Esta contrastada realidad sucede en todas las
profesiones. El ejercicio de una determinada actividad laboral genera una suma
desigual de experiencias que provocan el goce,
en unos casos, pero también la incomodidad e incluso el desánimo en otras
ocasiones u oportunidades. Esas vivencias, que protagonizamos en mayor o menor
medida, pueden significarse con los más variados adjetivos: interesantes,
aburridas, agradables, desafortunadas, curiosas, imprevisibles, cotidianas,
insólitas, enriquecedoras, rechazables, divertidas, rutinarias, importantes,
inservibles, positivas, negativas, cualificadas, inservibles …
Y ello sucede, es conveniente reafirmarlo, en todos
los oficios. Su intensidad y variabilidad dependerá tanto de las personas, como
de las circunstancias que acompañen al ejercicio de su actividad. En el caso
del profesional de la educación, sublime
actividad que hemos ejercicio durante inolvidables décadas de nuestra vida,
estas “cromáticas” experiencias provienen, fundamentalmente, de un triple
origen: En primer ligar de nuestros alumnos, el
valor más importante con el que trabajamos y que la sociedad nos encarga, en un
importante porcentaje, de dirigir convenientemente su formación, desarrollo e
integración en la vida. En segundo lugar, desde sus familias,
donde estos niños y jóvenes protagonizan
y conviven la mayor parte de las horas del día. Y, por último, de la propia administración educativa, que sustenta, regula y
controla las estructuras organizativas de este imprescindible y decisivo
servicio para el colectivo social.
¿Qué profesor o maestro no atesora, en los almacenes infinitos de su memoria, decenas
y decenas de vivencias, anécdotas y experiencias,
de la más variada naturaleza,
compartidas a lo largo de los años en el seno de la comunidad escolar a
la que ha felizmente pertenecido? Estos recuerdos no se borran, sino que
permanecen vivos para el sentimiento individual de nuestro pasado (aunque en
ocasiones queden “traviesamente” envueltos en las opacas nebulosas del firme
discurrir de los años).
En este contexto, el
primer artículo de una nueva temporada de relatos (como ya es usual en
nuestra costumbre) y siguiendo el cíclico calendario escolar, una vez más va a
estar dedicado al vitalista mundo de la educación
que, desde la titularidad pública o privada, se ocupa de preparar a las nuevas
generaciones para su adecuada integración social, a través de los colegios, los
institutos y los centros de formación superior o universidades.
Ocurrió en un ya lejano
mes de Junio que, a pesar del tiempo transcurrido, mantenemos con fortuna para
la memoria. La tarde se presentaba calurosa, académica y especialmente
emocionante, por los sentimientos que a todos nos embargaba. El centro escolar
celebraba la graduación de los alumnos de 4º de la E.S.O. Era costumbre que, a
finales de cada curso, todo el esfuerzo organizativo estuviera centrado en la
fiesta de despedida para los alumnos que dejaban el Instituto, una vez cursado
el 2º de bachillerato (etapa final de la formación secundaria) camino del
campus universitario. Sin embargo, desde hace unos años, se puso también de
moda la saludable costumbre de organizar una agradable y simpática celebración,
dedicada a esos otros grupos de alumnos que finalizaban la etapa obligatoria de
la secundaria, con la obtención de la primera titulación oficial de su
currículo: la graduación en la E.S.O.
Todos los escolares
acudieron muy bien ataviados y peinados, con las mejores “galas” que habían
podido localizar. Incluso con la chaqueta y corbata para los chicos y el traje
largo con los zapatos de altos tacones para ellas (tras una esforzada búsqueda
por las mejores franquicias del lugar). Por supuesto, sobre tan emblemáticos
atuendos, lucían algunas joyas y una abundante bisutería, adornos y
complementos que mostraban con alegre desparpajo y una limpia inocencia
desprovista de rubor. Al espectacular desfile, con la entrada de los
protagonistas, siguieron unos emotivos discursos, la entrega de las bandas
conmemorativas y los diplomas. No faltó la anhelada sesión de fotografía
grupal, con todos los alumnos celebrantes acompañados de sus respectivos
profesores, ante los sentimientos indisimulados de los padres y familiares,
algunos mostrando esas lágrimas en los ojos que tanto expresan y ese ritmo
cardiaco que a todos ennoblece. Como tutor de uno de los tres grupos que se
graduaban, además de haber ejercido la docencia con otros muchos alumnos de los
dos grupos restantes, compartía con ilusión la entrañable ceremonia,
intercambiados sonrisas, palabras, parabienes y numerosísimas fotos. Gozábamos
de una jornada festiva que potenciaba la amistad, la llaneza, el afecto y ese
orgullo por haber cubierto una etapa más en el sublime y difícil ejercicio de
la educación, ayudando a tan jóvenes, vitales y receptivas generaciones.
Tras la intensidad
festiva de la ceremonia, los alumnos se dirigieron a un restaurante que previamente habían contratado a fin de celebrar
una cena y fiesta de “hermandad”, acompañados por algunos profesores y
familiares que deseaban estar presentes en tan suculento y emotivo ágape. La
dirección del céntrico establecimiento había habilitado un gran salón para que,
después de la comida, los protagonistas del evento pudieran realizar sus
bailes, al potente sonido de una oportuna discografía, además de los consabidos
y simpáticos concursos, entre los que no faltaría las ineludibles sesiones de
cantos en karaoke, para lucimiento de
algunos “artistas” y risas en casi todos.
Me ubicaron en una mesa,
todo redonda y “grandota” habilitada para diez comensales, teniendo sentada a
mi derecha a Neila, la encantadora delegada de
4º A (grupo con el que había ejercido la acción tutorial durante el curso que
finalizaba) acompañada de sus amables padres, de origen británico,
afincados desde hacía 11 años en la
capital malagueña. Eran personas especialmente educadas que dominaban con
perfección el castellano y que profesionalmente estaban dedicados también al
negocio de la restauración, como propietarios de un consolidado establecimiento
instalado en una calle del casco antiguo de la ciudad, no lejos de esa monumental
arquitectura religiosa que es la Catedral de Málaga. Me contaban que en su
restaurante ofertaban distintos tipos de menús (a fin de atender la capacidad
económica de los comensales) teniendo a disposición de los mismos incluso
algunos platos típicos del fast food (comida rápida) platos demandados por los
clientes más jóvenes.
Hablábamos de temas más
o menos intrascendentes, pero buscando siempre la complicidad de la simpatía,
norma fundamental para tan grata velada. En un momento concreto (del
interminable y dilatado servicio del menú) esta chica de 16 años, muy
trabajadora en sus obligaciones escolares y con excelentes resultados
académicos en su expediente, se volvió hacia mi, expresando la siguiente
reflexión acompañada de la petición subsiguiente. Estas fueron, más o menos,
sus inesperadas y sensatas palabras:
“Profe,
aunque soy muy joven, a veces suelo mirar hacia atrás y recuerdo en mi memoria
los inolvidables años de la educación infantil, la etapa de Primaria y ésta,
que ahora finaliza, de la Secundaria obligatoria. ¡He conocido a tantos
compañeros y profesores! En este momento tan especial, resulta emocionante el
precioso recuerdo del “largo” camino que he recorrido. Todo parece que fue
ayer. En estos años me han transmitido y he aprendido muchos, “infinitos”
conocimientos, relacionados con las Matemáticas, la Física y la Química, la
Historia, la Literatura, los idiomas, la Ciencia de la Naturaleza, pero… ¿he aprendido a pensar? ¿Me han enseñando a pensar, a
desarrollar las potencialidades de mi mente? No tengo tan clara que la
respuesta sea afirmativa. Desearía pedirle un favor, como esa gran lección
final que deseas recibir de manos de tu maestro. Mucho le agradecería que me enviara unos básicos consejos, seis o siete ideas, no más, que yo
debería y podría poner en práctica, para mejorar mi capacidad de pensar. No
tenga prisa en hacerlo. Cuando Vd. buenamente pueda. La verdad es que se nos
“bombardea” (perdone la palabra) con una gran batería de conceptos y teorías,
pero su puesta en práctica o ejercicio es más que relativa. Con tan excesiva y
exagerada base teórica difícilmente vamos a poder desarrollar nuestra propia
capacidad para pensar con autonomía. Esta opinión que le confieso me viene
dando vueltas desde hace tiempo y “eres” el primer profesor a quien se la
transmito, precisamente en este día tan especial.”
Verdaderamente, Neila
era una adolescente un tanto especial, diferente, encantadora y dinámica. La
mentalidad y responsabilidad de su comportamiento resultaba inusual y ejemplar.
Poseía un gran predicamento sobre sus compañeros de grupo, que habían visto en
ella las cualidades necesarias para ejercer el servicial cargo de delegada,
función que desempeñaba con esa mezcla de prudencia, simpatía y “autoridad” que
a tantos subyuga. Su intención era matricularse en un bachillerato de Ciencias,
siendo la Química una de las materias que más le apasionaba, pues eran muy dada
a practicar en casa experiencias con los juegos y libros sobre los elementos
quiímicos que sus padres le regalaban, considerando sus específicos gustos. Hija
única de Jason y Serena,
la bien agraciada joven también destacaba en la faceta deportiva, especialmente
en la natación y práctica del trekking, Desde pequeña, por influencia de su
madre, una elegante mujer educada en un ambiente donde la música tenía una
especial valoración, asistía al Conservatorio del Ejido, trabajando de manera
especial el violín.
Le
prometí que conociendo su inquietud y necesidad para el ejercicio mental, le
iba a enviar vía e-mail algunas ideas y sugerencias con las que, en mi opinión,
podría mejorar de manera sensible esa capacidad que ella deseaba potenciar: el
recurso maravilloso e “infinito” de la inteligencia. A este fin trabajé en el
empeño durante algunos días, con la convicción de que todo lo que le facilitara
a esta ejemplar alumna sobre la materia le podría ser de utilidad. Tendrían que
ser ideas simples y dinamizadoras, siempre enfocadas a la operatividad de
comportamiento para una joven que poseía una asombrosa madurez (no concordante
con su edad cronológica). Una semana más tarde, a comienzos de Julio, Neila
recibió un largo correo electrónico, remitido por su profesor-tutor. Tras unas
consideraciones iniciales, el contenido de las diez
reflexiones parece que resultaron
de especial operatividad (así fue la valoración que Neila realizó acerca de las
mismas) para una joven adolescente que deseaba mejorar su capacidad de
pensamiento y que, a pasos agigantados, se iba adentrando en el protagonismo de
su plena autonomía personal.
“1) Cada mañana, tarde o
noche, siempre que te sea posible, procura hacerte
preguntas acerca de todo o casi todo lo que suceda en tu esfera o campo
del conocimiento. Obviamente, la curiosidad es
la madre de esos caminos que generan cultura. Una vez planteado ese ramillete
cíclico de interrogantes, habrás de buscar y hallar respuestas para los mismos,
cuya procedencia y solución puede estar en las más insospechadas fuentes. Ese
ejercicio de plantearte preguntas tonificará y madurará tu capacidad
intelectiva, disciplinando el ejercicio del pensamiento. Es como un hábito que,
a fuerza de prácticarlo, te supondrá cada vez menos esfuerzo.
2) Busca información
para dar respuesta a tus preguntas. En esa búsqueda de conocimientos, no te conformes con utilizar una única fuente.
Utiliza todas las que puedas. Verás que no siempre “dicen” lo mismo. Tendrás
que comparar y contrastar una y otras vías para el conocimiento. A través de
esas variadas informaciones e interpretaciones, ve optando por una posición
intermedia y equilibrada pues es probable que todas ellas tengan algo de verdad
y también algo de error. La interpretación absoluta siempre es discutible. ¿A
qué fuentes me refiero? Prensa, radio, televisión, libros, Internet,
profesores, investigadores, conferencias, debates, exposiciones, archivos,
bibliotecas, etc.
3) Observa y analiza los detalles. Están ahí, muy
cerca, pero son muchas las veces en que se nos pasan desapercibidos. Abre bien
los ojos y pon a trabajar todos tus sentidos. No olvides que detrás de esos
muchos o pocos detalles, que a primera vista puden parecer nimios o de escasa
relevancia, puede estar la clave explicativa de aquello por lo que te has
preguntado. Sé constante en la percepción de esas “señales” que, en principio
superfluas, pueden tener la clave o llave para un contenido explicativo mucho
más amplio.
4) Sé humilde e
inteligente a la vez. No tengas duda de la siguiente realidad: del “sabio”
puedes aprender mucho. Pero también aprendemos de las
personas sencillas y modestas, pues todas esas personas que nos rodean
pueden enseñarnos mucho acerca de la vida. Ese barrendero, que limpia las
calles de tu barrio. Ese anciano, que medio dormita en uno de los bancos del
parque. Ese jardinero , que arregla y cuida los parterres y setos de flores.
Ese vendedor ambulante, que ofrece sus artesanías exponiéndolas sobre el suelo
del tránsito callejero. Ese policía, que vigila y cuida nuestra seguridad. Ese
albañil, que coloca con paciencia las hiladas de ladrillos para las
edificaciones… Todas esas personas, hombres y mujeres de apariencia modesta, nos
pueden enseñar y ampliar el foco explicativo de nuestras dudas e intereses.
5) Lee todo lo que puedas y más. Valora la inmensa
cultura que se halla “encerrada” en los millones de páginas que forman los
libros de las bibliotecas. Ese será tu principal “alimento” mental. Pero, al
tiempo que lees, debes también escribir.
Expresa por escrito, o por medio de la palabra hablada, tus ideas, tus pensamientos
y reflexiones. Es bueno sustentarse en las opiniones de las grandes “autoridades”
pero también hay que crear aquéllas consideraciones que son nuestras. Como dice
“fulano”, como dice “mengano” pero… ¿qué dices tú?
6) La mejor forma de
dominar un conocimiento es intentar explicárselo a
otra persona, para lo que deberás adecuarte a su capacidad intelectiva y
peculariedad de carácter. Esa forma o costumbre de enseñar o explicar una
teoría o cuestión, enriquecerá notoriamente tu inteligencia, pues aprenderás mejor
acerca de la misma, ejercitarás las neuronas cerebrales y anímicamente te
sentirás feliz por haber dado un poco de luz a los demás, acerca de lo que
sabes o conoces.
7) Siempre que acudas al
cine, acostúmbrate a elaborar mentalmente tu propia valoración crítica acerca de la película
que acabas de visionar. Has lo mismo, cuando acudas al teatro o a una conferencia impartida por un persona
cualificada en el tema. Realiza y construye tu propia crónica acerca de lo que
has visto y vivido, ya sea desde la pantalla, ya desde las tablas de un
escenario o desde el estrado magistral de un conferenciante.
8) Viaja y enriquece tu percepción vital. Cualquier
lugar que visites te mostrará otras formas de concebir las manifestaciones
culturales y esas peculiaridades acerca de cómo organizan su vida diaria. Observa
y analiza las diferentes costumbres en el vestir, el lenguaje que utilizan para
su comunicación, la forma de mirar, cocinar o sonreír. Las modalidades de vida
que han querido dotarse. Las diferencias y similitudes en los comportamientos,
con respecto a todos aquellas formas que utilizamos en nuestras aldeas, pueblos
y ciudades. Existen muchas diferencias, a pesar de ese proceso inevitable que
nos lleva a la cultura globalizada. Esta atractiva práctica siempre contribuirá
a madurar tu pensamiento y esos caminos que adornan nuestra inteligencia.
9) Evita o rechaza la timidez, el recelo o la duda por
tener que preguntar. Y si no encuentras pronto esa respuesta, que saciará tu
interés, no desesperes. Busca o localiza a otra persona que te pueda aclarar
aquéllo que desconoces. Como dicen los aforismos, rectificar es de sabios, pero
también lo es el inteligente hábito de preguntar. No hacerlo es de de
ignorantes. Y si eres tú quien recibe la pregunta, responde sin arrogancia. La
sencillez es un apreciado e inestimable valor.
10) Y ya, en este
momento o por ahora, mi último consejo, querida Neila. Por encima de todos los
pensamientos y reflexiones, trata, lucha por ser feliz.
Es un objetivo que te puede resultar complicado. Pero, interpretando y
aceptando con bondad la forma de ser de los
demás, te sentirás mejor, más sosegada y feliz. Trata de “darle la vuelta
interpretativa” a la supuesta maldad en los demás. Piensa en bien, en positivo,
en el bello camino de la comprensión y la tolerancia
hacia los demás. Es una eficaz forma de ponerle sonrisas a ese trocito de
tiempo que corresponde a nuestras vidas.
Creo sinceramente que
algo de lo que te he escrito y sugerido (tal vez me haya extendido en demasía)
puede ayudarte en ese camino hacia el ejercicio, no sólo en el cultivo del
pensamiento, sino también en el espléndido proyecto de vida que te contempla. Serán
días y noches, que tú habrás de construir y rehacer con esmero. Que goces de un
feliz verano y que mañana, ahora y siempre, podamos continuar con nuestro
enriquecedor diálogo”.
Así fue la inesperada e
insólita pregunta o sugerencia de la joven Neila. Así fue la respuesta de su profesor y
tutor.-
José L. Casado Toro (viernes, 7 Septiembre 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra.
Sra. de la Victoria. Málaga
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