Es una obviedad que muchas e importantes decisiones que afectan a nuestras vidas son tomadas por otros, de manera especial aquellas opciones vinculadas a los primeros años de la existencia. Somos procreados y nadie nos pregunta si queremos nacer y protagonizar este tipo de vida. Nacemos hombre o mujer, cambiar de “bando” es complicado. Se nos bautiza o inscribe con un nombre y ya cargamos con él para el futuro de nuestra “estancia”. Asimilamos un idioma, cuando otros se expresan de forma diferente. Nacemos inscritos en una sociedad religiosa, aunque algunos hablen de laicismo, en la que nos aguardan miles de preguntas sin respuestas racionales. Se nos matricula en un determinado colegio, en el que tratan de acomodarnos a un determinado tipo de conducta. Allí se nos dice lo que está bien y lo que está mal. Cuando crecemos vamos conociendo cómo se aplica el bien y el mal, en una sociedad que parece no estar muy cuerda. Y llegan ¿nuestras? opciones. La carrera académica, la primera novia, el primer trabajo, el primer hijo. A poco que analicemos nuestro pasado nos daremos cuenta de si hemos estado realmente condicionados o no para este individual o colectivo caminar por la vida. La naturaleza, los dioses, las circunstancias ponen fin un día y hora, básicamente inesperado, a nuestra existencia, cuando lo más probable es que querríamos haber terminado el recorrido antes o mucho después, o nunca, o de otra forma menos cruel. En definitiva, que nuestra voluntad queda lastrada por otros muchos decisores que en la inmensa mayoría de los casos no conocemos. Somos un mucho “juguete” de ese destino del que sólo conocemos sus siete letras. Hay “afortunados” que resuelven sus interrogantes con las gafas opacas de la fe. Pero la racionalidad es una preciada facultad que poseemos y poco utilizamos, y que nos sumerge, cuando la aplicamos, en una duda sin respuesta, infinita, sin fin.
Durante mi vida laboral en la docencia he tenido la suerte de tratar a numerosos alumnos, de diferente carácter y condición. Alrededor de 5000 en la enseñanza directa. Entre tan elevado número de escolares, en su inmensa mayoría, guardo un cariñoso recuerdo acerca de su comportamiento como personas en formación. Aún hoy mantengo contacto con muchos de ellos, a través del correo electrónico. Eran educandos o escolares de secundaria, 12-18 años, una edad y etapa difícil y trascendente en sus vidas. Lógicamente, entre todos esos alumnos, había caracteres y actitudes especiales, con respecto a la norma media de los escolares en estas edades. Entre esos alumnos “diferentes”, las anécdotas eran frecuentes. Muchas de ellas divertidas. Voy a narrar un breve episodio, que un día su protagonista me contó. Es verosímil y su credibilidad es elevada, conociendo al autor. En su contenido he añadido información, dentro del campo de la ficción, que lo enriquecen y en modo alguno lo desvirtúan. De todas formas, el lector tiene la palabra.
Resulta que M.J. un alumno de bachillerato, entregado a la lectura de toda naturaleza, con un nivel de reflexión acerca del entorno inmediato o lejano muy superior al del resto de sus compañeros de grupo, que exhibía un humor y sarcasmo característico en las personas notablemente críticas con respecto al mundo en el que viven, muy educado en sus formas y cerebral en sus decisiones y manifestaciones, al final de una clase me contó espontáneamente lo siguiente.
“Una mañana de primavera me desplacé al Palacio Episcopal de Málaga, ubicado en la Plaza del Obispo, frente a la portada barroca de la Catedral. Deseaba realizar una compleja gestión y al entrar por la puerta principal, en el mostrador de atención al público me indicaron que esa entrada estaba sólo reservada para las visitas a las exposiciones que se realizan en sus salas, bajo el patrocinio de Unicaja. Entonces me dirigí a la puerta trasera del Palacio, en la calle Santa María, en donde estaban centralizadas las oficinas de la curia y en cuyos pisos superiores se encuentra una residencia para sacerdotes jubilados. Un largo mostrador que sostenía una ventana acristalada continua poseía una amplia ventanilla para la atención al público. Tras la misma se encontraba un sacerdote de avanzada edad, que vestía una sotana clásica. Observé detrás de la cristalera una habitación amplia que cubría sus paredes con altas estanterías repletas de legajos y carpetas. Varias mesas cubrían el espacio, y en ellas trabajaban dos hombres mayores y una señora, con sus carpetas y ordenadores fijos de mesa.”
M.J. se acercó a la ventanilla y dio los buenos días al cura mayor que atendía al público. “¿Qué deseas joven? ¿Algún asunto de partida de bautismo, confirmación, matrimonio o anulación u otro certificado? No padre, venía a informarme qué tengo que hacer para borrarme”. El rostro del sacerdote mostró una cierta extrañeza, pero haciendo uso de su larga experiencia y con voz paternal indicó: “¿Es que te habías apuntado a la peregrinación mariana que la diócesis va a realizar a Lourdes el mes que viene y por alguna fuerza mayor no vas a poder acompañarnos? “No, padre, no pretendo ir a ninguna peregrinación mariana. Lo que pretendo es borrarme de la iglesia católica y veía a consultar las gestiones tengo que realizar para tal fin”.
El rostro del sorprendido cura fue cambiando de color a la velocidad de la luz. Fue pasando del blanco, al amarillo estabilizándose en el rojo. El anciano sacerdote parecía haber despertado de su letargo y su temperamento se tornó en un estado de cólera explosiva. “¡Qué me estás diciendo, hijo de Satanás! ¡Te quieres convertir en un desgraciado apóstata! ¡Te vas a condenar al infierno!” El indignado clérigo ya no hablaba, sino que gritaba en su sofoco. Estaba a punto de darle un síncope.
Las personas que trabajaban en la oficina de la curia auxiliaron de inmediato al sacerdote, con un vaso de agua y aire con una toalla para su mejor oxigenación. Al joven M.J. le indicaron que su petición era muy inusual (no recordaban otro caso similar) y que por lo tanto tenían que consultar con “instancias superiores”. Que volviese en una semana y ya le indicarían el procedimiento a seguir, en cuanto a la documentación pertinente y si persistía en su objetivo de “apostasía”. La señora administrativa le dijo a M.J. “Mira, chico, creo que estás en un momento de crisis existencial. Debes hablar con tus padres y explicarles lo que te está ocurriendo en esta etapa de tu vida. Y en todo caso un buen especialista te podría ayudar con la eficacia médica. Seguro que, después de que estas personas te ayuden, verás el destino con horizontes más esperanzadores. Estás en la flor de la vida y las malas compañías te pueden haber llevado a esta situación de crisis. No desaproveches, con tonterías, esa juventud tan maravillosa que Dios te ha dado”.
Viendo la tensión que había provocado su pretensión, en la vetusta oficina de la curia, M.J. optó por abandonar el recinto, para evitar males mayores. A lo largo de los años he tenido la oportunidad de conocer algunos elementos en la evolución de este muy aventajado alumno de bachillerato. Pero este relato debe centrarse en esa atípica, valiente, sorprendente e insólita decisión que querer romper administrativa y jurídicamente con una vinculación religiosa que decidieron realizar sus padres, con todo el discutible derecho, en el momento de su nacimiento. Habría que añadir que cuando M.J. acudió a las oficinas de la curia malacitana, para plantear una ruptura tan insólita, por escasas semanas ya había alcanzado la mayoría de edad. Muchos pueden pensar, al leer el contenido de este relato, que en la acción de M.J. influyó ese afán de protagonismo diferencial que asumen aquellos que se sienten dotados de una inteligencia y formación superior o especial con relación a la normalidad de su grupo de edad. También puede pensarse que fue un acto cómico, gamberrada o “pasada”, propia de una juventud alistada en el campo de la contracultura, que rechaza gran parte del mundo o sociedad “establecida” en la que se sienten incómodos para vivir. Conociendo, desde la atalaya escolar y en otras labores sociales posteriores, a esta persona, creo que no fue una espontaneidad o afán de lucimiento, su acción en aquella mañana soleada sobre nuestra bella ciudad acariciada por el mar. -
OTROS MUCHOS AGENTES DECISORES EN NUESTRA EXISTENCIA
José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
Viernes 8 mayo 2026
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