Vivimos tiempos muy avanzados para la potencialidad de la comunicación. El más
importante o nimio acontecimiento, acaecido en cualquier punto del planeta,
puede ser difundido y conocido, por toda la humanidad, en el marco temporal de
muy escasos segundos. Los medios utilizados para esta útil realidad, en
nuestras evolucionadas relaciones sociales, son muy versátiles en su
diversificación y, de manera continua, objeto de perfeccionamiento. La
jerarquización en importancia de esta metodología difusora puede ser discutible,
pero todos los medios aplicados para ese positivo objetivo son inexcusablemente
importantes. Citemos aquéllos que nos resultan más conocidos.
Las mallas, cada vez más densificadas, en la revolución
de Internet, los poderosos grupos empresariales
de la comunicación periodística, la
imperecedera eficacia de la ya hoy generalizada radio
digital, la siempre romántica y modernizada imagen del correo ordinario, de titularidad pública y privada,
son ejemplos puntualmente emblemáticos de esa continua intercomunicación entre
los humanos. Pero, a los ya citados instrumentos, habría que añadir otros sugerentes
y evolucionados medios que desarrollan y alcanzan esos mismos fines, aunque
utilizando otros soportes y tecnologías. En este sentido, habría que citar la
magia siempre maravillosa del cine y la literatura, la creatividad del arte, en todas sus modalidades plásticas y
constructivas, sin olvidar la fuerza expresiva de la imagen
fotográfica, hoy también ya plenamente inmersa en las posibilidades del
tratamiento digital.
Sin embargo hay un recurso comunicativo que se halla en
la base fundamental de todos los demás procedimientos. Resulta obvio destacar
la inalienable y consustancial realidad de esta facultad en los humanos: el uso discrecional de la palabra. A través de la voz
transmitimos, a todos aquellos que nos rodean, nuestros pensamientos, deseos,
sentimientos y reflexiones. Dependerá, lógicamente, de las circunstancias en
que nos hallemos inmersos, la intensidad y modalidad en el uso de esa facultad
para hablar y escuchar. Hay personas más habladoras que otras, al igual que
unos son más amenos en su expresión con respecto a otros que carecen de la
necesaria fluidez o amenidad para el ejercicio de la comunicación.
Sin embargo, observamos en nuestro entorno cotidiano
como hay también personas que ejercitan esa gran facultad expresiva pero
haciéndolo en sentido negativo. Es decir, utilizan su
silencio como modalidad respuesta. Efectivamente, abstenerse en el uso
de la palabra, es también una curiosa forma de responder o incluso también de
“preguntar”. En lugar de palabras, utilizamos la mímica o el sentido anímico de
la mirada, que también resultan curiosas formas de expresar aquello que
sentimos o planteamos. Los ejemplos de esta peculiar modalidad comunicativa
pueden ser numerosos. Veamos algunos de los mismos, en el escenario contextual
del relato.
Como era habitual en su comportamiento, Armando, frisando la cincuentena y con algo de
sobrepeso, volvió para comer a casa bien pasadas las tres y media de la tarde.
Antes justificaba su tardanza a causa de las tareas siempre crecientes, en la
gestoría donde trabaja desde hacía casi dos décadas. Ahora ya ni se molestaba
en comentar la rutinaria excusa por llegar tarde al almuerzo, alimento que, una
vez más, Cándida había tenido que tomar sola. A
esa hora del reencuentro, los “niños” iban camino de sus facultades
universitarias, pues los dos jóvenes tenían horario de tarde. También resultaba
ya aburridamente rutinario que el “cabeza de familia”, esperando que el potaje
se enfriara un poco en el plato, comentara, ojeando el diario Marca, que esa
tarde noche volvería tarde, pues tenía que negociar un complicado traspaso de
locales, habiendo quedado para cenar después del trabajo con los dos clientes
interesados en la operación.
Una vez que había puesto la comida en la mesa, Cándida
entró en el dormitorio. Muy amante del orden las cosas, sospechaba que su
marido habría dejado “tirada” la chaqueta encima de la cama y los zapatos de
calle lejos de su ubicación en la artística zapatera que tenían junto al
armario. No se equivocaba, por lo que se dispuso a colgar la prenda de vestir
que permanecía todo arrugada encima de la colcha. Así lo hizo. Pero, en esos
movimientos sobre la percha, la chaqueta dejó caer, desde uno de sus bolsillos
interiores, una hoja de papel rosado, tamaño
cuartilla, manuscrita por ambas caras y que despedía un intenso aroma a perfume
de rosa. Un tanto intrigada por la curiosidad, se sentó en el borde del lecho
matrimonial y comenzó a leer un largo texto que, para su convicción, confirmó algunas
sospechas que mantenía desde hacía no pocos meses.
La ardiente y sensual misiva afectiva, escrita por
cierto con algunas faltas de ortografía, estaba dirigida a “mi amorcito A.” y su contenido, encareciendo una
solución definitiva para la unión de sus vidas, finalizaba con unos piropos
trasnochados y algo ridículos que antecedían a un “siempre junto a ti” firmado
por una tal Estrella. Recuperando la
respiración para un mínimo autocontrol y con el ánimo degradado, tras confirmar
lo que desde hacía tiempo presentía y era más que evidente, caminó con pasos inseguros
hasta el salón-comedor.
Armando apuraba con la cucharilla un postre de chocolate
industrial, sin levantar la vista de ese periódico deportivo para su
entretenimiento. Con la carta rosada en su mano izquierda, Cándida se acercó
hasta el aparato de televisión, reduciendo el nivel del sonido. De pie,
enfrente de su marido. Lo miró con intensa seriedad, mostrándole la carta
reveladora de su verdad relacional. Él había dejado de tomar el postre de
chocolate, observando a su pareja legal con una mirada confusa pues, junto al
impacto de sentirse descubierto, también añadía el plus de la verdad a la
teatralizada e incómoda situación dual que mantenían en su vida. No pronunció palabra alguna. Esa fue toda su explicación
o respuesta, ante la tremenda realidad de la situación. Un silencio cruel y
concluyente, mantenido entre dos personas sin argumentos para la proximidad,
contrastaba en la crispada atmósfera de la habitación con un monitor de
televisión que, en baja voz, aún seguía “hablando” sin que nadie lo escuchara.
Pasemos a otro nuevo escenario que nos muestra una
lujosa vivienda con jardín y piscina particular. En esa acomodada mansión
residen sus propietarios los Sres. Castela del Pulgar, junto a sus dos hijas,
Fernanda y Eloísa, estudiantes de sociología y economía, respectivamente. Don Celestino, persona de agrio y nervioso carácter,
vive básicamente de las rentas que obtiene de unos terrenos dedicados al
cultivo de viñedos, en la zona sur de la provincia de Ciudad Real. Su mujer, Frida, dedica la mayor parte del día a buscar
incentivos que la liberen del patente aburrimiento que padece. Gozan de un servicio permanente para las
tareas de la casa representado por la joven
Naima, de origen marroquí, encargada de
las tareas relativas a cocina, plancha y limpieza, la cual vive junto a la
familia propietaria en una habitación aneja a la de invitados. También trabaja
para ellos el veterano Sebastián, que viene dos veces en semana para cuidar el
amplio jardín.
Una mañana, mientras preparaba el cocido del día, Naima
vio entrar en la cocina a don Celestino con el rostro, muy usual en él, lleno
de enfado.
“¡Naima, a esto hay que
darle una solución! Desde hace semanas observo que alguna de mis camisas
preferidas han ido desapareciendo del armario vestidor. No te he dicho nada,
pensando que estarían en el proceso de lavado. Pero pasan los días y no las veo
en su lugar, debidamente limpias y planchadas. Esta tarde tengo que ir a mi reunión semanal en el casino y quiero
ponerme la de lino, color rosa pálido. Y precisamente no está en el armario.
Búscala por donde sea y me la traes debidamente preparada. No quiero pensar que
me estén desapareciendo mis camisas. Sé muy bien todas las que tengo. Y a ti ya
se te paga cada mes por el trabajo que realizas”.
Profundamente azorada, ante las duras insinuaciones y
voces de su jefe, el Sr. de la casa, la joven sirvienta terminó de preparar el
contenido de la olla y, rápidamente, se fue a la habitación de lavado, donde
estaban las cestas con la ropa limpia, esperando el planchado, y aquellas otras
prendas pendientes de pasar por la lavadora. Tras una intensa búsqueda, esa preciada
camisa de lino no aparecía por parte alguna de la casa. Celestino seguía con
sus comentarios y quejas, a viva voz, señalando que alguien le estaba privando
de sus pertenencias y que la camisa en cuestión tenía que aparecer. “Si alguien la ha cogido o se la ha llevado, debe
confesar su hurto. Por que esto no va a quedar así como así”.
Al espectáculo que estaba protagonizando este personaje
iracundo, infantil y profundamente arrogante, se unió su señora esposa, Doña
Frida, bien enfundada en una bata larga de casa, pero luciendo de manera
ridícula, dada la hora temprana del día, esas valiosas joyas en los brazos que
sonaban como los cascabeles desafinados de una festiva capea pueblerina o una mariana
romería popular.
Al fin la tensión bajó de tono, cuando dos Celestino se
enfundó otra camisa que a duras penas cerraba el diámetro ventral de su más que
generosa oronda y fusiforme figura. Namia, apenas repuesta un tanto de esos
dedos acusadores que la señalaban como implicada en la desaparición de tan
preciada prenda, cogió el cubo de fregar y se dispuso a limpiar el suelo de los
dormitorios, por mandato imperativo de la señá Frida. Puso un poco de orden en
las habitaciones de las señoritas Fernanda y Eloísa y, tras pasar la fregona,
se encaminó al dormitorio de los señores.
El amplio armario empotrado, frente a las dos camas, se
hallaba penosamente desordenado en su contenido, muestra del nerviosismo que el
señor había aplicado a la búsqueda de una simple camisa. Cambió el agua del
cubo ¡qué cosa habrían echado las señoritas en el suelo para que el cubo
portara un líquido tan negro! Y antes de pasar la fregona quiso poner un poco de
arreglo en ese armario tan densificado de ropa. Detrás de dos cajas con botos
caña alta de piel, vio que asomaba un trocito de tela, cuya abundante pelusa polvera dejaba entrever el
color rosa pálido de la prenda perdida o “robada” en la insinuación del
impresentable propietario.
Desempolvó la camisa y se fue con ella al salón, donde
Celestino terminaba de hablar por
teléfono desde su móvil. Al ver a la sirvienta con la prenda “perdida” en la
mano esperó, con cara de sorpresa, las explicaciones de la joven trabajadora.
“Señor, la camisa se había caído de la percha y estaba
detrás de dos grandes cajas de botas. Pero no se preocupe que yo me encargo de
lavarla a mano, para que esta tarde se la pueda poner. Con la máquina secadora
todo se hace muy rápido”.
Don Celestino se levantó de su sillón de piel. Sin decir palabra alguna y dando grandes zancadas, abandonó
la habitación de estar y poco después el ruido de la puerta principal al cerrar
indicó que había salido de la casa, camino del coche. Él no se iba a “rebajar”
ante una simple empleada, esbozando la menor disculpa por sus desabridas, injustas
y muy desafortunadas acusaciones que había efectuado tras el desayuno. El
silencio que había ofrecido como respuesta delataba, más que a las claras, su más
que precaria categoría humana.
Estas dos historias, que hablan de unos expresivos
silencios aplicados en las respuestas, pueden ayudarnos a entender, que no a
justificar, unas peculiares formas comunicativas, vacías de la necesaria acústica
vocálica. En definitiva, son modalidades expresivas carentes de argumentos o de
esa necesaria voluntad y habilidad que las personas educadas deben ejercitar en
su vida relacional.-
José L. Casado Toro (viernes, 24 Junio 2016)
Antiguo profesor I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria.
Málaga
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