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viernes, 27 de noviembre de 2020

FICCIONES Y REALIDADES, EN LA RELACION DE PAREJAS.


Hay sonidos que pueden resultar agradables o molestos para el oído, según sea nuestro estado de ánimo y la propia modulación que contenga la acústica emitida. Sin embargo tenemos otro factor que condiciona notablemente esa recepción: la hora en que se produce la correspondiente escucha. Pongamos un ejemplo. Es bastante normal que el teléfono suene entre las 10 y las 22 horas de cada día, avisando que tenemos una llamada. Pero si el ring telefónico lo hace a las doce de la noche, a las tres u otra hora de la madrugada, el sobresalto, el nerviosismo, incluso la angustia que el agudo sonido produce, afectará a casi todos aquellas personas que habiten el domicilio destino de esa comunicación. Puede tratarse de un error cometido a la hora de marcar el número, pero el sentimiento general es que recibir una llamada a esas incómodas horas no va a traer buenas noticias, sino todo lo contrario. En el contexto de los sonidos telefónicos, en horarios inesperados o intempestivos, se enmarca una fase del relato de la siguiente historia.

La pareja formada por Ranio (Eufranio) y Alicia acumulaban bastantes años de noviazgo. No había una única causa para esta relación tan prolongada: las motivaciones económicas, sin duda, eran importantes, aunque también había que considerar la falta de decisión que les afectaba e incluso, con el paso del tiempo,  la pérdida del fulgor entusiasta de los primeros momentos en que se conocieron. Todo ello influía en ese continuo aplazamiento para llegar al matrimonio o a la unión en total convivencia. La rutina relacional iba afectando más a la chica que al joven, por lo que el destino o la casualidad hizo que Alicia (reponedora de mercancías en  un importante hipermercado de la capital) conociera a otra persona de la que se enamoró con fulgor, prácticamente desde ese preciso primer encuentro. Esa atracción fue también correspondida por esa tercera persona, de nombre Vento (Ventura) que formaba parte de un grupo teatral local de vanguardia.

Alicia adoptó la equivocada decisión de mantener la ficción o engaño con Ranio durante algunas semanas, pues éste había sido muy noble con ella, ayudándola en momentos difíciles en lo laboral y familiar y no veía justo hundirlo afectiva y anímicamente, dándole ahora “de golpe” la muy dura noticia de que lo dejaba por otra persona. Sin embargo quiso la casualidad que una tarde las precauciones, que ella aplicaba con su nuevo gran amor, fallaron y  su pareja de tantos años se los encontró acaramelados en uno de los parterres del Parque. La inevitable ruptura “oficial” y la brusca forma en como ésta se produjo resultó harto dolorosa para ambos.

Ranio vivía solo en un estudio ubicado en un antiguo caserón de la zona Merced-Lagunillas, pequeño inmueble que tenía alquilado desde que se afincó a Málaga capital, procedente de Villanueva del Trabuco, pueblo en el que había nacido. Hijo único de una modesta familia (su padre era labriego por cuenta ajena) tuvo la suerte, con la decisiva ayuda de un familiar vinculado a los sindicatos, de encontrar un cómodo trabajo de personal auxiliar en un centro universitario del Ejido, situado bastante cerca de su domicilio. La brusca e inesperada realidad afectiva hundió profundamente su más bien débil estado anímico. Comenzó a descuidarse en su diario aseo personal y a encerrarse en casa, delante del ordenador o el aparato de televisión, cuando abandonaba su lugar de trabajo a las tres de la tarde. La vinculación con su antigua novia había sido tan absorbente, que ahora caía en la cuenta de que carecía de buenos amigos, aquéllos que en estos momentos de soledad podrían haberle echado una buena mano, con su compañía, afecto y comprensión.

Alicia no era ajena a esta delicada situación, pues conocía muy bien a la persona con la que había formado pareja durante casi siete años. Su conciencia y el temor de que Ranio pudiera hundirse totalmente, en el fango del abandono y la autodestrucción, le llevó a tratar el espinoso tema con su nueva pareja. Vento, que era una persona hiperactiva, innovadora e imaginativa, valores que le ayudaban muy bien en su profesión de actor. También gozaba de un buen corazón. Ambos idearon una hábil estrategia, para ayudar al joven relegado y abandonado, en esa desesperación y cerrazón anímico en el que estaba inmerso. Sus propios compañeros de trabajo lo comentaban con preocupación, pues Ranio no cumplía con los horarios, se le “olvidaban” aspectos importantes de sus obligaciones en la Facultad, incumplimientos que provocaban problemas que ellos tenían que cubrir o disimular. Algún amigo común tenía bien informada a Alicia de la “degradación” en la que estaba sumido su antigua pareja.

En ese plan de ayuda, tuvo curiosamente una intervención decisiva la innata capacidad para la fabulación que poseía el actor y guionista Vento Masala. Desde su adolescencia había estado vinculado a las artes escénicas, formando parte de diversos grupos de teatro, siempre de “vanguardia”, que iban representando obras, por ellos escritas, en diversos centros culturales de toda Andalucía, subvencionados por organismos públicos o de titularidad privada. El grupo El Almirez, dirigido por él, estaban también  realizando sus primeros cortos cinematográficos, así como grabaciones publicitarias, que le proporcionaban algunos dividendos con los que “ir tirando” y poder llegar a final de mes. De acuerdo con Alicia, se reunieron con una miembro del grupo, una joven y dinámica intérprete, pucelana de origen,  llamada Carol, de especial y enigmática belleza, vinculada al Almirez desde hacía medio año. Le explicaron el caso y pidieron a esta chica, con dotes interpretativas verdaderamente extraordinarias, que les echara una mano a fin de distraer o animar a una persona que cada día que pasaba se encontraba peor, en el hundimiento sentimental de su depresivo ánimo.

Fueron puntualmente convincentes, en la exposición y razonamiento que hicieron a la joven intérprete, por lo que ella aceptó sin dudar el reto. Le agradaba y motivaba la historia. Su intervención sería un nuevo ejercicio práctico, a fin de ir sustentando nuevos peldaños en ese camino que estaba recorriendo, según ella, hacia el “estrellato”. Le facilitaron el número telefónico de Ranio. Entonces se dispuso a elaborar el “argumentario” que pensaba interpretar ante el desvalido y frustrado amante. Tres días después, en una noche de viernes, marcó los dígitos del atribulado auxiliar de la facultad de Económicas, Ranio Entrena. El reloj marcaba ya las 0:45 de un nuevo día, comienzo del fin de semana. La arriesgada operación estaba en marcha.

A nadie se le oculta el hecho de que recibir una estridente llamada telefónica, en los inicios de la madrugada, inestabiliza a la persona más tranquila y sosegada. El teléfono, a esas anormales horas de la noche, solo puede ser portador, en general, de malas o desagradables noticias. Carol se se presentó como una novia abandonada y desesperada, por la pérdida del cariño en quien más confiaba y que sin embargo le había “pagado” su fidelidad con el engaño y la humillación social. Entre justificándose y rogando el perdón del oyente, explicó que había marcado un número al azar, pues necesitaba, de manera imperiosa, contactar y dialogar con alguien. En su congoja, se sentía muy desgraciada, deprimida, desanimada, hundida, temiendo caer en la tentación de “hacer una locura”. Reiteraba que con tan solo unos minutos de conversación saldría, temporalmente, de ese profundo bache afectivo en el que veía sumida. Al fin confesó, al asombrado y desconcertado oyente, que se había tomado unas pastillas y tenía miedo de sus consecuencias. Ranio trató de tranquilizarla, ofreciéndose a contactar de inmediato con el SAS para que desplazara, con urgencia, una unidad móvil. Carol le agradeció su receptividad, indicándole que ya no era necesario reclamar atención médica, porque hacía unos minutos que lo había “devuelto” todo. En los minutos siguientes, el cada vez más seguro receptor de la intempestiva llamada fue animando a la chica, tratando de convencerla de que había que salir del bache y que podía contar con él, pues el calor humano era la mejor medicina para esos momentos ingratos de soledad.

En los más de cincuenta minutos, que ambos jóvenes estuvieron comunicando, él insistió para que se vieran ese sábado por la tarde, compartiendo una taza de té o café, con esas palabras, silencios y miradas, que tanto confortan en los acres momentos con que también nos regala el caprichoso destino. Ella fue un tanto reacia, al principio, para aceptar el generoso ofrecimiento (todo formaba parte del guión) pero tras colgar el teléfono, al finalizar la comunicación, volvió a marcar el número del nuevo “amigo” aceptando el encuentro personal del día próximo.

Ranio quería, sinceramente, ayudar a la joven y de paso “ayudarse en lo posible a sí mismo. La sorpresa de Carol escenificaba perfectamente ese compañía que él también necesitaba. De esta sencilla manera comenzaron a salir varias tardes, preferentemente durante los fines de semana, compartiendo meriendas, palabras y razones. En esta simpática y terapéutica relación, la chica comenzó a sentirse bien con ese joven que, paso a paso, le iba abriendo su vida, con sus confesiones íntimas a la receptividad de la persona amiga. Apenas sin darse cuenta y superando el guión previsto, Carol comenzó a sentir por Ranio más que afecto y amistad: se estaba enamorando del muchos de los valores que iba descubriendo en esa persona a quien secretamente ayudaba. Pero él no se había olvidado de Alicia. Una y otra vez, su conversación y su mente volvía a esa relación, ahora frustrada, que había mantenido con ella durante tantos años. Dándose cuenta de los ardientes sentimientos de Carol, Ranio intentó fingir para no herirla, paralela a la simulación que en principio ella había hecho, desde la noche en que efectuó la llamada. Así son los juegos traviesos del destino, de manera especial con las personas inestablemente formadas.

¿Y cómo evolucionó esta intrincada historia de parejas, infidelidades, generosidades, ficciones y realidades?

Con el avance del tiempo, la vida de estos cuatro personajes ha marchado hacia destinos desigualmente buscados y con resultados más o menos inesperados.

Alicia fue comprobando, en el trato diario y tras el deslumbrante encanto inicial, que había encontrado o imaginado en el actor y guionista Vento, que éste era en realidad un compañero de muy difícil, compleja y “maravillosa” al tiempo personalidad. Excéntrico, compulsivo, imaginativo, ególatra, creativo e inestable en sus respuestas y comportamientos insospechados. Estaba plenamente entregado a las artes escénicas, tarea que representaba ese oxigeno vital que nos permite seguir avanzando por la existencia terrenal. Tras una fase de exuberante rodaje sexual, ambos llegaron a ese cansancio de lo rutinario, buscando nuevos incentivos que los alejaran de la aburrida normalidad. La antigua compañera de Ranio ha intentado incluso volver con éste, pero las circunstancias han cambiado para todos en la evolución de los días. En este momento, la dinámica y bella reponedora del Centro Comercial  se ha convertido, asumiendo una nueva prueba en su dinámico carácter, en amante del jefe de compras vinculado al departamento de alimentación, hombre que le supera en 14 años su edad y que en su normalidad está casado y con hijos. Este vínculo “secreto” le permite tener un mejor horario y obligaciones laborales menos gravosas o esforzadas que tenía que asumir antes del nuevo vínculo afectivo.  

Aunque en un principio Ranio también mantuvo la ficción o engaño viendo a Carol, la misteriosa chica del teléfono nocturno, tan enamorada, tuvo finalmente que explicarle que estaba en una fase de su vida harto compleja. En esta situación prefería no volver a comprometerse con otra pareja, en principio, tras el mazazo que había supuesto para él la actitud de su novia de siempre, Alicia. La aspirante a gran actriz acabó entendiéndolo y buscó nuevos derroteros afectivos, manteniendo el secreto  de las verdaderas razones de la  inesperada llamada en madrugada, que hizo al domicilio de Ranio. Este auxiliar de servicios en la facultad de Económicas dedica ahora su tiempo, en el ocio de las tardes, a practicar gimnasia en un centro deportivo. En este sentido también se ha aficionado a las salidas senderistas los fines de semana, para las que cuenta con la compañía y afición paralela de una compañera de facultad, que también es auxiliar, llamada Malena, divorciada y con una niña a su cargo, persona de carácter positivo, cuyo dinamismo compensa las faces taciturnas en que Ranio con intermitencias se ve envuelto. Uno y otro saben que más pronto que tarde ambos decidirán unir sus vidas.

El actor, guionista y hábil aventurero de faldas, Vento, olvidó pronto la fase de Alicia, en su currículo afectivo. En su notable carrera artística se halla ahora entregado a un proyecto de rodaje, que constituiría su primera intervención cinematográfica, escribiendo el libreto para el que se ha reservado uno de los papeles protagonistas. Dicho guión lo esta elaborando en colaboración con un periodista de nacionalidad británica, ya jubilado, que está afincado en la “milla de oro” marbellí: Mr. Christian Raleigh, un australiano de nacimiento con un buen capital económico de origen “desconocido”. La financiación del inglés ofrece una cierta base económica a los proyectos del dinámico actor. Tiene previsto llamar a Carol, cuando el proyecto esté más conformado, para contar con una prometedora actriz y quizá también para añadir otra muy sugerente aventura a su amplio listado de “conquistas” femeninas.

Aceptando su ilusionado, sencillo y frustrado amor, por ese joven al que pretendió ayudar en aquella noche otoñal, Carol ha continuado con su carrera artística. No sólo cambiando de compañía teatral, sino descubriendo una faceta importantísima en su vida que ha transformado su manera de ser, sentir y caminar existencialmente. Para esa renovación que ha sabido aportar a su carrera, ha sido fundamental el encuentro, amistad, colaboración y sosegada convivencia actual con un director teatral, ya jubilado, muy prolijo en su trabajo escénico con un listado amplísimo de actores, en las numerosas obras que ha montado a lo largo de su dilatada etapa artística, llamado Reinaldo París. Este maestro, amigo, compañero y amante, supo transmitirle una noche algo que ella escuchó, meditó e integró en su carrera. “Tienes un pequeño y gran problema cuando actúas, que es algo innato a tu persona. Hay momentos en que esa forma de actuar puede ayudar a ganarte al público, pero que a la larga te va a encasillar en un perfil que te hará bastante daño, si quieres cuidar y sustentar tu futuro en las tablas ante el público: asumes de continuo una constante gesticular que peca de histrionismo y sobreactuación interpretativa. Aunque lo disimules, careces de naturalidad.” Carol ha sabido entender el análisis, técnico y “paternal” de su pareja y en la actualidad asiste a una escuela interpretativa, dirigida por una vieja gloria de las artes escénicas como es Flora Larial. Aunque tiene fijada su residencia en Madrid, Ranio y ella intercambian cada diciembre cariñosas felicitaciones, con ese reencuentro pendiente para hablar juntos, recordando aquellas traviesas ficciones y simulaciones con las que el destino quiso relacionarlos.

Y así han sido y son estas cuatro, sencillas y complejas, historias de personas enlazadas, en el cosmos espacial de su pequeño mundo. Amores ilusionados, frustraciones dolorosas, pequeños éxitos en la lucha, proyectos y aventuras indefinibles, todo ello en el seno de esas soledades compartidas, que se sobrellevan y dibujan en la realidad de la vida.-

 

FICCIONES Y REALIDADES,

EN LA RELACIÓN DE PAREJAS

 


José Luis Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

27 Noviembre 2020

Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/

 



 

viernes, 10 de agosto de 2018

LA COMPLICADA CONSTRUCCIÓN DE CADA NUEVO DÍA.

En el comportamiento de los seres humanos, la dialéctica desarrollada entre los valores y los defectos aparece como una realidad constante y muchas veces dolorosa, pero que se halla incardinada necesariamente en las bases estructurales de nuestra propia naturaleza.  A poco que observemos las respuestas que ofrecemos en el periplo viajero existencial, comprobamos la presencia habitual de estos contrastes en el proceder de cada uno de los días. Frente a la valiente imaginación resolutiva, subyace agazapada el freno inútil de la duda, con pasividades e indecisiones que a nada conducen. Junto al saludable optimismo vitalizante, llevamos también el incómodo lastre  del pesimismo depresivo, que nos bloquea y desanima. Frente a la claridad interpretativa o comprensiva, nos aparece esa incómoda confusión que en nada nos ayuda. Opuesta a la positiva sonrisa que infunde confianza y seguridad, se mantiene la actitud negativa de la tristeza, la preocupación y desconfianza. Resultaría innecesario añadir esos polos opuestos que  presiden la anhelada bondad, frente a la rechazable maldad.

Y así podríamos seguir enumerando una larga serie de actitudes y sentimientos opuestos, contra los que habría que  “luchar” y frenar en un sentido, estimulando, favoreciendo y aplaudiendo en la atalaya contraria. Obviamente en todos nosotros permanecen esos comportamientos enfrentados, que se desequilibran aún más según las épocas, el proceso educativo, las circunstancias imprevisibles o el contexto sociológico en el que nos hallamos inmersos.
Existe una respuesta, más importante de lo que comúnmente parece, que los humanos afrontamos de una manera u otra en función de no pocas variables. ¿A qué nos estamos refiriendo? Aunque parezca algo extraño, hay muchas  personas, más de las que admiten reconocerlo, que se sienten abrumadas en el amanecer de cada uno de los días. Son aquéllos que sufren la desorientación e incertidumbre, a veces incluso con la angustia que llega al desánimo, ante la realidad de ese nuevo día que se les ofrece en el calendario. ¿Y qué voy a hacer hoy? Simple interrogante pero que, para muchos, puede significar “todo un mundo” la mejor manera de resolverlo.  “Cómo voy a llenar todas esas horas que tengo por delante, otro día más?  

Esa privativa y “existencial” cuestión puede afectar, con letal incapacidad psicológica, a personas de todas las edades y condición. Pero, de manera preferente, ese bloqueo o confusión mental para la acción se agudiza en las personas mayores, que ya han logrado alcanzar la deseada etapa de la jubilación en su historial profesional. Se puede entender fácilmente esta curiosa realidad. Durante una larga etapa laboral, las personas tenían relativamente bien delimitadas sus obligaciones de cada día en el trabajo. En el núcleo de cada jornada, había  que cumplir ese horario laboral de las siete u ocho horas, por el que tantas veces nos quejábamos, añorando ese mayor tiempo libre inexistente. Sin embargo, a pesar de estos lamentos por la dureza y rutina del trabajo cotidiano, se asumía y “tranquilizaban” todas esas obligaciones profesionales que otros imponían desde sus puestos directivos. El resto de las veinticuatro horas se rellenaba con el tiempo de descanso, el aseo y la alimentación necesaria, los tiempos pasivos o activos consumidos frente al televisor o ante las máquinas informáticas, el ocasional paseo y las compras, el ejercicio paternal o incluso la práctica deportiva.

Pero he aquí que, en la avanzada madurez, llega la “jubilosa” fase de la ausencia de ese tercio diario de horario laboral. A partir de este trascendental momento en la vida de las personas, es el mismo interesado quien ha programar la rutina de sus amplias horas disponibles. Antes lo hacían otros por él, mientras que ahora es el propio ex-trabajador quien tiene todo el protagonismo en la aludida planificación a realizar durante las veinticuatro horas. Es en este momento cuando a muchos les llega el “pathos” del agobio, el desconcierto, la “orfandad” para la toma de decisiones. Y esta embarazosa situación aparece cada mañana y, probablemente, cada tarde. Estos abrumados jubilados se repiten, una y otra, vez la misma pregunta: ¿Y qué voy a hacer hoy? ¿Lo mismo que ayer? ¿Igual que mañana? El problema no es hacer lo mismo una vez más, sino que ese proyecto del día, a fuer de su repetición, seduce cada vez menos, fomentando la pereza, el desaliento, todo ello teñido de un profundo desánimo. El origen del problema sin duda está en no saber organizarnos con la necesaria autonomía, en esta época en que se nos agudiza el cansancio físico y psicológico, propio de la avanzada edad. También habría que considerar en que no se nos ha preparado de manera adecuada para hacer atractivo ese tiempo libre del que ahora “ampliamente” disponemos.

Muchos de los que se ven inmersos en este bloqueo de su capacidad volitiva buscan soluciones, más o menos ingeniosas, para superar de la mejor forma esta incómoda situación en el amanecer de cada uno de los días. Otros, por el contrario, se pliegan a la pasiva comodidad de acudir a su médico de cabecera, a fin de que el galeno les prescriba esos barbitúricos farmacéuticos (en función de sus supuestos “males” corporales y mentales) con los que poder sobrellevar, pero no resolver, desde luego, el origen de ese problema que sienten o imaginan padecer. La mejor terapéutica obviamente se encuentra dentro de ellos mismos. Es un asunto de educación, iniciativa, imaginación y, de manera especial, de fuerza de voluntad.

Acerquémonos a una historia, vinculada a esta temática, de entre las muchas que podemos ver escenificadas en el contexto social en el que se desarrollan nuestras vivencias.

Primitivo Terrón Genil ha estado durante toda su vida laboral vinculado a una prestigiosa  entidad bancaria, con sede en la mayoría de los munIcipios andaluces y también en otras importantes provincias del Estado.   Comenzó a trabajar en su entidad financiera cuando tenía apenas 25 años de edad, dos años después de haber finalizado sus estudios en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la U.M.A. Su entrada en la muy conocida empresa se vio especialmente facilitada por la oportuna gestión que al efecto realizó un tío suyo, íntimo amigo de un consejero del banco, con el que compartía cargos directivos en una importante hermandad cofradiera malacitana.

Por su trabajo, dedicación y preparación, fue “escalando” puestos de mayor responsabilidad laboral a la de un simple empleado, ascendiendo a las categorías de interventor, jefe de sección y miembro del consejo consultivo. A los 45 años consiguió el “goloso” puesto de director de sucursal, siendo destinado a una sede de gran importancia logística, en el entorno empresarial del Parque Tecnológico de Andalucía en Málaga. Como los demás trabajadores de la entidad, cumplía un horario diario de 8 a 14 horas, completando el tiempo de trabajo con tres tardes a la semana de permanencia en las oficinas, ya sin la presencia de clientela, para  completar esa labor continua de expansión y dinamización, en un sector de fuerte y aguerrida competitividad.

Desde joven mostró un fuerte y rudo carácter, crispado temperamento que le hacía ser respetado y al tiempo “temido” por sus subordinados, que se sentían obligados a depararle un frecuente servilismo mezclando de ridícula sumisión, con las adulaciones correspondientes. De esta forma el todopoderoso jefe se sentía felizmente halagado. Entre los más jóvenes empleados de la entidad, la firme mirada de su rostro, donde poblaba un inmenso y bien cuidado bigote, cada vez más canoso, junto a su voz directiva, cortante y ejecutiva, “teñida” de espíritu castrense para el mando sin discusión, sembraba y provocaba el temor, el sometimiento, el sí Sr. bajando la visual de los ojos, evitando cualquier gesto que pudiera molestar o incomodar a tan poderoso jefe “caciquil”. Ese aire militar, con el que gustaba enseñorear la notable humanidad de su figura, lo potenciaba añadiendo a las suelas y tacón de sus zapatos unos protectores o apliques metálicos que provocaban una rítmica acústica cuando caminaba de un lugar a otro de la oficina, con su incómodo aire de fiscalizador permanente. No usaba correa en los pantalones, sino que éstos eran sujetados por unos tradicionales tirantes, aplicados sobre sus hombros achapados, tirantes donde mostraba con desenfado y orgullos los colores rojo y gualda de la bandera preconstitucional. La ideología política que profesaba, que no se recataba en disimular, estaba orgullosamente vinculada a los sectores más ultraconservadores del espectro social, aunque siempre evitó la militancia en organización partidista, pues en modo alguno iba a aceptar, por su altanero carácter, tener a otro militante por encima de su persona y por supuesto recibir directivas u órdenes concretas, procedentes o emanadas de la correspondiente “jerarquía de mando”.

Su altanero poder también era ejercido, en justa coherencia, sobre la clientela que con él tenía que conversar, a fin de solicitar sus favores en forma de préstamos (con elevados intereses para su devolución) u otras prebendas o ventajas financieras que Don Primitivo sabía muy bien rentabilizar y dosificar. La adulación y el temor al todopoderoso personaje era un peaje servil si se querían obtener unas condiciones asumibles y un minimo trato favorable en las demandas y peticiones que con exquisita sumisión y sonrojante acatamiento se le planteaban. Este hombre de poblado bigote y circunferencia ventral con grados de formato muy “generosos” era considerado casi como un dios, con esas tan ridículas reverencias que escondían un “temor infantil” a sus reacciones, si algo o alguien osaban molestar o contrariar a tan barrigudo director. Los intereses de las imposiciones a plazo, la “letra pequeña” y otras condiciones de los siempre onerosos préstamos hipotecarios, el “tráfico” del mercado inmobiliario, los temidos gastos a abonar por las transacciones dinerarias o por el mantenimiento de las cartillas de ahorro, etc. Todo ello y más pasaba por el fielato de su control, ambición y soberbía personal.

Nunca consintió que su sumisa mujer, Clara Limnar Glas, trabajara fuera del hogar familiar, a pesar de la titulación que su cónyuge detentaba en el currículo académico (maestra de Educación Primaria). “Tú te dedicas al cuidado y educación de nuestros hijos y a las tareas propias de una mujer en el hogar. Nada de “caracolear” por esos mundos. Lo digo yo y no hay más que hablar. Y no me repliques, si no quieres que me enfade, que ya sabes cómo me pongo cuando se me lleva la contraria”. Por supuesto que doña Clara siempre tuvo que mirar hacia otro lado cuando percibía pruebas evidentes de las veleidades afectivas y temporales aventuras sentimentales mantenidas por el “Rey de la casa”, para saciar sus tensiones sexuales con el vigor que le caracterizaba. La más estable de estas “aventurillas”, para el desahogo de su poderoso sexo, fue una preciosa y sensual joven argelina, cuyo nombre era Salima. 

Pero “a todo cerdo le llega su San Martín” famoso e ilustrativo dicho popular, cuyo sentido metafórico iba a transformar drásticamente la vida profesional y personal de tan insigne y rechazable personaje. Con 56 años de edad y 31 de ejercicio profesional le llegó, como también a otras muchas personas, el turbulento vendabal de una muy despiadada crisis económica, que grupos financieros y políticos internacionales “se sacaron de la manga” a fin de provocar una gravísima contracción en los flujos dinerarios que sembró en el mundo un castigado y humillado ejército de millones de seres sometidos al horizonte amargo y cruel del desempleo. Esta espantosa crisis, que nació precisamente en los oscuros círculos financieros de la banca a finales de la primera década del siglo XXI, obligó paulatinamente a desarrollar en este sector una drástica e ineludible reestructuración “sanitaria”, en forma de absorciones, cierres de miles de sedes, traslados imperativos del personal y “más o menos negociados” despidos.
Al “todopoderoso” don Primitivo, cuando alcanzó los cincuenta y ocho años de edad, se le ofreció un despido pactado, pues el grupo financiero en el que se había integrado su banco quería rejuvenecer profundamente la plantilla. En esta negociación también intervino la circunstancia de una antigua y molesta dolencia de cervicales, que médicos “amigos” supieron eficazmente presentar ante el tribunal que decidió su incapacidad parcial o temporal correspondiente. Hubo cena de despedida, a la que no asistieron todos sus antiguos compañeros. Tras la entrega de una placa grabada sobre fondo de alpaca y el ineludible ramo de flores a Dña. Clara, llegaron esas amables palabras de afecto y agradecimiento, ofreciéndole la seguridad de que tendría siempre las puertas de “su casa” laboral abiertas para todo lo que desease.

Los  primeros meses de su nueva vida “jubilosa” los recibió con el gozo propio de poder dedicar el amplio tiempo disponible a una afición que siempre había mantenido entre sus deseos. De pequeño había estudiado algo de solfeo, iniciando  la “carrera” de piano. Ahora podía retomar aquella infantil ilusión de ejercitar esa destreza en una academia de música. Pero las aficiones que se mantienen en el letargo, al desarrollarlas comienzan a perder el vigor y la urgencia del deseo. Después de la 5ª o 6ª clase (45 euros más IVA, por hora y media de práctica) el aprendiz del teclado fue perdiendo su acumulado interés inicial. No era una ilusión real, por lo que el sopor de la pereza se fue adueñando de su persona. Para mantener estos aprendizajes en la madurez hay que aplicar esa férrea voluntad inexcusable que no todos poseen, pues la edad agudiza las limitaciones y hace lentas y torpes nuestras débiles respuestas.

Aprovechando la permanencia del abuelo en el hogar, le llegó inevitablemente el cuidado, aguante y distracción de los cinco nietos, tiempo diario y vacacional hábilmente dosificado por sus dos hijos que tenían que viajar, salir por las noches, trabajar en la Semana Blanca o hacer compras “ineludibles”. La vitalidad de unos críos, de entre los cuatro y ocho años, superó pronto la paciencia del “tato” Primitivo que pronto dio un “resoplido” de los suyos, imponiendo unos severos horarios a la llegada de esos gritones e hiperactivos nietecillos. “Déjame de monsergas y sentimientos de sacristía con purpurina, Clara, que yo no soy ni he estudiado para ser cuidador de guardería. No me da la gana de ejercer como “abuelo Cebolleta”. A los niños que los aguanten sus papás y sus mamás”. 

Habían transcurrido unos meses desde su jubilación, cuando una mañana decidió realizar una visita a los compañeros de su añorada sede, en donde había ejercido el mando como un buen general. El impacto anímico que recibió, tras franquear la puerta de entrada, fue visualmente desalentador. No conocía al compañero que estaba en la caja de pagos, a las señoritas de atención al cliente, ni al propio interventor de mesa quien, sentado en su mullido asiento, apenas levantó la vista para indicarle que esperara, para ser recibido por el director de la sede. Más de quince minutos estuvo aguardando, hasta que una operaria le indicó que podía pasar al despacho que él bien había “habitado”.

“Aunque he oido hablar de Vd. lamento no conocerle personalmente, don Primitivo. He venido recientemente a Málaga, trasladado desde mi ciudad natal que es Valencia. Pongo en valor su visita y las sugerencias que amablemente me transmite, dada su experiencia. Pero me va a perdonar que sólo pueda dedicarle estos muy breves minutos, pues dentro de un cuarto de hora tengo una cita en la delegación de Hacienda y quiero ser puntual con mi presencia”.

El director actual de su antigua oficina, Lorenzo Brebial de la Mata apenas dedicó unos diez minutos a la oronda figura del veterano Don Primitivo. Solventó con una desafortunada sonrisa, forzada y nerviosa, los ofrecimientos que su interlocutor le hacía a fin de aconsejarle sobre la mejor logística a desarrollar en cuanto a inversiones y estregias inmobiliarias o industriales. Este joven y arrogante director le dio claramente a entender que deseaba aplicar otras estructuras organizativas a la nueva dinámica e ingeniería financiera que la entidad había establecido. Veía ante sí a un “dinosaurio” de otra época y no quería seguir perdiendo el tiempo con un jubilado al que le sobraba precisamente esa dimensión temporal que marcan los relojes. Pensaba para sus adentros “Menudo tostón. Déjenos tranquilos, don Primitivo” mientras le acompañaba a la puerta de su despacho, totalmente redecorado, invitándole a salir.

Con el avance de los meses, este insigne ex miembro de la banca cayó en una pendiente depresiva, pues se levantaba de la cama cada día un poco más tarde, sin saber realmente a qué iba a dedicar su amplio horario disponible. La realidad es que apenas tenía amistades, pues aquéllas relaciones de cuando ejercía su actividad pronto se cobraron sus desaires, desmanes y bruscos comportamientos, poniendo tierra de por medio con respecto a un personaje al que habían tenido que “aguantar” o soportar, pero siempre habían despreciado en lo mas hondo de su ser. Al fin ahora había sido “borrado” de sus agendas, por lo que evitaban ponerse al teléfono ante sus requerimientos de conversación.

Los consejos de un joven y cualificado médico gerontólogo, el Dr. Claudio Pitarch Bautista, fueron sumamente eficaces para mostrar una senda de recuperación y esperanza a un hombre que había caído del “pedestal” y ahora no sabía cómo levantarse.

“Primitivo, que no te voy a afiliar a la cofradía de los fármacos y barbitúricos contra la depresión, aunque para mi sería lo más fácil de hacer y conseguiría tu fervoroso aplauso. La medicina o terapéutica adecuada tiene que salir verdadera e inexcusablemente de tu propia persona. Todo es una cuestión de voluntad, humildad y, al tiempo, valentía. Tienes que vivir en el día. Tienes que pensar primero en el sí. Después, también en el sí. No busques excusas o razones para el no. Aplica todos los incentivos que te estimulen a hacer cosas, llena tu tiempo, mantente ocupado. No le tengas miedo al nuevo día. Busca novedades y empréndelas, sin temor o recelo. Pues siempre habrá otras buenas realidades que a buen seguro estarán por venir. Aplícalas a tu vida y no le des más vueltas a las cosas. Sigue adelante. Cuando tengas muchas opciones como posibilidad, empìeza por la primera, sin agobiarte. Después, una segunda. Y así, ladrillo a ladrillo. Esas pequeñas metas, al final acaban sumando. Escribe cada noche en tu agenda aquello que te propones hacer mañana. Y no olvides cumplir esos proyectos. Por pequeños o modestos que sean. Ya hemos acordado que vas a olvidar las excusas para el no. Déjate llevar. Cada amanecer que llega a tu vida es una nueva victoria existencial. Y no esperes o exijas de los demás. Tu mejor premio será dar a los demás aquéllo que precisamente ellos están, o pueden estar, esperando de ti”.

  

José L. Casado Toro (viernes, 10 Agosto 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga