viernes, 11 de diciembre de 2020

BOOKS AND FLOWERS. LIBROS Y FLORES.


Con la evolución de la práctica comercial, las diferencias entre el “ayer” y el “hoy” son cada vez más notorias, tanto para el comprador como también para el vendedor. Hace décadas no existían los supermercados, ni los grandes áreas de centros comerciales. Los clientes que deseaban comprar artículos para sus necesidades se desplazaban a las tiendas, en las que eran atendidos (o tenían que esperar su turno) por un dependiente, que se encontraba normalmente situado detrás de un mostrador. Si se trataba de un colmado de ultramarinos, había que ir indicando, uno a uno, los diferentes artículos que se necesitaban, concretando al tiempo la cantidad o peso que se deseaba adquirir. La conversación con el tendero humanizaba y socializaba el acto de “ir a la compra”. En muchas de las tiendas del barrio, el cliente era bien conocido, incluso por su propio nombre. Los consejos y comentarios de ese dependiente o propietario resultaban de suma utilidad, pues el comprador tenía la certeza que aquello que se le sugería era lo mejor en cuanto a marcas de productos, además que se le aconsejaba como había que manejar o elaborar aquello que había comprado. En muchas de estas tiendas del barrio, el propietario disponía de una amplia banqueta a fin de que los clientes pudieran esperar, cómodamente sentados, el turno correspondiente.

Pero llegaron los súper, los hipermercados, las grandes áreas o almacenes comerciales, en donde la clientela encuentra los artículos ya pesados, envasados, colocados y valorados.  De esta manera, el comprador se limite a coger y a echar o poner en ese carrito que se le facilita, (el cual “naturalmente” tiene una gran capacidad) las mercancías que desea adquirir. En los artículos de alimentación, el cambio tiene la gran ventaja de la rapidez o la agilización del acto de compra, con el inconveniente añadido de la falta de comunicación con el encargado de vender el producto. En el caso de los artículos electrónicos esas carencias se agudizan, cuando es necesario consultar características o aspectos concretos de ese material. Cada vez hay menos personas disponibles para atender de manera directa al cliente, en ocasiones prácticamente ninguna. En estos casos hay que desplazarse punto de información (siempre de que exista) a fin de solicitar un vendedor o el encargado de la zona. No siempre ese gestor comercial estará disponible, pues puede estar atendiendo a otro o más clientes, con la excesiva dilación en el tiempo, por lo que, en ocasiones, decides desistir acerca de la consulta o aclaración que pretendías solicitar.

Cuando al fin aparece un dependiente para atenderte y le planteas tu problema o duda, encontrarás varios tipos de respuestas. “Perdone, pero es que no soy de este departamento” “Lo mejor es que entre Vd. en la página web de la marca, en donde hay un buzón para la atención del público o un listado de las preguntas frecuentes” “Vamos a ver si leyendo el manual de instrucciones podemos resolver el problema”. De una u otra forma caes en la cuenta que el aturdido vendedor carece de la suficiente experiencia o conocimiento para ayudarte de una manera eficaz. No es infrecuente que el dependiente que te atiende en librería se encontraba ayer o la semana pasada prestando servicio en la sección de ropa infantil y la semana próxima tal vez puede estar en la sección deportiva del gran almacén. Las falta de profesionalidad, en todos estos casos, es evidente, por muy buena voluntad o amabilidad que aporte tu interlocutor (si has conseguido llegar hasta él). También es cierto que a veces tienes suerte y te encuentras con un comercial muy cualificado

Cada día son más importantes y numerosas las compras on-line, utilizando el recurso de Internet. En estos casos informáticos, es complicado tener una persona con la que contactar de manera directa, para que te ayude en la confusión o aclaración de las dudas. El problema de la incomunicación se incrementa. Ahí se encuentra el origen de todos estos problemas.

En el supuesto de que el dependiente, encargado o gestor comercial esté disponible para atender al cliente, aquél puede resultar una persona agradable, imaginativa, servicial, didáctica, respetuosa, amante de su trabajo, experimentada. O por el contrario el comprador se encuentra con el infortunio de tener que negociar con una persona brusca, desagradable, inflexible, altanera, ineducada, con prisas y preocupado por el reloj, que no desconecte de sus problemas personales, sin la preparación, rodaje o veteranía necesaria, etc. Todo es cuestión de suerte u oportunidad. Vayamos ya pues a una historia concreta, entre un cliente y el comercial que le va a atender en su petición o necesidad.

Una nueva tienda de regalos “con encanto”, ha abierto sus puertas entre los comercios malagueños. La propietaria es una señora de nacionalidad británica, llamada Jennifer O´Neill, quien tras haber ejercido largos años como profesional de la odontología, se encuentra en la actualidad jubilada. Con un cierto capital económico, esta emprendedora comercial tenía la ilusión de montar una pequeña tienda de libros y flores para regalos, en una ciudad marítima, con buen clima y espíritu abierto, como es Málaga, ciudad en la que había pasado algunas fases vacacionales muy gratas para su activo carácter. Precisamente era la localidad en donde había decidido fijar su residencia. La propietaria ha mantenido el nombre inglés como rótulo del coqueto y bien organizado comercio: BOOKS AND FLOWERS, en alusión a los dos productos básicos que se ofertan en el mismo: el placer de los libros (muchos de ellos en inglés) y el aroma y cromatismo  de las flores. El comercio está situado en calle Molina Larios, en esa arteria que comunica en entorno monumental de la Catedral, con el pulmón vegetal del Parque y la cercanía marítima de la zona portuaria.

Aunque Jennifer suele pasar muchas horas en su tienda, ha encontrado una eficaz colaboradora en la persona de Gema Deliada, dependienta con treinta y ocho años de edad, que tenía una cierta experiencia por haber trabajo en un almacén editorial durante bastantes años y que en ese momento oportuno se encontraba en paro, debido a un cambio en el negocio de la empresa con la reestructuración del personal laboral. Gema es persona que combate su arraigada timidez, con una proverbial amabilidad y delicadeza, actitud que aplica a todos aquellos con quienes se relaciona. Su dulzura en el trato, su imaginación y sensibilidad de carácter, además del profundo amor a la naturaleza que siempre ha demostrado, fueron factores decisivos para que fuera ella la elegida, entre otros solicitantes, a fin de dirigir (con eficacia manifiesta) el “exquisito” comercio organizado en un malacitano entorno de la Málaga tradicional. En su privacidad, la muy activa dependienta convive con su madre, doña Mariana, una señora de avanzada edad que en un lejano momento de su vida se quedó embarazada de una pareja que no quiso ser fiel en absoluto a su responsabilidad paternal. Costurera de profesión, crió con mimo y ternura a su hija, cuidando que nada le faltase. Hace unos años, los problemas de visión y otros achaques derivados del calendario vital, hicieron que dejara la aguja y el hilo, encontrando sin falta ese calor humano y el trabajo diario de Gema, complementos necesarios para una madre que se ha había hecho demasiado mayor. Gema ha tenido algunos pretendientes pero, por una u otras razones, no ha encontrado a ese compañero ideal para su gusto y estilo de vida.  Se encuentra feliz cuidando a su madre y atendiendo con esmero y delicadeza un trabajo que le vitaliza: la relación diaria con los libros y las flores marcan una hermosa hoja de ruta, impresa en todos esos amaneceres y atardeceres que conforman su existencia.

Era un viernes primaveral por la tarde cuando un hombre de mediana edad entró en el establecimiento, en ese momento vacío de otra clientela. El posible cliente estuvo durante unos largos minutos observando los estantes repletos de libros, desplazándose a continuación a la zona donde estaba instalado el bello y vegetativo conjunto de macetones y jarros de aluminio, conteniendo las más espectaculares especies de flores procedentes de la naturaleza. El visitante miraba pacientemente la bella mercancía expuesta, mientras Gema le observaba con discreción y expectativa para cubrir o atender cualquier necesidad o pregunta que se le planteara. Entendió llegado el momento del “romper el hielo” ofreciendo sus servicios al nuevo cliente a quien en nada conocía.

“Buenas tardes. Encantada de saludarle. Estoy a su completa disposición, por si le puedo ayudar a tomar la mejor y acertada elección para su necesidad.” El hombre agradeció con una sonrisa el ofrecimiento, aunque le hizo entender que prefería seguir mirando la sutil mercancía de la que se veía rodeado. Por momentos el semblante del cliente parecía cada vez más apesadumbrado, marcando una profunda tristeza en las líneas faciales. Incluso difícilmente podía disimular unos ojos brillantes que indicaban unas lágrimas que estaban a punto de brotar. A pesar de la discreción con que solía hacer gala la dependiente, no se le ocultaba el estado emocional que embargaba a ese indeciso cliente que seguía paseando lentamente entre toda la mercancía ofertada. Esas lagrimas al fin brotaron, creando un clímax tenso y novedoso para la experiencia de Gema.

“Discúlpeme. Me temo que tal vez no se encuentre Vd. demasiado bien. Le puedo ofrecer alguna infusión tranquilizante, pues en la trastienda dispongo de lo indispensable para algún desayuno o merienda que muchos días me he de preparar. Tal vez le siente bien una manzanilla con anís o incluso tila. Esta infusión le puede tranquilizar. Tome cómodamente asiento y ya más calmado con la bebida caliente podrá elegir aquello que más le convenga. Seguro que hará feliz a la persona que tenga la suerte de recibir el precioso presente”.

Ya más sereno, ese extraño cliente, se mostró agradecido por el calor humano que recibía de la solícita dependienta. Creyó oportuno sincerarme, aplicando sencillez, naturalidad y humildad, con esa buena persona que no se limitaba a querer vender un determinado producto, sino que se preocupaba del estado emocional que afectaba a su interlocutor.

“Señorita. Agradezco profundamente su humanidad  y le ruego me perdone, por el mal rato que sin duda le estoy haciendo pasar. Pero la conciencia tiene estas insólitas respuestas que entiendo no son fáciles de entender. Debo presentarme, pues lo contrario sería una descortesía. Mi nombre es Bibiano. Estoy divorciado, desde hace ya un tiempo. Trabajo como técnico en una empresa de eventos culturales y fiestas. Le confieso que no he sido ese hijo modélico que anhelan todas las madres. Todo lo contrario. He privado de ofrecerle, a esa madre que me dio la vida, el natural cariño que merecen todas las madres. En vez de afecto y ayuda, para corresponder a su bondad, mis respuestas han sido egoístas y desconsideradas. Me he entregado al placer de las mujeres, descuidando gravemente el deber fundamental de amor filial. Fue muy buena conmigo, como todas las madres con sus hijos. Sin embargo, para lo único que me preocupé realmente, con respecto a ella, fue para gestionarle el ingreso en una residencia para la tercera edad, institución a la que no he ido ni una sola vez para visitarla. Me remuerde acremente la conciencia.  

Mi madre se llama Florencia y en la actualidad es muy mayor. Camina ya para los 83 años. Hacía casi un año que no sabía nada de ella, entregado con desafortunado egoísmo a mis asuntos. Pero hace unos días, un casual encuentro y diálogo con una vecina, que se preocupa generosamente de ella, me hizo ver lo inhumanos que somos las personas, cuando nos despeñamos por el abismo de lo insensible. Avergonzado y arrepentido de mi proceder, mañana sábado me he propuesto ir a esa Residencia para visitarla, institución dependiente de la Junta de Andalucía y ubicada en la ciudad de Ronda. Le confieso que no sabía qué llevarle. Por este motivo, cuando pasé por delante de esta bonita tienda, cuya existencia desconocía, me he decidido a entrar para elegir algo que la pudiera hacer mínimamente  feliz”.

Tras esta larga y sincera exposición, Gema, muy agradecida, le transmitió animo y sosiego, explicándole que “siempre hay un buen momento para la rectificación”. “Los errores sólo los cometen los seres humanos y el humilde gesto de reconocerlos, es una inteligente forma de pedir ese perdón, que ennoblece y realza esa nuestra débil humanidad”. Siguió comentándole  que un libro, tal vez no sería la mejor forma de mostrar el cariño y el afecto debido, a una persona con tan elevada edad y que tal vez estuviera sumida en problemas visuales. En cambio, le sugería un centro de flores, incluso una maceta de hortensias para que, en la medida de sus fuerzas, se entretuviera cuidándola y se acordara de es hijo que había sabido rectificar. En este sentido, mostró a Bibiano dos macetas con hortensias. Una de ella, con flores de color rosa y otra con flores violetas. Su ya más calmado interlocutor dudaba entre una y otra, pues consideraba plenas de belleza las flores de ambos tiestos de barro. Se llevó, con expresión de felicidad, los dos artículos. “A buen seguro, le gustarán”. Dio repetidamente las gracias, a la bondadosa comercial, diciéndole unas bellas palabras: “Me ha hecho mucho bien. Gema. Es Vd. un verdadero ángel”.  

El sábado por la mañana, a esa hora mágica del mediodía, Bibiano se presentó de nuevo en la tienda. Gema no estaba sola, en ese preciso momento, pues le acompañaba la propietaria de Books and Flowers, la señora Jennifer. El cliente llevaba en sus manos una caja de bombones, que ofreció con una tierna sonrisa a la sorprendida comercial. Le rogaba, por favor, si podría acompañarle esa tarde, en su visita a la Residencia donde se encontraba su madre. Seguía necesitando su ayuda. Se ofrecía a recogerla con su coche donde le indicase, a eso de las cinco de la tarde. Pensaba que era una hora estupenda, para que pudiera descansar después del almuerzo y como estaban en los días más largos del año, tendrían tiempo suficiente para la vuelta a casa, gozando de esa bella y sentimental luminosidad primaveral, previa al verano. Gema miró, un tanto confusa a la señora Jennifer, quien le dio su opinión afirmativa con una pícara sonrisa. Gema entendió el ruego del atribulado cliente, aceptando esa petición del “hijo recuperado para una madre solitaria”. La dueña del negocio, complacida con la respuesta de su eficaz colaboradora, le indicó que por ese día ya había terminado su trabajo. Que podía marcharse a casa, a fin de para prepararse con tranquilidad para ese afectivo paseo de por la tarde con el Sr. Bibiano.

Todo salió perfectamente, para satisfacción y gozo de los dos ilusionados protagonistas. A pocos minutos de las 18 horas, Bibiano, portando las dos macetas de hortensias, acompañado de una bella mujer llamada Gema, hacía su entrada en la Residencia de Mayores “El Rocío”, identificándose en conserjería y explicando el motivo de su visita. Tras unos minutos de espera, una asistente los acompañó a una amplia zona ajardinada, en la que descansaban  bajo la sombra del bien cuidado arbolado muchos ancianos residentes en la institución. De inmediato, Florencia y Bibiano estaban frente a frente. El hijo, fortalecido por la compañía de una gentil amiga, se sintió animoso para transmitirle unas palabras cariñosas a su madre, después de besarla con respetuoso, afectivo y expresivo cariño. Gema también transmitió unas dulces palabras, a la desorientada señora que miraba, de un lugar a otro, en una bien dibujada escena en la que ella era la principal protagonista. La enfermera intervino con acierto y dulzura “Señora Florencia: aquí tiene Vd. a su hijo. Ha venido a verla y a traerle un bonito regalo. Seguro que le van a agradar estas preciosas flores en sus también lindos maceteros”. La buena señora sonreía, con las dos preciosas hortensias que habían posado a sus pies (notoriamente hinchados). De inmediato, unos celadores trajeron dos sillas plegables de madera, para que Gema y Bibiano pudiera sentarse junto a Florencia, que continuaba sin pronunciar palabra alguna, con una mirada teñida de intenso desconcierto.  

Fue un tibio reencuentro, marcado por intensos sentimientos y escasas palabras. El buen tacto y delicadeza de Gema ayudó sobremanera en una situación en la que un hijo, cada vez más confundido, apenas sabía qué decir y una madre, que mantenía la pupila de los ojos perdida en las tinieblas de la memoria. Sobre las siete y media, los visitantes consideraron que era el momento oportuno de la despedida, teniendo en cuenta que la cena a los residentes era servida a las veinte horas, ya que habitualmente los internos se iban pronto a la cama para descansar. Tras los besos y palabras cariñosas, expresadas por la pareja, abandonaron el lugar acompañados por una joven celadora, mientras Florencia continuaba con la mirada desorientada, en su plácido letargo de la ancianidad. En alguna ocasión llegó a preguntar ¿Pero quién es este señor? A las nueve y quince la pareja había vuelto a Málaga, utilizando la autovía de peaje de la Costa del Sol. Bibiano preguntó a Gema si le apetecía compartir la cena esa noche, pues se encontraba un tanto nervioso del reencuentro afectivo con una madre que apenas nada había dado muestras de reconocerle. Gozaron de un romántico y agradable ágape, servido en el restaurante del Parador de Gibralfaro. El lugar era en sumo atractivo: un espléndido marco que goza de unas idílicas y espectaculares vistas de Málaga, donde brillaban en aquellas horas luces multicolores de las embarcaciones fondeadas en la bahía portuaria, además de ese cromatismo urbano en una ciudad vitalista, que latía vibraciones emocionales en la intensidad primaveral de la noche.

Al paso de los meses, Gema y Bibiano continúan “saliendo” juntos. Los fines de semana son especialmente felices para estos dos seres, que se esfuerzan en no perder ese caprichoso “tren” del amor, nuevo para ella, segunda oportunidad para él, en sus necesitadas vidas afectivas. Y hay una tercera protagonista en esta historia, que ha sabido manejar, con suma habilidad e ingenio, los hilos de las oportunidades y los bien calculados encuentros. Es Jennifer, quien se siente a ratos satisfecha y a ratos divertida, por haber sido capaz de tejer una escenografía que tiene un saludable y generoso objetivo: la felicidad de su fiel y eficaz colaboradora en la tienda de Libros y Flores. La negociación con la empresa especializada en los encuentros afectivos fue laboriosa, pues deseaba e impuso a una persona de “garantía” al lado de su apreciada y querida Gema. Pero más difícil aún fue la gestión con la institución residencial, comprometiéndose en compensación para apoyar económicamente a una señora absolutamente sin medios, quien por una tarde se iba a convertir, sin saberlo, en la madre de un hombre que luchaba por el amor de una joven mujer. Gema, más pronto que tarde, llegará a conocer el trasfondo de una compleja “arquitectura afectiva” organizada para ayudar en su futura felicidad. La respuesta a ese conocimiento será todo una incógnita, aunque Jennifer y Bibiano confían en la innata bondad y comprensión de esta bella e inteligente mujer.-

 

BOOKS AND FLOWERS.

LIBROS Y FLORES.

 

 


José Luis Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

11 DICIEMBRE 2020

 

Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/



 

viernes, 4 de diciembre de 2020

VILLA CÁNDIDA


Cuando paseamos a través del laberinto urbano en las grandes ciudades, solemos encontrarnos con una imagen constructiva que estimula nuestra reflexiva imaginación. Dicha estampa no es otra que la de una antigua y pequeña casita, que permanece anclada y como “prisionera”, entre dos o más enormes y elevados edificios. Estos últimos ofrecen un aspecto exterior de novísima construcción, tanto en sus materiales como en la disposición de sus atrevidas estructuras. Por el contrario, la pequeña vivienda, con su antigua cubierta a tejas y los paramentos encalados y anticuados, es un mudo testigo de otra época ya casi olvidada en el nebuloso recuerdo de la memoria.

La casita de una única planta baja y con un más o menos empinado tejado, ha resistido al empuje modernista y constructivo de la modernidad, sin que sus propietarios (a veces, varias generaciones familiares) hayan cedido a la tentación del dinero, ni a las presiones empresariales, para ceder ese solar a sus ambiciones urbanísticas. Las motivaciones de este rechazo para aceptar la venta, una y otra vez reiterada, no podemos conocerlas, aunque pronto viene a nuestra mente esas razones sentimentales, generacionales o incluso estratégicas, por no querer abandonar un lugar en el que han nacido y vivido hijos, padres y abuelos, durante muchas estaciones en la evolución de los tiempos. Vayamos pues, a partir de esta introducción, al desarrollo de nuestra historia.

El personaje central del relato es un hábil y convincente vendedor de pisos y alquileres, llamado Hércules Transblanca, quien lleva trabajando en la agencia inmobiliaria HOUSELAND más de ocho años, avalado en sus inicios por una diplomatura en Empresariales y poseer el carnet de agente comercial colegiado. Se trata de un profesional imaginativo y voluntarioso, que sabe adaptarse a las necesidades y gustos de la clientela que acude en demanda de una vivienda. Sus éxitos profesionales le hacen tener una excelente imagen ante los propietarios de la empresa, pues su perfil es el de un vendedor “líder” que casi todo lo puede. Ciertamente su sueldo base es más bien bajo pero, las comisiones que recibe por los contratos de alquiler y venta que consigue, hace que se incremente sus emolumentos, a fin de poder mantener a una familia de cuatro miembros: él y su mujer Herminia, más dos niños pequeños, Claudio y Marco, de cuatro y dos años respectivamente.

Algunos de sus gestos y logros son famosos y recordados entre sus compañeros de trabajo. En cierta ocasión, una profesora que venía destinada para formar parte del claustro educativo de un Instituto de Enseñanza  Media en Málaga, necesitaba alquilar una vivienda amueblada, no lejos de su nuevo centro de trabajo. Hércules le ofreció un apartamento antiguo, pero renovado, situado en la Plaza de Montaño, a pocos metros del Instituto Vicente Espinel, centro en donde iba a trabajar la profesional docente durante un curso completo. Todo le parecía bien a la joven ciudadrealeña en la vivienda, hasta que entró en el dormitorio de la misma que había sido pintado con un intenso color amarillo por sus antiguos inquilinos. La profesora castellana era un tanto supersticiosa y manifestó claramente que no le apetecía dormir en un cuarto que ofrecía esa incómoda tonalidad para su gusto. El inteligente vendedor le respondió que no tenía por qué preocuparse. Que tras el fin de semana, volviera al apartamento que le ofertaba y vería que el problema había quedado resuelto. Ese mismo viernes habló con sus jefes, quienes le facilitaron una módica cantidad, a fin de poder comprar una lata de cinco kilos  de pintura celeste clara, color por el que la joven había mostrado sus preferencias. El mismo Hércules, enfundado en un chándal deportivo, dedico la mañana y tarde del sábado a pinta ese cuarto y parte del saloncito, con el color de la pintura que había adquirido. En la mañana del lunes la profesora Gema, que venía con todo su equipaje desde Alcázar de San Juan, quedó maravillada con el rápido cambio cromático que había adquirido la mayor parte de la vivienda durante el fin de semana, firmando el contrato de inmediato. 

Pero en esa su brillante trayectoria comercial se topó con un hueso duro de roer. La inmobiliaria había comprado, a un precio de auténtica ganga, una pequeña casita mata que los herederos de una señora muy mayor, recientemente fallecida, habían decidido vender, a fin repartirse entre ellos la cantidad recibida. La propietaria de esa vivienda la había habitado desde su nacimiento, hasta los 96 años en que dejó de existir, resistiéndose una y otra vez a las ofertas que recibió en vida por esas cuatro paredes que habían pertenecido también a sus padres y abuelos.

La casita de una única planta baja, cuyo frontal daba a la calle, tenía por nombre VILLA CÁNDIDA, rótulo escrito en una cerámica inserta junto a la puerta de entrada y que aludía al nombre de la propietaria. La antigua vivienda se hallaba, desde hacía dieciséis años, anclada o aprisionada entre dos grandes y elevados (12 plantas) bloques de viviendas y locales comerciales, en plena zona del noroeste urbano, en el antiguo camino de Antequera. Los promotores de estos dos “rascacielos” (Antequera 1 y Antequera 2) habían tratado de persuadir, antes de construirlos, a la anciana señora y a los herederos de la misma (hijo e hija) para que accedieran a negociar la venta de esa vivienda, con lo que podrían aumentar el espacio útil para los dos edificios que pensaban construir en esos dos amplios solares que rodeaban Villa Cándida.  Aunque los hijos se mostraban abiertos a la transacción comercial, Cándida se negó una y otra vez a perder sus raíces y recuerdos. Los promotores financieros lo intentaron con tesón repetitivo, pero sus esfuerzos se toparon con la legítima cerrazón de una propietaria que no quería vender la casa que le cobijaba.

Un vez fallecida la longeva señora, sus hijos no perdieron tiempo en vender la vivienda. Obtuvieron por la misma 90.000 euros, pues la pequeña edificación se encontraba en estado pre-ruinoso. A partir de ese momento la inmobiliaria Houseland, entidad compradora, rehabilitó la muy deteriorada construcción. Dado que la superficie del solar era bastante pequeña, a pesar del trocito de patio/jardín trasero, no se podía levantar un bloque en aquel “tubo espacial” encerrado entre las dos moles edificadas que tenía a sus lados: no había sitio para escaleras, ascensor y otros espacios comunes. Pensaban hacer de la vivienda un tipo de acomodado apartamento amueblado, manteniendo ese pequeño jardín/patio y alquilarlo a buen precio. El inmueble estaba situado en una zona bien comunicada con el resto de la ciudad, a través de la gran arteria del Camino de Antequera, entre el Puerto de la Torre y el cauce seco del Guadalmedina.

En un principio no fue Hércules el encargado de gestionar la operación de alquiler o posible venta, pues el dinámico gestor estaba inmerso en otras operaciones. Se ofertó el remozado y coqueto chalet/apartamento a un precio de 1.500 € mensuales, coste del alquiler, que se tuvo que ir reduciendo, en tramos de cien euros al paso de las semanas y meses, pues la propiedad no tenía una fácil salida. Incluso llegó a ofertase en 800 euros, que era una cifra bastante razonable, pero los posibles inquilinos iban a verla y ninguno terminaba por decidirse. Entonces la inmobiliaria cambió de estrategia. Se centraron todos los esfuerzos publicitarios en la operación venta de la finca. Salió al mercado por 225.000 euros, cifra que naturalmente tuvo que ir rebajándose por semanas (al igual que había pasado con su posible alquiler) hasta alcanzar la cifra de 150.000 €, menos del doble de lo que había costado, aunque habría que anotar o restar el coste de las importantes reparaciones efectuadas en la misma, además del nuevo mobiliario instalado en la vivienda. Había algo, no concretado, que disuadía a los clientes arrendatarios o compradores, una vez que se acercaban a la zona para visitarla. Entonces los jefes de la inmobiliaria recurrieron en su vendedor “líder” a fin de que investigara el porqué de esa respuesta negativa que la entidad encontraba en el mercado.

Por supuesto que Hércules se había ofrecido a intervenir en la investigación, para la que estaba dispuesto en aplicar sus imaginativos y espectaculares esfuerzos. Ese mismo fin de semana, un soleado sábado por la mañana se fue por la zona, a fin de recorrer y visitar bares, cafeterías y comercios e incluso un hogar de jubilados que estaba a unos 150 m de Villa Cándida. El objetivo era tratar de intimar con unos y otros convecinos, haciéndose pasar por un gestor o interventor de la banca que, habiendo sido destinado a una sucursal financiera del Puerto de la Torre, ubicada a 1,5 km de la zona, deseaba encontrar un buen alquiler o incluso venta de un inmueble, que le permitiera desplazarse a su centro de trabajo dando un simple y confortable paseo diario. Preguntaba y preguntaba a unos y otros convecinos pero éstos, cuando se refería a la casita entre bloques, trataban de cambiar de conversación, indicándole otras posibilidades de viviendas vacías. Hércules se preguntaba el por qué de esta actitud, cuando centraba su interés en villa Cándida. 

Tuvo la suerte (que hay que saber buscarla) al entrar en una cafetería y observar a un hombre mayor, sentado en una mesa esquinera junto a una de las ventanas a la calle. Este hombre mayor, en vez de mirar hacia el exterior a través de los cristales, centraba su atención en las losetas del suelo, un tanto lleno de papeles y restos alimentos, por el descuido e incivismo de los consumidores. El gestor inmobiliario tomó su taza y dirigiéndose con valentía hacia esa mesa pidió permiso a su usuario por si podía compartir el café en su compañía, a lo que el educado anciano agradeció afirmativamente con un gesto de complacencia. Su interlocutor era Tarsicio, un policía nacional jubilado, con muchos años y aventuras en su memoria, que vivía el trauma de esa soledad mezclada de inutilidad en la que se veía sumido. A lo largo de la charla, el antiguo servidor público le dio a Hércules la clave de lo que estaba buscando.

“Amigo, yo he vivido aquí desde siempre y ya mis padres me explicaban que esa casa, Villa Cándida, por la que me pregunta, estaba embrujada. Esa mujer, que se quedó viuda siendo muy joven, era una hábil echadora de cartas, a través de las cuales “averiguaba” en porvenir de los incautos que caían en sus manos, aunque también fabricaba y vendía un misterioso ungüento y jarabe que según ella sanaba los males del cuerpo y el mal de amores. Pero lo peor no eran esas prácticas, sino que se comentaba que ahí se hacían reuniones de brujas y aquelarres, con sus maldiciones, conjuros, sesiones espiritistas, amuletos y mal de ojos. Esas leyendas que circulan para la imaginación, vienen a decir que “la vieja” se aparece por las noches, para espantar a los que estén en la vivienda, pues no quiere que nadie vida allí y descubran sus secretos y malas artes”.

Ante todas estas habladurías y supercherías que, por lo escuchado, circulaban por la zona, Hércules decidió hablar con sus superiores, a fin de que le autorizasen a pasar unos días en la misteriosa vivienda, para comprobar in situ si entre sus paredes ocurría algo anormal y adoptar, en consecuencia, las medidas oportunas. La dirección autorizó al subordinado empleado, por lo que éste aprovechó el siguiente fin de semana, yéndose solo a pasar el “finde” en Villa Cándida. No quería implicar a su mujer Herminia y a los niños en esta alocada, valiente e incierta experiencia. Llevó consigo una pequeña maleta con el neceser, alguna muda y su ordenador portátil, además de un disco duro externo “cargado” de películas, para distraerse por las tardes y las noches. Realizaba sus comidas en un restaurante cercano, en donde para su fortuna ofrecían menús muy suculentos de guisos y postres familiares.

Comenzó su vivencia un viernes noche y así pensaba estar hasta la mañana del lunes, día que le habían dejado libre en la agencia, para compensar ese sábado y domingo que iba a pasar en la extraña vivienda. Esa noche estuvo repasando todos los rincones de la casa y, tras juguetear un rato con las aplicaciones de su ordenador, decidió irse a la cama utilizando para ello uno de los dos dormitorios disponibles que habían habilitado los decoradores en villa Cándida. Todo parecía normal, por lo que pronto pudo conciliar el sueño. Pero algo le despertó a media noche. Con los ojos entreabiertos comprobó que eran las 3:35 de la madrugada. Para su sorpresa, vio que había luz en el salón. Estaba completamente seguro de haber apagado los interruptores de esa habitación. Se incorporó de la cama y efectivamente todas las luces del salón estaban encendidas. Hizo una pequeña revisión de los pulsadores, sin percibir nada anormal en los mismos. Incluso revisó el cuadro eléctrico de la entrada o relé y ninguno de ellos se había “levantado” de su correcta posición. Por lo tanto apagó las luces, volviendo a la cama en donde pronto recuperó el sueño.

En la jornada del sábado todo fue normal, en esa “reclusión” voluntaria que se había impuesto en su investigación. Para vencer el aburrimiento, telefoneó varias veces a Hermi y echó un buen rato hablando con los niños. Realizó sus comidas en el agradable restaurante La Buena Alacena, vio hasta tres películas , bien almacenadas en su videoteca y recibió una llamada de don Evelio, propietario fundador de la inmobiliaria, quien se interesó por si se encontraba bien y si necesitaba algo en especial. Le comentó a su jefe el tema de las luces de la noche pasada, pero ambos decidieron no darle más importancia al curioso e inesperado hecho. Ya por la noche volvió a la cama, a eso de las doce, no sin antes darse una reconfortante ducha bien caliente.

Concilió rápidamente el sueño. A mediados de la madrugada, como en la noche anterior, de nuevo se despertó sobresaltado. Escuchaba como una lluvia, que se hacía más intensa por momentos. Buscó, de inmediato el origen del sonido hídrico. Procedía del cuarto de baño (curiosamente no del que había utilizado, pues había dos en la vivienda). Abrió la puerta y vio , con honda preocupación, que la ducha estaba completamente abierta, cayendo de la misma una intensa “lluvia” de agua. La dejó bien cerrada, pues la llave estaba completamente abierta. Volvió a la cama, en donde estuvo un buen rato escribiendo la anormalidad en su ordenador, a fin de que no se perdiera detalle alguno. De pronto volvió a escuchar sonido hídrico. Saltó “literalmente” de la cama, volviendo al cuarto de baño. En esta ocasión no era el cuadro de ducha, sino el lavabo, cuyos dos grifos estaban también completamente abiertos. Cerró “lleno de miedo” ambos grifos y ya bastante “escamado” continuó redactando el informe, detallando esos sucesos tan anormales. No pudo volver a conciliar el sueño hasta aproximadamente las cinco de la madrugada.

Y llegó el domingo, el tercer y último día en que el cada vez más preocupado hércules iba a permanecer “recluido” en Villa Cándida. A lo largo de la mañana, tarde y noche, todo transcurrió con normalidad. Estuvo revisando la instalación eléctrica, los grifos, los cuartos de baños, no apreciando nada anormal, a simple vista. Recibió una nueva llamada de Evelio, a quien comentó los “sucesos” de la anterior madrugada. Tras escucharle, el jefe le pidió tranquilidad y que anotara todos los detalles, por nimios que le pareciesen, en el informe que estaba redactando. Contactó  en varias ocasiones con Hermi y los niños, evitando hacer algún comentario que pudiera inquietarles. Solamente abandonó la vivienda para hacer el desayuno y las comidas en la Alacena, en donde ya era conocido por su puntualidad y amabilidad, además de por pedir casi siempre un plato caliente (sopas, pescado, estofado…) y ese postre de fruta, a la que nunca renunciaba.

A la vuelta de la cena retrasó su marcha a la cama, dada la experiencia de las dos noches anteriores. Tenía un resquemor detrás de la oreja (como se suele decir). Pero ya a las dos de la madrugada, se encontraba bastante cansado de ordenador y cine, por lo que decidió irse al cuarto a echar unas horas de sueño. Cayó dormido prácticamente de inmediato. Pero dicen los refranes y dichos populares que “no hay dos sin tres”. Para asombro del dinámico comercial, hubo, efectivamente, una tercera vez. De nuevo el despertar sobresaltado, a eso de las cuatro menos veinte, en la “inmensidad” de la noche. Escuchó algún ruido y vio cierta luminosidad que procedía del salón. Cuando llegó a esa parte de la casita, nuevo asombro para su paciencia y autocontrol. Su portátil estaba completamente encendido, a toda luz y sonaba la música de la última película que acaba de ver antes de irse a dormir: Con la muerte en los talones, el célebre clásico del maestro Alfred Hitchcock. La película estaba “corriendo” por la pantalla. Hercules estaba seguro de haberlo apagado, al finalizar el desarrollo del film. La anormalidad era manifiesta y sorprendente. Con profundo desaliento reflexionaba acerca de que cada noche algo ocurría. Estos hechos demostraban que una mano extraña inestabilizaba y asustaba a todos aquellos que se atrevían a pasar la noche dentro de la misteriosa Villa Cándida, como bien le había insinuado el veterano policía jubilado Tarsicio.

El lunes, a eso de las diez ya se encontraba en su domicilio, para regocijo de Hermi. Los niños estaban en sus colegio y guardería, respectivamente. Tras desayunar, se sentó delante de su mesa de trabajo para terminar de redactar y corregir el informe que iba a presentar a Houseland , con todo los detalles posibles que recordaba, acerca de su experiencia durante esos tres día en la casita del Camino de Antequera. Por la tarde se pasó por las oficinas de la sede central de la inmobiliaria, llevando en su cartera el dossier informativo  que entregó sin mayor dilación a Evelio Biempica. El propietario jefe de la empresa le agradeció su esfuerzo, dándole a entender que recibiría una compensación por su esfuerzo desinteresado en el asunto durante ese fin de semana.

Unos días después, la inmobiliaria encargó a una empresa multiservicios que repasara toda la instalación eléctrica, fontanería, cerraduras, rejas en las ventanas y el tejado de Villa Cándida, con material sofisticado de seguridad. Pero los operarios de esta empresa auxiliar no hallaron nada extraño o anormal en la vivienda. Llegados a este punto de la situación y tras un consejo general del propietario y directivos de Houseland, se adoptó la decisión de deshacerse de esta propiedad, rebajando notablemente el precio que tenía de cara al mercado inmobiliario. Se consideraba el asunto como una operación fallida y se quería evitar más problemas y quebraderos de cabeza con la dichosa vivienda. El precio inicial de venta de 125.000 se fue reduciendo, hasta que apareció un comprador, Delirio Fonseca, comerciante de productos exotéricos, que puso sobre la mesa la cantidad de 90.000 euros. La inmobiliaria aceptó de inmediato la oferta de compra, pues habían decidido como prioridad deshacerse de esta vivienda, quizás embrujada, que le había dado más quebraderos de cabeza que réditos económicos. Este misterioso comerciante tenía ya una tienda instalada en Córdoba, para la venta de material esotérico: Tarot, rituales, hechizos, velas, perfumes, ungüentos, libros, cartas, magia, polvos, aceites, hierbas, bisutería, collares, pulseras, colgantes, tinturas, tatuajes, amuletos, inciensos, videncia,  talismanes, brujería, budismo, Reiki, aromaterapia, masajes, lámparas, figuras de hechizod, etc. La nueva tienda, al igual que la de Córdoba, iba a llevar el nombre de EL PÉNDULO.

Aquí podría finalizar esta curiosa y extraña historia, pero no sin antes hacer alusión a una mensaje telefónico, que llegó al teléfono de Hércules, con el siguiente contenido que puede aclarar el verdadero trasfondo de este relato:

“Hola, han pasado ya dos meses desde la compra/venta de la operación Tarot. Según acordamos, hemos ingresado en la cuenta corriente que nos indicó la gratificación correspondiente. Mantendremos la habitual y total discreción”.

Efectivamente esa cuenta corriente, abierta en una entidad financiera on-line, había tenido un ingreso reciente de 10.000 €. La transferencia de la operación tenía una procedencia anónima.-

 

VILLA CÁNDIDA

 


José Luis Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

04 DICIEMBRE 2020

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