NEMESIO Parody Cebrián era un modesto y complaciente ciudadano, que durante su vida laboral había desempeñado la profesión de dependiente, en un colmado de ultramarinos ubicado en la parte antigua central de la ciudad. Consiguió ese puesto de trabajo gracias a la persistencia de su madre, AMBROSIA, ante la generosidad de don ALFONSO, el propietario del negocio. Cuando Nemesio volvió del servicio militar, su madre se esforzaba para verlo “bien colocado”, a fin de que pudiera ganarse la vida o el sustento diario de una forma honrada. Entró en la tienda LA DESPENSA como aprendiz, pasando de inmediato, dada su buena disponibilidad, a dependiente, con la confianza del dueño del negocio. Se sentía feliz despachando a la clientela detrás de un largo mostrador, en donde estaba el peso para medir las ventas a granel. Tenía como compañero de tienda a EPIFANIO, único hijo de don Alfonso. Así que su rutinaria existencia recorrió el largo camino de 40 almanaques.
Con 62 años y permaneciendo soltero, seguía residiendo en su domicilio de siempre. Al fallecer doña Ambrosia, el casero del piso se mostró generoso en continuar el contrato de alquiler con el único hijo de la finada. Nemesio era persona de muy modestas ambiciones. Su horario de trabajo había sido de 9 a 14 y de 17 a 20, entre lunes y sábados. Un viernes, ingrato para su memoria, Epifanio, el dueño actual del anticuado colmado, le expresó su intención de vender el local de la tienda, que era de su propiedad. Justificaba esta decisión en que ya era sexagenario, por lo que deseaba dedicar el tiempo que le restase de vida al sano ejercicio de la distracción y a viajar lo que su cuerpo aguantase. Le prometió una buena indemnización y comenzó a arreglarle “los papeles” a fin de que pudiera jubilarse también como él, habiendo trabajado en el negocio durante casi cuatro décadas.
Para Nemesio, el cierre de la tienda fue un severo golpe emocional, pues estaba hecho a la vida de dependiente y al jubilarse tendría que buscar la forma de distraerse u emplear de forma adecuada el amplio tiempo libre del que iba a disponer. Por fortuna, un día doña Lucía, vecina de planta, con una edad parecida a la suya y presidenta del ropero parroquial, viendo a su vecino un tanto desnortado, ante la situación jubilar que había iniciado, le habló de una interesante posibilidad para el aburrimiento que no disimulaba. La útil información que le facilitó no era otra que la de participar en los viajes de turismo social IMSERSO. Por poco dinero, podría viajar y disfrutar de estancias de hasta un par de semanas por la geografía peninsular e insular. Ella misma lo acompañó a la agencia MARIMAR, ubicada en el antiguo barrio del Perchel malacitano. Allí le organizaron una estancia de diez días en la zona costera del levante español, concretamente en la almeriense Roquetas del Mar, para disfrutarla durante el primaveral mes de abril.
Este antiguo dependiente apenas había viajado fuera de la ciudad en donde había nacido. Influido por doña Lucía, acogió esta posibilidad con bastante agrado. Como no tenía acompañante de habitación, le contrataron una habitación doble de uso individual, por la que tendría que pagar un suplemento económico. Ya en el viaje, cuando llegó al hotel le adjudicaron la habitación 617, muy bien orientada para tener la visión de un gran trozo del mar. Desde el primer día de estancia, disfrutaba de la oferta culinaria y de ocio que el servicio de animación ofertaba cada día. También contrató algunas excursiones a distintos puntos de la provincia almeriense, que el grupo Mundiplan tenía organizados para los viajeros del Imserso. En su habitación disponía de todo lo necesario para disfrutar de una estancia agradable. Cuando estaba colocando su ropa en el armario, “descubrió” en una de las estanterías la existencia de una caja fuerte para uso del cliente, aunque su uso tenía que contratarlo en el mostrador de recepción. Esas pequeñas cajas metálicas, cuya apertura hay que realizarla pulsando una determinada combinación numérica, suelen ser utilizadas por viajeros que desean guardar en su interior joyas, documentos o algunos pequeños objetos de un cierto valor, como relojes, móviles telefónicos o incluso cámaras fotográficas de primeras marcas.
Aquella primera noche de estancia Nemesio sintió curiosidad por esa pequeña caja fuerte que él nunca había tenido en su domicilio, en cuyo frontal aparecía un teclado numérico, cuya adecuada combinación permitiría abrirla y, obviamente, cerrarla. Como millones de personas, había visto películas donde aparecían cajas fuertes que los grandes y hábiles delincuentes se esforzaban en abrir el blindaje de sus puertas, a fin de tener acceso a importantes cantidades de dinero o incluso lingotes de oro, brillantes o valores bancarios. Siempre había pensado que estas cajas de seguridad eran cosa de ricos, policías y delincuentes. Tener una de estas cajas metálicas en el armario de su habitación era algo que lo emocionaba y “casi asustaba”.
Esa noche, después del juego del bingo y el espectáculo de bailes posterior, bien dirigido por el equipo de animación, le había dejado bastante motivado y con la toma de un café bien cargado en el bar había perdido el punto de sueño. Como ya tenía la ropa bien colocada en las perchas y las estanterías, comenzó a “juguetear” con los números del teclado colocado en el anverso de la caja fuerte. Estuvo haciendo diversas combinaciones, entreteniéndose con los números plateados sobre el fondo negro. Era como un juego infantil, por si acertaba la “imposible” combinación numérica que permitiría abrir esa robusta puerta que la cerraba. Tecleaba y tecleaba, imaginando ser un gran experto en la apertura de cajas metálicas. Cuando ya la somnolencia de la noche estaba llegando a su cerebro, de manera inesperada e inexplicable sonó un ¡click! La puerta se separó levemente del cierre. Era algo asombroso ¡había logrado abrir la caja!
Estas casualidades aparecen en nuestras vidas de la manera más insólita y sorprendente. Tras el tremendo susto que le embargó, movido por una comprensible curiosidad, abrió completamente la pequeña puerta, mirando el interior del reducido habitáculo. Nueva sorpresa, un sobre blanco, formato cuartilla, reposaba en el interior. Su grosor era notable, apreciable para la vista. Una vez en sus manos, el sobre carecía de datos, salvo dos palabras que aparecían en su anverso. PARA OCTAVIO.
El todavía nervioso Nemesio dudaba sobre qué hacer. ¿Abrir el grueso sobre encontrado, o no hacerlo? ¿Lo entregaba en la recepción del hotel o lo guardaba en su maleta para Málaga? Desde luego que nadie se iba a enterar. Su corazón y mente mantenían una lucha entre la responsabilidad, el egoísmo y la honradez, para su modesta persona. ¿Quién sería el tal Octavio, el destinario sin duda del “paquete”?
Aquella su primera noche resultó un tanto inestable para su tranquilidad, Se despertó en varias ocasiones, porque la imaginación, en pleno dinamismo, hace que vuele nuestra mente y todos los humanos hemos visto decenas de películas, a lo largo de nuestra existencia.
Tras el desayuno, volvió a la habitación con la firmeza de averiguar qué contenía ese grueso sobre que seguía reposando en la base de la caja metálica. Abriéndolo tal vez podría hallar algún dato identificativo acerca del misterioso destinatario, sin apellidos explícitos. Con prudente y delicado cuidado fue pacientemente separando el borde engomado del sobre, cuyo papel estaba algo amarillento por zonas, probablemente debido al paso del tiempo. Utilizaba para la “operación” una pequeña navaja que solía llevar para pelar la fruta, ya que le habían comentado que los cuchillos en los hoteles tienen un filo muy romo para cortar. Aunque el despegue del sobre no había resultado perfecto, el objetivo emprendido se había conseguido.
¡Más sorpresa e inquietud! Incluso miedo: un grueso bloque de billetes de 100 euros. Con la paciencia que le caracterizaba, como profesional dependiente de un colmado de ultramarinos, contó la cantidad de 6000 euros (60 billetes de color verde). En un primer momento, tras reponerse del susto, pensó en la utilidad que podría darles para hacerse unos buenos regalos. Su viejo televisor sería cambiado por una gran pantalla plana de plasma, LG, que alcanzara las 80 o más pulgadas. ¡Como en el cine! El salón de su casa era de los antiguos, con una gran amplitud para montar una sala cinematográfica cubriendo una de sus paredes. También compraría un lavavajillas y una buena lavadora, de esas marcas señeras en el mercado, como Miele. Doña Lucía, tenía esos dos buenos electrodomésticos en su cocina. Si aún quedara algún dinero, podría emplearlo en contratar ese crucero en el mediterráneo para gozar en plenitud durante una semana o más, como hacen las gentes pudientes, disfrutando con el “todo pagado”.
Pero, también pensaba, lo que podría ocurrirle si ese dinero procedía del mundo de la droga, la prostitución o de cualquier tipo de delincuencia organizada. Con sensatez esperó hasta la hora del almuerzo para tomar una decisión al respecto. Después de consumir el estupendo bufe que tenía en los expositores del gran comedor, volvió a su habitación dispuesto a tomas una decisión inmediata. Pudo más la racionalidad, no exenta de un comprensible miedo, que la natural ambición de una persona modesta “anónima, que poco había tenido y gozado en su vida de dependiente de tienda. Tomó el sobre con el dinero y bajó a recepción. Los nervios le hacían tartamudear cuando explicaba al recepcionista la experiencia que estaba viviendo. Jacobo Duarte, un portugués de modales muy cordiales, iba tomando nota de lo que le exponía el huésped de la 617. Cuando terminó de escribir en el ordenador, imprimió el texto y se la entregó a Nemesio para que la leyera y firmara. Era un asunto delicado que, de inmediato, pasaría a la dirección del hotel. Posiblemente tendrían que dar parte a la policía. “Pero Vd. don Nemesio, no se preocupe, ha obrado con honradez y lealtad”.
Con la conciencia ya más tranquila, el ocupante de la 617 siguió realizando y gozando de su vida de turista, Su primera gran experiencia para el goce en la vida. No la podía desaprovechar. Sin embargo, trataba en vano de olvidar esa “cinematográfica” experiencia que había vivido con la caja fuerte y de la que había sido gran protagonista. Pero esa misma tarde, sobre las 18 horas, recibió una llamada en su habitación. Al otro lado de la línea estaba Jacobo Duarte, quien le rogaba bajase a dirección, ya que el director deseaba hablar personalmente con él. Así lo hizo, pidiendo permiso, muestra de su educación, para entrar en el despacho del director. Se levantó de su silla para recibirle una persona muy agradable, que se presentó como ELADIO ALFAMBRA, de mediana edad, quien tras el saludo le rogó tomase asiento.
“Es un placer conocerle, don Nemesio. En primer lugar, quiero mostrarle mi agradecimiento y valorar su honradez. Lamentablemente muchas otras personas no habrían actuado de esta forma tan ejemplar. He de confesarle que el caso es peliagudo. Hemos consultado en nuestros archivos y esa caja fuerte hace más de un año que no se ha contratado su alquiler. En realidad, son muy escasos viajeros lo hacen, en su mayoría extranjeros. Fundamentalmente para guardar sus joyas. Esa caja, de la 617, fue alquilada a un inglés, Mr. Morgan, que viajaba con su señora, ambas personas de avanzada edad. Tras los 10 días de estancia, al marcharse dejaron la caja abierta. Después han pasado por esa habitación centenares de usuarios y curiosamente el nombre de Octavio no aparece en esa relación de ocupantes. No sabemos si algún huésped, con conocimientos en estos artilugios de seguridad, haya podido abrirla o cerrarla. Vd. la encontró cerrada y por decisiones del destino, jugueteando con el teclado, logró abrirla. Entenderá que las claves para su apertura sólo las facilitamos desde la recepción en riguroso secreto. Tenemos la obligación de poner en conocimiento de la policía este curioso hecho, pero VD. no ha de preocuparse por nada. Ha actuado como un ciudadano cabal, mereciendo todo nuestro reconocimiento y aplauso. Las fuerzas de seguridad actuaran en consecuencia, como también es su obligación.
El hotel va a facilitarle unos vales para que pueda hacer consumiciones en el bar/cafetería y también para que pueda hacer uso del Spa y piscina cubierta, si le apetece, de manera totalmente gratuita. Le deseo siga disfrutando de sus vacaciones y con mi reconocimiento, Sr. Parody, permítame que le dé un fraternal abrazo”.
Parecía que el insólito asunto había quedado zanjado, por lo que Nemesio podría dormir tranquilo. Pero dos días más tarde recibió una llamada de recepción, rogándole que bajara. Allí se encontró a dos miembros de la policía científica. Uno de ellos se presentó como Aniceto Cervilla. Le pedía autorización para inspeccionar la caja fuerte y el resto de la habitación. Los dos policías, Nemesio y Eladio Alfambra subieron a la 617. Estuvieron tomando huellas de la caja, su funcionamiento y del habitáculo donde se encontraba. “Verdaderamente, don Nemesio, resulta asombroso que haya podido abrir la caja, “jugueteando” con las teclas. El mecanismo de esta caja metálica soporta 25.000 combinaciones posibles y Vd. ha podido dar con la correcta. Es como si le hubiese tocado “la primitiva”. Obviamente, no recordará los números que marcó y el orden de estos dígitos”.
Un mes después, Nemesio recibió en su domicilio una llamada telefónica. Era Eladio Alfambra. Le comunicaba que la policía, en coordinación con el juzgado de delitos monetarios había decido que las pérdidas no reclamadas en el hotel pasaban a ser propiedad de la empresa hotelera. Pero que la cadena hotelera NEPTUNO RESORT, atendiendo al informe que él había presentado como director, establecía que el honrado huésped fuese gratificado con un bono de estancia de hasta 15 días, en régimen de pensión completa, para usarlo cuando lo deseara, siempre que hubiese plaza disponible en el recinto hotelero. Por correo certificado recibiría dicho bono, con todo el agradecimiento de la institución. ¡Era maravilloso! Todo había salido perfecta y positivamente para el bueno del antiguo dependiente de La Despensa.
Pasaron unas semanas y una mañana, alrededor del mediodía, Nemesio se encontraba preparando unas lentejas con chorizo, papas y jamón, para tomar en el almuerzo. Sonó el timbre del portero electrónico. Al descolgarlo, preguntó quién era. “¿Vive ahí “er Nemesio? Al responder afirmativamente, esa voz agriada, carrasposa y tabernaria añadió: “¡¡ÁBREME, SOY OCTAVIO!!
LA CAJA FUERTE
DE OCTAVIO
José L. Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
Viernes 29 agosto 2025
Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es
Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/
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