El “nomadismo” laboral provoca, en todas las épocas que conforman la Historia de nuestro mundo, que las personas tengan que desplazarse y buscar acomodo en otros territorios, nacionales o extranjeros, por razones del trabajo que han de desarrollar en función de la oportunidad, formación y carácter. Desde luego no resulta fácil abandonar el país, la región, provincia o localidad en la que se ha nacido, para arraigarse en otras latitudes, culturas y formas de vida. Y cuando se ha formado una familia en ese otro destino, nos tenemos que acomodar, con la firmeza de la responsabilidad, en esa otra sociedad en la que con más o menos dificultad nos vamos integrando. Nunca se olvidan las “raíces” genéticas a las que entrañablemente estamos vinculados, pero la vida te va marcando derroteros y cambios a los que has de habituarte, con esa dura y mágica acomodación tan característica del género humano.
CARMELO Olivares, 26, malagueño de nacimiento, había logrado aprobar unas reñidas oposiciones al Servicio Aragonés de Salud, en el ámbito clínico de la enfermería. Había hecho dos intentos previos, ambos frustrados, en el Servicio Andaluz de Salud. En esa tercera oportunidad, se había presentado en la Comunidad de Aragón, en donde el número ofertado de plazas a cubrir era esperanzadoramente elevado
Muy feliz por el gran logro conseguido, se desplazó a Zaragoza en cuya consejería de educación tuvo que presentar toda la documentación pertinente, Le fue comunicado que su destino profesional sería la capital turolense, en donde comenzaría a trabajar el 1º de septiembre. El HOSPITAL UNIVERSITARIO OBISPO POLANCO sería el importante centro sanitario en el que prestaría sus servicios. Con admirable rapidez se trasladó a Teruel, con la suerte de que un compañero ATS, MARCIAL Benamiel, natural de Huesca, tenía alquilado un buen apartamento y veía con buenos ojos compartir el gravoso alquiler con su compañero Carmelo. Era evidente que el viento le venía de cara al vocacional enfermero malacitano.
Desde hacía años, Carmelo salía con CLARA, compañera de estudios en la facultad de Ciencias de la Salud. pero estos emparejamientos tan prolongados en la juventud actual, en vez de enriquecer y potenciar los proyectos de unión, los iba debilitando. Clara, un año antes que su pareja, había sido contratada como auxiliar de enfermería en el Hospital Universitario El Ángel, de titularidad privada en Málaga. La joven no quedó muy afectada por el cambio residencial de Carmelo. En su fuero interno entendía que estaba llegando la hora de buscar nuevos campos de relación afectiva. Lamentaba que la prolongada relación que había mantenido con su pareja la había alejado de su antiguo círculo de amigas y amigos.
El horario de Carmelo, de 8 a 15 horas, era muy bueno, pues tenía libres las tardes. Quincenalmente le correspondía hacer un fin de semana, con el horario cambiado, en relación con sus compañeros. Las tareas de cocina (almorzaba en el restaurante del complejo sanitario con un menú económico) las preparaban alternadamente Marcial y él, al igual que la limpieza del apartamento.
Algunas tardes dedicaba algún tiempo para descansar. También para realizar las compras alimenticias en un Carrefour Express cercano a su domicilio. Al paso de las semanas, dejaban preparado un guiso caliente para el almuerzo, ya que entendían que la comida tradicional mediterránea era una garantía para ayudar al buen funcionamiento del organismo. Algunos sábados o domingos solía desplazarse en autobús para conocer algunos de los importantes pueblos turolenses, por su historia y sus riquezas monumentales. También eran muchas las tardes que, dada su gran afición por la lectura, bajaba a un gran parque situado no lejos de su dirección, que atesoraba un gran número de altos árboles, en los que se mezclaban los colores verdes, anaranjados y sepias, formando un marco cromático vegetal delicioso y anímicamente saludable, para el sosiego de la lectura o la escritura.
Una de esas tardes, después del estrés en el Gran Hospital universitario, el estado del tiempo hacía que se disfrutara de una temperatura otoñal muy agradable. Carmelo estaba plácidamente leyendo un libro que había encontrado en una librería económica de ejemplares de segunda mano. El título del volumen y el autor motivaron su compra, pagando por la misma un precio óptimo. “Es posible la felicidad? El subtítulo era más largo y explicativo. Estaba descatalogado, pues se había publicado hacía 11 años. Su autor era TOÑO FRAGUAS. Efectivamente, es el hijo de Antonio Fraguas de Pablo, el genial e inolvidable dibujante humorista y conceptual FORGES (1942-2018). Toño Fraguas había estudiado filosofía y periodismo.
En un momento de intensa concentración lectora, tuvo la sensación o percepción de estar siendo observado. Levantó sus ojos del texto y ante él tenía una preciosa niña de cabello rubio, sonriente y cara de traviesa. “Hola. Yo soy MELI y tengo (enseñándole tres deditos de su mano izquierda) tres añitos. Ya soy mayor”. En su manita diestra portaba un paquete de gusanitos de maíz. Sacó uno de la bolsa y se lo ofreció con generosa sonrisa. Carmelo lo aceptó con la correspondiente alegría. “Tienes un nombre muy bonito y las dos lindas trencitas te hacen muy guapa” La niña dijo ¡bueno adiós! Y corrió para seguir jugando con otros amiguitos. Le agradó esa escena tan simpática y espontánea que había tenido con la pequeña, continuando su lectura.
Lo significativo de esta linda vivencia es que, en sucesivas tardes, a una hora similar, Meli se le acercaba y le ofrecía alguna chuchería de las que ella tomaba. Intercambiaban breves frases, sustentadas en la inocencia de la niña. “Ese señor “grande” que por las tardes viene al parque y lee en un libro gordo durante mucho rato se llama Carmelo. Y su trabajo es curar a las personas que se han hecho alguna herida o “pupa”. Así respondía Meli a su mami, cuando le preguntaba por ese hombre con el que había hecho amistad. A veces el enfermero se inventaba algún breve cuento que motivaba y hacía reír a Meli y algún amiguito que venían a escucharlo.
De esos intercambios de frases, Carmelo conoció que Meli no tenía hermanitos y que su mamá se llamaba CINTIA. Según la niña su mami era muy guapa y buena. Una tarde la sorpresa del joven fu muy especial. La niña vino acompañada con su madre, “para que saludara a su amigo mayor”. Carmelo, un tanto nervioso, las invitó a merendar. Tomaron tres batidos de helado en una terraza cercana al parque.
Cintia era una joven turolense, con veintisiete primaveras en su vida. Estaba vinculada a una modesta familia de Alcañiz que hacía años se trasladaron a la capital, por un problema familiar. El padre de Cintia era labrador que trabajaba la dureza de la tierra. Le detectaron un problema cardiaco, no muy grave, pero los médicos recomendaron que trabajase en una actividad más liviana, que le exigiera menos esfuerzo. Unas amistades le facilitaron la dirección de una portería que había quedado vacante en uno de los modernos y grandes bloques ubicados en la zona de expansión de Teruel capital. La portería tenía un pequeño apartamento para ser utilizado por el conserje de la finca. Su querida hija, buena estudiante y de carácter bondadoso finalizó sus estudios de secundaria con excelente expediente, Su vocación era la de estudiar magisterio infantil, facultad de Ciencias de la Educación en donde se matriculó. Congenió con un compañero estudiante en la misma facultad. En una intensa fiesta de final de curso y carrera los dos ilusionados jóvenes prolongaron mágicamente la noche, en donde el autocontrol quedó eclipsado por el fulgor de las estrellas.
Pasaron los meses y el embarazo de Cintia planteó un difícil problema relacional y familiar. ELADIO, el nombre del joven, rechazaba ser padre sin haber haberse establecido con estabilidad laboralmente. No estaba preparado para ser padre, en eso momento. La responsabilidad de la paternidad bloqueó el valor de la responsabilidad. Abandonó Zaragoza, sin dejar destino conocido. En esa tesitura, Cintia siguió su camino, tratando de olvidar a su innoble compañero. Cuando el bebé llegó a la vida, un importante grupo de sus compañeros firmaron como padrinos y madrinas de la niña recién nacida que había Cintia. En la actualidad, Cintia Valle es maestra de infantil en el grupo escolar Virgen del Pilar de Teruel.
En una esas tardes mágicas, en las que Carmelo descansaba de su trajín laboral, enfermero y maestra dialogaban mientras Meli jugaba con sus amiguitas. Inesperadamente, se acercó al banco jardinero que ambos ocupaban. Sin más, se dirigió a Carmelo y expresó una profunda frase.
“Carmelo, te gustaría ser mi papá? A mí me haría una gran ilusión.”
La espontaneidad e inocencia de la hija de Cintia emocionó profundamente a Carmelo Olivares y también a una madre sorprendida por la valiente expresividad de su hija, que ya alcanzaba los cuatro años de vida. Tras unos segundos de sonrisas nerviosas, por parte de los tres, supo reaccionar valorando y cuidando muy bien la infantil propuesta o petición.
“Querida Meli. Ser tu papá es el regalo más grande que cualquier buen hombre podría desear. Ahora, tú y tu mamá, sois mis dos amigas a las que más quiero y valoro en mi vida. Pero ya sabes que no conocemos lo que piensa tu mamá”.
Meli se le acercó y le dio un beso. ¡Gracias papi! Y salió corriendo para seguir jugando con sus amigas del gran parque. Tres vidas se necesitaban en la CIUDAD DEL AMOR. -
José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
Viernes 06 noviembre 2026
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