domingo, 5 de agosto de 2018

DOS VIDAS, EN UN BUEN FINAL DE LA HISTORIA.

Cuando practicamos el inteligente hábito de asistir a una sala cinematográfica, es frecuente que nuestros amigos, compañeros de trabajo, familiares o conocidos, nos pregunten (en el contexto de la conversación) acerca de esa película que hemos tenido la oportunidad de visionar. Dependiendo del interés de nuestro interlocutor, las preguntas y los comentarios que se nos plantean pueden ser de lo más variado: ¿Qué tal el argumento? ¿Cómo están los actores? ¿A qué género cinematográfico pertenece? ¿Te lo has pasado bien? ¿Merece la pena ir a verla? ¿Dónde la “ponen”? ¿Es aburrida o distraída? ¡Cuéntame el mensaje principal de la película! ¿Está dirigida con destreza? ¿Tienen los actores credibilidad? ¿Cómo es la calidad fotográfica? ¿el sonido es afortunado? ¿Versión original subtitulada o traducida? ¿Te dormiste o mantuviste despierto durante toda la proyección? ¿Resulta muy largo el metraje? ¿Estarán bien invertidos los seis euros que cuesta el precio de la entrada? Pero en definitiva ¿es interesante o aburrida? ¿Aporta valores o simplemente es para pasar un rato? Y así pueden surgir, en ese contexto divertido de la conversación, un denso catálogo de interrogantes cuya diversidad va a depender de las expectativas de quien los plantean y, también, de la paciencia y el sentido explicativo de quien responde. 

Pero, entre todos esos elementos informativos, hemos dejado para el final uno que no se ha citado y que es considerado el más importante, para una gran mayoría de entre las personas aficionadas al cine. Nos referimos a una pregunta cada vez más recurrente y definitoria, de manera especial en estos tiempos abiertos para la atmósfera nublada de la confusión y el desánimo. Su respuesta resultará meridianamente clarificadora a fin de motivar, o por el contrario disuadir, nuestra asistencia a esa sala en donde el film se proyecta. La trama argumental ¿posee un buen final? Aunque parece obvio el sentido de este interrogante ¿qué deseamos exactamente  expresar cuando lo utilizamos, cada vez con una mayor frecuencia? Básicamente, que la historia narrada o contada por el director de la cinta nos deje más felices que tristes, que salgamos del cine con una expresión de alegría y que no mostremos en nuestros rostros esas señales inequívocas de preocupación, confusión o desánimo. Los avatares de la vida encierran abundantes motivos que nos hacen sentirnos mal, por lo que no resulta inteligente o conveniente pagar el coste de una entrada, para ir a “pasar un mal rato” o sufrimiento, durante la hora y media de metraje. Que el tiempo aplicado nos evite finalmente salir del cine con un sentimiento de disgusto o frustración. Aspiramos a que esa historia que acabamos de visionar, empatizando e interiorizando la interpretación de los protagonistas, nos debe  de dejar ese “agradable sabor de boca” que facilite o despierte nuestro optimismo, a fin de valorar con más alegría el sentido positivo de la existencia.

Lo lamentable del caso es que, no pocas veces, acudimos al cine o al teatro sin “documentarnos” previamente acerca de aquello que vamos a ver en pantalla o representado sobre las tablas del escenario, llevándonos una escasamente agradable sensación de la experiencia compartida. De ahí que resulte inexcusable e inteligente esa información o asesoramiento previo, sea básico o más profundo en su contenido, a fin de evitar sorpresas desagradables o incluso la convicción de que hemos perdido neciamente nuestro tiempo y el coste del precio de la entrada.

Néstor Lablanca Vallecilla trabaja como taquillero en un multicines  de titularidad municipal, ubicado en una capital marítima de la región andaluza. Hace ya siete años que se apuntó a una convocatoria de empleo público, convocada por el Ayuntamiento de su ciudad. Tuvo la suerte, con los méritos correspondientes a un pequeño examen que hubo de afrontar, de obtener una plaza de auxiliar, lo que le permitió firmar un contrato de tres meses que podría ser prorrogable. Fue destinado al departamento de cultura, desde donde lo enviaron a ese complejo cinematográfico que controla la administración municipal. Llevaba casado ya dos años, habiendo tenido que soportar durante ese tiempo (corto o largo, según se considere) una profunda inestabilidad laboral, con fases muy amargas de desempleo, situación agudizada por las necesidades de su reciente paternidad. Su buen comportamiento trabajando en la taquilla del cine, más su abierta disponibilidad para realizar cualquier otro servicio en el complejo cinematográfico, le permitió acumular sucesivas prórrogas del antiguo vínculo laboral, consiguiendo en la actualidad estar considerado como “fijo contratado” en la plantilla del ente municipal. Como ya se ha expresado, además de vender las entradas en taquilla, se presta a ejercer para un poco de todo lo necesario: limpieza de las salas, colocación de la cartelería y publicidad, vendedor (cuando llega la necesidad) de palomitas u otras golosinas en el pequeño bar del complejo, sustituir al compañero de la puerta, para controlar la entrada del público, acomodar a los usuarios de las salas, repartir las hojas informativas con los datos básicos de las películas proyectadas e incluso desplazarse hasta correos o a las oficinas de transporte urgente, para recoger los discos duros o los rollos de cintas, según el soporte en el que vienen las respectivas películas, El sueldo de auxiliar del que disfruta no es muy elevado, pero al menos le permite tener un trabajo en esta época de estrecheces económicas, especialmente porque este joven, ya con treinta y dos años de edad, carece de una titulación académica relevante. Solo llegó a completar los estudios medios, cursados en el Instituto de bachillerato de su barrio,  con un expediente administrativo bastante mediocre.

Su cónyuge Jennifer no se adaptó bien a este tipo de vida, sumida en un mar de carencias. La chica, habituada a los gastos y tentaciones incontroladas, en casa de sus padres, carecía de la madurez necesaria para controlar su patente ambición o caprichos por las compras y gastos superfluos. Después de tres años de matrimonio, decidió abandonar el hogar familiar, llevándose a su hija Maya a casa de sus progenitores. Fue una separación de hecho que Nestor resignadamente aceptó, pues tampoco él se sentía feliz al lado de aquella persona a la que no había conocido bien durante lo que fue un  corto período de noviazgo. Las discusiones y desencuentros eran más que frecuentes. Ahora le pasa mensualmente el 50 % de lo que gana en el multicines, para el sustento de la inmadura y caprichosa joven. Para poder sufragar su propia alimentación y el alquiler de la vivienda donde reside, ha de utilizar las mañanas (que tiene libres en el cine) para ayudar a repartir mercancías en una empresa de transporte que le paga con “dinero negro”. Su carácter sosegado y paciente le lleva a aceptar relativamente bien este modesto tipo de vida, especialmente en estos absurdos tiempos de contracción y dificultades para la economía.

Dos de agosto, en una tarde de intenso calor por el incómodo viento de terral. El incentivo que ofrecía comprar una entrada de cine, a fin de pasar un par de horas viendo una película, disfrutando el ambiente de frescor en alguna de las cuatro salas (incluso pasando frío, dado el bajo nivel térmico en el que se modulan neciamente estos mecanismos refrigeradores, tanto en cines, como en los autobuses y comercios) resultaba bastante tentador para las personas que pasaban por la zona, soportando la elevada temperatura reinante en el ambiente. Aquel día se proyectaban siete películas, repartidas en las tres sesiones del horario por las cuatro salas disponibles hasta el momento (se anunciaban unas reformas, para incrementar dos salas más al complejo cultural).  Los films comenzarían su proyección a las 18 horas en punto.

A eso de las 17:40, Néstor vio acercarse una mujer a la taquilla. Aparentaba tener unos treinta y pocos años. Era de complexión delgada, cabello liso moreno oscuro, peinaba una simpática cola de caballo recogida con una cinta elástica rosa. Ojos azules y expresión facial un  tanto desorientada, como no sabiendo con certeza qué película elegir. Vestía una camiseta celeste de manga corta, pantalón vaquero de corte “pirata” y calzaba unas sandalias de cuero beige claro.
 
El “aburrido” taquillero preguntó a la chica cuál era la sala que había elegido, para esa primera sesión. Un tanto pensativa y dubitativa, tras breves segundos de silencio, la joven pronunció esta curiosa  o peculiar respuesta:

“Sí, por favor, en mi situación actual, prefiero una película que acabe bien. Es lo que realmente necesito para esta tarde. Te ruego elijas por mí. A buen seguro que me aconsejarás bien”.

A Néstor le hizo gracia la espontánea y desenfada respuesta que había recibido de la “necesitada” joven. Con la experiencia que había acumulado en esos siete años de trabajo, se consideraba preparado para atender a todo tipo de espectador. Así que, con habilidad y curiosidad, se dispuso a ayudar a la muy poco decidida interlocutora. No había nadie más esperando en ese momento para poder ser atendido, por lo que se animó a dedicarle unos generosos minutos a la desorientada cliente. Le explicó, con la mejor de sus sonrisas, que no había visto ninguna de las cuatro películas que a esa hora iban a proyectarse. Pero que por los títulos y los comentarios críticos, le recomendaba una comedia del cine francés  que debía ser distraída. Con gran agilidad, llamó por el teléfono a Salvio, el operador de cabina. “Mira Salvi ¿acaba bien la película francesa de la 2? Es que una cliente me pregunta y no quiero defraudarla”. Al confirmarle su compañero de que esa comedia de enredos garantizaba salir de las sala con la sonrisa en la boca, entregó la entrada a la joven. “Ya me comentarás qué te ha parecido. Espero que te lo pases bien”. La respuesta que recibió a tan amable comentario, le dejó bastante pensativo: “Sí, muchas gracias. Lo que en este momento necesito es distraerme y salir del cine con mejor ánimo del que ahora soporto. Será bueno “introducirme” en una nueva historia, a fin de encontrar soluciones a la que ahora estoy viviendo y no me hace  mucho bien, sino todo lo contrario”.

Serían las 19:45 cuando la chica (cuyo nombre era MADIA) se acercó de nuevo a la taquilla. Una bondadosa sonrisa presidía su rostro. “Muchas gracias por el buen consejo que me diste. Me lo he pasado muy bien. Es una comedia que te hace salir de cine con mejor talante del que tenía antes de sentarme en la butaca”. La respuesta del satisfecho taquillero no se hizo esperar. “Me alegro de que mi consejo te haya resultado útil. Te comento que, dentro de una media hora, tengo derecho a unos minutos de descanso. Hoy tengo que estar en taquilla hasta las 22 horas, cuando comienza el último pase. Si tienes unos minutos de paciencia, te das una vuelta y a las 8 y cuarto nos vemos en la puerta de la cafetería Acrópolis, que está a poco menos de 15 metros, por esta misma acera. Te invito a tomar algo que nos ayude a combatir el calor. Así nos podremos conocer un poco mejor”.

Pero aquella tarde de agosto, a la hora fijada, la joven no apareció por la cafetería, para la desilusión del interesado taquillero. Pasaron algunos días y Néstor fue olvidando el asunto de las chica desorientada, que deseaba ver una película cuyo final fuera estimulante. Tal vez había querido ir demasiado rápido en la amistad, con una persona de la que nada sabía.

Dos semanas más tarde, un sábado menos tórrido del que azotaba aquel otro día sobre la ciudad, prácticamente a la misma hora en que tuvo lugar el primer encuentro, de nuevo estaba Madia delante de la taquilla del cine, para sorpresa del asombrado taquillero. “Otra vez vengo a “suplicar” un poco de tu ayuda. La otra vez me aconsejaste bastante bien. Hoy se repite la misma necesidad. Reconozco que fui poco amable, cuando te dejé plantado en aquella cita de las 8 y cuarto. Pero no fui lo suficientemente valiente. La verdad… es que no me atreví. A buen seguro que me habrás perdonado, pues creo que eres una muy buena persona”. Los hechos se repetían con una similitud sumamente curiosa. De nuevo se reprodujo la recomendación de un film por parte del generoso empleado. De nuevo, concertaron una cita, esta vez para el lunes por la tarde, día de descanso laboral para Néstor.  “¿Te parece bien una merienda? Seguro que se puede convertir en una cena y así me cuantas de una vez por todas lo que te ocurre. Igual te puedo echar una mano. También yo te narro algo de mi vida, que también tiene sus problemillas”.

Ese nuevo lunes para la ilusión dos seres, sumidos en el letargo amargo de la soledad, unieron sus voluntades para compartir esas palabras que ambos necesitaban. Dieron un largo paseo por el espigón del Morro de levante. Él le resumió las circunstancias de su vida. Ella le confió la penosa (en su opinión) situación en que se hallaba.

Madia había vivido muy sometida a la dependencia materna, una señora muy mayor con severas limitaciones físicas para su autonomía y con largos años de viudez. Su única descendiente, soportó y entregó su voluntad a una persona de carácter especialmente absorbente, que exigía una absoluta entrega por parte de una hija a la que tuvo con una edad “límite” para la normalidad genética. Consideraba que había perdido los mejores años de su juventud sometida a unas exigencias continuas, a las que no se supo sobreponer o enfrentar. Hacía ya cuatro años en que la Sra. había “viajado al Paraíso”. Para Madia ese cambio en su vida supuso una esperanza de liberación, pero esa “libertad” le alcanzó ya con los 31 años cumplidos, sin especiales relaciones o básicos contactos sociales. Al carecer de estudios o titulación específica, tuvo que ponerse a trabajar (lo cual fue un incentivo ilusionado) en aquello que tan bien había aprendido y ejercido, durante tantos años la asistencia materna: la atención y el cuidado de personas vinculadas generacionalmente a la tercera edad. Suponía este tipo de actividad un ejercicio abnegado y de entrega absoluta a la que tenía que aplicar unos infinitos grados de paciencia y sumisión. Ese valor, pleno de habilidad, resultaba imprescindible para sobrellevar el trato exigente e inestable de estas personas mayores y físicamente degradadas, obligaciones impuestas a esas otras personas más jóvenes que las atienden y cuidan: levantarlas y acostarlas, asearlas, vestirlas, prepararles su alimentación, darles de comer, cuidar su medicación, pasearlas, ofrecerles conversación, llevarlas al médico, distraerlas y soportar con infinita paciencia sus caprichos, manías, palabras ofensivas y carácter agriado, derivadas de las dolencias, sus edades avanzadas y la limitaciones impuestas por una cruel e insensible naturaleza.

En estos momentos llevaba casi un año asistiendo a la Sra. Engracia Vilamontana. De manera afortunada, tenía que afrontar un horario comprendido desde las 8 de la mañana hasta las tres de la tarde, hora en que dos hijas se turnaban semanalmente para hacerse cargo de su madre, tras salir de sus obligaciones laborales. Había jornadas en que abandonaba el domicilio de esta “desequilibrada” señora, con lo nervios a punto de estallar, ya que que el comportamiento despótico de esta anciana alcanzaba límites difícilmente tolerables para el aguante. La ultima de estas modalidades, para la agresión de palabra, consistía en acusarla injustamente de estarle “sisando” dinero y objetos personales.

Para Madia ir al cine suponía una estupenda oportunidad con la que sentirse “liberada” en esa búsqueda de la distracción, el mejor ánimo y la recuperación de las fuerzas perdidas, en su actividad matinal asistencial. Pero necesitaba, por todos los medios, que la trama cinematográfica tuviera un final feliz u optimista, que pudiera estimularla a emprender con renovadas fuerzas el recorrido por un  mundo donde los valores se aletargan, resurgiendo nubarrones de egos, materialidades y fanatismos lamentablemente alejados de la racionalidad y la generosa  bondad.

Ha pasado aproximadamente una anualidad, desde los hechos narrados en el relato y vemos con satisfacción como Néstor y Madia disfrutan de una fructífera, serena y feliz convivencia. Ella trabaja por las mañanas y él lo hace por las tardes. Se llevan bien, se complementan, se ayudan y saben generar sonrisas. Como en las mejores películas, el hacedor de los destinos creyó en esos “finales felices” que los dos jóvenes tan bien saben vitalizar.

Hubo un día en que Jennifer llamó a su ex, Néstor. Había llegado a sus oídos la relación que éste mantenía con la cuidadora asistencial. Le pidió abiertamente, sin mayores preámbulos, de que volviera con ella, asegurándole, con un indisimulado cinismo que pensaba darle una nueva oportunidad, para ver si podían retomar su perdido vínculo.

“Es tarde, Jennifer. Ni tú serías feliz conmigo, ni yo contigo. Ambos tenemos un carácter bien diferente. Seguiremos manteniendo responsablemente el cuidado y educación de nuestra hija. Yo ejerzo de padre, pero hace tiempo que dejé de sentirme tu marido. Me conoces y te conozco. Es mejor dejar las cosas tal y como están. Lo contrario sería un craso error que no me siento animado volver a cometer”.

La inmadura Jennifer no volvió a llamar a las puertas de Néstor. Madia se reconforta con la suerte de haber encontrado un buen hombre, cuya sencillez y humildad es un esperanzador aval para el sosiego que ella siempre ha necesitado. Maya también se siente feliz. Tiene ahora un hermanito de padre, muy pequeño aún, que se llama Ismael.-


José L. Casado Toro (viernes, 3 Agosto 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga



viernes, 27 de julio de 2018

ILUSION O REALISMO. LA PRIMERA GRAN LECCIÓN DE UN VETERANO PROFESIONAL DE LA PRENSA.


Parece perfectamente natural que las personas tengan preferencia por la línea editorial de un determinado periódico, una emisora de radio, una cadena de televisión, el estilo literario de un escritor, la forma de actuar de un actor de cine y teatro o priorice una determinada ciudad, sobre todas las demás que ha visitado (por citar algunas modalidades preferenciales en nuestro hábitos y voluntades). Pero, aún admitiendo lo razonable de estas firmes opciones en la voluntad de nuestros gustos, no es menos cierto de que la prudencia y el sentido común aconsejan diversificar o al menos “conocer” otras posibilidades paralelas, a ésa que ubicamos en el liderato de nuestros deseos. De esta forma practicaremos también el “saludable” ejercicio de poder comparar, contrastar o enriquecer el acerbo conceptual de nuestra inteligencia. 


En el caso de la prensa (uno de los principales medios de comunicación, generador y modulador de la opinión pública) esa diversificación es más que conveniente e inexcusablemente necesaria, si pretendemos conservar el siempre valioso equilibrio de la estructura mental con que nos presentamos ante los demás y ante nuestra propia conciencia. Son muchas las personas que en ese sano ejercicio del equilibrio informativo, mantienen por ejemplo, en el escritorio de su ordenador, las “entradas” a muchas páginas webs de empresas de la comunicación con ideologías y perfiles interpretativos de lo más contrastados. Citemos, entre las empresas periodísticas, un ejemplo al que en ocasiones acudimos para explicitar esta diversificación: los diarios “El País” y “El Mundo”, muestras representativas de dos líneas editoriales notablemente contrapuestas. Obviamente, a estas dos formas de entender y ofrecer la información, habría que añadir, en ese escritorio informático al que nos asomamos cada día, los periódicos que se editan en nuestras respectivas ciudades y que, profundizan en la información más cercana. Por supuesto que esos diarios locales también tienen su determinada línea ideológica e incluso suelen formar parte de grupos editoriales de influencia estatal e incluso internacional.

Si actuamos con esta responsable e inteligente actitud, además de contrastar la interpretación ideológica de un determinado acontecimiento, podremos también enriquecer el conjunto documental de los datos que lo fundamentan, los cuáles no suelen ser completos o idénticos si “preguntamos” en uno u otro lugar de los diversos órganos informativos.

Pero esta práctica “comparativa”, que es inteligente y saludablemente necesaria, de forma lamentable no se encuentra generalizada entre nuestros hábitos lectores. Son demasiadas las ocasiones en las que el fanatismo sectario nos domina y puede más que el contraste interpretativo de los hechos, lo que nos impide aplicar la lógica y elemental racionalidad a cualquier información emanada desde esos órganos de difusión. No nos cabe la menor duda: siempre nos vamos a encontrar con esos familiares, amigos, vecinos o compañeros que sólo “beben” en un partido político, en una radio, en un periódico o en una institución religiosa, entre otras modalidades ideológicas. Tal vez así se sientan más felices, más sosegados, más “aborregados” aunque esta palabra, que se aplica de manera metafórica, pueda molestar a muchos. Hay que repetirlo: tal vez así se viva con más comodidad, a modo de un mar en calma, pero desde luego no es la fórmula ni la postura más lógica para sustentar o enriquecer las  posibilidades de nuestra inteligencia.

Vayamos pues al desarrollo narrativo de una historia concreta, enmarcada en este contexto o entorno de los medios de comunicación escritos o de difusión radiofónica.

En todas las épocas del año, aunque de manera especial durante el período estival vacacional, es frecuente encontrarse, en las redacciones de las empresas de comunicación escrita (también  en las emisoras de radio) con la figura juvenil, meritoria y “extremadamente servicial” del becario universitario en prácticas. Esta persona que se encuentra en los inicios de su tercera década vital, está finalizando o ha completado ya los estudios normativos de su licenciatura o grado en Ciencias de la Comunicación. Con más o menos esfuerzo, este futuro profesional del periodismo, ha conseguido una plaza de temporalidad variable (el tiempo de prácticas suele oscilar entre los tres y seis meses de duración) para aplicar en un entorno real los conocimientos teóricos y prácticos recibidos desde las aulas universitarias. Lo hace allí donde cada día nace ese diario que muchas personas leerán, en soporte papel o en la modalidad on-line del propio ordenador. Dicho “práctico” puede haber conseguido plaza en un medio o institución de indiscutible prestigio, con difusión nacional, o por el contrario aprender el manejo diario de la tarea comunicativa en un entorno más modesto, de ámbito local o regional. Esa diversa suerte dependerá de la suerte, la amistad, los méritos o incluso de la capacidad económica de la familia del becario para sufragar el máster o el periodo práctico de la especialización.

En el caso de Eliseo (Campravila Sanz) a decir verdad hubo un poco de todo, pero el factor decisivo para el plácet práctico, a partir de junio, por tres meses prorrogables (a criterio del departamento de becarios, dirigido por un viejo o veterano “lobo” del periodismo, Zenón Malvilla Jerez, situado a “dos manzanas” de su jubilación profesional) fueron las llamadas telefónicas de compensación por antiguos favores, realizada a un importante miembro del consejo editorial por parte del padre de este joven. Jeremías le había dicho a su hijo, semanas atrás, “no te preocupes, que yo te consigo plaza en EL CRITERIO, por difícil que parezca”. Este técnico que ejerce desde hace muchos años en un laboratorio para la elaboración de cremas exfoliantes, había profesado de joven como fraile dominico, pero tras un lustro de experiencia clerical, adoptó la decisión de una valiente y sincera secularización, especialmente tras conocer a la que sería su futura cónyuge Dania (mujer emprendedora que en la actualidad regenta una tienda de colgantes, pedrería y abalorios para la decoración y ornato corporal). Allí, en las estancias austeras del convento fue donde trabó intensa amistad con el actual miembro del consejo editorial del importante órgano de prensa, quien obviamente tampoco persistió en su inicial llamada religiosa para la vocación sacerdotal.

En justicia hay que hacer mención acerca del expediente académico de este “vocacional” aprendiz de periodista, documento que atesoraba bastantes y objetivos méritos para el aval personal del solicitante. Desde pequeño siempre le había gustado jugar al mundo de los periódicos, “construyendo” sus tebeos y escribiendo elogiosas redacciones que sus familiares y maestros elogiaban. En tiempos de su formación primaria y secundaria, disfrutaba sobremanera cuando los profesores organizaban esa ilustrativa visita al único periódico que se editaba, por aquel entonces, en su ciudad. Cuando pasaba por los talleres y por las oficinas de redacción, se deleitaba observando y preguntando por esa máquina gigantesca que denominaban “rotativa”. Quedaba boquiabierto cuando un “ejército” de ordenadores “navegaban” con la mejor eficacia por el mar de las salas donde se componían los textos y se maquetaban las fotos y los rótulos o encabezamientos correspondientes. Aquellas románticas y acústicas máquinas de escribir, con la pautada percusión emitida desde sus teclados, habían sido sustituidas por los sofisticados Mac o Pc, que hacían verdaderas magias, con las letras, colores, gráficos y dibujos. Algo de lo que más le sobrecogía era sentirse tan “minúsculo” frente a esas “infinitas” bobinas de papel, soporte en el que cada madrugada quedarían impresas las noticias, los editoriales, los anuncios, las entrevistas, las fotos, los reportajes y, de manera especial, esa primera página, revestida con todos los galones, gráficos y literarios, para sorprender, motivar, reclamar la atención y, por supuesto … vender el ejemplar.

Durante esas visitas, Eliseo siempre era el primero entre sus compañeros en plantear las más variadas preguntas al operario encargado de dirigir el recorrido del grupo escolar, por las sorprendentes instalaciones del diario. Preguntaba y preguntaba, para gozo e infinita paciencia del muy amable y sorprendido monitor que siempre tenía a mano la oportuna y explicativa respuesta, a fin de sosegar a este interesado e inquieto escolar.

En este verano del 18, Eliseo ha cumplido una de sus grandes ilusiones, vitales y profesionales: poder realizar sus prácticas en el principal periódico de entre los editados en su ciudad. Allí pasa las horas haciendo “casi de todo.” Lo que le encargan y también ofreciéndose a todas esas necesidades que incluso él descubre antes incluso de que le sean planteadas. “Estira” los horarios, ampliando el tiempo que contractualmente ha de cubrir, todo ello bajo la atenta y paternal mirada del compañero y jefe, el muy veterano “plumilla” D Zenón, tan gruñón y quisquilloso, pero al tiempo incapaz de ocultar un bondadoso corazón. Además de esta profunda y vocacional dedicación a su aprendizaje, Eliseo aún sabe sacar tiempo, para asombro de unos y otros, a fin de estudiar por su cuenta 1º de Derecho, habiéndose matriculado al efecto  en la UNED (Universidad Nacional de Educación a Distancia. Para este noble fin, aplicando una voluntad de hierro, le “roba” horas al sueño y a ese ocio del fin de semana. Tiene la suerte de contar con la mirada compresiva y generosa de la dulce y atractiva Lara, su compañera afectiva, también como él licenciada o graduada en Ciencias de la Comunicación, en la modalidad de radio y televisión.

Una mañana, no había avanzado el reloj muchos minutos desde las nueve, cuando el redactor de becarios Zenón convocó urgentemente en su despacho para las 9:30 a Eliseo y a Nazario, otro becario que había estudiado en la Autónoma madrileña y que comenzó sus prácticas “veraniegas” al mismo tiempo que el compañero malacitano.

“Bueno, vamos a lo que nos interesa. Ya sé que anoche estuvisteis dando “el callo” hasta más de las tres, cuando la rotativa terminó de “tirar” el último ejemplar del diario. Pero ya sabéis como funciona esta profesión. El periodista no tiene horario, pues ha de estar dispuesto a recoger la información necesaria, dónde  y cuándo ésta se produzca. Sois gente joven y con esas cuatro o cinco horas de cama, ya habéis tenido tiempo suficiente para recuperaros. El caso es que con las vacaciones y los achaques médicos (la gente parece que es de “plastilina”) me he quedado en cuadro para cubrir varios acontecimientos reseñables en la mañana de hoy. Y hay dos informaciones importantes que son necesarias recoger, porque el periódico ha de ofrecerlas mañana, en la edición escrita y desde esta tarde en la edición digital. Os tomáis un café, os quitáis las legañas y os ponéis a mover el trasero, pues quiero que me traigáis lo mejor de lo que vais a ver y a escuchar. Tú Naza, te vas a ir a la Casa Mágica, pues parece que los municipales van a desalojar a los ocupas que están allí desde hace casi medio año. Prepárate, pues probablemente habrá gresca, así que llévate un bote de mercromina y esparadrapo, por si te coge algún mamporro. No te puedo dejar ningún fotógrafo, así que te llevas la Nikon y me haces un buen reportaje. Supongo que en “los coles de Teatinos o la Autónoma” os habrán enseñando a hacer fotos.  En cuanto a ti, Eliseo, te ha tocado un lugar apasionante, verdaderamente “paradisiaco”. La Casona Municipal (estentórea risotada). Allí se van a despellejar vivos, el grupo de gobierno y los artistas de la oposición, pues toca debatir el Estado de la Ciudad. Quiero una buena crónica, nada de tonterías y bobadas, que no desmerezca aquélla que haría el insigne periodista Evaristo Cabrillán, el “compa” encargado de la información municipal. ¡Venga. A mover el culo y a trabajar, que no más tarde de las cuatro quiero sobre mi mesa el material. Espero que sea bueno, que si no van a rodar cabezas! Y no precisamente la mía”.

Tras una acústica carcajada, el viejo lobo de la linotipia sacó del cajón derecho de su desordenada mesa la tradicional petaca de licor que nunca le abandonaba. Era de apariencia plateada y con un indudable sentido fálico en su diseño, la cual llevó a su boca y se tomó un buen "lingotazo" de ese brebaje o licor que su dueño llamaba “la medicina”, recomendada por un galeno que (aclaraba) recetaba desde los infiernos. El olor a whisky que destilaba la manoseada petaca era difícil de disimular. “Esta “pócima” me da vida, para soportar a unos pipiolos de biberón como vosotros. Pero ya sabéis lo mucho que os aprecio”. Nueva risotada, con la mano y el dedo índice extendido enseñándoles el camino de la puerta “Estáis tardando mucho en quitaros de mi vista!”  Todo un personaje, este viejo “partisano” de la linotipia, el muy peculiar don Zenón.

El debate sobre el Estado de la Ciudad finalizó a la 1:45 de la tarde. En ese momento, Eliseo con su libreta llena de notas y su grabadora digital (regalo de Lara por su reciente cumple, comprada en Amazon) bajó al trote las escalinatas de la Casa Consistorial y, en el aparcadero de las motos, se montó en su bicicleta y partió todo lo rápido que pudo hacia la redacción del diario, en donde se sentó ante uno de los ordenadores, dispuesto a elaborar la crónica demandada por su exigente jefe. Minutos antes había pasado por un súper de barrio, situado a escasos metros de la rotativa, donde pidió le prepararan un bocadillo de jamón y queso, manjar que, junto a una lata de cerveza 00, iba a ser su suculento almuerzo para esa media tarde de trabajo. Era la 1ª crónica o reportaje que le encargaban, por lo que estaba dispuesto a quedar bien y a no escatimar sacrificio alguno a fin de elaborar un excelente trabajo. 

Pasaban unos minutos de la 15:30 cuando este “novicio” becario finalizó su redacción. Había efectuado múltiples correcciones, pero aún tenía algo de tiempo para efectuar otra lectura, por si algún gazapo se le había quedado atrapado por entre la “arboleda” ortográfica. Imprimió las tres hojas y media del texto y se levantó presto para dejar el material encima de la mesa de su jefe. Ese día su horario finalizaba a las 13:30, pero eran ya más de las cuatro de la tarde. De manera afortunada, don Zenón aún no había aparecido por el periódico. El satisfecho joven se fue a casa a echar un sueño, pues el día estaba metido en calor: un “terralazo” de los que suelen azotar bien las epidermis malagueñas durante estos meses del estío. Llamó a Lara y quedaron citados para las seis, con el propósito de irse un rato a la playa pues el día pedía contactar con el agua fresca del mar. Esa tarde del miércoles era la única que tenía libre durante la semana. Había que aprovecharla, pues a las 8 de la mañana del día siguiente tenía que estar de nuevo puntual en la redacción.

Al día siguiente. cuando llegó en su bicicleta Orbea a la entrada del Criterio, don Julián el Conserje repartía a todo el personal que pasaba un ejemplar del diario, recién editado en las entrañas de la madrugada. Eliseo se sentó delante de la mesa que compartía con Naza y rebuscó de inmediato la crónica que había redactado sobre el debate del Estado de la Ciudad. Su primera gran desagradable sorpresa fue que dicho reportaje aparecía firmado por E. Cabrillán, a quien había sustituido en la mañana anterior. Por supuesto, este acreditado periodista no había pisado los salones municipales y ahora firmaba una crónica que, por supuesto, no había escrito. Pero el impacto fue de época cuando leyó el texto de lo que había salido publicado. Esa redacción no respondía al sentido del equilibrio informativo que él le había dado a su trabajo. Todo lo contrario. Se ensalzaba (sólo faltaba ya el incienso y el besamanos) al equipo de gobierno municipal, representantes de la derecha más retrógrada, y se “despotricaba” con dureza, con esa burla cínica que trataba de herir y ridiculizar en todo lo posible, las intervenciones de los portavoces de los grupos de la oposición, pertenecientes o vinculados a la izquierda ideológica.  Era indignante el texto de lo que tenía ante sí. Todo manipulado, cambiado y alejado de lo que él, con la mejor voluntad y esfuerzo, había redactado.

Se encontraba turbado, decepcionado, a ratos indignado … con franqueza, no sabía cuál era la mejor decisión que debía adoptar.  En esa situación confusa y humillada se debatía, cuando vio aparecer por la redacción a don Zenón, quien con paso majestuoso se dirigió hacia su cubículo profesional. No lo pensó dos veces. Llamó con delicadeza en la puerta de cristal esmerilado del despacho, pidiendo permiso para franquear la entrada. Cuando el jefe lo vio aparecer, le hizo una señal imperativa para que tomara asiento. Se diría que estaba esperando la visita del tan nervioso y abrumado becario, que ya habría ojeado el periódico del día. Con suma delicadeza, tratando de evitar cualquier gesto que pudiera molestar al altanero y curtido profesional de la pluma, el becario le planteó abiertamente su opinión acerca de lo que había leído, material que no tenía coherencia y justicia con respecto a su esfuerzo como cronista y redactor. Y encima, firmado por otro profesional… Malvilla miró a su joven interlocutor de la cabeza a los pies y sintiéndose “misericordioso” se dispuso a dar una lección de realidad al “idealista” aprendiz de periodista. Antes de hacerlo, sacó de nuevo su “fálica” petaca y tras sorber un buen trago de esa medicina infernal que decía contener, comenzó, con aire de complacencia y resignación,  a sentar la cátedra de la experiencia frente al aprendizaje novato del “inmaculado” universitario.

“Amigo Eliseo. Reconozco que hiciste un buen trabajo, para el objetivo que te marqué. Pero tú aún vives en el Cielo y esta empresa funciona sobre la Tierra. ¿Has parado en preguntarte, los ejemplares que vendemos diariamente de nuestro diario? Cada día menos. Nosotros no estamos solos y aislados, aquí en provincias. Si quisiéramos autofinanciarnos, hace mucho tiempo que habríamos tenido que echar el cierre, dado lo que la gente se gasta hoy día cuando pasa por delante de los kioskos de prensa. Tuvimos que vincularnos a un gran grupo editorial, que controla la prensa por medio país. Esto lo hicimos para poder sobrevivir. Este grupo tiene que “servir” a una ideología profundamente “conservadora”. Detrás de esa ideología, como bien puedes suponer, está los créditos, el dinero, los anunciantes, la influencia legislativa, los votos en las elecciones… Con más o menos disimulo, con más o menos habilidad, tenemos que apoyar al grupo de presión económica y política que nos sostiene y desprestigiar, en la medida de lo posible y lo imposible, la fuerza opositora que se enfrenta a esa ideología conservadora, que con el mayor eufemismo y falsedad denominamos “liberal de centro derecha”. A los lectores que tenemos, a los anunciantes que tenemos, a los grupos financieros que tenemos, le tenemos que dar , le tenemos que ofrecer aquello que les gusta leer”, que les agrada ostentar, si queremos “salvar el pellejo” de esta empresa que nos da de comer, a los que aquí trabajamos y también a ti que estás realizando las prácticas como becario. Me podrás argumentar que “mentimos” o manipulamos de la forma más artera, con la crónica que hoy publicamos acerca del “Estado de la ciudad” que tu seguiste ayer. Posiblemente. Pero procuramos hacerlo de manera sutil, que no se nos note mucho, pero que no enfade a quien nos lee, a quien nos financia, y a quien nos sostiene con la fuerza de sus votos, peso electoral que nosotros tenemos que favorecer, tratando al tiempo de limitar las opciones opuestas. No nos queda otra. Somos servidores de una ideología y a ella nos debemos. Con la mayor impudicia, pero con el realismo de la necesidad. Si hay que cambiar el color, se cambia. Si hay que mirar hacia otro lado, pues se hace. Si hay que justificar lo injustificable, pues a hacer puñetas la dignidad. Tú vienes con el idealismo ilusionado de la aulas, pero aquí se “come” de la realidad diaria, en la que hemos querido insertarnos. No tenemos otra, para “sobrevivir”.

Aquella noche, cuando Eliseo fue a tomar una cerveza con Lara, apenas podía disimular su decepción. La lección de intenso y “pestilente” realismo, que le había dado el veterano  Malvilla, había sido un  jarro de agua fría sobre muchos de los principios y valores en los que siempre había creído, cuando optó por ser un honrado y valiente profesional de la comunicación. Tendría que bajar del Cielo y pisar sobre la Tierra o por el contrario “echarse al monte” para defender los valores de veracidad, honestidad, responsabilidad, ante la profesión que libremente había elegido para su recorrido en la vida. En la profundidad de la madrugada fue muy duro para él poder subirse al tren onírico que lleva al paraíso de la honradez.-



José L. Casado Toro (viernes, 27 Julio 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga