viernes, 21 de junio de 2013

TOALLAS Y LLAVES, QUE SIEMBRAN LA DUDA.


Por más que cueste concederle el suficiente margen de verosimilitud, se producen hechos y situaciones, un tanto increíbles, que pueden estar muy cerca de nuestra realidad. El azar o la casualidad nos suelen deparar las sorpresas más insospechadas en el discurrir cotidiano. Y eso fue lo que, a grosso modo, ocurrió, en aquella mañana de miércoles. Como suelo hacer, una o dos veces por semana, acudí a practicar un poco de natación, en una de las piscinas públicas que pueblan el perímetro urbano de la ciudad. Sin duda, este ejercicio es una de las actividades más reconfortantes para la salud. Especialmente grata y vitalizante para el estrés anímico que la densidad diaria nos proporciona. Como en todas estas instalaciones, existen unas taquillas a disposición y servicio de los usuarios. En ellas puedes guardar tus enseres personales, introduciendo una moneda recuperable que libera la llave correspondiente a ese pequeño, pero útil, espacio. Al igual que hago todos días en que voy a nadar, dejé mi toalla y la llave de la taquilla junto a la gradería que rodea a la gran cubeta acuática. Ese espacio suele estar poblado de toallas y llaves, pertenecientes a todos aquellos que realizamos los ejercicios sobre esa agua limpia y con sabor a sal que nos acoge.

Una vez que llevé a cabo los repetidos recorridos de ida y vuelta, por espacio de unos  cincuenta minutos, salí del agua y recogí mi toalla junto a la llave que estaba bajo la misma. Tras saludar a los socorristas y monitores, me dirigí a la taquilla a fin de recuperar la bolsa deportiva que allí tenía depositada, antes de pasar por la ducha y los vestuarios. De forma un tanto mecánica, introduje la llave en la cerradura. No me funcionaba en el bombín, por lo que tuve que reintentarlo. Volvió a fallar, así que repasé﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽cado de taquilla (181 por é el número de la plaquita que lleva colgada. Tal vez, me habría equivocado de taquilla (181 por 182). Pensé que no me había fijado bien, en un principio, por lo que abrí sin más dificultad la taquilla aneja. Miré en su interior y, para mi sorpresa, caí en la cuenta que había cogido una toalla muy parecida a la mía (azul celeste y algunas líneas anaranjadas) junto a una llave también equivocada. Seguro que ambas prendas estaban juntas, al borde de la piscina. Antes de cerrar la taquilla me fijé en que, junto a un pequeño maletín beige, su propietario había dejado un reloj y una pulsera o esclava (en plata y oro, de joyería) la cual me resultó curiosamente familiar. Era similar, o exactamente igual, a la que yo había regalado a la chica, con la que estaba saliendo, con motivo de nuestro primer aniversario. Y lo más preocupante del caso era que en ese corazón, que nucleaba el aro dorado, lucían las iniciales grabadas, correspondientes a las de Cristina y mi propio nombre. Estaba seguro, completamente seguro, que esa pulsera era la que yo había comprado y mandado a grabar. Por supuesto, los números de la fecha coincidían, puntualmente, con los del inicio de nuestra relación.

Un tanto pensativo en la preocupación, y tras cerrar ese pequeño espacio, volví a la gran piscina y localicé mi toalla y la llave, cambiándolas por las que en un principio había tomado por error. Ambas tenían un colorido estampado prácticamente similar. Ya en casa, le seguía dando vueltas en la cabeza al tema de la pulsera que reposaba en aquella taquilla. Eran demasiadas coincidencias, por lo que las dudas me sobrevinieron de forma un tanto traviesas. La verdad es que no recordaba si, en los últimos días, Cristina había llevado puesta en su muñeca la pulsera que yo le había regalado. Esa tarde, a las siete, habíamos quedado citados en la puerta de la academia, donde ella se está preparando para unas futuras oposiciones a la Administración local. Obviamente, iba a estar pendiente acerca de si ella llevaba o no la preciada pulsera. Podría haberle preguntado por el móvil. Pero preferí contarle, personalmente y de forma detallada, el curioso cambio que había tenido con las toallas y llaves en mi tiempo para la natación.

Tomábamos un helado, sentados en una de los establecimientos que alegran el Puerto malagueño. Desde nuestro encuentro en la tarde, me fijé que su brazo no portaba la dichosa pulsera. Tras comentar algunos hechos, más o menos intrascendentes, le pregunté directamente por esa pieza de joyería, que no lucía en su muñeca. De inmediato observé como su cara y estado de ánimo cambiaron de color y equilibrio, respectivamente. Aunque en un principio su respuesta fue que la tenía en casa y que la reservaba para ocasiones especiales, pronto cayó en un inusual silencio (ella es un tanto compulsiva, en sus necesidades de expresión). En lo poco que habló, a continuación, era evidente su incomodidad desde la pregunta que yo le había efectuado. Terminamos nuestra merienda y la acompañé hasta su domicilio, pues me comentó que esa noche le tocaba estudiar algunos temas atrasados que le habían explicado en la academia.

Camino de casa, reflexionaba sobre el por qué no le había contado lo ocurrido esa mañana en la piscina. Hubiera sido lo más lógico, a fin de aclarar todas mis dudas. Pero su cambio expresivo, cuando le hice alusión a la pulsera, me había provocado y dejado en un “mar” de dudas. Tal vez sentí un poco de miedo sobre una respuesta que, en la verdad, podría caminar por los senderos más insospechados. Y si la hubiera perdido o se la hubieran quitado o robado ¿no hubiera sido más lógico su explicación o comentario al respecto? Cada vez estaba más seguro de que la joya que había visto en la taquilla de la piscina, por el error o confusión en las llaves, era la misma que, con ilusión, había regalado en esas fechas tan emblemáticas que todos tenemos en nuestras vidas. Si realmente Cristina no la tenía ya consigo, en los próximos días o semanas tendría que explicarme qué es lo que realmente había sucedido. Desde luego, ni ella ni yo habíamos sido unos modelos de recíproca confianza, durante ese ratito que compartimos.

Poco más de las once y media, en la noche. Me suena el móvil y compruebo que es Cristina quien está llamando. Un poco alterada, al otro lado de la línea, me dice que necesita explicarme algo importante y desagradable.

“Tenía que haber sido más sincera contigo, cuando estábamos sentados en la cafetería. Pero es que se trata de un tema algo incómodo y desagradable (lo estoy sufriendo desde hace ya una semana)  y me daba un cierto temor o pudor conocer la reacción que ibas a tener cuando lo supieras. Creo que te lo debo explicar con todos los detalles, pues ocultar estas cosas no conduce a buen puerto. Sabes que mi hermano pequeño, el que se tuvo que casar, lo despidieron de la empresa de mensajería donde trabajaba, hace ya casi siete meses. En realidad, sólo tenía un contrato eventual por lo que no le dieron prácticamente nada, cuando lo echaron a la calle. Ahora, con una niña pequeña, pagando un alquiler de cuatrocientos euros, sólo tienen las horas esporádicas que consigue su mujer, trabajando en una empresa de limpieza. Lo están pasando canutas. Vienen a comer a casa de mis padres todos los días.

Yo creo que ha sido él. Hace doce días, vi que la pulsera había desaparecido de un joyerito que tengo en mi dormitorio. En un principio pensé que la hubiera podido perder. Y que también me la hubieran quitado. Pero habría tenido que ser en mi propia casa. Y, claro, sospeché de él. Pero viéndole tan alterado, y con esos cambios tan drásticos en su ánimo, no me atreví a acusarle o preguntarle por su autoría en ese posible robo. Desde luego mañana, cuando venga a comer con su mujer y la niña, voy a hablar con él, privadamente, para preguntarle por este incómodo tema. Te explicaré toda la respuesta que obtenga. Y quiero que sepas perdonarme, por no haberte dicho la verdad cuando esta tarde me hiciste la pregunta. Te aseguro que lo estoy pasando bastante mal. El haber perdido tu precioso regalo. Y las dudas con respecto a mi hermano y sus problemas. Todo ello me tiene también alterada”.

Cuando finalizó su muy larga explicación, me correspondió a mi narrarle la experiencia, con todos los detalles necesarios, que había tenido esa mañana en la piscina pública. También tuve que disculparme por no haber sido sincero, cuando hablamos durante la merienda. Ahora lo que teníamos que hacer era no perder los nervios. Ella hablaría con su hermano y, a tenor de su respuesta, buscaríamos la mejor solución para este desagradable asunto.

Al día siguiente no pudimos vernos, a causa de mi trabajo. Volví tarde a casa y, tras la cena, le hice una llamada. Percibí la voz de Cristina un tanto deprimida o afectada por el desánimo. Me dijo que, efectivamente, había tenido una discusión muy desagradable, en palabras, con su hermano. Éste, en primer lugar había negado ser el autor del robo aunque, más tarde, reconoció su autoría. La había vendido en una tienda de compra-venta de oro y empeños, a fin de conseguir algún dinero con el que subsistir. Que se sentía desesperado, con la situación económica y anímica que estaba atravesando. Y que al final, su padre había intervenido en la terrible discusión que ambos mantenían. Este hombre había decidido pedir cita a un psicólogo amigo, a ver de qué forma este profesional podía ayudar a su hijo.

Con los datos oportunos, Cristina y yo fuimos a esa casa de empeños. Allí nos confirmaron que, tal como sospechábamos, habían tenido esa joya. Pero que había sido comprada, hacía ya unos cuatro días. Vivimos tiempos de crisis y radicalismos. También, de angustia y desesperación. De absurdos y mentiras. De presiones e inestabilidad. ¿Para cuándo, la esperanza en la racionalidad? Pero el destino, como tantas veces ocurre, nos habla y explica. El mera azar había provocado que la confusión de unas toallas y unas llaves me desvelaran el inicio de una historia que, más pronto o tarde, habría tenido lógicamente que conocerse.

Ahora, cuando vuelvo de realizar mis ejercicios de natación, tengo especial cuidado en no confundir la toalla que utilizo, ni las llaves de mi taquilla. Las sorpresas suelen aparecer en los momentos y lugares más insospechados para nuestros deseos. En nuestro segundo aniversario, Cristina iba a tener una pulsera igual o mejor que la protagonista material de esta historia. Aunque el mejor regalo debe ser siempre…. fomentar y enriquecer, en cada uno de los días, la confianza recíproca.-


José L. Casado Toro (viernes, 21 junio, 2013)
Profesor
jlcasadot@yahoo.es

1 comentario:

  1. Wuuuooou!! Vaya historia,hay que ver el destino, qué caprichoso es! Y estoy totalmente de acuerdo con que hay q fomentar la confianza recíproca!

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