viernes, 7 de junio de 2013

DOS BREVES HISTORIAS, PARA SEGUIR IMAGINANDO.


Cuando salimos de una sala cinematográfica, tras haber presenciado la proyección de una película, nos hacemos dos preguntas básicas (además de otras muchas, por supuesto) que, dado el caso, intercambiamos con todos aquellos que nos acompañan. ¿Me ha gustado, ha resultado interesante, me he distraído con la cinta? ¿Existe un buen argumento, que sustente el desarrollo del metraje?

Especialmente, resulta significativo este segundo interrogante. Si no hay una buena historia, por muy bien narrada e interpretada como esté la historia, difícilmente justificaremos la inversión, económica y temporal, que acabamos de realizar asistiendo al cine. En numerosas ocasiones se nos repite, por la crítica especializada, que los guionistas de Hollywood, la gran Meca del Séptimo Arte, atraviesan duros y famélicos momentos en orden a la creatividad de sus escritos. Y que por esa razón de “anemia imaginativa” hay que llamar a las puertas de otro tipo de cine, en otras latitudes y regiones de nuestra heterogénea y diversificada geografía. Europa, la otra América, Asia o África, son otras atrayentes  posibilidades y buenas  alternativas, a esa maquinaría, siempre bien engrasada, que supone la industria cinematográfica de EE UU. E incluso, allí mismo, se genera un cine llamado “independiente” que “habla” con otros medios, gestos y temáticas, al de ese otro “hermano mayor” que exporta aculturación por todo el orbe mundial.

Siempre he mantenido que un buen guionista posee medios y fuentes más que suficientes, a fin de ir enriqueciendo el bagaje temático de su creatividad profesional. Simplemente con que salga a la calle (entendiendo esta expresión en un sentido real o metafórico) y observe. Mirando con los ojos bien abiertos a su alrededor, tanto en lo explícito, como en esa difícil plástica de lo subliminal. Muy probablemente, hallará buenos y variados elementos con los que sustentar y enriquecer aquellos argumentos que, posteriormente, tecleará en el ordenador o escribirá en esas cuartillas inmaculadas, prestas para su operatividad literaria. Resulta pasionalmente interesante estudiar el comportamiento de las personas, escuchar aquello que dicen o manifiestan, analizar los incentivos que mueven sus contrastadas conductas, abrir el periódico o cualquier otra ventana mediática, reflexionar sobre las respuestas, con sus interrogantes y determinantes, que pueblan el entorno…… ¡claro que hay temáticas y películas que comunican e interesan, que motivan y subyugan, que ensueñan y ennoblecen, abriendo caminos y senderos desde la inmediatez subjetiva de su proximidad.

Dos profesiones, especialmente entre otras muchas, tienen en su mano la posibilidad de conocer y reflexionar acerca de cientos y miles de historias, procedentes de la intimidad de aquellos con quienes se relacionan, en el noble ejercicio de su actividad profesional. Hay que referirse, en primer lugar, a los psicólogos y médicos psiquiatras. Por las consultas de estos especialistas, pasan a diario, no pocas personas que viven la angustia, el dolor o la desesperación, en la profundidad inestable de sus vidas. ¡Cuántos relatos, cuántos dramas y comedias podrían generarse desde los archivos, dolorosamente densificados, de estos facultativos en la medicina! Obviamente existe, y ha de practicarse, el respeto y la privacidad de estas confidencias que enriquecen, explicativa y terapéuticamente, el diálogo entre el enfermo y su médico. Pero las historias, asombrosas o cotidianas, están ahí, en esos diálogos, en esas confidencias, entre una persona que sufre y otra que, por su equilibrio y preparación, trata de ayudar y sanar.

Vayamos ahora a los templos, iglesias o clerecías. En los toscos confesionarios que pueblan estos espacios para la fe, los sacerdotes, los miembros de las distintas órdenes religiosas escuchan, paciente y respetuosamente, a todos aquellos que acuden a curar sus almas. A limpiar, religiosa y espiritualmente, la humildad inmediata de sus  conciencias. Esos clérigos y sacerdotes, en el ejercicio de su ministerio eclesiástico, no sólo atienden con atención y respeto la confesión de sus feligreses sino que, al tiempo, aportan el mejor consejo para las “dolencias” en el comportamiento de la falta o el pecado. Al margen de creencias y vínculos religiosos, ese confesionario se convierte en una privada y modesta consulta, donde se ofrece la medicina generosa del perdón divino, para todos aquellos creyentes que acuden a la misma con la sencillez, humilde y grandiosa, de la fe. Sin ánimo de ofender a la institución, ahí también se generan no pocas historias que sembrarían de relatos la avidez argumentativa del escritor. Y, por supuesto, con la obligación irrenunciable al secreto de confesión sacramental.

¿Recuerdan aquella gran película titulada “YO CONFIESO” (I Confess) dirigida por ALFRED HITCHCOCK (Londres 1899 - Los Ángeles 1980) en 1953, e interpretada por Montgomery Clift, Anne Baxter y Karl Malden, entre otros excelentes actores? El padre Michael Logan conoce, en confesión, el asesinato cometido por Otto Keller, cuando este sirviente de la parroquia robaba en casa de un importante abogado. Precisamente el propio sacerdote es acusado del asesinato de ese abogado, debido a su peculiar relación con Ruth, un antiguo amor de juventud. Esta mujer, ahora casada, estaba sufriendo el despreciable chantaje por parte del jurista asesinado. El padre Logan, a causa de su ministerio, no puede desvelar la verdad a la policía……..

En ambos casos, en una y otra profesión, los relatos se generarían por sí mismos con la rapidez y abundancia de una tarde de lluvia, a modo de agua que inunda y alimenta el comportamiento, las motivaciones y las respuestas. En el ámbito de lo espiritual pero, también, en la materialidad vivencial de nuestra existencia.

Imaginemos una de estas historias, simplificada en sus detalles, y generada en la consulta de un especialista en psiquiatría. La paciente, una joven de veintiún años, GISELA estudiante universitaria que está saliendo con un compañero de facultad, explica su cada vez más intenso rechazo a saludar con el tradicional beso en la cara. Su desequilibrio, orgánico y psíquico, aflora cuando alguien, familiar o amigo, le saluda o despide (ella, desde hace ya más de un año, evita el protagonismo en el gesto) acercando la boca a su rostro. Se siente mal, parece que le tiembla el cuerpo y teme que, incluso, no pueda contener las ganas de “devolver” en esas, para ella, angustiosas oportunidades. La prevención y consecuencias, a ese tipo de saludo, considera que le está perjudicando socialmente pues, si para ella es un suplicio insuperable, los demás extrañan y enjuician críticamente su comportamiento.

El caso ahora se ha agudizado, a partir de su amistad y acercamiento afectivo con ese compañero de clase al que quiere. Acepta cualquier caricia pero trata de evitar todo lo que tenga que ver con el beso, sea más o menos íntimo. El facultativo, un veterano especialista de la psiquiatría en la localidad, ha desarrollado con ella tres sesiones ya, en la práctica psicoanalítica. Extensos, profundos y hábiles diálogos, en los que se ha tratado de recuperar algunas vivencias y recuerdos, para la memoria anímica de la joven. La clarificación patológica del padecimiento en Gisela se va descubriendo y clarificando, a partir de la quinta sesión en el tratamiento.

Existen dos orígenes para ese rechazo. De pequeña (tenía entonces entre cuatro y cinco años de edad) presenció una intensa situación afectiva entre su madre y un amigo de la familia. Esa escena estaba guardada en los complicados archivos de la memoria. También existe un problema de halitosis (no permanente) en la persona de su padre, que puede haber incidido en ese contexto incidente para la reacción de la hija.

Han pasado los años.  Gisela alcanza hoy los treinta y nueve años de su existencia, ejerciendo como médico pediatra. No ha vuelto a tener íntima relación de pareja, tanto con hombre o mujer.

Reunión vespertina en el café central del precioso y acogedor pueblo castellano de Tordesillas. Como casi todas las tardes, comparten la charla MATÍAS, de profesión farmacéutico, GENARO, maestro nacional y GREGORIO, el cura de la localidad. El verano ya se ha alejado y el frescor del atardecer hace apetecible unas cálidas tazas de chocolate, acompañadas con unas suculentas pastas que elabora el obrador de Acacio. Los tres contertulios, amigos de muchos años ya, comparten chascarrillos locales con esos grandes temas que dibujan cada día las primeras páginas de la prensa. Sin embargo, hoy el tema central camina hacia el foco explicativo del buen Gregorio.

“Con tantos años de confesionario….. la de cosas íntimas que te habrás enterado de todos nosotros. A lo largo de todo este tiempo ¿ha habido alguna que te haya impresionado, especialmente?
El orondo sacerdote, vestido con la sotana de siempre, responde (tras unos largos segundos, en silencio) al boticario, con su amplia y bonachona sonrisa:

“Matías, sabes bien que debo mantener el secreto de confesión. Si no lo hiciera, aparte de cometer una grave falta eclesiástica, nadie se me acercaría al confesionario, por una lógica falta de confianza en la función religiosa que se me ha encomendado”.

“Pero ¿ha habido algo muy gordo, que te haya quitado el sueño alguna vez? interviene Genaro. Tras darle un buen sorbo a su ardiente taza de chocolate, Gregorio mira, con ojos picarones desde una voluminosa cabeza, a sus dos amigos de siempre. “Claro…. que sí. Pero ese conocimiento me lo llevaré hasta allá arriba. Hablemos del partido del miércoles”.

Tanto el maestro como el boticario vuelven a sus domicilios, especialmente pensativos. En tantos años de amistad, nunca han visto o percibido en don Gregorio una mirada tan penetrante y significativa hacia sus personas. Captaron que ellos eran, precisamente, los protagonistas de lo que el cura callaba. Esos ojos del sacerdote……. hablaban, pero con palabras mudas para la respuesta.

Por supuesto que, en cualquier otra profesión, existen también oportunidades y ventanas que nos permiten entrar hacia el conocimiento de buenos e interesantes relatos. Y es que todos, absolutamente todos nosotros, somos actores, activos o pasivos, de ese gran teatro universal que es la vida. Desde y para todos los días.-


José L. Casado Toro (viernes, 7 junio, 2013)
Profesor

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