presta, atiende, con fijeza, lo que unos cantan y otros responden. De forma especial, a esas horas en que el sol inicia su declinar térmico y lumínico, buscando reiniciar mañana la aventura de un nuevo día. Su conversación acústica no se enseña en colegios y liceos. Igual ocurre en las doctas Escuelas para los idiomas. En las librerías, tampoco hallarás diccionarios al efecto. Y, esa sutil y sublime destreza, sigue sin valorarse en currículos y concursos propuestos para la vida. Pero ¡qué buen lenguaje nos estamos perdiendo …. para aquéllos que quieren y saben oír, escuchar, sonreír y latir, en esos parajes modelados con mentes y corazones sensibles. Apártate, por un rato, de esa inculta locura, colectiva y personal, que te hace infeliz y atiende con emoción y sosiego, al tiempo, la mágica dicción de esas aves que tanto comunican, en atardeceres o amaneceres serenos.

Debo ir finalizando cuando…. aún estoy comenzando. Y es que son tantos y tan sublimes los sonidos que nos alegran la vida. El propio silencio ya es una forma, contundente, audaz y valiente, de lo que puede llegar a ser un sonido. Quiero dejar, para el “the end” de esta bella historia, uno de esos sonidos que ya apenas permanecen en las entrañas de nuestra memoria. La digitalización ha cercenado el clímax emocional que me producía escuchar el recorrido mecánico de una máquina de proyección cinematográfica. El hecho se producía en aquellos cines de barrio que sabían endulzar el monótono letargo de muchos años, vividos ya en la distancia. Eran esos rodillos que trasladaban y arrastraban los 35 milímetros de un rancio, pero maravilloso, celuloide en technicolor, o en una indescriptible escala de grises. Sabían generar una buena coral acústica para unos actores que alegraban, distraían, emocionaban o hacían reflexionar a nuestras conciencias. Aquella máquina de cine aún la puedes deleitar, con el misterio insondable de sus pálpitos, en dos de las antiguas salas que habitan y permanecen en el centro urbano de Málaga.

No había reparado en ello pero, ahora que me fijo, siento las estrofas de una bella canción o melodía, a través del teclado de mi ordenador. ¿De verdad que todas las teclas, al pulsarlas, suenan igual? Prueba a hacerlo y centra tu atención. Percibe como hay teclas que hablan en sol, en fa o en mi. Son como los rítmicos ecos que acompañan a las letras, a las palabras y a la comunicación para la vida.-

José L. Casado Toro (viernes 29 de Junio, 2012)
Profesor
http://www.jlcasadot.blogspot.com/