domingo, 19 de agosto de 2018

SORPRESA INESPERADA, EN LA NOCHE DEL SIGUIENTE DÍA.

Uno de los valores más preciados, a proteger con especial esmero en nuestro entrañable patrimonio personal, es seguir compartiendo la amistad con ese compañero al que conocimos en las ya lejanas aulas escolares. A pesar del tiempo transcurrido desde entonces, hemos sabido y podido conservar este hermoso vínculo, superando los vaivenes y circunstancias que hayan poblado nuestras heterogéneas existencias. Consideramos ese bien como una espléndida realidad. A todos se nos “llena la boca” de afecto y bien desenfadado orgullo, cuando nos referimos a “fulano o mengano” señalándolos con gratitud como “mi buen amigo de toda la vida”.

Esta persona tan especial para nosotros, sea hombre o mujer, tiene y merece nuestra confianza absoluta, a fin de compartir con ella esas privacidades que sólo se mantienen y avalan con los familiares más allegados. Le hacemos participe de nuestros problemas, necesitamos y valoramos su equilibrado consejo, nos producen sana alegría todos sus éxitos, de igual modo que nos entristecen y tratamos de sobrellevar de la mejor forma sus dificultades y problemas. Entre nosotros existe limpia generosidad, mucha comprensión y positiva aceptación con respecto a nuestras respectivas formas de ser, con todas esas cualidades y defectos que nos caracterizan. Juntos celebramos cumpleaños, onomásticas, bautizos, bodas y demás celebraciones, como uno más de nuestras respectivas familias. Acordamos ir a ver una determinada película u otro espectáculo, disfrutar de una agradable cena e incluso durante muchos fines de semana, como también ocurre en las vacaciones, planificamos y coordinamos la temporalidad de estas vivencias, pues al hacerlas juntos nos sentimos mejor y se nos hacen más fructíferas y enriquecedoras. En caso de nimios o más graves problemas, no dudamos en que esa unión nos aportará  el estar más arropados y protegidos, el uno por el otro y viceversa.

Nadie ha de dudar de que en el seno de esa íntima amistad pueden surgir algunos “nublados” pues somos humanos, con nuestras “luces y sombras”. Sin embargo, tras la inoportuna o inesperada discusión o desencuentro, siempre suele llegar la oportunidad de la reconfortante reconciliación y el nuevo entendimiento. Las nimias rencillas o los roces del ego son situaciones que pronto se superan y olvidan, con la mejor voluntad aportada por ambas partes. La unión o proximidad se recupera con más fuerza e ilusión de la que teníamos previa al desencuentro. Consideramos que esa etapa liviana en el entendimiento nos ha servido para conocernos mejor  y para hacer más fuerte y duradero el vínculo de la muy apreciada amistad. 
  
Los protagonistas de esta nueva historia eran muy jóvenes, cuando se conocieron en las muy vitales aulas de un conocido y prestigioso Instituto de Educación Secundaria ubicado en la capital malagueña. Pronto congeniaron en su adolescencia inicial, siendo buenos compañeros de estudios, juegos y otros divertimentos, proximidad a la que también favoreció el hecho de que sus respectivas familias residían en el mismo barrio, a una distancia de tres calles entre las dos viviendas. Más adelante, tras superar las pruebas de acceso universitarias, LEIRO se matriculó en la Facultad de Turismo, mientras que su íntimo amigo THIAGO (muy aficionado a la NN.TT. Nuevas tecnologías) optó por hacer un grado en Telecomunicación. A pesar de acudir a dos facultades universitarias diferentes, ambos jóvenes continuaron su vinculación de profunda amistad, durante esos trascendentales años en que estuvieron “escolarizados” por el Campus superior del barrio de Teatinos.

La naturaleza puso vibración en sus corazones, por lo que estos dos atléticos jóvenes centraron sus ojos en dos agradables compañeras de clase, NOAH y ERIKA, respectivamente. Las dos parejas comenzaron a compartir los avatares del estudio, las salidas en los fines de semana, las excursiones y otras prácticas deportivas, muchas actividades de participación cultural y esos tiempos para las fiestas que sosiegan los nervios y dibujan sonrisas de vida. Todo se desarrollaba maravillosamente normal: la buena armonía de cuatro amigos, dos parejas sentimentales y una vinculación afectiva que sembraba brotes de optimismo para ese mañana que a buen seguro tendría que llegar. 

Aunque esta narración pudiera parecer la escenificación de un cuento de hadas, hay que matizar que la vida trajo, con la lógica de nuestras capacidades y limitaciones, momentos puntuales de “enfriamiento” entre estos cuatro amigos. Roces generados sobre todo por desencuentros o rencillas propias en el seno de ambos noviazgos que repercutían en su actividad relacional. De manera afortunada, esas fases de desacomodación duraban poco tiempo y pronto se recomponía el “fuego” fructífero de la amistad entre sus jóvenes corazones.

Al paso del tiempo es necesario aclarar un hecho que más de un lector habrá tenido en su mente: ¡no se casaron el mismo día! aunque es bien cierto de que esta simpática posibilidad fue sopesada por las dos parejas. Un inoportuno accidente de bicicleta tuvo a Lerio bastante tiempo ocupado en las consultas médicas, una intervención quirúrgica ineludible y no pocas sesiones de rehabilitación, que recompusieron sin problemas un castigado aparato locomotor.

En el aspecto laboral, Thiago encontró un buen trabajo con su ingreso en una empresa de informática, con sede regional en el Parque tecnológico de Andalucía en Málaga, cuyo capital financiero procedía del mercado industrial japonés. Como programador informático, desarrolla un importante puesto en el organigrama del personal laboral,  responsabilidad que le obliga a viajar con bastante frecuencia a destinos geográficos muy diversos en el ámbito de la tecnología mundial de vanguardia para ordenadores. En el caso de Leiro, persona por naturaleza muy emprendedora para los negocios de cualquier naturaleza, se entregó de lleno a la actividad de la inversión inmobiliaria, trabajando en la costa occidental del litoral malagueño, moviendo “suculentos capitales especialmente de origen inglés y alemán. Estepona, Manilva, Marbella y Fuengirola, son las zonas donde centra su esfuerzo negociador, tarea que le reporta excelentes réditos económicos y sociales.

Hasta el momento, Leiro y Noah tienen una niña, Alma, que ya disfruta sus dos primeros añitos de vida. En cuanto a Thiago y Erika, esperan con paciencia la “llegada de la cigüeña”. El programador informático no es muy dado a visitar a los galenos de la urología, a pesar de los requerimiento de Erika, a la que su ginecóloga le ha asegurado que carece de impedimentos objetivos para quedarse embarazada. Como las dos parejas mantienen la saludable costumbre de “salir juntos” los viernes tarde, a fin de ver una película, cenar y acabar la noche con un poco de música y copas, Noah resuelve la dificultad con la ayuda de Clara, una estudiante de educación especial, vecina en el bloque de sus padres, a la que abona 10 euros la hora para que ejerza de “canguro” las noches de ese primer día del fin de semana. La chica se queda en la casa al cuidado de la pequeña, hasta que ellos vuelven a su domicilio tras haber compartido una muy grata unión con sus íntimos amigos.

MIERCOLES, 16 de agosto, 19:00 horas. Thiago recibe un mensaje de Whatsapp. El contenido del texto, remitido por Leiro, le dejó un tanto intrigado y dubitativo.

“Thiago ¿podríamos vernos, mañana jueves, a la salida del trabajo. Tengo que hablar contigo de un asunto personal. Si te parece, cenamos. Prefiero que estemos los dos solos”.

¿Qué podría ocurrir? En las últimas semanas, no había detectado un problema especial en el comportamiento de su amigo de siempre. Tal vez, algunos momentos o gestos de reacciones nerviosas, que achacaba a dificultades o problemas que inevitablemente surgen en todos los negocios y más en un sector tan enloquecido y competitivo como es el mercado inmobiliario. Sí era cierto que lo veía abusando mucho más de ese “veneno” denominación que adjudicaba al consumo del tabaco. Pero no percibía una mayor anormalidad en el comportamiento de su amigo. De lo que sí estaba seguro es que, dada la gran confianza y afecto que los unía, en el caso de que Leiro tuviera algún problema, él haría todo lo humanamente posible por ayudarle. Puso la excusa a Erika, acerca de una imprevista reunión con unos técnicos informáticos canadienses, para llegar tarde a casa. Y para esa tarde/ noche del JUEVES quedaron citados a las 8:30 en el Mesón El Navegante, ubicado en las tranquilas estribaciones de la colina de Gibralfaro.

Cuando se encontró con su amigo, observó que su rostro mostraba un semblante en exceso serio, pensativo o con un estado de atribulación difícil de disimular. Tras las primeras copas, más que narrarle un problema concreto, Leiro comenzó a recordar vivencias que ambos habían compartido en  aquellos lejanos tiempos de la adolescencia. “¿Recuerdas como conseguimos un buen kilo de cerezas del huerto que tenía el tío Colás, detrás de su casa? ¿Y aquella vez en que te dejaron el rostro amoratado, por intentar defenderme del ataque alocado de la pandilla del bizco? Tampoco he olvidado la noche que pasamos juntos, después de declararte a Erika. Compramos un par de botellas, para celebrar el sí que conseguiste, y acabamos con una "cogorza" de espanto, pues la marca de ginebra parecía que era de garrafa y sabía a matarratas…”

Y así iba desgranando aventura tras aventura, ante la mirada asombrada pero comprensiva de su amigo Thiago. Al fin éste no pudo más y le habló directamente. “¿Pero que te ocurre, “hermano” Leiro? ¿Qué es exactamente lo que te pasa? Siempre has tenido confianza conmigo ¿porqué le estás dando tantas vueltas a ese asunto que parece intranquilizarte?” Al fin detectó que su interlocutor se mostraba más abierto en el contenido de su expresividad.

“No, Thiago, simplemente quería pasar esta noche contigo, sentirme hermanado por el buen y mejor amigo que siempre he tenido. Te voy a dar una clave para que puedas entender algo de mi comportamiento y la incomodidad y desasosiego en que me hallo. Entre Noah y yo las cosas no marchan como quisiéramos. Seguimos disimulando … pero la realidad pugna por salir a la luz. Tengo que darle una drástica reorientación a mi vida y aunque la decisión es en exceso complicada, sé que tu acabarás por entenderme y asumir el caos interior que me desestabiliza”.

La reacción de Thiago fue rápida y resolutiva. “Pero hombre si lo que me estás planteando, con tanta ceremonia e intriga, ocurre en las mejores familias… No le des más vueltas. Te aseguro que esa fase desafortunada pronto pasará y todo volveréis a verlo de color de rosa. De aquí a nada lo superaréis. Son cosas del trabajo, del estrés y de la rutina que nos agota. Hay que sacar fuerzas de flaqueza. Y aquí estoy yo para ayudarte, eso nunca lo pongas en duda”.

Llegó un momento en que Leiro dejó de pronunciar palabras. En realidad apenas había probado bocado en toda la noche, sólo bebía una copa de Rioja tras otra, miraba a su amigo con los ojos entristecidos, trataba de sonreír, permaneciendo una vez más en críptico silencio.
Las manecillas del reloj superaban ya las 10:30, por lo que pidieron un último café. Thiago hablaba y hablaba, mientras que Leiro escuchaba como ensimismado o ausente, moviendo una vez y otra la cucharilla plateada sobre la aromática y oscurecida  infusión. “Todo va a salir bien, todo se va a arreglar. Os conozco bien y sé que seréis capaces. Aplicad esperanza y buena voluntad.”

En el momento de la despedida, a pocos minutos para las once, se sumieron en un entrañable y cálido abrazo. Thiago volvió a casa caminando por entre las adormecidas callejuelas y plazas, con la lógica preocupación acerca del estado que soportaba su amigo. Pensó que lo mejor era no decirle nada a Erika, de momento. No tenía sentido preocuparla, aunque no se le ocultaba que más pronto que tarde llegaría a su conocimiento la situación que atravesaba la relación afectiva de sus amigos. Por su parte, Leiro caminaba pensativo, con los ojos muy brillantes  y un tanto mareado por la resaca de la bebida ingerida y el poco alimento que había aceptado tomar. En realidad consideraba que no había tenido el suficiente valor para decirle a su amigo toda la verdad de lo que estaba ocurriendo en su vida.  
VIERNES. Entre los dos amigos solo hubo un cruce de breves mensajes de Whatsapp. En el primero, Leiro se disculpaba educadamente por no poder salir esa noche del fin de semana juntos, como era usual casi todas las semanas. La respuesta de Thiago no tardó en llegar. Aceptaba sin problemas la disculpa, añadiendo que se lo comentaría a Erika mediante otro mensaje. Ese día no podría comer en casa, pues estaban trabajando intensamente en la preparación de un nuevo proyecto a desarrollar para el ya cercano otoño. Almorzaría en una cafetería del Parque tecnológico, El Mensajero, donde ofrecían platos de comida casera.

Ya por la noche, el bien ocupado informático llegó a casa pasadas las nueve de la noche. Al entrar en su domicilio, reparó en que Erika no estaba en casa. Se dispuso a esperarla, a fin de compartir la cena juntos. Con todas las ocupaciones del día, cayó en la cuenta de que apenas había tenido hueco para hacerle alguna llamada o cruzar algún mensaje telefónico. Pero los minutos pasaban y Erika no daba señal alguna acerca de dónde se encontraba. Faltando quince minutos para las diez, decidió enviarle “un Whatsapp” cuyo breve texto de dos palabras decía: “dónde estás? Tras unos minutos de nerviosa espera, al fin llegó la ansiada y “tranquilizadora” respuesta, algo más amplia en palabras, pero con un contenido pleno de intriga. “Por favor, sube al dormitorio y mira en tu mesita de noche. Encontrarás una nota, que debes leer”. No había más aclaración.

Se apresuró a subir al dormitorio, en donde efectivamente encontró un sobre de color verde pálido, en cuyo interior había una cuartilla manuscrita y firmada por su mujer Erika. No muy extensa en palabras, pero bien intensa y a la vez fría en su contenido.

“Thiago. Desde hace unos siete meses, mantengo una muy difícil dualidad afectiva. Hay otra persona en mi vida, quien realmente tiene todo mi amor. Ha sido una situación muy difícil y complicada de mantener, para evitar que tu llegaras a darte cuenta. Pero desde hace semanas él y yo hemos decidido dar el paso decisivo, uniendo nuestras vidas. Quiero pedirte sinceramente perdón, por el daño que estas líneas te van a provocar, pero ya no puedo seguir manteniendo una ficción imposible. No quiero nada de la casa, ni de nuestros bienes gananciales. Debes olvidar y rehacer tu vida. El tiempo te ayudará. Adiós. Erika”.

Tal fue el imprevisto “mazazo” psicológico que estuvo a punto de hacerle caer al suelo. No entendía lo que estaba ocurriendo o se resistía a aceptar el derrumbe afectivo y existencial que había llegado a su vida, de la forma más cruel y descarnada. Tratando de mantener inútilmente la calma, comenzó a enviarle mensajes telefónicos, pero ya la línea de whatsapp en Erika había sido anulada. En cuanto al número de teléfono, tampoco tenía conectividad. Los sonidos de las llamadas se hacían “sordos” e interminables, sin que la destinataria prestara atención a los mismos con alguna mínima respuesta.

“Roto” y derrumbado, física y anímicamente, a eso de las 11 recibió una extraña llamada de Noah.

“Estoy muy preocupada y nerviosa, Thiago. Desde esta mañana, cuando desayunamos, no sé nada de Leiro. Llamo a su móvil, pero el número no responde. Está desconectado. Cuando he encendido mi portátil, para tratar de ponerle un correo, me he encontrado con un email que hace una hora me ha enviado. El texto es muy breve y enigmático. Sólo dice:Perdóname Noah. En la vida ocurren estas situaciones. No he podido ni sabido evitar el cambio en mis sentimientos. Siempre me ocuparé de las necesidades de Alma. El tiempo nos ayudará a superar los cambios y a olvidar. Es mejor así, para los dos. Leiro”.

Aquella fue una noche extremadamente larga. Cuatro personas se habían enfrentado inevitablemente a una difícil encrucijada en sus vidas. Es cierto de que una más también fue protagonista en este desbarajuste de los afectos. Sólo ellos dos, Thiago y Clara, llegarían a conocer el contenido de una larga conversación que ambos mantuvieron en la inmensidad de la noche, cuando comenzaba a nacer con timidez el alba de un nuevo día.-


José L. Casado Toro (viernes, 17 Agosto 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga



viernes, 10 de agosto de 2018

LA COMPLICADA CONSTRUCCIÓN DE CADA NUEVO DÍA.

En el comportamiento de los seres humanos, la dialéctica desarrollada entre los valores y los defectos aparece como una realidad constante y muchas veces dolorosa, pero que se halla incardinada necesariamente en las bases estructurales de nuestra propia naturaleza.  A poco que observemos las respuestas que ofrecemos en el periplo viajero existencial, comprobamos la presencia habitual de estos contrastes en el proceder de cada uno de los días. Frente a la valiente imaginación resolutiva, subyace agazapada el freno inútil de la duda, con pasividades e indecisiones que a nada conducen. Junto al saludable optimismo vitalizante, llevamos también el incómodo lastre  del pesimismo depresivo, que nos bloquea y desanima. Frente a la claridad interpretativa o comprensiva, nos aparece esa incómoda confusión que en nada nos ayuda. Opuesta a la positiva sonrisa que infunde confianza y seguridad, se mantiene la actitud negativa de la tristeza, la preocupación y desconfianza. Resultaría innecesario añadir esos polos opuestos que  presiden la anhelada bondad, frente a la rechazable maldad.

Y así podríamos seguir enumerando una larga serie de actitudes y sentimientos opuestos, contra los que habría que  “luchar” y frenar en un sentido, estimulando, favoreciendo y aplaudiendo en la atalaya contraria. Obviamente en todos nosotros permanecen esos comportamientos enfrentados, que se desequilibran aún más según las épocas, el proceso educativo, las circunstancias imprevisibles o el contexto sociológico en el que nos hallamos inmersos.
Existe una respuesta, más importante de lo que comúnmente parece, que los humanos afrontamos de una manera u otra en función de no pocas variables. ¿A qué nos estamos refiriendo? Aunque parezca algo extraño, hay muchas  personas, más de las que admiten reconocerlo, que se sienten abrumadas en el amanecer de cada uno de los días. Son aquéllos que sufren la desorientación e incertidumbre, a veces incluso con la angustia que llega al desánimo, ante la realidad de ese nuevo día que se les ofrece en el calendario. ¿Y qué voy a hacer hoy? Simple interrogante pero que, para muchos, puede significar “todo un mundo” la mejor manera de resolverlo.  “Cómo voy a llenar todas esas horas que tengo por delante, otro día más?  

Esa privativa y “existencial” cuestión puede afectar, con letal incapacidad psicológica, a personas de todas las edades y condición. Pero, de manera preferente, ese bloqueo o confusión mental para la acción se agudiza en las personas mayores, que ya han logrado alcanzar la deseada etapa de la jubilación en su historial profesional. Se puede entender fácilmente esta curiosa realidad. Durante una larga etapa laboral, las personas tenían relativamente bien delimitadas sus obligaciones de cada día en el trabajo. En el núcleo de cada jornada, había  que cumplir ese horario laboral de las siete u ocho horas, por el que tantas veces nos quejábamos, añorando ese mayor tiempo libre inexistente. Sin embargo, a pesar de estos lamentos por la dureza y rutina del trabajo cotidiano, se asumía y “tranquilizaban” todas esas obligaciones profesionales que otros imponían desde sus puestos directivos. El resto de las veinticuatro horas se rellenaba con el tiempo de descanso, el aseo y la alimentación necesaria, los tiempos pasivos o activos consumidos frente al televisor o ante las máquinas informáticas, el ocasional paseo y las compras, el ejercicio paternal o incluso la práctica deportiva.

Pero he aquí que, en la avanzada madurez, llega la “jubilosa” fase de la ausencia de ese tercio diario de horario laboral. A partir de este trascendental momento en la vida de las personas, es el mismo interesado quien ha programar la rutina de sus amplias horas disponibles. Antes lo hacían otros por él, mientras que ahora es el propio ex-trabajador quien tiene todo el protagonismo en la aludida planificación a realizar durante las veinticuatro horas. Es en este momento cuando a muchos les llega el “pathos” del agobio, el desconcierto, la “orfandad” para la toma de decisiones. Y esta embarazosa situación aparece cada mañana y, probablemente, cada tarde. Estos abrumados jubilados se repiten, una y otra, vez la misma pregunta: ¿Y qué voy a hacer hoy? ¿Lo mismo que ayer? ¿Igual que mañana? El problema no es hacer lo mismo una vez más, sino que ese proyecto del día, a fuer de su repetición, seduce cada vez menos, fomentando la pereza, el desaliento, todo ello teñido de un profundo desánimo. El origen del problema sin duda está en no saber organizarnos con la necesaria autonomía, en esta época en que se nos agudiza el cansancio físico y psicológico, propio de la avanzada edad. También habría que considerar en que no se nos ha preparado de manera adecuada para hacer atractivo ese tiempo libre del que ahora “ampliamente” disponemos.

Muchos de los que se ven inmersos en este bloqueo de su capacidad volitiva buscan soluciones, más o menos ingeniosas, para superar de la mejor forma esta incómoda situación en el amanecer de cada uno de los días. Otros, por el contrario, se pliegan a la pasiva comodidad de acudir a su médico de cabecera, a fin de que el galeno les prescriba esos barbitúricos farmacéuticos (en función de sus supuestos “males” corporales y mentales) con los que poder sobrellevar, pero no resolver, desde luego, el origen de ese problema que sienten o imaginan padecer. La mejor terapéutica obviamente se encuentra dentro de ellos mismos. Es un asunto de educación, iniciativa, imaginación y, de manera especial, de fuerza de voluntad.

Acerquémonos a una historia, vinculada a esta temática, de entre las muchas que podemos ver escenificadas en el contexto social en el que se desarrollan nuestras vivencias.

Primitivo Terrón Genil ha estado durante toda su vida laboral vinculado a una prestigiosa  entidad bancaria, con sede en la mayoría de los munIcipios andaluces y también en otras importantes provincias del Estado.   Comenzó a trabajar en su entidad financiera cuando tenía apenas 25 años de edad, dos años después de haber finalizado sus estudios en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la U.M.A. Su entrada en la muy conocida empresa se vio especialmente facilitada por la oportuna gestión que al efecto realizó un tío suyo, íntimo amigo de un consejero del banco, con el que compartía cargos directivos en una importante hermandad cofradiera malacitana.

Por su trabajo, dedicación y preparación, fue “escalando” puestos de mayor responsabilidad laboral a la de un simple empleado, ascendiendo a las categorías de interventor, jefe de sección y miembro del consejo consultivo. A los 45 años consiguió el “goloso” puesto de director de sucursal, siendo destinado a una sede de gran importancia logística, en el entorno empresarial del Parque Tecnológico de Andalucía en Málaga. Como los demás trabajadores de la entidad, cumplía un horario diario de 8 a 14 horas, completando el tiempo de trabajo con tres tardes a la semana de permanencia en las oficinas, ya sin la presencia de clientela, para  completar esa labor continua de expansión y dinamización, en un sector de fuerte y aguerrida competitividad.

Desde joven mostró un fuerte y rudo carácter, crispado temperamento que le hacía ser respetado y al tiempo “temido” por sus subordinados, que se sentían obligados a depararle un frecuente servilismo mezclando de ridícula sumisión, con las adulaciones correspondientes. De esta forma el todopoderoso jefe se sentía felizmente halagado. Entre los más jóvenes empleados de la entidad, la firme mirada de su rostro, donde poblaba un inmenso y bien cuidado bigote, cada vez más canoso, junto a su voz directiva, cortante y ejecutiva, “teñida” de espíritu castrense para el mando sin discusión, sembraba y provocaba el temor, el sometimiento, el sí Sr. bajando la visual de los ojos, evitando cualquier gesto que pudiera molestar o incomodar a tan poderoso jefe “caciquil”. Ese aire militar, con el que gustaba enseñorear la notable humanidad de su figura, lo potenciaba añadiendo a las suelas y tacón de sus zapatos unos protectores o apliques metálicos que provocaban una rítmica acústica cuando caminaba de un lugar a otro de la oficina, con su incómodo aire de fiscalizador permanente. No usaba correa en los pantalones, sino que éstos eran sujetados por unos tradicionales tirantes, aplicados sobre sus hombros achapados, tirantes donde mostraba con desenfado y orgullos los colores rojo y gualda de la bandera preconstitucional. La ideología política que profesaba, que no se recataba en disimular, estaba orgullosamente vinculada a los sectores más ultraconservadores del espectro social, aunque siempre evitó la militancia en organización partidista, pues en modo alguno iba a aceptar, por su altanero carácter, tener a otro militante por encima de su persona y por supuesto recibir directivas u órdenes concretas, procedentes o emanadas de la correspondiente “jerarquía de mando”.

Su altanero poder también era ejercido, en justa coherencia, sobre la clientela que con él tenía que conversar, a fin de solicitar sus favores en forma de préstamos (con elevados intereses para su devolución) u otras prebendas o ventajas financieras que Don Primitivo sabía muy bien rentabilizar y dosificar. La adulación y el temor al todopoderoso personaje era un peaje servil si se querían obtener unas condiciones asumibles y un minimo trato favorable en las demandas y peticiones que con exquisita sumisión y sonrojante acatamiento se le planteaban. Este hombre de poblado bigote y circunferencia ventral con grados de formato muy “generosos” era considerado casi como un dios, con esas tan ridículas reverencias que escondían un “temor infantil” a sus reacciones, si algo o alguien osaban molestar o contrariar a tan barrigudo director. Los intereses de las imposiciones a plazo, la “letra pequeña” y otras condiciones de los siempre onerosos préstamos hipotecarios, el “tráfico” del mercado inmobiliario, los temidos gastos a abonar por las transacciones dinerarias o por el mantenimiento de las cartillas de ahorro, etc. Todo ello y más pasaba por el fielato de su control, ambición y soberbía personal.

Nunca consintió que su sumisa mujer, Clara Limnar Glas, trabajara fuera del hogar familiar, a pesar de la titulación que su cónyuge detentaba en el currículo académico (maestra de Educación Primaria). “Tú te dedicas al cuidado y educación de nuestros hijos y a las tareas propias de una mujer en el hogar. Nada de “caracolear” por esos mundos. Lo digo yo y no hay más que hablar. Y no me repliques, si no quieres que me enfade, que ya sabes cómo me pongo cuando se me lleva la contraria”. Por supuesto que doña Clara siempre tuvo que mirar hacia otro lado cuando percibía pruebas evidentes de las veleidades afectivas y temporales aventuras sentimentales mantenidas por el “Rey de la casa”, para saciar sus tensiones sexuales con el vigor que le caracterizaba. La más estable de estas “aventurillas”, para el desahogo de su poderoso sexo, fue una preciosa y sensual joven argelina, cuyo nombre era Salima

Pero “a todo cerdo le llega su San Martín” famoso e ilustrativo dicho popular, cuyo sentido metafórico iba a transformar drásticamente la vida profesional y personal de tan insigne y rechazable personaje. Con 56 años de edad y 31 de ejercicio profesional le llegó, como también a otras muchas personas, el turbulento vendabal de una muy despiadada crisis económica, que grupos financieros y políticos internacionales “se sacaron de la manga” a fin de provocar una gravísima contracción en los flujos dinerarios que sembró en el mundo un castigado y humillado ejército de millones de seres sometidos al horizonte amargo y cruel del desempleo. Esta espantosa crisis, que nació precisamente en los oscuros círculos financieros de la banca a finales de la primera década del siglo XXI, obligó paulatinamente a desarrollar en este sector una drástica e ineludible reestructuración “sanitaria”, en forma de absorciones, cierres de miles de sedes, traslados imperativos del personal y “más o menos negociados” despidos.
Al “todopoderoso” don Primitivo, cuando alcanzó los cincuenta y ocho años de edad, se le ofreció un despido pactado, pues el grupo financiero en el que se había integrado su banco quería rejuvenecer profundamente la plantilla. En esta negociación también intervino la circunstancia de una antigua y molesta dolencia de cervicales, que médicos “amigos” supieron eficazmente presentar ante el tribunal que decidió su incapacidad parcial o temporal correspondiente. Hubo cena de despedida, a la que no asistieron todos sus antiguos compañeros. Tras la entrega de una placa grabada sobre fondo de alpaca y el ineludible ramo de flores a Dña. Clara, llegaron esas amables palabras de afecto y agradecimiento, ofreciéndole la seguridad de que tendría siempre las puertas de “su casa” laboral abiertas para todo lo que desease.

Los  primeros meses de su nueva vida “jubilosa” los recibió con el gozo propio de poder dedicar el amplio tiempo disponible a una afición que siempre había mantenido entre sus deseos. De pequeño había estudiado algo de solfeo, iniciando  la “carrera” de piano. Ahora podía retomar aquella infantil ilusión de ejercitar esa destreza en una academia de música. Pero las aficiones que se mantienen en el letargo, al desarrollarlas comienzan a perder el vigor y la urgencia del deseo. Después de la 5ª o 6ª clase (45 euros más IVA, por hora y media de práctica) el aprendiz del teclado fue perdiendo su acumulado interés inicial. No era una ilusión real, por lo que el sopor de la pereza se fue adueñando de su persona. Para mantener estos aprendizajes en la madurez hay que aplicar esa férrea voluntad inexcusable que no todos poseen, pues la edad agudiza las limitaciones y hace lentas y torpes nuestras débiles respuestas.

Aprovechando la permanencia del abuelo en el hogar, le llegó inevitablemente el cuidado, aguante y distracción de los cinco nietos, tiempo diario y vacacional hábilmente dosificado por sus dos hijos que tenían que viajar, salir por las noches, trabajar en la Semana Blanca o hacer compras “ineludibles”. La vitalidad de unos críos, de entre los cuatro y ocho años, superó pronto la paciencia del “tato” Primitivo que pronto dio un “resoplido” de los suyos, imponiendo unos severos horarios a la llegada de esos gritones e hiperactivos nietecillos. “Déjame de monsergas y sentimientos de sacristía con purpurina, Clara, que yo no soy ni he estudiado para ser cuidador de guardería. No me da la gana de ejercer como “abuelo Cebolleta”. A los niños que los aguanten sus papás y sus mamás”. 

Habían transcurrido unos meses desde su jubilación, cuando una mañana decidió realizar una visita a los compañeros de su añorada sede, en donde había ejercido el mando como un buen general. El impacto anímico que recibió, tras franquear la puerta de entrada, fue visualmente desalentador. No conocía al compañero que estaba en la caja de pagos, a las señoritas de atención al cliente, ni al propio interventor de mesa quien, sentado en su mullido asiento, apenas levantó la vista para indicarle que esperara, para ser recibido por el director de la sede. Más de quince minutos estuvo aguardando, hasta que una operaria le indicó que podía pasar al despacho que él bien había “habitado”.

“Aunque he oido hablar de Vd. lamento no conocerle personalmente, don Primitivo. He venido recientemente a Málaga, trasladado desde mi ciudad natal que es Valencia. Pongo en valor su visita y las sugerencias que amablemente me transmite, dada su experiencia. Pero me va a perdonar que sólo pueda dedicarle estos muy breves minutos, pues dentro de un cuarto de hora tengo una cita en la delegación de Hacienda y quiero ser puntual con mi presencia”.

El director actual de su antigua oficina, Lorenzo Brebial de la Mata apenas dedicó unos diez minutos a la oronda figura del veterano Don Primitivo. Solventó con una desafortunada sonrisa, forzada y nerviosa, los ofrecimientos que su interlocutor le hacía a fin de aconsejarle sobre la mejor logística a desarrollar en cuanto a inversiones y estregias inmobiliarias o industriales. Este joven y arrogante director le dio claramente a entender que deseaba aplicar otras estructuras organizativas a la nueva dinámica e ingeniería financiera que la entidad había establecido. Veía ante sí a un “dinosaurio” de otra época y no quería seguir perdiendo el tiempo con un jubilado al que le sobraba precisamente esa dimensión temporal que marcan los relojes. Pensaba para sus adentros “Menudo tostón. Déjenos tranquilos, don Primitivo” mientras le acompañaba a la puerta de su despacho, totalmente redecorado, invitándole a salir.

Con el avance de los meses, este insigne ex miembro de la banca cayó en una pendiente depresiva, pues se levantaba de la cama cada día un poco más tarde, sin saber realmente a qué iba a dedicar su amplio horario disponible. La realidad es que apenas tenía amistades, pues aquéllas relaciones de cuando ejercía su actividad pronto se cobraron sus desaires, desmanes y bruscos comportamientos, poniendo tierra de por medio con respecto a un personaje al que habían tenido que “aguantar” o soportar, pero siempre habían despreciado en lo mas hondo de su ser. Al fin ahora había sido “borrado” de sus agendas, por lo que evitaban ponerse al teléfono ante sus requerimientos de conversación.

Los consejos de un joven y cualificado médico gerontólogo, el Dr. Claudio Pitarch Bautista, fueron sumamente eficaces para mostrar una senda de recuperación y esperanza a un hombre que había caído del “pedestal” y ahora no sabía cómo levantarse.

“Primitivo, que no te voy a afiliar a la cofradía de los fármacos y barbitúricos contra la depresión, aunque para mi sería lo más fácil de hacer y conseguiría tu fervoroso aplauso. La medicina o terapéutica adecuada tiene que salir verdadera e inexcusablemente de tu propia persona. Todo es una cuestión de voluntad, humildad y, al tiempo, valentía. Tienes que vivir en el día. Tienes que pensar primero en el sí. Después, también en el sí. No busques excusas o razones para el no. Aplica todos los incentivos que te estimulen a hacer cosas, llena tu tiempo, mantente ocupado. No le tengas miedo al nuevo día. Busca novedades y empréndelas, sin temor o recelo. Pues siempre habrá otras buenas realidades que a buen seguro estarán por venir. Aplícalas a tu vida y no le des más vueltas a las cosas. Sigue adelante. Cuando tengas muchas opciones como posibilidad, empìeza por la primera, sin agobiarte. Después, una segunda. Y así, ladrillo a ladrillo. Esas pequeñas metas, al final acaban sumando. Escribe cada noche en tu agenda aquello que te propones hacer mañana. Y no olvides cumplir esos proyectos. Por pequeños o modestos que sean. Ya hemos acordado que vas a olvidar las excusas para el no. Déjate llevar. Cada amanecer que llega a tu vida es una nueva victoria existencial. Y no esperes o exijas de los demás. Tu mejor premio será dar a los demás aquéllo que precisamente ellos están, o pueden estar, esperando de ti”.

  

José L. Casado Toro (viernes, 10 Agosto 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga




domingo, 5 de agosto de 2018

DOS VIDAS, EN UN BUEN FINAL DE LA HISTORIA.

Cuando practicamos el inteligente hábito de asistir a una sala cinematográfica, es frecuente que nuestros amigos, compañeros de trabajo, familiares o conocidos, nos pregunten (en el contexto de la conversación) acerca de esa película que hemos tenido la oportunidad de visionar. Dependiendo del interés de nuestro interlocutor, las preguntas y los comentarios que se nos plantean pueden ser de lo más variado: ¿Qué tal el argumento? ¿Cómo están los actores? ¿A qué género cinematográfico pertenece? ¿Te lo has pasado bien? ¿Merece la pena ir a verla? ¿Dónde la “ponen”? ¿Es aburrida o distraída? ¡Cuéntame el mensaje principal de la película! ¿Está dirigida con destreza? ¿Tienen los actores credibilidad? ¿Cómo es la calidad fotográfica? ¿el sonido es afortunado? ¿Versión original subtitulada o traducida? ¿Te dormiste o mantuviste despierto durante toda la proyección? ¿Resulta muy largo el metraje? ¿Estarán bien invertidos los seis euros que cuesta el precio de la entrada? Pero en definitiva ¿es interesante o aburrida? ¿Aporta valores o simplemente es para pasar un rato? Y así pueden surgir, en ese contexto divertido de la conversación, un denso catálogo de interrogantes cuya diversidad va a depender de las expectativas de quien los plantean y, también, de la paciencia y el sentido explicativo de quien responde. 

Pero, entre todos esos elementos informativos, hemos dejado para el final uno que no se ha citado y que es considerado el más importante, para una gran mayoría de entre las personas aficionadas al cine. Nos referimos a una pregunta cada vez más recurrente y definitoria, de manera especial en estos tiempos abiertos para la atmósfera nublada de la confusión y el desánimo. Su respuesta resultará meridianamente clarificadora a fin de motivar, o por el contrario disuadir, nuestra asistencia a esa sala en donde el film se proyecta. La trama argumental ¿posee un buen final? Aunque parece obvio el sentido de este interrogante ¿qué deseamos exactamente  expresar cuando lo utilizamos, cada vez con una mayor frecuencia? Básicamente, que la historia narrada o contada por el director de la cinta nos deje más felices que tristes, que salgamos del cine con una expresión de alegría y que no mostremos en nuestros rostros esas señales inequívocas de preocupación, confusión o desánimo. Los avatares de la vida encierran abundantes motivos que nos hacen sentirnos mal, por lo que no resulta inteligente o conveniente pagar el coste de una entrada, para ir a “pasar un mal rato” o sufrimiento, durante la hora y media de metraje. Que el tiempo aplicado nos evite finalmente salir del cine con un sentimiento de disgusto o frustración. Aspiramos a que esa historia que acabamos de visionar, empatizando e interiorizando la interpretación de los protagonistas, nos debe  de dejar ese “agradable sabor de boca” que facilite o despierte nuestro optimismo, a fin de valorar con más alegría el sentido positivo de la existencia.

Lo lamentable del caso es que, no pocas veces, acudimos al cine o al teatro sin “documentarnos” previamente acerca de aquello que vamos a ver en pantalla o representado sobre las tablas del escenario, llevándonos una escasamente agradable sensación de la experiencia compartida. De ahí que resulte inexcusable e inteligente esa información o asesoramiento previo, sea básico o más profundo en su contenido, a fin de evitar sorpresas desagradables o incluso la convicción de que hemos perdido neciamente nuestro tiempo y el coste del precio de la entrada.

Néstor Lablanca Vallecilla trabaja como taquillero en un multicines  de titularidad municipal, ubicado en una capital marítima de la región andaluza. Hace ya siete años que se apuntó a una convocatoria de empleo público, convocada por el Ayuntamiento de su ciudad. Tuvo la suerte, con los méritos correspondientes a un pequeño examen que hubo de afrontar, de obtener una plaza de auxiliar, lo que le permitió firmar un contrato de tres meses que podría ser prorrogable. Fue destinado al departamento de cultura, desde donde lo enviaron a ese complejo cinematográfico que controla la administración municipal. Llevaba casado ya dos años, habiendo tenido que soportar durante ese tiempo (corto o largo, según se considere) una profunda inestabilidad laboral, con fases muy amargas de desempleo, situación agudizada por las necesidades de su reciente paternidad. Su buen comportamiento trabajando en la taquilla del cine, más su abierta disponibilidad para realizar cualquier otro servicio en el complejo cinematográfico, le permitió acumular sucesivas prórrogas del antiguo vínculo laboral, consiguiendo en la actualidad estar considerado como “fijo contratado” en la plantilla del ente municipal. Como ya se ha expresado, además de vender las entradas en taquilla, se presta a ejercer para un poco de todo lo necesario: limpieza de las salas, colocación de la cartelería y publicidad, vendedor (cuando llega la necesidad) de palomitas u otras golosinas en el pequeño bar del complejo, sustituir al compañero de la puerta, para controlar la entrada del público, acomodar a los usuarios de las salas, repartir las hojas informativas con los datos básicos de las películas proyectadas e incluso desplazarse hasta correos o a las oficinas de transporte urgente, para recoger los discos duros o los rollos de cintas, según el soporte en el que vienen las respectivas películas, El sueldo de auxiliar del que disfruta no es muy elevado, pero al menos le permite tener un trabajo en esta época de estrecheces económicas, especialmente porque este joven, ya con treinta y dos años de edad, carece de una titulación académica relevante. Solo llegó a completar los estudios medios, cursados en el Instituto de bachillerato de su barrio,  con un expediente administrativo bastante mediocre.

Su cónyuge Jennifer no se adaptó bien a este tipo de vida, sumida en un mar de carencias. La chica, habituada a los gastos y tentaciones incontroladas, en casa de sus padres, carecía de la madurez necesaria para controlar su patente ambición o caprichos por las compras y gastos superfluos. Después de tres años de matrimonio, decidió abandonar el hogar familiar, llevándose a su hija Maya a casa de sus progenitores. Fue una separación de hecho que Nestor resignadamente aceptó, pues tampoco él se sentía feliz al lado de aquella persona a la que no había conocido bien durante lo que fue un  corto período de noviazgo. Las discusiones y desencuentros eran más que frecuentes. Ahora le pasa mensualmente el 50 % de lo que gana en el multicines, para el sustento de la inmadura y caprichosa joven. Para poder sufragar su propia alimentación y el alquiler de la vivienda donde reside, ha de utilizar las mañanas (que tiene libres en el cine) para ayudar a repartir mercancías en una empresa de transporte que le paga con “dinero negro”. Su carácter sosegado y paciente le lleva a aceptar relativamente bien este modesto tipo de vida, especialmente en estos absurdos tiempos de contracción y dificultades para la economía.

Dos de agosto, en una tarde de intenso calor por el incómodo viento de terral. El incentivo que ofrecía comprar una entrada de cine, a fin de pasar un par de horas viendo una película, disfrutando el ambiente de frescor en alguna de las cuatro salas (incluso pasando frío, dado el bajo nivel térmico en el que se modulan neciamente estos mecanismos refrigeradores, tanto en cines, como en los autobuses y comercios) resultaba bastante tentador para las personas que pasaban por la zona, soportando la elevada temperatura reinante en el ambiente. Aquel día se proyectaban siete películas, repartidas en las tres sesiones del horario por las cuatro salas disponibles hasta el momento (se anunciaban unas reformas, para incrementar dos salas más al complejo cultural).  Los films comenzarían su proyección a las 18 horas en punto.

A eso de las 17:40, Néstor vio acercarse una mujer a la taquilla. Aparentaba tener unos treinta y pocos años. Era de complexión delgada, cabello liso moreno oscuro, peinaba una simpática cola de caballo recogida con una cinta elástica rosa. Ojos azules y expresión facial un  tanto desorientada, como no sabiendo con certeza qué película elegir. Vestía una camiseta celeste de manga corta, pantalón vaquero de corte “pirata” y calzaba unas sandalias de cuero beige claro.
 
El “aburrido” taquillero preguntó a la chica cuál era la sala que había elegido, para esa primera sesión. Un tanto pensativa y dubitativa, tras breves segundos de silencio, la joven pronunció esta curiosa  o peculiar respuesta:

“Sí, por favor, en mi situación actual, prefiero una película que acabe bien. Es lo que realmente necesito para esta tarde. Te ruego elijas por mí. A buen seguro que me aconsejarás bien”.

A Néstor le hizo gracia la espontánea y desenfada respuesta que había recibido de la “necesitada” joven. Con la experiencia que había acumulado en esos siete años de trabajo, se consideraba preparado para atender a todo tipo de espectador. Así que, con habilidad y curiosidad, se dispuso a ayudar a la muy poco decidida interlocutora. No había nadie más esperando en ese momento para poder ser atendido, por lo que se animó a dedicarle unos generosos minutos a la desorientada cliente. Le explicó, con la mejor de sus sonrisas, que no había visto ninguna de las cuatro películas que a esa hora iban a proyectarse. Pero que por los títulos y los comentarios críticos, le recomendaba una comedia del cine francés  que debía ser distraída. Con gran agilidad, llamó por el teléfono a Salvio, el operador de cabina. “Mira Salvi ¿acaba bien la película francesa de la 2? Es que una cliente me pregunta y no quiero defraudarla”. Al confirmarle su compañero de que esa comedia de enredos garantizaba salir de las sala con la sonrisa en la boca, entregó la entrada a la joven. “Ya me comentarás qué te ha parecido. Espero que te lo pases bien”. La respuesta que recibió a tan amable comentario, le dejó bastante pensativo: “Sí, muchas gracias. Lo que en este momento necesito es distraerme y salir del cine con mejor ánimo del que ahora soporto. Será bueno “introducirme” en una nueva historia, a fin de encontrar soluciones a la que ahora estoy viviendo y no me hace  mucho bien, sino todo lo contrario”.

Serían las 19:45 cuando la chica (cuyo nombre era MADIA) se acercó de nuevo a la taquilla. Una bondadosa sonrisa presidía su rostro. “Muchas gracias por el buen consejo que me diste. Me lo he pasado muy bien. Es una comedia que te hace salir de cine con mejor talante del que tenía antes de sentarme en la butaca”. La respuesta del satisfecho taquillero no se hizo esperar. “Me alegro de que mi consejo te haya resultado útil. Te comento que, dentro de una media hora, tengo derecho a unos minutos de descanso. Hoy tengo que estar en taquilla hasta las 22 horas, cuando comienza el último pase. Si tienes unos minutos de paciencia, te das una vuelta y a las 8 y cuarto nos vemos en la puerta de la cafetería Acrópolis, que está a poco menos de 15 metros, por esta misma acera. Te invito a tomar algo que nos ayude a combatir el calor. Así nos podremos conocer un poco mejor”.

Pero aquella tarde de agosto, a la hora fijada, la joven no apareció por la cafetería, para la desilusión del interesado taquillero. Pasaron algunos días y Néstor fue olvidando el asunto de las chica desorientada, que deseaba ver una película cuyo final fuera estimulante. Tal vez había querido ir demasiado rápido en la amistad, con una persona de la que nada sabía.

Dos semanas más tarde, un sábado menos tórrido del que azotaba aquel otro día sobre la ciudad, prácticamente a la misma hora en que tuvo lugar el primer encuentro, de nuevo estaba Madia delante de la taquilla del cine, para sorpresa del asombrado taquillero. “Otra vez vengo a “suplicar” un poco de tu ayuda. La otra vez me aconsejaste bastante bien. Hoy se repite la misma necesidad. Reconozco que fui poco amable, cuando te dejé plantado en aquella cita de las 8 y cuarto. Pero no fui lo suficientemente valiente. La verdad… es que no me atreví. A buen seguro que me habrás perdonado, pues creo que eres una muy buena persona”. Los hechos se repetían con una similitud sumamente curiosa. De nuevo se reprodujo la recomendación de un film por parte del generoso empleado. De nuevo, concertaron una cita, esta vez para el lunes por la tarde, día de descanso laboral para Néstor.  “¿Te parece bien una merienda? Seguro que se puede convertir en una cena y así me cuantas de una vez por todas lo que te ocurre. Igual te puedo echar una mano. También yo te narro algo de mi vida, que también tiene sus problemillas”.

Ese nuevo lunes para la ilusión dos seres, sumidos en el letargo amargo de la soledad, unieron sus voluntades para compartir esas palabras que ambos necesitaban. Dieron un largo paseo por el espigón del Morro de levante. Él le resumió las circunstancias de su vida. Ella le confió la penosa (en su opinión) situación en que se hallaba.

Madia había vivido muy sometida a la dependencia materna, una señora muy mayor con severas limitaciones físicas para su autonomía y con largos años de viudez. Su única descendiente, soportó y entregó su voluntad a una persona de carácter especialmente absorbente, que exigía una absoluta entrega por parte de una hija a la que tuvo con una edad “límite” para la normalidad genética. Consideraba que había perdido los mejores años de su juventud sometida a unas exigencias continuas, a las que no se supo sobreponer o enfrentar. Hacía ya cuatro años en que la Sra. había “viajado al Paraíso”. Para Madia ese cambio en su vida supuso una esperanza de liberación, pero esa “libertad” le alcanzó ya con los 31 años cumplidos, sin especiales relaciones o básicos contactos sociales. Al carecer de estudios o titulación específica, tuvo que ponerse a trabajar (lo cual fue un incentivo ilusionado) en aquello que tan bien había aprendido y ejercido, durante tantos años la asistencia materna: la atención y el cuidado de personas vinculadas generacionalmente a la tercera edad. Suponía este tipo de actividad un ejercicio abnegado y de entrega absoluta a la que tenía que aplicar unos infinitos grados de paciencia y sumisión. Ese valor, pleno de habilidad, resultaba imprescindible para sobrellevar el trato exigente e inestable de estas personas mayores y físicamente degradadas, obligaciones impuestas a esas otras personas más jóvenes que las atienden y cuidan: levantarlas y acostarlas, asearlas, vestirlas, prepararles su alimentación, darles de comer, cuidar su medicación, pasearlas, ofrecerles conversación, llevarlas al médico, distraerlas y soportar con infinita paciencia sus caprichos, manías, palabras ofensivas y carácter agriado, derivadas de las dolencias, sus edades avanzadas y la limitaciones impuestas por una cruel e insensible naturaleza.

En estos momentos llevaba casi un año asistiendo a la Sra. Engracia Vilamontana. De manera afortunada, tenía que afrontar un horario comprendido desde las 8 de la mañana hasta las tres de la tarde, hora en que dos hijas se turnaban semanalmente para hacerse cargo de su madre, tras salir de sus obligaciones laborales. Había jornadas en que abandonaba el domicilio de esta “desequilibrada” señora, con lo nervios a punto de estallar, ya que que el comportamiento despótico de esta anciana alcanzaba límites difícilmente tolerables para el aguante. La ultima de estas modalidades, para la agresión de palabra, consistía en acusarla injustamente de estarle “sisando” dinero y objetos personales.

Para Madia ir al cine suponía una estupenda oportunidad con la que sentirse “liberada” en esa búsqueda de la distracción, el mejor ánimo y la recuperación de las fuerzas perdidas, en su actividad matinal asistencial. Pero necesitaba, por todos los medios, que la trama cinematográfica tuviera un final feliz u optimista, que pudiera estimularla a emprender con renovadas fuerzas el recorrido por un  mundo donde los valores se aletargan, resurgiendo nubarrones de egos, materialidades y fanatismos lamentablemente alejados de la racionalidad y la generosa  bondad.

Ha pasado aproximadamente una anualidad, desde los hechos narrados en el relato y vemos con satisfacción como Néstor y Madia disfrutan de una fructífera, serena y feliz convivencia. Ella trabaja por las mañanas y él lo hace por las tardes. Se llevan bien, se complementan, se ayudan y saben generar sonrisas. Como en las mejores películas, el hacedor de los destinos creyó en esos “finales felices” que los dos jóvenes tan bien saben vitalizar.

Hubo un día en que Jennifer llamó a su ex, Néstor. Había llegado a sus oídos la relación que éste mantenía con la cuidadora asistencial. Le pidió abiertamente, sin mayores preámbulos, de que volviera con ella, asegurándole, con un indisimulado cinismo que pensaba darle una nueva oportunidad, para ver si podían retomar su perdido vínculo.

“Es tarde, Jennifer. Ni tú serías feliz conmigo, ni yo contigo. Ambos tenemos un carácter bien diferente. Seguiremos manteniendo responsablemente el cuidado y educación de nuestra hija. Yo ejerzo de padre, pero hace tiempo que dejé de sentirme tu marido. Me conoces y te conozco. Es mejor dejar las cosas tal y como están. Lo contrario sería un craso error que no me siento animado volver a cometer”.

La inmadura Jennifer no volvió a llamar a las puertas de Néstor. Madia se reconforta con la suerte de haber encontrado un buen hombre, cuya sencillez y humildad es un esperanzador aval para el sosiego que ella siempre ha necesitado. Maya también se siente feliz. Tiene ahora un hermanito de padre, muy pequeño aún, que se llama Ismael.-


José L. Casado Toro (viernes, 3 Agosto 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga