viernes, 7 de junio de 2019

CAMBIOS INESPERADOS EN NUESTRA HOJA DE RUTA.

Los sorprendentes caprichos o designios de todos esos dioses que pueblan los invisibles olimpos terrenales, poderosas y soberbias divinidades percibidas, sentidas, sufridas y adoradas, aunque mágicamente ocultas para nuestra modesta capacidad visual, pueden hacer y deshacer a su antojo las líneas argumentales de muchas existencias, por bien consolidadas y estables que éstas parezcan. Resulta verosímil este planteamiento, por más literario e increíble que nuestra mente pueda aceptar. ¿Como explicarnos, si no, esos drásticos cambios que muchas personas experimentan en sus vidas, transformaciones que se modulan con desigual ritmo e intensidad, si no echamos mano a la influencia decisiva de esos supuestos dioses con minúscula que modelan, esculpen y tallan a su criterio, el devenir o la hoja de ruta de muchas vidas, de casi todas las vidas? A buen seguro que muchos, de aquellos lectores que estén reflexionando sobre esas premisas, recurrirán con presteza a poderosos argumentos a fin de refutar sus argumentos. Aparecerán, como consecuencia, palabras henchidas de valores y dinamismos humanistas: la fuerza de la voluntad, la constancia en el trabajo, la responsabilidad como principio, el ejemplo generacional de padres y educadores, la ética y la moralidad como fundamento… Verdaderamente cuesta trabajo dudar de que las vidas presididas por estos admirables y patrimoniales “seres aúreos” no vayan a marchar con firmeza y providencia por esas ejemplares rutas y caminos que casi todos anhelamos. Pues bien, a pesar de todo ello, las más admirables o modestas biografías se pueden torcer y modificar “de la noche a la mañana”  por esas fuerzas misteriosas y ocultas, sean “divinas” o de cualquier otra identidad, que nos transforman, sin aparente lógica ni concierto, a tenor de sus crípticos caprichos y deseos. 

Evelio Lasarte se sentía algo indispuesto, con molestias estomacales, aquella tórrida noche del 15 de junio. Había estado cenando en un chiringuito de la playa junto a su novia Margara, pues en ese día conmemoraban el aniversario en el que ambos se habían conocido e intimado. El comienzo de su historia sentimental tuvo lugar en aquella otra noche de fiesta y algarabía (dos años hacía ya) con motivo del inminente final del curso universitario, reunidos junto a otros muchos estudiantes matriculados en diversas facultades de la UMA. Allí nació esta consolidada amistad que fue progresivamente avanzando en el afecto y en los cálidos sentimientos, fecha que conmemoraban anualmente con ilusión y tierna proximidad. Ambos apetecían esa cena junto al mar, en una noche dominada por un cálido terral que anunciaba la inminente llegada del solsticio del verano. Dos espetos de sardinas asadas, sirvieron de entrante para compartir una bien “poblada” ensalada mediterránea y una apetecible fritura de “pescaito” con nombre de Málaga. No podían faltar las gratas imágenes del intercambio de algunos pequeños presentes como regalos. El estudiante de 4º de Derecho entregó a su querida compañera de 2º de Psicología, un precioso peluche que representaba un bien conseguido gatito blanco con ojos azules, mascota que desde siempre adoraba. La futura psicóloga, abrazada tiernamente a su blando peluche, le regaló a Evelio un juego de piezas de madera y metal, con las que se podía construir una maqueta de avión, perteneciente a una importante línea del transporte aéreo mundial. Su complacida pareja era un gran coleccionista de construcciones aéreas, representada básicamente por aviones de diferentes épocas y nacionalidades.

Tras una cena muy agradable, caminaron hacia una bien poblada heladería, muy próxima al emblemático testimonio industrial de la “Torre Mónica”. Allí gozaron con sendos cucuruchos de tutti fruti y chocolate negro belga respectivamente. La jovial y cariñosa velada finalizó no lejos de la una de la madrugada, cuando Evelio acompañó a Margui (así también la llamaba) a su domicilio, despidiéndose bien “acaramelados” la amorosa pareja. En pocos minutos, Evelio tomó el bus municipal de línea nocturna, que lo trasladó al moderno barrio de Teatinos donde reside en un piso de alquiler, vivienda compartida junto a su amigo y compañero de facultad Blas. El domicilio familiar de sus padres está ubicado en la localidad de Villanueva del Trabuco, encantador pueblo del interior en donde él nació. Es hijo único de padre agricultor y madre que dirige un pequeño pero muy apreciado obrador de confitería y panadería entre sus convecinos.

Serían sobre las tres de la madrugada, cuando Evelio se despertó con molestias evidentes en su digestivo. Sin duda algo de lo que había cenado no le estaba sentando bien: tenía una gran pesadez estomacal y cierta ansiedad con ganas de “devolver”. En la cocina se preparó una infusión de manzanilla, con la cual se desplazó a la terraza de su vivienda para tomarla lentamente, una vez que se hubiera enfriado un poco. El piso estaba bastante recalentado, dada la intensa templanza térmica del día y el viento cálido de terral que continuaba soplando tórridamente, incluso a esas elevadas horas de la madrugada. Apenas había circulación de vehículos por la calzada y ningún peatón caminaba por las aceras, teniendo en cuenta la hora nocturna que marcaban los relojes, a pesar de ser sábado, día de la semana en la que muchos jóvenes vuelven a sus domicilios tras unas horas de fiesta. Sentado en su silla preferida de playa, se sentía sólo acompañado por las luces “somnolientas” de las farolas urbanas, encendidas en ese rincón o trocito de una Málaga nueva.

Mientras sorbía con paciencia la infusión sin azúcar que había preparado, se distraía repasando las ventanas y la decoración de las terrazas en los bloques próximos al suyo. Las luces de esas viviendas vecinas permanecían lógicamente apagadas, estando muchas de las ventanas de los dormitorios abiertas, dado el calor que reinaba todavía en la atmósfera y que hacía incómodo el descanso. Observaba también muchos dormitorios con los cristales cerrados. Probablemente los compresores de los climatizadores ayudarían a mantener una temperatura interior mucho más soportable. En esa situación se encontraba cuando inesperadamente observa que en una terraza cercana, opuesta a la suya pero dos plantas más bajas, aparece una mujer joven que se sienta en una silla con reposabrazos de resina blanca. Probablemente la joven tendría, al igual que él, problemas de sueño y calor, pero había una curiosa diferencia: la chica mostraba su frágil y delgada anatomía prácticamente desnuda. Sólo cubría su aparente fina piel un muy pequeño bikini celeste, con trazados ornamentales pintados a modo de crustáceos marinos.

La joven permaneció allí en su asiento playero, sin hacer nada en especial. Durante el tiempo que permaneció en su terraza, no consumió alimento sólido o líquido alguno. La verdad es que Evelio no conocía bien a los residentes de ese bloque de viviendas. Sabía, eso sí, que en dicho edificio había algunos pisos alquilados, como el que él ocupaba, básicamente para estudiantes universitarios o personas que deseaban estar solas o no tenían otra compañía con quien compartir. Para su mayor asombro, en un momento concreto la chica se puso de pie y comenzó a realizar una serie de movimientos con los brazos, las piernas y el torso superior del cuerpo. Parecía como si desarrollara una especie de baile o danza, acompañada por esas notas musicales que suelen gravitar sobre nuestra mente.  La plástica de esta escena llamó poderosamente su atención: ¿qué hacía esta joven bailando en silencio, sin acompañamiento personal o acústico, a las tres y pico de la madrugada? Desde luego que los movimientos desarrollados poseían unas cierta fortaleza poética, por su ritmo, cadencia y suavidad en la ejecución. Tras esa simpática escena, de la que había sido involuntario espectador, volvió a la cama, en donde intentó y pudo al fin conciliar el sueño, superando sin más las molestias estomacales. Evitó dar más importancia a esa curiosa escena, protagonizada por la esbelta y desenfadada vecina.

Un par de noches después, a una hora similar a la de aquella singular experiencia,  el intenso calor reinante de nuevo interrumpió el descanso del aturdido estudiante. En este ocasión se preparó una infusión fría, sentándose con la misma unos minutos en su terraza. Para su sorpresa, divisó en la terraza vecina a la misma joven que, en esta ocasión, mostraba su cuerpo “completamente” desprovisto de ropa. Estaba reposando tendida sobre una pequeña hamaca de playa. En esta oportunidad las dos miradas se cruzaron, haciéndole la chica un saludo con la mano y mostrando una enigmática o traviesa sonrisa. Evelio le devolvió el amable gesto y ahí quedó todo, pues él volvió pronto al lecho del dormitorio a fin de tratar de recuperar el sueño alterado. Al ser época de exámenes, la tensión nerviosa le provocaba estos vaivenes orgánicos y psicológicos.

En la mañana del domingo siguiente y antes de desayunar, Evelio pensó que bueno sería realizar unos minutos de marcha o footing por los jardines cercanos a fin de relajar el cuerpo y tomarse después una buena y reconfortante ducha. Muchas otras personas de la zona solían llevar a la práctica el mismo propósito, ahora que el tiempo invitaba a desarrollar tan saludable ejercicio. Vio correr a una deportista que se desplazaba en una dirección contraria a la suya y “de asombro en asombro” comprobó que esa mujer era precisamente su compañera de desvelos nocturnos en la terraza vecina. Al estar prácticamente frente a frente, ambos jóvenes detuvieron su marcha pues obviamente se reconocieron al instante ¿Qué tal marchan tus baños de luna? Le dijo con simpatía Evelio a Yara, que así se llamaba la atractiva chica. Intercambiaron algunas frases amables e insustanciales, recordando su encuentro en la distancia en las noches pasadas. “No he desayunado ¿Te apetece tomar algo para después del ejercicio, pues buena marcha te debes haber pegado ya que te observo muy sudorosa…” Minutos después estaban los dos vecinos sentado en torno a una mesa de la cafetería “La brújula” ya muy concurrida a esa hora de la mañana.  Entre sendos cafés y tostadas con aceite, Yara al fin desveló alguno de sus “secretos”.

“He de confesarte que, entre tan numerosa vecindad como la que tenemos en un barrio que se ha hecho muy populoso, me había fijado en ti desde hace ya un par de semanas. Te explico: tengo estudios de arte dramático. Me preparo para participar en los diversos castings que se van convocando para algunas obras que se representan en los teatros de aquí y de allá. Mi ilusión también sería hacer cine, objetivo que algún día conseguiré. Pertenezco a un grupo de teatro experimental, “El Almirez” que colabora con la Consejería de cultura y educación de la Junta andaluza. Estamos preparando una obra, cuyo título provisional es “Desvelos bajo la luz de la luna” (te hará gracia el título ¿verdad?) y hago algunas prácticas en casa a esas horas en las que todos duermen, menos tu y yo por lo visto. Uno de los integrantes del elenco se nos va, por motivos familiares y profesionales. Te vengo observando, sin que apenas te des cuenta, no sólo desde la terraza (muchas noches te he visto estudiar con tus libros y apuntes) sino también en el súper, en las carreras mañaneras, en las carreras que haces algunas mañanas… y tu perfil se acomoda bastante bien con este personaje que ahora se nos va a quedar libre. Pensaba abordarte de manera inmediata, pero me daba un poco de reparo pues no sabía cuál podría ser tu reacción. Nuestro encuentros de madrugada, desde las terrazas, me ha ido abriendo el camino, para hacerlo. No te miento si te explico que esta coincidencia en la práctica del footing también ha sido un poco preparada. Es que yo soy así, un tanto rarilla y misteriosa”.

Evelio, continuando con su progresión en el asombro y la sorpresa, comprendía que estaba ante una joven actriz de carácter un tanto especial. Tras interesarse por estas prácticas escénicas, que su “teatral” vecina le proponía, aceptó pasarse en la tarde del lunes por el local donde el grupo practicaba la preparación de su próxima obra, a fin de mantener un cambio de impresiones con el resto de sus componentes y realizar alguna prueba al respecto. La verdad es que le hacía ilusión conocer con mayor profundidad este apasionante mundo de la interpretación escénica. No en balde, ya en el colegio donde realizó sus estudios de primaria había participado en algunas de esas obras que se montan para la fiesta del final de curso. Y estando en el instituto, tuvo una dinámica profe de Lengua y Literatura española, Estrella, que llevaba con acierto un taller de mímica y roles interpretativos, en el que estuvo integrado, obteniendo grandes satisfacciones por estas escolares colaboraciones. Así que se dijo ¿Por qué no retomar un poco esas destrezas escénicas, que me podrían hacer mucho bien en mi equilibrio anímico? Con ello podría compensar la tensión nerviosa generada por todos los esfuerzos ante el estudio que he de realizar, especialmente durante las épocas de exámenes?


Yara supo introducirlo con suma habilidad y camaradería en el grupo de teatro experimental al que pertenecía. Tras las pruebas pertinentes, esos nuevos amigos comprobaron que Evelio poseía dotes innatas para defenderse “con buenas calificaciones” en el complejo arte de la interpretación. Y asumiendo el personaje de Marcos, en la obra “Desvelos bajo la luz de la luna” en la que hacía de pareja afectiva con la seductora Nadia (papel que representaba su cada vez más íntima amiga Yara) se sentía feliz y cada día más realizado, entregándose a una actividad que le reportaba múltiples compensaciones. Tal fue la entrega y la dedicación que llevó a cabo en el colectivo El Almirez que descuidó lamentablemente ese final de curso. Sólo superó una de las materias de las  cuatro que se presentó, en los exámenes de julio/julio. Esta nueva situación en la vida de Evelio, con ese cambio tan drástico y rápido en la hoja de ruta vital que antes seguía, fue abriendo grietas insalvables en las relaciones que mantenía con su pareja de siempre Margara, exasperada y crispada porque no comprendía ni aceptaba que la persona a quien había entregado sus afectos y confianza se comportara ahora, en el curso de varias semanas, con tan inexplicable irresponsabilidad y capricho con respecto a su vida anterior.


Ha llegado una nueva primavera, tanto en lo meteorológico como en lo vivencial, para la vida de Evelio. Ahora se siente más contento y realizado. El proyecto jurídico se ha transformado en el plástico e interpretativo objetivo escénico. Por de pronto, aquellos gruesos manuales repletos de leyes y normas procesales han quedado postergados ante otros libretos en los que laten personajes, situaciones y novedosas e imaginativas tramas arguméntales, que gravitan entre la dramático, la comedia, la sátira y el esperpento. La entrega a este nuevo reto, tal vez despertado por la acción caprichosa o voluntarista de los dioses, ha renovado en el cambio la cansina existencia de un joven acomodado en la norma y ahora  ocurrente y rebelde ante la pasividad y el sometimiento hacia esa ideología que adormece y manipula tantas voluntades. La realidad personal que suponía Margara ha sido sustituida por otra en la que hay una nueva mujer y otros parámetros para la vida en pareja. El plan marcado por aquella joven, que gustaba dialogar con su cuerpo ante la mirada complacida de los astros durante la noche, se va cumpliendo como esas pautas escritas o dibujadas que, en los guiones teatrales y cinematográficos, el autor manda cumplir para transmitir y divulgar su mensaje. Evelio camina con su nuevo rol escénico entregado a Yara, mientras que ésta sonríe y se muestra gratificada ante la benevolencia cómplice de los divinos residentes en el mágico Olimpo terrenal.-


CAMBIOS INESPERADOS,
EN NUESTRA HOJA DE RUTA


José L. Casado Toro  (viernes, 07 JUNIO 2019)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga












viernes, 31 de mayo de 2019

SONIDOS E INQUIETUDES, EN LA INTIMIDAD DE LA MADRUGADA.


El catálogo de muestras contaminantes, que tenemos que sufrir y soportar hoy en día, es bastante heterogéneo y desigualmente lesivo para la salud de nuestro organismo. Esta situación deriva de los signos del tiempo que nos ha correspondido vivir. Por supuesto que cada cual trata de protegerse, como mejor sabe y puede, de todos esos impactos que agreden sin contemplaciones a nuestra epidermis, a los órganos internos del cuerpo y a esa estructura anímica o psicológica que también se ve afectada por una “contaminación” cada vez más aguerrida e insolidaria. Citemos algunos ejemplos de las formas más comunes en que nos afectan y condicionan estas pandemias, provocadas generalmente por los propios humanos.

Hay “suciedad” (con todo lo negativo que puede encerrar este concepto) en el mar, en el aire que respiramos, en el agua que muchas veces bebemos, en los suelos de nuestros pueblos y ciudades, en los asientos y barras de los autobuses, en los aseos públicos, en la grifería que tocamos, en los cuerpos que no lavamos, en los teclados de los ordenadores, en las mascotas que no controlamos o aseamos, en los expositores de dulces y alimentos de los comercios y cafeterías, en los vasos y cubiertos de los restaurantes (que no están bien lavados), en las manos y uñas que manipulan los alimentos, en la ropa que no se limpia con la frecuencia debida … y así una larga muestra de suciedades que obviamente contaminan nuestra existencia. También resulta evidente, como ya se ha indicado, que somos precisamente nosotros, los seres humanos, los principales agentes provocadores de esta perjudicial “dejadez” en la limpieza.

En otra oportunidad se comentará otra curiosa realidad como es el exceso de luz, elemento físico que también puede originar otra peculiar forma de agente molesto o negativo (por su intensidad) para los órganos visuales. Hoy debemos centrarnos, por la temática puntual del relato, en otro elemento contaminador contra el que cada vez más se trata de luchar, aunque con desigual éxito: el ruido. Es tal la necesidad de que nuestra convivencia se vea liberada de sonidos estridentes, que desde diversas instancias se preconiza y defiende la importancia que para el sosiego de nuestra vida posee su elemento opuesto: el silencio, unos de los valores que cada día más va resultando apreciado, necesario, imprescindible, en nuestro contexto exterior y también en lo más íntimo o personal. Una sociedad que sabe generar los silencios, será un colectivo adulto que frena esa letal contaminación acústica que tanto nos estresa, aturde y desalienta.   

Una persona se despierta, presa de la inquietud, durante la madrugada. No es la primera vez que sufre esta situación de intranquilidad nerviosa, pues los hechos que soporta se han venido repitiendo, de una forma aleatoria, en las dos últimas semanas mientras se esforzaba en descansar por la noche. Se trata de unos ruidos, de origen inconcreto, que le hacen despertarse súbitamente y le impiden volver a conciliar el sueño. En ocasiones cree reconocer en los mismos como una forma de fuertes crujidos. En otros momentos parece como si estuvieran arrastrando (cree escuchar unas pisadas) algo pesado sobre el suelo. La acústica de esos sonidos, en el silencio mágico y cívico de la noche, es a veces aguda, aunque también aparecen tonos más graves. Y ese despertar súbitamente intranquilo aparece en cualquier día de la semana, aunque preferentemente se intensifica entre el viernes y el domingo.

Este “doliente” vecino, que habita un veterano y céntrico bloque de viviendas, se llama UTELIO Castellar Sinaí. Tiene alquilado, desde que contrajo matrimonio hace 18 años, una vivienda en la planta 7º del inmueble. Esta planta es la más elevada del bloque, por lo que encima de su inmueble no hay otra construcción. Esos sonidos, que parece vienen del techo, consecuentemente no pueden estar generados por algún descuidado convecino que los provoque desde una vivienda superior. Por encima de su inmueble solo existe una gran terraza practicable, que es utilizada por algunas vecinas para subir durante la mañana o en la tarde a fin de tender la ropa que previamente han limpiado en la lavadora. 

Utelio, que regenta un pequeño puesto de especias, frutos secos y encurtidos en el mercado municipal de la ciudad, es en la actualidad el único habitante de ese piso en la planta séptima. Sinforosa, su ex mujer, hace ya año y medio que se unió a un minorista de pescado que tenía un puesto en el mismo mercado y con el que mantenía relaciones secretas desde hacía tiempo. Tras descubrirse los hechos la pareja, que estaba ardorosamente enamorada, abandonó la ciudad (una vez efectuado el traspaso inmediato de la plaza comercial en el mercado de pescadería). Desde entonces residen en la localidad gallega de Vigo, lugar de nacimiento de Onofre, el apuesto tratante de mariscos. El marido traicionado, persona muy primaria en su carácter y reacciones, trató de compensar su humillante frustración entregándose a esa afición que le acompaña desde su juventud: la embriagadora toma de vinos y licores.

Ahora, con 52 años de vida, el frustrado comerciante, sin miembros descendientes en su infértil matrimonio, emplea el tiempo matinal a las tarea comerciales en el mercado (se esfuerza en disimular, aunque sabe que es conocido como “el cornudo” por sus compañeros de trabajo).  Al medio día, tras finalizar su jornada,  suele almorzar en la cantina de la organización portuaria, por la necesidad y costumbre de tomar un plato caliente. Durante las tardes rellena su tiempo (sin perdonar ese casi par de horas de siesta diaria) en pasar buenos ratos de conversación en el quitapenas “La Alegría”, junto a su fiel amigo Palmiro Tresveces, quien se gana la vida como mozo carguero en el almacén central de abastos. Cuando se despide de su amigo (normalmente presa de un agradable aturdimiento etílico, que sabe controlar con perfección) vuelve a su piso, donde consume el buen bocadillo que casi a diario le prepara su vecino Nicasio, tendero propietario de un colmado muy bien surtido y con el que pasa también algunos buenos ratos comentando insulsos o banales temas de charla (deportes, el tiempo, anécdotas del mercado etc). Antes de irse a la cama (no más tarde de las doce, pues ha de abrir el puesto a las 8 de la mañana) se sienta durante un buen rato delante del televisor, mientras dormita el visionado de esos programas, no menos embriagadores. emitidos por las vociferantes y planas cadenas mediáticas generalistas.

Algunas tardes aburridas y, de manera especial durante los fines de semana, suele acudir a una peña social de amigos, llamada “La Cantimplora”, donde se entretiene jugando al dominó, al parchís y a las cartas, tomando su reconfortante café y donde también ojea la prensa deportiva del día. Aunque no con mucha frecuencia, presta su incorporación a los domingueros paseos excursionistas que organiza la peña, recorridos de bajo nivel senderista por algunas localidades cercanas, pues el objetivo más apetecible de esas caminatas lo encuentran (además del ejercicio físico) en la comida compartida que suelen celebran en algún chiringuito playero o en alguna cortijada rural. Allí disfrutan consumiendo la típica paella, las raciones de “pescaito” o esos buenos “platos de los montes”, todo ello bien regado con el imprescindible y embriagador néctar divino,  ya sea tinto, blanco o rosado, bebida que hidrata la sequía orgánica y sosiega los necesitados sentimientos  del ánimo.  

Esta anónima y rutinaria agenda, en un humilde y modesto miembro de la ciudadanía urbana, está siendo inoportunamente alterada por esos inconcretos e inquietantes sonidos nocturnos que desestabilizan el necesario descanso de Utelio. Inoportuna acústica que le impide dormir y le mantiene durante la mañana siguiente en un estado de incómoda somnolencia detrás de su mostrador, bien surtido de sustancias aromáticas y muy gratas para sazonar. Este buen comerciante ha ideado la solución de ponerse unos tapones de cera en los oídos pero, tras un par de noches de prueba, ha desistido pues le embarga el temor de que los acústicos sónicos puedan ser producidos por algún fantasma o espíritu diabólico, verdaderamente travieso, de aquellos que ya no están junto a nosotros (en su bloque recientemente se han producido varios fallecimientos de convecinos, todos ellos de avanzada edad). Prefiere estar bien despierto para enfrentarse, en caso necesario, a tan malignas realidades fantasmagóricas.

Esas noches de duermevela forzada están afectando severamente la modesta y tranquila vida de Utelio. Cuando madruga cada mañana, para estar al frente de su negocio en el mercado, se siente cansado, aturdido, a consecuencia de no haber dormido lo suficiente, desequilibrio orgánico que está agriando su carácter. El propio Palmiro, cuando se reúnen un rato en el quitapenas, se lo dice una y otra vez. 

“Ute, tienes que ir al galeno para que te vea y te recete algo, a fin de que puedas pasar mejor las noches. Estás envuelto en una obsesión que te hace ver fantasmas, cuando lo más probable es que sólo existan en tu imaginación. Si se lo dices al médico del seguro, te va a recetar algún potingue y va a pasar rápido al enfermo siguiente. Te tienes que “rascar” el bolsillo e ir a un buen profesional que esté todo el tiempo necesario atendiendo a tu cabeza desordenada, para intentar ponerla bien. Mi Carmelilla limpia cada día en la consulta de un médico de esos que arreglan las mentes. Es un chico joven, que ha estado preparándose varios años fuera de aquí, en el extranjero. Tiene que estar muy bien preparado, pues la Carmela me dice que tiene la consulta llena. Ella le puede hablar, para que te haga un hueco”.

Al fin las sensatas palabras del buen Palmiro, entre copa y copa de blanco, surtieron el efecto necesario en la “dura mollera” del especiero. Ocho días más tarde, ya se encontraba Utelio sentado en la sala de espera de una moderna consulta, esperando la llamada correspondiente para ser atendido por el joven y prestigioso facultativo Dr. don Efrén Verdeagua. En unos veintipocos minutos de consulta, el psiquiatra le estuvo explicando su punto de vista profesional: posiblemente esos ruidos nocturnos pudieran ser a consecuencia del algún roedor o animal vagabundo que anduviera perdido por los tejados y terrazas. Las contracciones térmicas en los edificios también suelen  provocar crujidos por las noches, sin descartar los reasentamientos de los pilares y anclajes de los bloques de viviendas, en ocasiones originados por los mantos freáticos subterráneos y las descompresiones de las propias tuberías del agua y los sanitarios de las aguas residuales …

“De todas formas, Utelio, afirmo que tienes que estabilizar tu mente y esa imaginación que se ve alterada y desasosegada por el ávido consumo de ese vino al que eres un tanto dependiente. Se está desarrollando una experimental e innovadora técnica para controlar mejor los ciclos del sueño, basada en unos sencillos ejercicios respiratorios de inspiración y expulsión del aire que brevemente te voy a explicar, aunque después la enfermera te facilitará un folleto donde se detalla lo que ha de hacerse antes de irse a la cama y una vez que ya están tendido sobre el lecho. Conciliarás mejor el sueño, especialmente cuando comiences a tomar unos comprimidos, también en sumo innovadores, basados en una sustancia de origen oriental extraída de la pulpa del cocotero macerada en orines y guano de aves salvajes.”

Cuando Utelio fue a recibir las hojas explicativas del “eficaz” tratamiento, la amable enfermera de ojos color esmeralda le confió en voz baja “… por deferencia del Dr. Efrén y la fiel amistad con Carmela, le vamos a cobrar por esta primera consulta sólo ciento cincuenta euros. Y no olvide realizar los ejercicios respiratorios: tres series antes de ponerse a dormir y una serie cada vez que interrumpa los ciclos del sueño”. Antes de volver a su domicilio, un tanto sofocado por la “muy módica” minuta que había tenido que abonar, pasó por La Alegría, para llevarse a casa un cuartillo de clarete, muy agradable mercancía que nunca le defraudaba. Se repetía a sí mismo “entre respiro y respiro, me zampo un lingote de clarete, que eso bien ayudará. Sobre todo después de haberme tragado uno de estos pestosos comprimidos oscuros que, ya dentro del envase, huelen a “madreviejas” y por los que he tenido que pagar veintiocho euros”.

Esa misma tarde, de cielo azul primaveral, había tenido lugar una importante conversación de trabajo, en un establecimiento inmobiliario ubicado a no muchos metros de la propia clínica del sueño, dirigida por el Dr. Verdeagua. Sentados en torno a una bien poblada mesa cubierta de carpetas y dosieres, dialogan Félix Andián y Leo  Bágima. Este último es el propietario del piso que tiene alquilado Utelio desde que contrajo matrimonio hace 18 años, mientras el primero es el director de acción exterior en la inmobiliaria.

“En estos casos, Sr. Bágima, los resultados son bastante lentos y hay que actuar con una especial cautela porque, en caso contrario, nos podemos meter en un buen lío. Recordará que hace años, su padre hizo un contrato de alquiler basado básicamente en un apretón de manos, con una botella de vino de por medio. Pero este testarudo comerciante, especiero en el mercado, aunque parece rudo y sin estudios, consultó en una gestoría y allí le prepararon un contrato administrativo por el que Utelio solo se ve obligado a pagar 400 euros de renta, de manera vitalicia. Ya me ha explicado que en varias ocasiones Vd. ha intentado renegociar esa contratación basada en una antigua ley del franquismo, extremadamente beneficiosa para el arrendatario. Lógicamente la respuesta que ha recibido del tozudo y egoísta comerciante es que él no cambia o paga un céntimo más que lo estipulado “vitaliciamente” en el contrato. Precisamente ahora, Sr. Bágima, se encuentra con una oferta de un inglés, Mr. Valley, un curioso escritor hispanista que anhela vivir en esa vivienda, por la magnífica vista que posee a la parte antigua de la ciudad y por la que está dispuesto a pagar hasta casi cuatro veces esa renta mensual. Analizando la situación, bastante enquistada y pensando siempre en el interés de nuestro cliente, como entidad gestora estamos llevando a cabo un hábil “proceso disuasorio” o “intimidatorio”, a fin de que un vecino “cabezón” se aburra o asuste y se avenga a firmar un abandono de la misma, mediante alguna módica compensación. Por supuesto se le ha ofrecido a cambio algún interesante alquiler, a un precio muy razonable, pero que una y otra vez nos ha dado el no por respuesta.

Y aquí interviene Clara Pitán, señora que se dedica a la limpieza de los edificios que administramos. Esta señora, que lógicamente posee las llaves del inmueble por el oficio que desempeña “se ha prestado” a provocar unos ruidos en determinadas madrugadas, sobre la vivienda de Utelio. Se le abona un pequeño incremento en su sueldo mensual por “este servicio” que tampoco es muy complicado para ella, pues vive cerca del inmueble. Pensamos que es una “estrategia” que a medio plazo puede dar buen resultado para que el Sr. Utelio se avenga a cambiar de residencia, aceptando ese otro alquiler, que le estamos ofreciendo y que le liberará de estos molestos ruidos que padece durante algunas noches”.

En ese momento, el propietario de la vivienda. Leo Bágima, interrumpió a su interlocutor. Se le veía especialmente molesto y abrumado con lo que acababa de escuchar.

“Mire Félix. Efectivamente le encargué que hiciese un proceso negociador con Utelio para que se aviniera a cambiar de alquiler. Pero en modo alguno me imaginaba que Vd. habría aplicado tales acciones para conseguir esa renuncia, medidas que no me parecen correctas, sino (y perdone la expresión) incluso delictivas. Son las viajas técnicas que popularmente (en este ámbito inmobiliario) se les suele llamar como “los asusta viejas”. No dudo que lo estén haciendo con la mejor voluntad para favorecerme, pero ni mi conciencia, ni mi temor por las consecuencias de  la justicia, me permite aceptarlas. Detenga esta dinámica de los ruidos por las noches. Voy a hacer nuevos intentos con esta persona tan testaruda, pero aplicando la paciencia, el diálogo y la mejor convicción. Una gota de agua puede hacer una hendidura en una piedra. A eso voy a ir. Lo otro, por muy persuasivo, no me  parece en modo alguno correcto o conveniente”.
 
Ha transcurrido dos meses y medio desde estos hechos tan peculiares. Leo y Utelio se han entrevistado ya en cuatro ocasiones. Al final, los argumentos racionales y “generosos” que el ávido pero honesto propietario le ha ido ofreciendo han resultado interesantes para resolver el conflicto. A ello ha ayudado un reciente cambio en la ley de arrendamiento de inmuebles urbanos, por lo que los antiguos alquileres han de someterse a una actualización que, en muchos de los casos, resulta inasumible para los “vitalicios” arrendatarios.

Utelio en la actualidad tiene una nueva residencia, un apartamento rehabilitado por la Oficina Municipal de la Vivienda,  en régimen de alquiler. Está situado en una zona durante años degradada, pero hoy renovada, ubicada en el corazón más antiguo y señero de la ciudad. Por este apartamento sólo abona 350 euros mensuales, con derecho preferente a su adquisición a partir del tercer año de alquiler. Su antigua vivienda, debidamente rehabilitada y amueblada, la está habitando ese acomodado y  jubilado escritor británico que tanto la anhelaba, por la que abona 1050 euros mensuales. Utelio duerme intensamente tranquilo por las noches, sin soportar molestos ruidos que puedan angustiarle en ese tiempo silencioso de la madrugada. Curiosamente la señora de la limpieza Clara Pitán ha sido contratada por el ya más tranquilo inquilino para que le organice y limpie su apartamento un par de veces por semana, dejándole también preparadas algunas comidas en el frigorífico. De esta manera el comerciante de especias puede calentarse estos platos precocinados en el microondas, a fin de procurarse el alimento necesario en muchas de las noches.

Este relato ha permitido acercarnos a personajes de la realidad próxima, seres que interpretan sus roles existenciales humanamente teñidos de  grandezas y miserias.-




SONIDOS E INQUIETUDES EN LA INTIMIDAD
DE LA MADRUGADA

José L. Casado Toro  (viernes, 31 MAYO 2019)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga