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viernes, 8 de septiembre de 2023

EL SORPRENDENTE ESPOSO CAMBIANTE

Al margen de las 6/8 horas diarias que, por término medio, dedicamos al descanso, durante el resto del tiempo en el que ya estamos despiertos, son muchos los momentos o las oportunidades del día en las que decidimos guardar silencio. Y esta actitud puede responder a muy diversas motivaciones: prudencia, temor, apatía, desinterés, conveniencia …  En esas situaciones, a veces muy numerosas, nos acordamos y aplicamos ese consejo o frase de “es mejor estar callados” porque la postura contraria traería más inconvenientes que ventajas para nuestro interés.

La convivencia entre dos personas no resulta fácil, en el tiempo que nos ha correspondido vivir. En épocas pasadas o pretéritas, esa convivencia se mantenía porque los matrimonios “aguantaban” las frecuentes y normales diferencias. Y ello era posible gracias a que uno de los cónyuges, aceptaba las imposiciones, caprichos o forma de ser del compañero o pareja. Casi siempre era el hombre quien establecía sus privilegios, mientras que la mujer soportaba, callaba o sufría el sometimiento que imponía “el cabeza de familia”. Las leyes sociales priorizaban el poder del esposo en la familia, mientras la mujer, a fin de evitar males mayores o por el desafortunado hábito de la costumbre, no se enfrentaba a los excesos y caprichos de su déspota marido, posible dialéctica en la que tenía todas las opciones de perder. Jurídicamente no existía la separación o el divorcio entre los cónyuges, en el que poder refugiarse, a fin de poner fin a un tormento más que a diario, cruel trato en el que había agresiones físicas y anímicas. La prepotencia egoísta masculina era soportada por la mujer con sumisión y oculto dolor.

Con el paso del tiempo y con muchos sacrificios en el camino, esta humillante desigualdad en la sociedad familiar se fue reduciendo, con un imprescindible cambio en la mentalización social. Cambio que se fue reflejando, de manera paulatina, en las leyes, con la consecución de la separación y el divorcio conyugal, en los casos de crisis manifiesta. De todas formas, penosamente aún hoy, los dramáticos episodios de la violencia de género tienen un claro protagonismo en la persona del hombre sobre o contra la mujer. El número de homicidios y asesinatos perpetrados sobre la mujer, por parte de sus parejas, es terriblemente cruel y desalentador, mientras que la opción contraria, apenas es mínimamente perceptible. Las cifras estadísticas son tozudamente contundentes, para indicar que todavía es largo el irrenunciable camino a recorrer para la igualdad.

Pero en la familia Alfaya-Sietevillas la relación conyugal era claramente opuesta al sentido general que observamos en el cuerpo social. Aquí la situación de prepotencia la enarbolaba la señora PASTORA Sietevillas, 46, sobre el carácter absurdamente paciente que arraigaba en su débil esposo.  CLEMENCIO Alfaya, 48, ejercía como revisor de contadores del gas ciudad, en la bella ciudad malacitana, desde hace muchos años. Gracias a este oficio y a la ayuda laboral que prestaba su mujer Pastora, cuidadora en un centro de mayores durante las mañanas, de 8 a 15 horas, habían logrado sacar adelante a su corta familia de dos hijos. Jennifer, 20, es estudiante de Fisioterapia, en la facultad de Ciencias de la Salud, mientras que Lorenzo, 18, se ha matriculado este año en 1º de Turismo. En esta familia, en pleno siglo XXI, ese sometimiento venía expresado por el carácter desigual de uno y otro miembro de la pareja.

Clemencio era un hombre de parca estatura, alopécico, luciendo un pequeño y ridículo bigote, que dibujaba un rostro no especialmente atractivo, intensificado por unos ojos algo saltones. Desde siempre había carecido de un fuerte carácter. Aceptaba la situación vital en la que estaba inmerso sin complacencia, pero sin el vigor necesario para el rechazo. Persona gris, apocada, aburrida, se refugiaba en la rutina diaria de su trabajo (control de contadores del gas, levantando las actas correspondientes de infracción o deterioro, echando además las horas que fueran necesarias en las oficinas de la compañía “para todo lo que hiciese falta”). Su único y gran desahogo o distracción la centraba en el fútbol, no como practicante, sino como pasivo espectador, a través de la radio, la televisión y la compra frecuente del diario Marca. Algunos domingos acudía al estadio de La Rosaleda, en la barriada de Martiricos, para ver de jugar a “su Málaga” F C. Siempre desde la grada de general de fondo, cuyas localidades eran algo más económicas para su limitado bolsillo.

¿Y cómo se gestó su matrimonio con Pastora? La historia comenzó en esa juventud ya alejada de los veinte años. Clemencio Estaba vinculado a un grupo de amigos, muy “lanzados” por la vida, que los findes de semana, especialmente los domingos, organizaban alegres y ruidosos “guateques” en un viejo local /almacén, perteneciente al padre de uno de estos chicos. Típicas fiestas domingueras, con música “enlatada” a generoso volumen, pues el local estaba en uno de los polígonos industriales malacitanos. Unos y otros asistentes llevaban lo que podían, a fin de hacer más placentera la merienda, subsiguiente a los esfuerzos de la danza amorosa. Ginebra de garrafa, refrescos, alguna botella “misteriosa” y sin etiqueta, que facilitaba la embriaguez afectiva de unos y otros. El local tenía algunas dependencias, antiguas oficinas, que los aviesos jóvenes utilizaban para sus naturales y fogosas intimidades, a fin de sosegar sus naturales potencialidades. Cuando los minutos avanzaban y el “desenfreno “o descontrol llegaba a cotas importantes, ya nadie conocía a nadie, buscándose esos rincones sentimentales mínimamente aptos para saciar la líbido juvenil, bien exaltada. Alguien puso sus ojos en un Clemencio de veinte años y completó generosamente su intencionalidad. La música seguía sonando a toda pastilla, para “endulzar” acústicamente la gozosa compenetración. Semanas después, la hábil manipuladora comunicó la infausta noticia a un sorprendido Clemencio: “estoy embarazada de ti”. Todo ello en función de esa libertad que el joven se había tomado con ella, sobre unos jergones, algunos sacos y unas mantas malolientes allí habilitadas para la “necesidad”. 

El apocado joven carecía de la fuerza mental o el equilibrio necesario para ver que había sido bien “cazado”, evitando discutir su posible paternidad. Aceptó, con esa sumisión que le caracterizaba, la complicada situación en la que se había metido, prometiéndose esa frase plena de incredulidad de que “el amor llegará, a través de una convivencia para “la felicidad”. Como él ya tenía trabajo, las familias prepararon de inmediato un enlace sin mucho amor como fundamento y con un hijo que viajaba hacia su nuevo hogar. Pastora, así se llamaba la aviesa chica, tenía buena relación con grupos parroquiales, por lo que don Salomón, el párroco de san Patricio. Le consiguió un acomodo laboral en LA BUENA ESPERANZA, una residencia para la tercera edad ubicada en las colinas próximas a la barriada de El Palo. Con ello se “oxigenaba” el cada vez más insuficiente sueldo de su esposo Clemencio, para atender a las necesidades económicas de ese nuevo hogar. Como ya sabemos, a Jennifer, la niña “supuestamente” gestada en el Polígono, le sucedió Lorenzo, con dos años de diferencia para la parejita de la felicidad.  

El carácter de Pastora dibujaba todo lo opuesto a su esposo. Era una persona “mandona”, quisquillosa, antojadiza, conflictiva y exageradamente egoísta. Muy obsesiva para con la compra de ropa con el que vestir su cuerpo, de notable humanidad en cuanto al peso, gustaba estar al día en todos los chismorreos de la prensa del corazón. Adquiría una releída revista todas las semanas, ya fuera el Lecturas, el Hola, el Semana, el Pronto o similar. Lo que más agradecía esta mujer era disfrutar con sus tardes parroquiales, merendando y comentando con sus amigas Cloti, Fina, Fernanda y Celia. Con respecto a su marido. literalmente “pasaba” de él, como no fuera para criticarle y, en las más de las veces, humillarle.

¿Y por qué este desigual matrimonio se mantenía, sin una crisis abierta de ruptura?  Obviamente por la actitud sumisa, complaciente y silenciosa de Clemencio, que trataba de evitar, hasta el límite del sometimiento, los motivos de enfrentamiento con su intransigente y “echada para delante” mujer. Si había que ir al cine, era Pastora quien todo lo decidía: película, sala, día y hora. Si algo faltaba en la cocina, era por culpa de su marido, a causa de no haberlo traído del súper. Si el suelo no estaba limpio, era Clemencio quien tenía que coger la fregona, mientras sus hijos y esposa disfrutaban con los programas televisivos. Pastora siempre estaba cansada, del esfuerzo laboral que decía desempeñaba en la Buena esperanza. Para ella, el trabajo de la revisión del gas era un siempre “entretenimiento” de un inútil marido. Por supuesto que era ella quien manejaba el dinero que entraba en casa. Clemencio era todo un “calzonazos”. Su pobre argumento o defensa para tan pobre actitud era de que en la mayoría de las ocasiones lo más conveniente era guardar silencio, para evitar escenas desagradables en la familia. Cuando Pastora gritaba y le acusaba de “todo”, el pusilánime esposo bajaba los ojos y aguardaba a que el chaparrón escampara. “Sí, Pastora” “lo que tú quieras” “me da igual” “me parece bien” “me voy a dar una vuelta. Cuando vuelva ya estarás más tranquila”. Era incluso frecuente que el “bueno” de Clemencio apareciera con algún pequeño regalo u obsequio para calmarla, después de alguna escenificada e ingrata trifulca.

Así llevaban años, más de dos décadas matrimoniales, de un intenso desamor unilateral. Algunos amigos y compañeros de trabajo se lo decían. “No puedes “tragar” con todo lo que se le ocurra e imponga tu mujer. Te tiene anulado. Has dejado toda tu voluntad en el bolsillo y hace contigo lo que quiere”. Pero Clemencio callaba y asentía. No se le pasaba por la cabeza levantar la voz o manifestar abiertamente su opinión o deseo. Había perdido literalmente los papeles, ante una mujer que no lo respetaba y unos hijos ante los que representaba ser un cero a la izquierda. Pastora era la reina y dueña total de la casa.

Pero un día todo comenzó a cambiar. Ese sábado por la mañana, fue aprovechado por Clemencio para hacer algo que mucho le agradaba: caminar por la ciudad, sin rumbo fijo. Apenas había recorrido unas calles, no especialmente limpias, de su barrio, cuando decidió entrar en la biblioteca pública, para ojear algún periódico del día. Vio que ofertaban como regalo una serie de DVDs (decenas de veces prestados) que contenían grandes películas de la historia del cine. Podía elegir la que deseara y llevársela a casa, para disfrutarla con su visionado, para después quedársela en propiedad. Eligió una que dudaba haberla visto, pero cuyo título y actores le atrajeron, repasando la carátula. Se trataba del film EL HOMBRE TRANQUILO (The quiet man), dirigida por John Ford en el año 1952 e interpretada en los papeles protagonistas por John Wayne y Maureen O´Hara. Un verdadero clásico en la historia del cine.

Aquella misma tarde, mientras Pastora estaba merendando con sus amigas parroquiales, Clemencio vio la película quedando gratamente impresionado de la trama argumental e interpretación de los grandes actores. Ambientada en los atrayentes y bellos paisajes rurales irlandeses, la historia narra como Sean Thort Thornton, que había salida de su país a los 12 años y que había sido boxeador en los Estados Unidos, vuelve a su país, cuando sumaba tres décadas en su edad. En esta vuelta a sus raíces, compra su casa natal y una serie de tierras vinculadas, enamorándose fuertemente de Mary Kate Danaher, una muy bella pelirroja, de carácter indómito e incluso dominante con los hombres. Sean tiene problemas con el ambicioso y rudo hermano de su prometida, quien pretende por todos los medios hacerse con la propiedad de las tierras pertenecientes ahora al antiguo boxeador irlandés. Al fin, el rudo Danaher acepta el matrimonio de su hermana, que se une a Sean bastante enamorada, pero dispuesta a dominarlo como mujer, aplicando su muy fuerte temperamento, ejerciendo ese mando autoritario, al que estaba bien habituada. Pero Sean sabe reaccionar a tiempo, aplicando todo su amor y virilidad irlandesa para “dominar” a su autoritaria esposa.

Tal fue la impresión que la película produjo en Clemencio que repitió su visionado varias veces, a lo largo de los días siguientes. Se sentía tan obsesionado por el mensaje que la película ofrecía, que comenzó a sopesar el aplicarlo a su propia persona. Era asombroso cómo esta historia fílmica podía provocar tal revulsivo en una persona tan apocada, pusilánime y sumisa como era el revisor del gas. Eclipsado como marido, padre y persona, ahora Clemencio comenzó a darle vueltas a la posibilidad de asumir un rol similar al del rudo y valiente exboxeador irlandés. Incluso “pasaba“ de los agresivos comentarios de su cónyuge, cuando ésta, tras verle tantas horas frente a la pantalla del televisor, le decía con descaro unas “afectivas” palabras “Parece que te has enamorado de la protagonista. A tus años te estás volviendo como un anciano picarón, Mírate al espejo, so viejales”.

Una tarde, el cada vez más renovado operario del gas ciudad, dirigió sus pasos hacia el pétreo y salino malecón del puerto de levante. Allí pasó largos minutos de reflexión, solo acompañado por el rompeolas de las aguas marinas sobre los recios y enormes bloques de ese camino rocoso en las entrañas hídricas de la bahía malacitana. Pensaba en los veintitantos años de sometimiento que habían degradado penosamente su imagen y su dignidad. “Esto tiene que acabar” se repetía una y otra vez. “Ahora o nunca”. De vuelta a su domicilio en la Barriada de la Paz. cuando ya atardecía camino de la noche, se detuvo unos minutos en la Casa de Guardia antes de tomar el bus de línea en la Alameda. En la tradicional bodega Garijo pidió una copa de aguardiente peleón, que bebió de un visceral respiro. Henchido de fuerza etílica, como un Asterix con su milagrosa y revulsiva pócima, abrió la puerta de su casa dispuesto, por una vez, a recomponer una humillante situación para su persona, en manos de una cruel Pastora.

“Otra vez te has ido a la calle sin fregar el suelo de la casa ¡Valiente bribón!  Mientras que no dejes el suelo reluciente, no pienso ponerte la comida en el plato, maldito truhan. Por ahí perdiendo miserablemente el tiempo, con los amiguetes de turno y la casa sin hacer. Eres un vividor, y encima apestas a aguardiente”.

En ese momento, extremando su seriedad, se puso delante de Pastora y mirándola con fijeza a los ojos, le dijo con voz atronadora:

“Mire Vd. señora. Esto va a cambiar, desde ahora mismo. Yo friego el suelo una vez. Y,la siguiente vez, lo vas a hacer tú. Te lo repito ¡Lo fregarás tú! Y la próxima vez que te atrevas a gritarme, yo lo haré más fuerte. Te digo y no me cansaré de repetírtelo, que estoy profundamente harto de ti, de tus caprichos, de tus insultos y ofensas hacia mi persona. Eso de tratarme como un “soplillo” ya se ha acabado, vieja gordinflona y picarona”.

Cuando la voluminosa y fogosa Pastora se abalanzó sobre Clemencio, con la intención de propinarle un contundente sopapo, su pequeño marido eludió con agilidad la embestida, empujando a ese “tanque” que iba arrollarle hacia el sofá, en donde la bien maciza cónyuge cayó rodando sobre los mullidos y escasamente limpios cojines. Tendida desde el sofá vociferaba y amenaza con el rostro desencajado y los ojos “salidos de órbita”. Nunca podía imaginarse (dos décadas en sus recuerdos) que el insignificante Clemencio se le enfrentara de tamaña forma. Escenas como la descrita se fueron repitiendo a lo largo de los días siguientes. Pastora no vio otra salida mejor que ir “plegando velas”. También Jennifer y Lorenzo, los dos hermanos, tomaron conciencia de que su padre había “sufrido” una transformación radical. La situación en el domicilio de la familia Alfaya Sietevillas estaba cambiando.

Ciertamente los caracteres personales no se transforman drásticamente, pero la persona de Clemencio avanzó sorprendentemente en el camino de la dignidad que, por su naturaleza especial, el revisor del gas había dejado que se degradara hasta límites verdaderamente penosos. Este hombre “cambiado” conserva desde entonces, como oro en paño, esa valiosa cinta de cine regalada por la Biblioteca pública, cuyo título El hombre tranquilo (1952) es un peculiar manual en el que el maestro John Ford (1894- 1973) supo plasmar esa fuerte virilidad masculina, en el mundo rural irlandés, cuando un antiguo boxeador templa los impulsos indómitos de una guapa chica a la que quiere y necesita, recuperando el amor que con fuerza los une. Entre Clemencio y Pastora, muy posiblemente el amor nunca existió, ya que su relación fue impuesta “desacertadamente” por una de las partes. Pero el revulsivo cinematográfico había obrado el milagro de que ya no habría más humillantes silencios por parte del revisor, esposo y padre. Y esa autoestima, casi siempre perdida, fue renaciendo en una persona gris, “opaca” y escasamente sugerente.

Los silencios pueden ser convenientes y necesarios a veces, pero siempre en el momento y en la oportunidad adecuada. Pero, sobre la falta temerosa de respuestas, la palabra debe prevalecer con la fuerza de su contenido y la racionalidad de su mensaje.

 

 

EL SORPRENDENTE

ESPOSO CAMBIANTE

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 08 septiembre 2023

                                                                                Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

                 Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/



 

jueves, 13 de julio de 2023

COLMENAS URBANAS PARA LA INCOMUNICACIÓN

En la mayoría de los barrios que conforman nuestras ciudades se levantan enormes y arrogantes bloques de viviendas, en las que residen numerosos vecinos. Podemos comprobar, sin la mayor dificultad, que estas construcciones, ya sean cuadrangulares o de formato rectangular, contienen en su gigantesco armazón 10, 12, 14 o más plantas, en cada unan de las cuáles suele haber cuatro o incluso más viviendas. La macicez constructiva permite albergar este número de pisos, a los que normalmente hay que sumar un entresuelo dedicado a oficinas, más una planta baja, a nivel de calle, dividida en locales dedicados a una variada gama de actividades comerciales. Puede haber también un “ojo” de patio interior, a fin de permitir que algunas habitaciones tengan la muy necesaria ventana para la aireación. En uno de estos macro edificios se inserta nuestra historia de esta semana.

Nos acercamos descriptivamente a un gran bloque de barrio popular, construcción de los años 60 del siglo pasado, denominado Santa Cecilia. Tiene 15 plantas, más una no muy extensa buhardilla, junto a la habitación que contiene la maquinaria de los dos ascensores de que consta el edificio. Este enorme cuerpo geométrico ha sido también dotado de un no muy amplio patio interior, con el objetivo de la aireación y la luminosidad para las habitaciones interiores de los pisos. Son inmuebles de cuatro, tres y dos dormitorios, lo que determina que haya seis viviendas por planta (letras A, B, C, D, E, F). En total, este gran macizo constructivo tiene 90 viviendas. Haciendo una media aritmética aproximativa, con respecto a número de personas por vivienda, multiplicamos esas 90 propiedades por cuatro, lo que nos da un número alrededor de los 360 residentes. Son inquilinos de todas las edades, profesiones, caracteres físicos, temperamentos, mentalidades e historiales diversos. Existen numerosos municipios, en nuestra provincia y en otras áreas estatales, cuyo número de habitantes censados no llegan a esa cifra o incluso ni a la tercera parte.

Resulta difícil que los propietarios y residentes en esas 90 viviendas se conozcan unos a los otros, como no sea de vista y con lss relaciones propias que se suelen dar entre los vecinos de una misma planta y tal vez con el vecino de arriba o de abajo. Son preguntas que tantas veces quedan sin contestar: ¿Cómo se llaman los inquilinos del 7 D, los del 9 E, los del 14 C o 2º F, etc.? Este problema o realidad de masificación sociológica se agudiza porque, al ser un bloque de notable antigüedad, los cambios de propietarios y residentes han sido, y siguen siendo, bastante frecuentes, por la evolución generacional de esas personas. El conocimiento recíproco de todos esos 360 vecinos es poco menos que imposible. Pero he aquí que, en tan densa “colmena” sólo hay un vecino que es conocido por todos o casi todos los residentes en el bloque. Ese vecino se llama LEANDRO, quien precisamente vive solo. Veamos brevemente la historia de esta peculiaridad. 

La inmensa mayoría de los vecinos que residen en Santa Cecilia pertenecen a familias modestas. La actual junta directiva del bloque, presidida por Américo Lima (7º C) estudió la posibilidad de rentabilizar un interesante espacio que había junto al cuarto de máquinas de los ascensores, en beneficio de la Comunidad de propietarios para los gastos y el mantenimiento de tan inmenso edificio. Se trataba de dos amplios cuartos o trasteros, en el ático del edificio, donde se guardaban herramientas y enseres de uso cotidiano como almacén. Se pensó en habilitar ambos espacios, para reconvertirlos en un pequeño apartamento, con dormitorio, baño y cocina. Esta pequeña buhardilla, con excelentes vistas, podía ser alquilada a una persona quien, además de pagar una determinada cantidad por su uso, se comprometiera a prestar algún servicio para atender necesidades de la comunidad.

El equipo del presidente, secretario y tesorero pusieron por todo el barrio pequeños carteles resumiendo la oferta que la comunidad hacía de esa buhardilla, en la “cúspide” de las 15 plantas. Las llamadas telefónicas fueron numerosas para interesarse por tan original posibilidad. Era tal el número de interesados, en un barrio de sociología de personas modestas, con elevado índice de paro y severos problemas de subsistencia, que el presidente Américo habilitó un buzón en el portal del bloque, a fin de que los interesados introdujeran unas hojas impresas en donde habían anotado unos datos básicos para realizar la posterior selección: nombre del peticionario; edad; profesión o actividad; número de miembros familiares.

La persona o personas que ocupara esa reducida en espacio vivienda, en el ático del edificio, con estupendas vistas a todo el barrio y a la propia Málaga, se comprometía a pagar el reducido alquiler de 90 euros y a prestar determinados servicios a la Comunidad: fregar el portal de entrada al bloque, los lunes, miércoles y viernes (las escaleras y 15 plantas eran limpiadas por una empresa, una vez a la semana); También se encargaría, por las tardes a partir de las cinco, de recoger las bolsas de residuos, para echarlos en los contenedores situados en la acera; finalmente, actuaría de “manitas”, reponiendo las bombillas fundidas ubicadas en los espacios comunes y otros pequeños bricolajes de fácil realización, en esos mismos espacios. El bloque diario de cartas, traídas por el encargado del reparto, eran echadas por éste en los buzones correspondientes de la vecindad, ubicados en un lateral del portal. Otro incentivo para el afortunado elegido para habitar la buhardilla reconvertida en un acogedor estudio, era que sólo pagaría la mistad del coste de la electricidad y el agua que gastara, en sus diarias necesidades.

Para asombro de la junta directiva, el número de solicitudes que se recogieron superaban los dos centenares, en los cinco días que se establecieron de plazo para rellenar y entregar los impresos. Obviamente había mucha gente sin casa propia, incluso en otras barriadas alejadas del edificio Cecilia. La oferta era muy tentadora. Dos tardes necesitaron Américo y sus colaboradores, para ir “desbrozando” tal cúmulo de solicitudes. En principio, fueron descartando aquellas familias que tenían un elevado número de miembros. También aquellos “pretendientes” que tenían una muy elevada edad o más de un niño pequeño. Se priorizaba el dominio de los arreglos eléctricos o de la pequeña albañilería. Lógicamente, la idea de un “manita de multiservicios” era la opción que más se deseaba.

De entre los cinco finalistas, con los que dialogaron durante los minutos necesarios, eligieron finalmente a Leandro Alberca, 54 años, de nacionalidad ecuatoriana. Su estado civil era la de viudez, según manifestaba el corpulento camarero, actividad con la que se ganaba el sustento. Llevaba cinco años residiendo en España y tenía capacidad y conocimientos para realizar trabajos muy diversos, vinculados al pequeño bricolaje. Su dedicación laboral en una cafetería/restaurante del centro malacitano sólo le ocupaba las horas matinales, de 8 a 15 horas, por lo que podía dedicar las tardes a las necesidades del bloque. Durante la entrevista confesó que, en el país de origen, había trabajado en la enseñanza, pero no quiso dar más datos al respecto. Antes de venirse a España, hizo unos cursos de aprendizaje en electricidad y fontanería.

Entre otras razones, le dieron el cargo por su firmeza y seriedad en sus compromisos con la amplia comunidad y porque su talante les convenció plenamente. El centro restaurador en donde trabajaba le hizo un certificado de buena conducta, que él solicitó previamente a sus superiores. Durante las primeras semanas, tanto los componentes de la junta directiva, como los vecinos a quienes trataba, consideraban que era una persona educada, trabajador responsable que dedicaba las horas vespertinas a cumplir sus compromisos con la comunidad. Eso sí, desde el principio observaron que era persona un tanto reservada en lo personal, característica que sus convecinos consideraban un factor muy positivo, a fin de mantener las respectivas privacidades.

Solía levantarse muy temprano y en la cubierta plana del bloque, junto a su estudio o buhardilla, hacía diversos ejercicios físicos, procurando no pisar muy fuerte en el suelo, para evitar malestar a los vecinos que habitaban en la planta 15. Tras el aseo y el desayuno, se dirigía a la cafetería/restaurante Amaragua, en donde iniciaba su trabajo antes incluso de las 8 de la mañana, para servir los desayunos junto a otro compañero. Esa puntualidad era muy valorada por el propietario del negocio, pues había que aprovechar el tirón de aquellos que gustaban desayunar antes de entrar en sus respectivos puestos de trabajo. A esos suculentos servicios restauradores, seguían los también apetitosos aperitivos de media mañana. La popular cafetería, situada en un radio o perímetro urbano donde operaban numerosas oficinas, tanto de la consejerías de la Junta, en el conocido como “Edificio Blanco” como bancarias y administrativas, recibía una abundante clientela, durante todas las horas matinales, pues también facilitaba menús económicos, para aquellos funcionarios, ejecutivos bancarios y profesionales que no deseaban perder mucho tiempo desplazándose a sus domicilios para el almuerzo, pues hacían horario intensivo o tenían obligaciones laborales que cumplir durante parte de la tarde.  

A las quince horas finalizaba su turno laboral, desplazándose a su nuevo domicilio, en donde se preparaba algo para comer. Descansaba un par de horas y no más tarde de las seis bajaba al portal, donde efectuaba una fácil y rápida limpieza, hasta los dos tramos de escaleras que conducían hasta la planta de entresuelo, dedicada a oficinas diversas. Había colocado una hoja en el tablón de anuncios, para que los vecinos del gran bloque anotaran los problemas de luces u notros deterioros que surgieran en cada una de las plantas constructivas. Especialmente durante los fines de semana, aprovechaba para ir reparando y sustituyendo aquellos elementos comunes deteriorados o avisaba al seguro del bloque para que se encargara de su gestión correspondiente. Sacaba tiempo para bajar las bolsas de basura que los vecinos habían dejado en las distintas puertas de las viviendas (un gran número de inquilinos y propietarios bajaban al contenedor municipal sus propias bolsas de residuos).

Aunque muchos de los residentes de la gran vivienda comunitaria desconocían los nombres y donde habitaban los demás vecinos, a Leandro casi todos sabían donde vivía y en qué se ocupaba. Valoraban y aplaudían su disponibilidad para las peticiones que muchos le hacían y no todos ellos empleando las mejores formas para pedirle ayuda para sus peticiones. Pero Leandro, aunque manteniendo las distancias y su seriedad característica, respondía siempre con diligencia, eficacia y amabilidad.

La verdadera historia del servicial Leandro nadie la conocía y él procuraba bien guardarla para su íntima privacidad. Sólo que era de nacionalidad ecuatoriana, aunque el lustro que llevaba residiendo en España le había proporcionado un buen disimulo del “deje” expresivo sud o centroamericano.  Cuando se hablaba con él evidenciaba que era una persona con estudios, en concordancia con esa no definida o concretada tarea de la enseñanza que había manifestado en la entrevista inicial con la junta directiva. Muy silencioso en su comportamiento hogareño, los vecinos de la planta 15ª no escuchaban apenas sonidos que les molestasen desde la buhardilla de Leandro. Probablemente no tenía aparato de televisión, aunque percibían que era un voraz lector, ya que con bastante frecuencia se le veía acudir a la biblioteca pública municipal instalada en el barrio, saliendo de la misma con un libro de préstamo en la mano o guardándolo en una mochila de piel marroquí que solía usar casi de continuo.

Américo, un buen presidente de la comunidad, siempre atento a cualquier detalle que pudiera favorecer la buena convivencia de tantos vecinos, se interesó por conocer un poco más de ese “único inquilino” muy servicial y reservado al que casi todos conocían. Tenía capacidad para la investigación, pues había sido policía local durante su vida laboral. Ahora, a sus 59 “primaveras” estaba jubilado por un problema de espalda que sufrió cuando realizaba un servicio contra la delincuencia. Una cálida tarde de junio, mientras Leandro se ocupaba en fregar el portal del edificio y de cuidar los dos macizos de plantas que había en los laterales del amplio espacio de entrada, se acercó amistosamente al responsable y atento vecino de la buhardilla.

 

“Buenas tardes, amigo Leandro. Desde que estás con nosotros la comunidad funciona bastante mejor. Y eso es a consecuencia de tu positiva dedicación. Desde luego sabes hacer un poquito de casi todo. Precisamente, hace unos días, te escuché dándole un acertado consejo informático para sus hijos, a la señora Dorotea, del 9 F. El mío cada día va más lento y no me atrevo a meterle esos programas limpiadores, pues temo pueda provocarle algún daño, porque son archivos “piratas”. ¿Te puedo dejar el portátil, por si puedes echarle una ojeada?

“Sin problema, Américo. Déjamelo y esta noche veo qué se le puede hacer. Me tendrás que dar alguna clave, para poder entrar en el disco duro. Posiblemente esté contaminado por algunos “troyanos” que siempre están haciendo daño cuando se navega por Internet. Los antivirus se ven desbordados para frenar todo ese ataque “mercenario”.

Al día siguiente, el portátil del presidente estaba “arreglado”.

Ese fue un buen punto de arranque, para acercar en la amistad a dos personas que estaban muy próximos generacionalmente. Leandro no quiso cobrar compensación alguna por este servicio personal que había dejado tan feliz a presidente Américo. Éste insistió en invitarle a unas cervezas, esa misma tarde/noche, a lo que el vecino de la buhardilla accedió también agradecido. Ese encuentro, en la tapería LO GÚENO posibilitó que al fin Leandro se “abriera” un poco en su privacidad, compartiendo algo de su historia con el hábil expolicía local.

Leandro Alberca había iniciado su protagonismo político sindical ya en tiempos juveniles, cuando estuvo cursando en la facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Quito. Siendo ya profesor de esa misma facultad, su ideología izquierdista se fue acentuando y radicalizando. Militó en una agrupación política de extrema izquierda y en el ámbito sindical fue un contundente ariete en la lucha contra las mafias conservadoras del capital. Contrajo matrimonio ya en una edad avanzada, 40, con Octavia, otra activista política de izquierda. Se convirtió en el centro de las amenazas de aquellos grupos a los que atacaba políticamente sin descanso. Su compañera sufrió un terrible y mortal accidente automovilístico, no esclarecido, con la connivencia pasiva en la investigación por parten de la policía “del régimen”. Esa fugaz unión conyugal había durado sólo seis años. Las amenazas contra su persona eran continuas y se sentía viviendo en una atmósfera imposible y altamente peligrosa. Incluso su coche fue tiroteado, pudiendo salir ileso porque el coche volcó y los proyectiles pasaron por encima de su cuerpo. Obviamente “iban a por él”. Tomó la decisión de abandonar su país y venirse a España, un país amigo, con su misma lengua y con una evidente seguridad jurídica y policial. Lo hizo tratando de potenciar el más absoluto de los anonimatos, cerrando su vida e intimidad a todo un pasado convulso. Ansiaba recuperar la tranquilidad y el sosiego, partiendo desde cero, sin importarle el desempeño de cualquier tipo de actividad. El ejercicio de un trabajo como camarero le garantizaba un sueldo mensual para poder vivir con dignidad. Ahora tenia una pequeña vivienda, pero con excelentes vistas a toda la ciudad, por la que abonaba una módica cantidad mensual. Siente que ha recuperado esa tranquilidad física y sobre todo anímica, siempre tan necesaria. Es apreciado por una gran mayoría de los trescientos vecinos, que le conocen como “el bueno y servicial Leandro”, sintiéndose útil para ayudar a esa gran comunidad vecinal que le acoge. 

Sólo Américo, el presidente, conoce básicamente el trasfondo vital de este responsable convecino que, con humildad y fortaleza, quiso salvar su vida de los peligros que le acechaban. Y resulta paradójico. En esta densa comunidad vecinal, en la que hay decenas de residentes que no se conocen por los nombres y números de pisos, el inquilino de la buhardilla centra el aprecio de casi todos. Todos conocen cuál es su habitáculo, su nombre y su generosa y eficaz disponibilidad. -   

 

COLMENAS URBANAS PARA

LA INCOMUNICACIÓN

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 14 julio 2023

                                                                                   Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

                                                                                   Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/