domingo, 4 de agosto de 2019

IDAHIA. LA APARIENCIA COMO DISTORSIÓN ERRÓNEA DE LA REALIDAD.

Desde no pocas imágenes o escenas, sencillamente naturales y cotidianas, puede llegarse a situaciones de contenido inesperadamente más complejo, para el asombro y el desconcierto de nuestra concepción inicial. Y todo ello es a causa de que nuestra visión e interpretación de aquello que tenemos por delante se ve frecuentemente condicionada por datos, elementos y factores que nos resultan, en principio, absolutamente desconocidos para la exacta comprensión de la inteligencia. Resulta obvio de que cualquier imagen puede engañarnos, confundirnos,  pues detrás de la misma existe una información de la que no somos partícipes, limitando decisivamente la exacta comprensión de nuestro entorno, próximo o mediato. Tal vez lo más racional sea, en nuestra operatividad de conducta, de que a medida que esos nuevos datos nos vayan llegando, ese ahora ampliado conocimiento nos vaya haciendo cambiar aquella primera impresión o concepción de lo que estimábamos como una certera realidad.

La templada tarde, en el final de la Primavera, hacía apetecible gozar de un saludable paseo junto a las aguas “azuladas” del mar. Por este grato motivo emprendí un inconcreto itinerario que, plácidamente, me fue conduciendo hacia la zona marítima del morro de levante, no lejos de esa blanca Farola que alegra el entorno portuario de una Málaga hermanada entre un sereno Mediterráneo y la orografía montañosa que circunda nuestro entorno geográfico. Se agradecía el soplo de la húmeda brisa de levante, que compensaba el elevado nivel térmico de un sol resplandeciente y que retrasaba su cíclica despedida a esas horas del atardecer. La suavidad de este viento con sabor salino y olor a marisma tonificaba el rostro y el resto del organismo de todos esos viandantes que gozábamos del paseo vespertino. Al igual que los muchos bañistas, que habían ya decidido poner fin a sus bronceadas horas de estancia en la playa.

En un inesperado momento, una joven mujer, que se apoyaba sobre el malecón superior de ese pétreo morro que separa las playas del la zona portuaria, se vuelve hacia mi y utilizando un forzado castellano me entrega su móvil 4 G. De inmediato me pide con una amable sonrisa y escasas palabras si puedo tomarle alguna foto, en la que se mantenga la visión de la bahía y ese cinturón de edificaciones que tienen como vecino el espacio de arena acariciado continuamente por el acústico ritmo del oleaje. Sin ningún problema me presto a realizar las distintas tomas, para las que mi “modelo” ayuda escenificando unas simpáticas y divertidas poses.

La joven de las fotos llevaba grabada, sobre la camiseta celeste que le protegía, un texto impreso también en color, en el que podía leerse: My name is IDAHIA. Probablemente ese era su nombre. En muchas ciudades existen tiendas de camisetas y otras prendas de vestir, especialmente abiertas a la clientela turística, en las que el cliente puede llevarse su adquisición con la grabación específica que haya pedido como recuerdo. Es un atractivo servicio inmediato y normalmente gratuito (siempre que hayas comprado el correspondiente artículo). Además de la fresca camiseta, vestía un  short blues y calzaba sandalias de cuero beige, muy usadas o gastadas.

Tras devolverle su teléfono y el intercambio de frases por las fotos, observo que mi interlocutora se queda mirando, con fija e insistente expresión, a una pareja de niño y niña, parecían hermanos, que disfrutaban sorbiendo sendos polos de limón y naranja. La verdad es que el tiempo había cambiado en un instante, comenzando a soplar un viento de poniente aterralado, ese que tanto castiga las epidermis y reseca las gargantas.  Se me ocurre decirle, interpretando rápidamente la escena, Do you want to enjoy an ice cream? Parece que me entendió perfectamente en mi ofrecimiento de un helado para el disfrute, pues la sonrisa afirmativa que me ofrecía era explícita de su aceptación. Dada la estación térmica que gozábamos, las ciudades de clima cálido suelen están “pobladas” por apetitosos puestos de helados. Obviamente a esta mujer le apetecía gozar de esas suculentas cremas heladas que ofrecen en los alegres y pequeños puestos ambulantes. La  joven “turista” agradecida disfrutaba de ese sorbete de frutas que refrescaba su garganta y comenzó a expresarse con una mayor amplitud, utilizado cada vez más el castellano. Parece que le interesaba practicar el idioma, por lo que a partir de ese momento me dispuse a hablarle siempre en español aunque, justo es decirlo, se me escapaban también algunas palabras en inglés, pues mi interés por su idioma era también obvio. 

“Háblame, por favor, de tu ciudad. Sólo llevo aquí un día y no conozco los sitios bonitos que, a buen seguro, aquí tenéis para gozar”.

Parecía todo tan normal y amable… Se unía mi tiempo libre con el deseo de esta joven turista por descubrir los entornos y los lugares de encanto que cualquier ciudad encierra dentro de su perímetro urbano o, incluso también, cuando nos adentramos en esa naturaleza vecina que como frontera da el necesario verdor, oxígeno y encanto natural que toda acumulación urbana necesita y valora. Y, casi sin pedírselo, de forma amablemente espontánea, mi interlocutora me fue confiando algunos datos del origen personal menos amable en su vida, con relación a los básicos y sencillos comentarios que yo le iba ofreciendo acerca de las riquezas monumentales que íbamos encontrando cuando caminábamos por el entorno del Paseo del Parque, el Museo de Málaga, la Alcazaba, el Teatro Romano y el Museo Picasso. Las confidencias que de manera dosificada iba narrando incrementaron mi inquietud ante la grave naturaleza de los contenidos que escuchaba.

“Hace apenas dos días que he abandonado a la pareja con la que he estado conviviendo durante un año y siete largos meses. Resulta terrible que al cabo del tiempo, día tras día, vayas tomando conciencia de que en absoluto conoces a la persona que en principio te “deslumbra” y posteriormente te atemoriza con su complicado y enfermizo carácter. ¿Por qué será tan difícil entender ese trasfondo personal del compañero al que ilusionadamente nos entregamos y después tenemos que huir prácticamente de sus violencias y maltratos? En mi caso fui descubriendo, para mi desaliento y pesar, a una persona egocéntrica y de respuestas explosivas cuando consideraba o percibía, muchas veces sin fundamento, que le estás llevando la contraria.

Con lo puesto y una maleta no muy grande, saqué un billete de avión y me vine para Madrid, donde pensaba refugiarme en casa de dos buenos amigos ingleses, músicos, que según me habían informado había venido a la capital española hacía unos meses para formar parte de un agrupación o conjunto de música rock. MI sorpresa fue que estos amigos hacía tiempo que habían abandonado la dirección que me habían facilitado por si alguna vez visitábamos Madrid.  En ese apartamento a donde me dirigí nada más después de aterrizar en Barajas, vivían otras personas, pues son unos apartamento de alquiler. Por más que pregunté, nadie supo darme razón acerca del nuevo domicilio de estos amigos. Como me encontraba cerca de la estación de autobuses, saqué un billete económico de última hora para Málaga, ciudad de la que siempre he escuchado palabras muy elogiosas. Llegué ayer y en los buses me hablaron de unas habitaciones que alquilaban a buen precio (ciento cincuenta euros al mes, pago por adelantado) y aquí me ves tratando de recuperar un poco de tranquilidad.

He sentido miedo de las ultimas reacciones con las que explosionaba Geoffrey (ya conoces su nombre). Temía que si me quedaba más a su lado acabaría haciéndome daño, físico y mental. No, no creo que me busque. Tiene mucho ego y seguro que ya estará por ahí tratando de engatusar a otra pobre desgraciada”.

Paso a paso, con esa lentitud inacabada que da sentido a los minutos importantes, habíamos acabado sentados en unos de los bancos continuos de mármol beige que cierran el perímetro de la coqueta Plaza de la Merced. En verdad que no me esperaba todo esta densa y dramática información que me estaba confiando mi sorprendente interlocutora. Esa joven “turista” que minutos antes me había pedido le hiciera alguna foto con su propio móvil, cuando se encontraba observando, muy pensativa por cierto, la zona de la bahía malacitana donde percutía la acústica impetuosa del rompeolas. Pensaba acerca de cómo detrás de una simpática foto, ahora me sentía inmerso en una compleja trama de una persona desconcertada y atemorizada por un cruel episodio más de la violencia de género.

El reloj continuaba marcando su innegociable e impasible caminar, obligando a que la anaranjada y bien romántica luz solar se fuera despidiendo del día  para dejar paso a la noche, con esas otras luces de neón y leds blanquecinos que permiten nuestros tránsitos y comunicaciones interpersonales. “¿Te apetece tomar unas tapas y así te puedo seguir orientando sobre algunas posibilidades turísticas para mañana? Son rincones con ese encanto privativo para espíritus románticos, que te permitirán conocer y disfrutar mejor los ensueños reales de mi ciudad?” Idahia no dudó un momento en aceptar lo que sin duda era una generosa oferta en su desorientada situación viajera. Además, según pude comprobar minutos más tarde, las carencias alimenticias de esta joven eran bien manifiestas, a tenor de cómo disfrutaba de las cervezas y de esos platos de pescado frito que tan bien saben preparar en los chiringuitos playeros. Así que con esta reconfortante y nutritiva metodología pude seguir incrementando el “acerbo informativo” (cada vez más sorprendente) sobre la vida de esta inesperada amiga, procedente de las islas británicas, que me pidió ayuda para una foto de su recuerdo.

La aparentemente “desvalida” chica, “huérfana” o mejor “abandonada” desde prácticamente su nacimiento, por parte de unos alocados progenitores inmersos en la más ácrata contracultura vivencial, fue recogida y criada por un familiar cercano, llamada Mss. Dorothy, hermana precisamente de quien la había traído al mundo. Parece ser que su protectora era una mujer exclaustrada y con un rígido y confesional carácter, que aún hoy sigue ejerciendo como estricta preceptora en una familia “bien” y con amplia prole genética en la ciudad de Birmingham. Idahia (típico fracaso educativo de la perfeccionista Dorothy) quedó un día atrapada bajo los irresistibles encantos zalameros del tal Geoffrey, fornido y a ratos violento personaje, mecánico de automoción en unos modestos talleres de barrio, ubicados en la zona oeste de la capital. En cuanto a Idahía, su “cursus honorum” laboral le había llevado a ganarse la vida trabajando en un pintoresco club de alterne de la industriosa ciudad, “garito” visitado con frecuencia por esa pareja afectiva de la que ahora huía, a fin de  preservar (por sus frecuentes respuestas violentas) su frágil integridad, desde luego física aunque también “existencial”.

La verdad es que toda esta dramática y espectacular historia, sobrevenida en una apacible tarde de la primavera que finalizaba en el calendario, me iba pareciendo cada vez más como un sorprendente argumento del cine social, al que son tan asiduos los espectadores ingleses. Cercana ya las diez de la noche, llegó la hora de la despedida. Recibí palabras de agradecimiento de mi  “cinematográfica interlocutora y espontánea nueva amiga”, a la que deseé suerte, a fin de poner un poco de orden y sosiego en su complicada o atribulada vida. Me confesó de que si no lograba localizar a esos amigos, a quienes había buscado inútilmente en la capital madrileña, de alguna forma tendría que volver a su país a buscar acomodo seguro, lejos de sus complicadas vivencias con el mecánico y también de los obsesivos controles y normas caducas de su tía Dorothy. Porque claro, la capacidad económica que la joven tenía no daba para seguir prolongando su peculiar experiencia turística. Sin saber realmente como ni por qué, puse en sus manos alguna “colaboración monetaria” gesto que recibió con agrado y sin mayores segundos para la duda. La “aventura, según me dijo, tenía que continuar y toda ayuda la venía como ese oxígeno tan necesario para respirar en los latidos de día. Se prestó a escribirme, en esa pequeña libreta que siempre transporto en la mochila junto a la cámara de fotos, una dirección electrónica, información que intercambié entregándole otra hoja con mi propio e-mail. En aquel momento pensaba acerca del interés que sería continuar añadiendo nuevos e inesperados datos a esta novelesca experiencia, acaecida en una sorpresiva tarde de primavera.

Los lectores de esta sencilla pero rocambolesca historia se preguntarán qué hay de verdad y de ficción en la narrativa expuesta. El propio autor y también protagonista involuntario de la trama también se ha planteado el mismo interrogante, teniendo días en que sus respuestas iban por el camino de la casualidad, mientras que en otras oportunidades entendía que no todo lo que sucedió en aquel atardecer podía estar generado por ese destino “juguetón” sino que por el contrario podía haber, desde lo desconocido, cotas significativas de intencionalidad.

Las respuestas a todas estas dudas se desvelaron algunos meses después, cuando una noche observé, en el escritorio del correo electrónico de mi ordenador, un aviso o entrada de Via Transfer, para poder descargarme un archivo de casi dos gygas de peso informático. El susodicho archivo tenía por título “I lived an interesting experience in the sunset of Málaga” (Yo viví una interesante experiencia en el atardecer malagueño). Acompañaba al archivo una larga nota explicativa, dirigida a mi persona, a la que rápidamente dí lectura.

“Mi buen amigo de Málaga. Soy Idahia (el nombre, al menos, era efectivamente cierto). Agradecerte tu paciencia y lo bien que supiste atender a una turista británica, que venía acompañada con muchos problemas en “las maletas o alforjas” de su pobre equipaje. Ya había oido hablar acerca de esa generosidad que caracteriza a los ciudadanos de Málaga, muy habituados a recibir en su ciudad a personas procedentes de los más distintos orígenes geográficos.

Tengo que confesarte que las apariencias no siempre responden a la verdad o realidad de las cosas. Estudio, desde hace unos en una importante academia de cine, con el objetivo de obtener una anhelada titulación en la dirección fílmica. También realizo un máster relativo a especializaciones en técnicas de interpretación.  Son estudios de una especial exigencia, que te obligan a asumir la realización de experiencias en destinos y circunstancias muy variados.

Tenía que rodar varios cortos cinematográficos en países diferentes de la Unión Europea, interpretando como protagonista algunas de esas historias. Así que ya conoces uno de esos complicados argumentos, relativo a la azarosa vida una joven inglesa que busca seguridad personal y un camino nuevo para su convulsa existencia. En ese corto (en realidad tiene una duración de 25 minutos) tienes una participación importante. Aunque no te diste cuenta, mi equipo nos estuvo rodando en todas las fases de nuestro sencillo y amistoso contacto. Utilizamos una cámaras especiales, con potentes y asombrosos objetivos para su pequeño tamaño. En cuanto al sonido, mi cuerpo y mochila transportaban unos micrófonos, también especiales de última generación, que graban la acústica ambiental en las más adversas o ruidosas situaciones.

Con un abundante material, posteriormente realizamos los cortes, los montajes, las adiciones del paisaje, música, etc, todo ello gracias a unas técnicas digitales, verdaderamente sofisticadas, que ponen a nuestra disposición. Te adjunto esa película corta (que ha quedado bastante bien) para que la disfrutes y tomes conciencia del buen actor que hay hay en tu persona, sobre todo porque no estabas interpretando o actuando. Esa naturalidad y espontaneidad era lo que realmente buscábamos.

Verás que hay otro corto, en la que yo apenas interpreto, pero sí estoy detrás de las cámaras dirigiendo una difícil escenificación. Confío sepas perdonar la irrealidad en la que te introduje y en hacerte protagonista involuntario también de la narrativa de lo que fue en realidad una sencilla y preciosa historia, entre una persona que ayuda a una necesitada joven a la que nunca antes había visto.

Y te harás una última pregunta. ¿Porqué fuiste tú el elegido para esa participación en el rodaje? Ese interrogante pienso que no lo debo responder. Lo dejo en los recursos íntimos de tu perspicacia. De todas formas, si ello te puede tranquilizar, piensa que pudo deberse a una razón de pura casualidad y así … te quedas más tranquilo. Reiterándote las gracias, de nuevo, desearte lo mejor. Debo aclarar también de que, por ahora, no voy a continuar con estas comunicaciones. Tal vez, en el tiempo, podamos reanudarlas. Idahia.”


IDAHIA. LA APARIENCIA COMO DISTORSIÓN ERRÓNEA DE LA REALIDAD


José L. Casado Toro  (viernes, 02 AGOSTO 2019)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga


viernes, 19 de julio de 2019

DIALOGANDO CON LA SUTIL ACÚSTICA DE LOS SILENCIOS.

A poco que seamos justos, pero también generosos en la valoración, todas las profesiones o la casi inmensa mayoría de las mismas resultan admirables y dignas del mayor aplauso y estima. Cualquier actividad cumple una necesaria e importante función social, ya sea en el sector agropecuario, con la minería, la pesca y la construcción, ya sea en el ámbito de la transformación y producción industrial o, finalmente, en ese tercer sector laboral, variopinto y diversificado, de los servicios, que hacen posible el mejor engranaje de los dos primeros sectores de la economía en cualquier país, región o localidad. Sentadas estas definitorias premisas, también hay que aceptar que unas profesiones están más valoradas y “retribuidas” con respecto a otras que, en ese juego caprichosos del mercado, poseen una especial significación por múltiples factores, ya sean individuales o por el contrario sociales. En cuanto a la injusticia retributiva de uno u otros oficios, la realidad es bastante tozuda, pero no hay que perder de vista que nos encontramos en una sociedad capitalista de libre mercado, en donde la oferta y la demanda se hace dueña y señora de las compensaciones que unos y otros reciben por sus esfuerzos profesionales. 

Es necesario y obvio valorar la plausible, abnegada y paciente dedicación que desarrollan durante sus horas de trabajo aquellos vigilantes que prestan sus servicios en una gran diversidad de edificios y entidades, sean culturales, deportivas, financieras, sanitarias, lúdicas, comerciales o de cualquier otro género, tanto de titularidad pública o privada. La mayoría de las horas permanecen trabajando de pie, cumpliendo con la rutina de largos horarios, sin otros incentivos que  evitar cualquier conflicto o deterioro en las instalaciones, así como el rechazable delito de dañar las obras y materiales integrados y expuestos en sus naves para la visita del público. En este expositivo contexto está inserta la trama argumental de nuestro relato.

Julia Irea del Camino había finalizado sus estudios de Filosofía y Letra, en la rama de filología clásica, hacía ya más de seis años. A pesar de su bien considerado, objetivamente, expediente académico, ha pasado más de un quinquenio sin poder desarrollar tarea laboral alguna y, por supuesto, el ejercicio de su cualificada y específica preparación universitaria. Han sido años de profundas dificultades económico/sociales la causa primordial que ha impedido a muchas personas encontrar cualquier acomodo laboral en los distintos oficios del mercado, al igual que en el caso de esta joven mujer el ejercicio docente o investigador. Oposiciones laborales ”congeladas” u observando la política administrativa de muchas comunidades o entidades oficiales, ofertando un número excesivamente reducido de plazas para todos aquellos que, tras su presencia en los exámenes y pruebas competitivas, luchan por conseguir esa ansiada estabilidad laboral que tan difícil se nos hace en los tiempos actuales. 

A pesar de este disputado, frustrante e “imposible” panorama social, Julia nunca ha renunciado a ofrecer su preparación y buen hacer, llamando en “una puerta, tras otra”, aunque con resultados desalentadores para sus legítimas e ilusionadas aspiraciones. Pero una vez que el ciclo recesivo en los caprichosos engranajes de la economía ha ido cambiado de tendencia, las posibilidades laborales se han ido incrementado para compensar todos esos largos años de estudio, sometimiento y paciencia, ante las expectativas de poder encontrar un digno puesto de trabajo.  

Cierto y afortunado día llegó a su conocimiento la convocatoria de una oferta de trabajo temporal (eran periodos de seis meses de actividad, que podrían ser renovables) organizada por la Oficina de dinamización laboral del Ayuntamiento de la localidad en donde “desde siempre” ha estado empadronada. De inmediato vio que el perfil de su currículo se acomodaba, de manera preferente, hacia una serie de plazas ofertadas para trabajar en las bibliotecas, museos y centros expositivos, dependientes del Área de Cultura municipal. El currículo que presentó con su inscripción en la convocatoria, en el que se integraba su excelente expediente académico, los cursos y cursillos realizados y los trabajos elaborados y publicados, le abrió fácilmente la concesión de una de las plazas de ese anhelado trabajo, aunque no tuviese la característica de fijo en su estabilidad temporal.  En pocos días, tras la resolución positiva de la convocatoria, fue asignada a un centro museístico y expositivo, vinculado al Área de la Concejalía de Cultura de la Corporación Municipal, local ubicado en las “entrañas urbanísticas” de la antigua ciudad malacitana.

En este centro museístico se iniciaba una exposición, vinculada al ciclo de pintores actuales, cuyo protagonista era un poco conocido (fuera de los círculos culturales correspondientes) artista de los pinceles, llamado Remigio Vistafermosa Elían, cuya muestra de óleos estaría abierta al público asistente por las tardes de 17 a 21:30 horas, durante dos semanas. Obviamente, la asistencia a la exposición municipal era gratuita para todo aquel que quisiera ir a conocerla y disfrutarla. Ese sería también el horario vespertino de la muy satisfecha Julia, ante su primer trabajo retribuido conseguido después de una larga y desesperante “sequía”.

Julia acudió el primer día de la muestra con una cierta y prudente anticipación en el horario, pues deseaba familiarizarse con las dependencias del centro expositivo, así como repasar puntualmente sus obligaciones correspondientes que eran, básicamente, las siguientes:  la apertura y cierre del local expositor, cumpliendo el horario establecido por el departamento de Cultura, vigilar convenientemente que ninguno de los 24 cuadros expuestos sufriesen deterioro o acción inadecuada por parte de los visitantes a la muestra, repartir catálogos de la exposición a todos aquellos asistentes que lo solicitasen e informar a los mismos de algunos datos de cada cuadro, reseñas sintetizadas que se le habían facilitado en un archivo de Internet enviado, dos días antes de la apertura expositiva, al buzón de su dirección electrónica. Como ella era la única vigilante y asesora de la muestra, no podía dejar su lugar de trabajo por algún motivo (como ir, por ejemplo, a los lavabos) sin antes  haber contactado con el guarda de seguridad que prestaba sus servicios en el edificio, a fin de que la sustituyera durante algunos minutos. En este antiguo edificio, aunque bien remozado, también había otras dependencias administrativas y servicios de profesionales autónomos.

En ese primer día de trabajo, la asistencia a las dos salas que constituían la exposición fue especialmente reducida. Durante las cuatro horas y media de apertura visitaron la muestra sólo cinco personas, de manera espaciada en el tiempo. Dos de ellas para solicitar información acerca de un despacho de abogados y una consulta médica, respectivamente, cuyos locales no se encontraban  precisamente en el bloque del centro expositor. También estuvo durante unos quince minutos una extraña dama, ataviada con ropajes bohemios, en el que destacaba una amplia (en su diámetro) pamela blanca de paja que cubría su cabeza, con unas gafas oscuras de las que no se despojó en el interior de ambas salas, una falda de seda estampada con motivos geométricos, teñidos de intensos cromatismos y calzando unas muy usadas sandalias morunas de piel beige con remaches dorados. Los años que atesoraba la extraña dama (no pronunció palabra alguna, durante ese cuarto de hora presencial) sobre un cuerpo de epidermis repetidamente acanalada, serían difíciles de concretar, pero sí de imaginar. Además de un estudiante, que parecía de bellas artes por llevar en sus manos dos marcos entelados sin pintar, esa quinta persona que entró en la sala era una joven mensajera que a toda prisa traía un par de pizzas familiares, pero con la dirección erróneamente equivocada para entregar tan suculento y apetitoso envío.

La realidad era que el ínclito artista centraba toda la obra expuesta en dos únicos temas: algunos retratos (posiblemente de familiares y amigos del pintor) y una mayoría de bodegones con alimentos varios: mariscadas, dulces y pasteles y, de manera especial, preciosas fuentes de rica fruta. Resultaba curioso la convivencia de esta plástica temática expuesta para la realidad física de Julia, pues entre sus muchas cualidades no se encontraba el autocontrol en la ingesta. La joven soportaba con estoica paciencia un difícilmente disimulado sobrepeso acumulado en la generalidad de su cuerpo.

Después del muy precario “éxito” en la asistencia de la primera jornada, Julia se llevó para la tarde siguiente algún material con el que cubrir ese tiempo de vigilancia y asesoramiento en la exposición: la libreta de ejercicios correspondiente al inglés que estaba cursando, algún sudoku para ejercitar la mente y sobre todo su iPad, con el único objetivo de “acomodar” la distracción. El problema estaba en su muy pequeña mesa de atención y control,  situada en la entrada de la primera sala. No sólo eran sus reducidas dimensiones, sino la propia calidad del soporte, un simple tablero de formica alargado, apoyado en el suelo a través de un soporte metálico, cuya firmeza era más que dudosa dado sus continuos vaivenes.

Pero lo más cansino y agotador era la inasistencia de personas en las salas. Pasaban las horas sin que nadie se decidiera a entrar en esta oferta cultural de pintura que ofrecía la concejalía del ente municipal. La joven estudiosa del mundo antiguo, cada vez más aburrida en su labor, deducía la evidencia de que el autor de estas “suculentas” obras no debía ser muy conocido en los círculos artísticos de la ciudad. El ambiente “cósmico” de la exposición estaba presidido por el silencio, la soledad, el letargo e incluso una cierta “claustrofobia” porque estaba en un espacio interior sin ventanas. La única ventilación procedía de la puerta de entrada al recinto. En ocasiones percibía el ambiente como algo cargado y en las más de las veces una frialdad que no estimulaba el ánimo en demasía, sino todo lo contrario.

La presencia de visitantes era absolutamente desalentadora, para la vitalidad contenida de la joven Julia. En algún momento, cuando levantaba sus ojos de la navegación por Internet o cumplimentaba los ejercicios del English, pensaba en la posibilidad, un tanto divertida y sui géneris, de comenzar un diálogo con los personajes representados en esos cinco óleos, cuyos títulos nada le decían. “Si les hablo ¿se sentirán obligados a responderme? Igual salen del marco en el que están y como en las películas me explican quiénes son, por qué se han dejado dibujar y qué han representado o significan en la vida del artista…” Desde luego, su traviesa imaginación, la acústica sorda de la incomunicación y ese ambiente tentador para el apetito desordenado, junto a las miradas de esos austeros personajes, la estaban sacando de quicio.

Y en ese segundo día de trabajo, cuando pasaban unos minutos de las 20 horas, al fin “apareció” un hombre que aparentaba tener poco más de los cuarenta años. Cuerpo enjuto y detentando una elevada estatura. A pesar de que el calendario marcaba ya una primavera avanzada, en esos primeros días de junio el insólito visitante vestía con ropaje más bien apropiado para la estación invernal. Chaqueta de cuero marrón, vaqueros y botas deportivas, muy apropiadas para practicar el senderismo por la naturaleza. También incrementaba el misterio o intriga de su figura un austero sombrero, aparentemente de fieltro negro, con el que cubría su cabeza y que en ningún momento hizo ademán de quitárselo. En su entrada parsimoniosa, apenas saludó a Julia. Sólo hizo un leve ademán con su cabeza y se fue directamente a contemplar la exposición, deteniéndose durante extensos minutos en determinadas pinturas. El extraño personaje permaneció en la exposición alrededor de los veintitantos minutos. Sin pronunciar palabra alguna.  Antes de que abandonara la sala, un par de jóvenes estudiantes, con sus mochilas en sus espaldas, atravesaron la puerta de entrada y alegraron un poco el triste ambiente reinante, con sus risas y comentarios acerca de los bodegones con los alimentos. El visitante del sombrero negro había abandonado las salas, haciéndole otro gesto con la cabeza como frugal saludo de despedida.

Lo más extraordinario del caso es que en los días siguientes, nunca faltó la llegada del enigmático visitante de la chaqueta de cuero y las  Quechua deportivas del Decathlon. Siempre aparecía a eso de las ocho de la tarde, observando prácticamente las mismas pinturas durante poco menos de los treinta minutos. Así un día tras otro. Y sin hacer comentario alguno intercambiado con la intrigada Julia, que se imaginaba mil y un argumentos acerca de quién podría ser tan insólito y peculiar personaje.

Las tardes se le hacían larguísimas y aburridas a la joven licenciada Julia. La exposición no tenía “gancho” y el número de visitantes era puramente testimonial.  Tras dos días sin tener noticias de él, el ”asiduo visitante” de nuevo volvió a aparecer el jueves, a esa hora habitual en la que ya debería atardecer en el exterior. En esta ocasión se esforzó en mostrar una mayor sociabilidad, no sólo saludando de forma más expresiva, sino que, para mayor sorpresa de la encargada, le puso en las manos una pequeña caja de bombones.

“Srta. Quiero agradecerle su paciente presencia aquí, una tarde tras otra. Y, por supuesto, destacar lo bien protegidos que están los cuadros, con su mejor quehacer. Parece ser que no viene mucho público a las salas, sin embargo cumples con dignidad y eficiencia la obligación que te han encomendado. De nuevo gracias. Por favor, te ruego que aceptes este modesto presente”.

Julia, con los colores subidos en el rostro, no sabía qué responder. Se había quedado como “cortada” con la amabilidad y la expresividad del misterioso y generoso visitante. Apenas pudo musitar el “gracias, es Vd. muy amable” cuando su interlocutor ya se había desplazado al interior de la exposición para observar y analizar los cuadros colgados en las paredes.

Cuando habían transcurrido los veinte o poco más minutos de rigor, vio que este hombre abandonaba el local pero en esta ocasión de despidió con una amable y extraña frase “Buenas tardes, Julia. Que tengas una feliz noche”. Esta correcta y educada frase le hizo preguntarse a la joven que ¿cómo sabía su nombre, si ella no se lo había expresado? A los pocos segundos reparó en la placa que llevaba puesta prendida en su camisa, en la que se indicaba ese dato sobre la palabra “ENCARGADA”. 

Y llegó el viernes, día de la clausura expositiva. Más o menos a la hora habitual vio entrar el hombre de la chaqueta de cuero, quien en esta ocasión venía acompañado por un señor mayor, que se ayudaba en su desplazamiento usando un elegante bastón de madera. El asiduo visitante estuvo explicando a esta persona, que parecía bastante allegada, algunos detalles y aspectos acerca de determinados cuadros. Poco antes de las nueve y media Julia indicó en voz alta, a las cuatro personas que permanecían en las salas, que era la hora del cierre. Entonces el “misterioso” observador de los cuadros, extrajo de una bolsa un paquete aplanado y cuadrado que veía envuelto en papel azul. Su tamaño era más bien reducido, pues no tendría más de 30 cm. en cada uno de los lados. Junto a la persona mayor del bastón, se acercó a Julia y entregándole ese objeto envuelto pronunció las siguientes palabras, con una profunda sonrisa.

“Te ruego, Julia, aceptes este nuevo detalle, ya que hoy finaliza la exposición. Creo que te va a gustar. Pero te ruego que no lo abras, hasta que estés después tranquilamente en casa”.

Tras darle de nuevo las gracias, al gentil y detallista personaje, Julia notó como el señor del bastón no le quitaba los ojos de encima analizándola puntualmente, a través de sus ojos cansados, con todo el interés y detalle.

Aquella noche, tras la cena, le contó a sus padres la extraña y divertida situación con ese señor que aparecía casi a diario por la exposición y los dos generosos presentes que había recibido del mismo. En ese momento abrió el pequeño paquete, provocando en la reducida familia un ¡ohhhh! de admiración. Era un precioso dibujo, elaborado con magistral destreza a lápiz en cartulina, perfectamente enmarcado, que reflejaba el rostro y parte del pecho de Julia, con un realismo de alto nivel en su bondadosa e inocente expresividad. El dibujo o retrato estaba firmado por Remigio V.E. 2019.

Sería realmente fácil detallar el fin de este expresivo, romántico y revelador relato. Pero tal vez sea lo mejor aportar una breve conversación, mantenida por Remigio, el pintor, con su señor padre a la salida del centro cultural, en ese último día de la exposición.


“De acuerdo, Remi. Es tal y como la habías dibujado en la lámina. Eres, sobre todo, un gran retratista. Parece una buena moza y me ha agradado especialmente su expresión bondadosa y alegre. ¿No te has fijado en lo nerviosa que se mostraba cuando te miraba? ¡Que a mi no se me pasan todos esos detalles, a mis muchos años! Ya tienes edad de ir sentando la cabeza y buscarte una buena compañera, para que compartáis la vida juntos. No es bueno que el hombre esté solo y mi vida tiene, inevitablemente, sus límites. Hijo, abandona ya tu ego de solterón, obseso de los pinceles, pues hace años dejaste de ser un niño. Debes luchar por ella y darle lo mejor de tus cualidades en el día a día. Sé que posees muy buenos valores, aunque yo no te lo manifieste de manera continua. Pero sobre todo te aconsejo, como padre y amigo, que trates de hacerla feliz… De esta inteligente, generosa y cariñosa forma, tú también podrías llegar a serlo.”

Dos personas, diferentes y necesitadas, iban a emprender la sugerente aventura de compartir, comprender y ayudar en la reciprocidad. De alguna manera la cultura había vencido, una vez más con fortuna, a la carencia del desamor.


DIALOGANDO CON LA SUTIL ACÚSTICA DE LOS SILENCIOS


José L. Casado Toro  (viernes, 19 JULIO 2019)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga