viernes, 14 de agosto de 2026

HERMOSOS LATIDOS QUE FORMAN PARTE DE NUESTRAS VIDAS

Hay personas en el entorno inmediato que al paso de los años las consideramos felizmente integradas con plenitud en nuestro microcosmos diario. Incluso hay ocasiones en que muchos de estos conocidos, vecinos y amigos están más próximos a nuestra intimidad, que algunos familiares a los que vemos de tarde en tarde o de tiempo en tiempo. Son seres muy cercanos y valiosos, en este mundo presidido por crueldades inexplicadas, que van recorriendo con humildad y paciencia el camino existencial que se nos haya concedido. Cuando “desaparecen” de nuestra visión cotidiana, nos sentimos preocupados y más huérfanos, pues su presencia nos falta para nuestra inseguridad o necesidad, para la ansiada tranquilidad y el inexcusable sosiego. 

Al gran protagonista de nuestra historia, SAMUEL Albarilla Garcerán, cuando se le pregunta por su edad, con pícara sonrisa responde: “No me acuerdo, pero muchos más de los que tu supones. 80, o tal vez más…”. Cada día, incluso festivos, soleados o regados por las nubes, acude a la plaza del pueblo en el que siempre ha vivido: Villanueva del Jándula, bella localidad ornada de olivos, que alcanza los mil cuatrocientos habitantes empadronados. En esta plaza principal, en donde se halla ubicado el Ayuntamiento, la iglesia de San Pedro y San Pablo y la muy importante tienda/panadería LA ALONDRA, se sienta para descansar en el templete o pérgola de la música, ocupando uno de los cuatro bancos de madera y metal, desde los que se divisa el rico entorno natural de hectáreas de olivos que sustenta la economía de la zona. 

Samuel es un buen y querido convecino, en opinión mayoritaria del pueblo. Se encargó, durante décadas, de una tienda /panadería en la que se amasaba el pan y se cocía en horno de cerámica, con el fuego y brazas de leña. Tres o cuatro veces al mes tomaba su gran carro, tirado por una fuerte yegua que él llamaba MARIPEPA(en honor de su inolvidable y querida madre) dirigiéndose a la capital provincial para comprar mercancías en la cooperativa de consumos, que después vendería en su popular tienda. Persona muy caritativa y humanitaria, nunca salía de su tienda un vecino necesitado del pueblo con las manos vacías, tuviera más o menos dinero. Su mujer GENARA de la Cruz le ayudaba llevando su modesta casa autoconstruida y también “despechaba” en la tienda, junto a un joven mozo al que consideraban como a un hijo, que la naturaleza y la “cigüeña” no les dio. MARCELINO Cabañas había sido concebido por una muy modesta madre cuya pareja la abandonó al poco de nacer el pequeño. El chico, al paso de los años, siempre consideró a Samuel y Genara como unos padres que le deparaban cariño y educación.

El veterano tendero probablemente se jubiló con los setenta años muy avanzados. Marcelino, su ayudante de siempre, se quedó con el negocio, por decisión generosa de su mentor. Y desde aquel día cada mañana, tras el desayuno que le preparaba Genara, acude a la Gran Plaza del Ayuntamiento, ocupando uno de los asientos de la glorieta, observando pacientemente a lo lejos un gran espacio de lomas, donde crecen los olivos. Cualquier convecino que pasa por el lugar recibe el saludo fraternal y respetuoso de Samu (como la mayoría lo llama) que sólo se levanta de su asiento cuando el paseante es don GREGORIO, el veterano y cariñoso cura de la localidad, en señal de respeto. Lo que más le satisface es que le acompañe un vecino del pueblo, con el que pueda intercambiar las palabras en una sencilla conversación, sintiendo esa afectiva compañía muy necesaria para el paso de los minutos y las horas, al igual que ayer y quizás mañana, compensando esos sumisos silencios ante la vida que pasa con rapidez. No pocos lugareños, mayores y algunos más jóvenes, cuando tienen alguna pregunta, cuestión personal o problema, se acercan al asiento de Samu el “panadero” a fin de pedirle consejo o también para desahogarse de sus tribulaciones, teniendo a quien los escuche. 

Como todo municipio, Villanueva del Jándula tiene un ayuntamiento formado, en este caso, por sólo tres concejales. Todos de la misma ideología política. Pero allí todos también se conocen, por el número de ciudadanos censados. Por encima de ideologías, priorizan la tranquilidad, el sosiego y la camaradería vecinal. El respeto de unos y otros es un valor que no desean perder. Ese clima aletargado de paz que se respira en la localidad es uno de los mejores patrimonios que atesoran. El otro gran valor en el aspecto social y material es el OLIVO, el “oro verde” de toda la comarca. 

“Buenos días, don Samuel. ¿Echamos un ratito juntos? El día es largo, amigo y la vida corta. La soledad no hace bien a nadie. Samu, mi mujer Bernarda quiere hacerme unas magdalenas para mi santo, pero que sean originales y no sepan a bicarbonato, como las que venden en paquetes de la industria. Después vendrá a escucharte, pues también eres un maestro como repostero. Samu, es una alegría verte ¿Cómo has pasado la noche? Me dijeron que andabas algo resfriado. Eso te lo voy a curar con un buen café con leche. Vamos al bar de Jacinto “aceituno” Yo invito. Vecino, nunca te he visto fumar ¿Cómo lo has conseguido?  Me falta voluntad para dejarlo. Anichi la partera la han llevado al hospital por unas fiebres. Me han dicho que una vez ayudaste a traer al mundo al hijo de Celestino “el bellota”. Frasca va a dar a luz en una semana. ¿Contamos contigo para que le eches una mano a don Roberto el practicante?”

Otras veces, Samu no tenía esa suerte infinita de la compañía y pasaba las horas en solitario silencio, observando desde lejos el paisaje de masas arboladas y el lento avance solar, desde el este hasta el oeste, que marcaba las fases del día. Pero los lugareños que necesitaban aliviar en algo su rutinario aburrimiento buscaban el chascarrillo, la pequeña historia, la leyenda popular y la narración sorprendente en el antiguo y admirado panadero. Todo ello tras esa mirada cansada, irónica, paternal y agnóstica, de un anciano que lo había vivido todo y ahora descansaba en los silencios personales de ausencias y nostalgias.  


Y así pasaban los días y las horas, en este pueblo hermanado con la naturaleza en el que la novedad casi nunca llegaba. Las campanadas de la iglesia iban marcando las horas del día. Desde muy temprano, la marcha de Ceferino con sus cabras, acompañado con su perro Sultán. El grato aroma a desayuno, café con rebanada de pan con aceite de oliva, a medida que el sol iba templando las casas blanqueadas y la verde arboleda. Los paseos de los mayores a los asientos de la plaza, para digerir mejor el avance vacío de las horas. El embriagador olor a campo y naturaleza que ningún perfume de marca podría en absoluto imitar. La visita diaria a la panadería tienda La Alondra, en donde Marcelino abastecía a los vecinos de lo más necesario. La presencia de Samuel en la glorieta, enhebrando chascarrillos con aquéllos, muchos, que tienen todo el tiempo de sus horas para escuchar. Las campanadas del Ángelus, en las que algunos se persignan y otros guardan silencio o encienden un cigarrillo en ese mediodía del tiempo en su caminar. El sabroso olor a potajes y cocidos, que están en la lumbre de cada casa, preparando los almuerzos necesarios para alimentar. El letargo agradable y silencio de la siesta que ayudan al descanso y al bien soñar. El café con leche por la tarde, que sirve el bar de Frasquito el legionario (hizo la mili en este glorioso cuerpo militar) en las mesas de su establecimiento en donde suenan las fichas de dominó y un televisor colgado en la pared, al que nadie se esfuerza en escuchar. Samu ha vuelto a su pérgola de la música, en donde se encuentra tranquilo para volver a mirar la arboleda y esperando a ese amigo que ya tarda en llegar. Las campanadas de las siete avisando de la misa diaria que don Gregorio va a oficiar, para cuatro o cinco feligresas beatas mayores que buscan dormir cada noche con la devoción del alma en paz. Las luces de las casas se van encendiendo, a medida que los rayos solares se tornan muy anaranjados avisando que una nueva noche va a llegar. Los quince niños en edad escolar van haciendo sus deberes, para que don Raimundo el maestro no tenga por la mañana que regañar. Es la hora de la cena, suenan algunos televisores y pronto el silencio vuelve a reinar, pues mañana es otro día del almanaque y hay que pronto acostarse para volver a madrugar. 

Pero hoy es una fecha que los vecinos de Villanueva ya nunca van a olvidar, pues el recuerdo de la emoción a todos afecta sin poderlo evitar. LIBORIO el barrendero se acercó para despertar al amigo Samuel que una vez más se había quedado dormido en su plácido descansar. ¡Samu, despierta y vamos para la casa, que pronto va a refrescar! Pero el longevo panadero había emprendido un largo sueño, del que ya no iba a despertar. Viajaba el buen y querido vecino sin destino conocido a esa inmensidad cósmica que la racionalidad humana no puede explicar. Mientras, aquí quedaba su cuerpo para el humilde ceremonial que el cura del pueblo, don Gregorio, se aprestaba a oficiar. Estas grandes personas son hermosos latidos de nuestras vidas que desaparecen, sin que ya nunca podremos recuperar. Sólo el recuerdo de sus vidas permanece en los misterios de la memoria, que la naturaleza nos ha querido regalar. 

 

  

HERMOSOS LATIDOS QUE 

FORMAN PARTE DE NUESTRAS VIDAS

 

 

 

 

 

 

              José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 14 agosto 2026     

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