viernes, 16 de mayo de 2014

CARTAS Y DUDAS, PARA UNA EXPLICACIÓN EN JANA.


Las tardes y noches de invierno suelen tener una cierta crudeza en la temperatura también aquí, en las tierras de la alta Andalucía. El intenso frío desaconseja potenciar el paseo por las calles, gélidas y nubladas, no sólo por los grados que marca el termómetro sino también por esa ausencia de viandantes que animan la necesaria percepción sociológica de la convivencia. Por estas y otras razones, mis tardes suelen estar presididas por un comportamiento que, aunque rutinario, lo percibo como aceptable para el agrado. Tras cumplir con mi horario laboral, en la entidad bancaria donde trabajo, me apetece descansar un buen rato para reposar el almuerzo. A eso de las seis, o un  poco más, me llego un buen rato a la Cafetería Victoria, donde tomo algo para la merienda. Casi siempre elijo para sentarme la mesa que ocupa mi buen amigo Mauro, un veterano funcionario de correos ya jubilado, con el que intercambio las palabras, los recuerdos y el grato afecto de la amistad.

Este buen hombre es muy apreciado por todos sus convecinos. Ha pasado toda su vida laboral  trasladando cartas y otros envíos a mil y un hogares en esta tranquila localidad, que se ve sembrada de olivos, ese gran regalo de la naturaleza. Algo así como un gran mar u océano plateado en verde, repleto de riqueza y esperanza, que permite el sustento de muchas familias que aman la tierra y el fruto alimenticio que con admirable generosidad ella sabe concedernos. 

Estoy seguro de que Mauro conoce a casi todo el pueblo, en ese ir y traer comunicaciones escritas, de aquí para allá a lo largo de varias décadas. Dado lo prolongada de su vida laboral, se sabe de memoria centenares de datos, tanto personales como las direcciones de todo el callejero. Distintas generaciones de familias han podido recoger de sus manos esos envíos que contenían un arco iris de ilusiones, alegrías, tristezas, amores y proyectos… Buenas o regulares noticias que construyen en el día a día la vida de todos. Mi amigo ha trabajado en ese pequeño y gran mundo donde se entremezcla la función pública con la privacidad de lo íntimo; lo económico con lo lúdico; la fría información con el calor del afecto. Para mí, sus palabras son como esa gran fuente de donde mana la sabiduría que pacientemente ha ido construyendo a través de largas horas de reflexión y experiencia.

En una recia mesa escorada junto al gran ventanal que asoma a diversas colinas teñidas de verde naturaleza, descansan dos cafés. Uno, descafeinado (ese insomnio, con el que me siento hermanado) el otro, hermanado a la ineludible copita de aguardiente seco, sacra medicina (según Mauro) para los incómodos achaques que conllevan los años. Los leños ardientes de la gran chimenea atemperan el intenso frío exterior de un febrero que se ha presentado sin lluvia, pero con temperaturas por debajo de los 7 u ocho grados, durante la mayor parte del día. Parece que hoy mi veterano amigo se muestra muy locuaz y comunicativo. “¿Por qué no me cuentas otra buena historia, de esas que has vivido en este pueblo que te vio nacer y donde has trabajado años y años ….?  Y sin ponerte nunca de baja ¡Vaya buena salud la tuya!”.

“Te confiaré una historia que te puede asombrar. Me pareció en sumo interesante aquella experiencia que viví, hace ya unos años, ejerciendo mi oficio de cartero. No te voy a indicar nombres concretos, a fin de respetar a la persona protagonista que reside aquí en nuestra localidad. Esta mujer era hija única de un matrimonio de modestos labriego. El padre falleció siendo ella muy joven, por lo que tuvo que ponerse a trabajar en una cooperativa del aceite, a fin de ayudar con un sueldo las necesidades de casa. Pasaban los años y no tenía suerte a la hora de formalizar un buen noviazgo y poder disfrutar de la maternidad. Entiende que lo que te estoy narrando: corresponde a una etapa ya alejada en el tiempo. La mentalidad era bien diferente, de la que en este momento predomina en la mayoría de los jóvenes. Esta chica era llamada “la solitaria” (cosas de mote) pues también las chicas del pueblo le daban de lado. La verdad es que nunca supe el porqué o la causa de este desagradable rechazo.

Pero, en un momento concreto, comenzaron a llegar a la estafeta de correos cartas dirigidas a su persona que, lógicamente, yo trasladaba a su domicilio. Cada semana recibía, al menos, una misiva. A veces llegaban incluso dos. Yo me fijaba y observaba que venían sin remite personal explícito. Sólo una dirección postal, con sede en la capital de nuestra provincia. A medida que iba pasando el tiempo, en ese remite se fue añadiendo el nombre de Pablo, sin más apellidos que lo acompañara. Siguió llegando esa correspondencia a su puerta, cartas que ella recibía con manifiesta satisfacción.

La casualidad quiso que un lunes tuviera que desplazarme a la capital, a fin de resolver una consulta médica con el especialista. Aproveché el viaje para saludar a un sobrino que trabajaba en el Servicio Central de Correos de la provincia. Fui a visitarle y entrando en el patio central  me encuentro a mi joven amiga de las cartas, escribiendo en uno de los pupitres situados al efecto. Se mostró un tanto nerviosa al reconocerme, aunque pronto trató de reaccionar comentándome que  había ido a la ciudad a realizar algunos encargos que le había hecho su madre. Me extrañó que el sobre y el tipo de letra que utilizaba era muy similar al de los sobres que yo le llevaba a su domicilio.

No le di más importancia a este encuentro. Pasaron dos días, cuando una mañana observo en la oficina que hay una nueva misiva para la joven. Era evidente que el sobre con la carta que yo pude ver era el mismo que manejaba Jana en la estafeta central ¡Vaya, he pronunciado su nombre. Pero yo sé que eres discreto!

Al llevarle la carta, me quedé mirándola con respeto y ternura a los ojos (la conozco desde que era pequeña) y mi joven vecina se me echó a llorar. No era necesario que la chica me explicara lo que era evidente. Me comentó que ese rechazo social que soportaba desde hacía tiempo le había hecho tomar la decisión de escribirse a sí misma. Normalmente era en la mañana del lunes, cuando libraba en la cooperativa, el día en que se desplazaba a la ciudad para enviarse el correo. También aprovechaba ese viaje para comprar algunas cosas en los centros comerciales. Después gozaba con la ilusión de que yo fuera a su puerta, para entregarle el correo. Me confesó que se escribía párrafos muy lindos, imaginando que era alguien que la quería y deseaba.

Realmente fue un diálogo muy duro para ambos pero, es también verdad, con el enorme valor de la sinceridad. Le prometí que yo le escribiría al menos una carta al mes. Y que le contaría cosas de mi trabajo y de mi vida familiar. Eso sí, con suma delicadeza, le aconsejé la conveniencia de que recibiera algún tipo de ayuda psicológica. Incluso le gestioné una visita con un familiar lejano, que era psicólogo quien, recientemente, había había abierto una clínica en la ciudad. Había que ayudar a una mente desorientada, a consecuencia de una incalificable incomprensión y rechazo colectivo. Desde luego, el sufrimiento y el trauma psicológico que sufrió Jana tuvo que ser muy grave. Había que tenderle una mano, con la necesaria comprensión, afecto y los mejores consejos”.

El bueno de Mauro se toma unos minutos de respiro, apurando su muy cargado café. Pide una nueva copa de aguardiente, pues la historia que me estaba narrando le había hecho revivir momentos de honda tensión en su memoria. No le interrumpí, pues debía respetar su libertad de contarme solo aquello que él quisiera. Desde luego que yo no conocía a la persona de quien me hablaba. Después supo aclararme que hacía años que la joven había abandonado esta localidad, a fin de residir de forma permanente en la capital provincial. MI amigo recuperó fuerza y continuó con ese ritmo expositivo pausado, literario, expectante e imprevisible, que solía caracterizarle.

“La situación creo que mejoró para Jana. En esas semanas, incluso meses, la ayuda psicológica contribuyó a estabilizar y racionalizar su equilibrio mental. Las únicas cartas que recibía  eran ya las mías. Una, cada dos o tres semanas. Yo me limitaba a contarle chascarrillos, anécdotas, ocurrencias, de mi trabajo. Le recomendaba algún libro. Le contaba algunas cosillas de mi vida familiar. Y, por supuesto, le tendía la mano aconsejándole que buscara amistades. La soledad nunca le iba a hacer bien. Incluso hablé con algunos compañeros de la cooperativa (sin que ella lo supiese) a fin de que ayudasen a la chica de la forma que mejor pudieran. Eso sí, que lo hicieran con la mayor naturalidad y llaneza. Sin embargo, me respondían que el carácter de Jana era muy difícil. El desprecio sociológico ejercido sobre ella durante esos años inestables de la adolescencia y la primera juventud habían hecho mella en su apertura y sociabilidad. El auto blindaje que mantenía era férreo y complicado de romper.

Dejé de verla durante algún tiempo.  También mis cartas se fueron espaciando hasta que un día me la encontré en el autobús que nos llevaba a la capital. Estaba un poco intrigante. Cuando llegamos a la estación de autobuses, un chico joven la estaba esperando. Me lo presentó como Pablo. Cuando el conoció mi nombre, vi como su semblante se tornó en seriedad. Me despedí de ellos, con la mayor corrección. Cuando había avanzado unos pasos, alguien me tocó en el hombro. Me volví y era el joven Pablo. Con una actitud desagradablemente imperativa, me dijo que dejara en paz a Jana. Que me olvidara de ella, pues se habían casado hacía una semana, tras un año de noviazgo. No volvió al pueblo. Su casa aún permanece en venta.

No he vuelto a ver a esta mujer, ni ella ha tratado de ponerse en comunicación conmigo, Te preguntarás si este Pablo es el mismo que firmaba las cartas que Jana recibía. Yo pienso que sí, pero todo es muy extraño. Esa mente no debe estar muy bien. Las enfermedades anímicas deben ser muy duras de tratar.  Le pregunté por el caso a mi sobrino, quien sólo quiso aclararme que Jana sólo asistió a tres sesiones en su consulta. Y que no podía ampliarme esta corta información por motivos de ética profesional. La casita en la que ella vivía, sigue con el cartel de “Se Vende”. Ella no ha vuelto a aparecer por el pueblo. Esa es toda la historia que quería compartir contigo en esta tarde cercana ya a la Primavera. Veo que has estado pero que muy atento a mi narración”.

Creo que sería por el aguardiente. Lo cierto es que, dentro de la cafetería/mesón, se estaba bien calentito. Pero afuera el frío, con la llegada de la noche, aún tenía toda su potencial del crudo invierno. Cuando volvía a mi piso alquilado, pensaba en Jana. Creo que las más de las veces, nuestro peor enemigo se halla enrocado en la intimidad de nuestra mente. Pero es complicado y difícil reconducir la imaginación hacia la racionalidad, cuando ésta se halla bajo el descontrol de nuestras propias limitaciones. Seguro que Mauro tendrá mañana, otra buena historia que compartir. Pero ahora debo ser yo quien le cuente el porqué mi entidad bancaria me destinó a esta tranquila, pero un tanto apartada, localidad rural.-


José L. Casado Toro (viernes, 16 mayo, 2014)
Profesor

viernes, 9 de mayo de 2014

VAGÓN Nª2. 150 MINUTOS PARA LA SINCERIDAD.


Esta sutil experiencia tuvo como marco estacional un húmedo otoño, con ese color violáceo que a muchos agrada y en otros casos exacerba la nostalgia. Para desplazarme a Madrid suelo preferir, entre otros medios para la movilidad, los beneficios del AVE. Sus ventajas son casi unánimemente reconocidas y valoradas por los usuarios del transporte. Comodidad, rapidez, seguridad, accesibilidad, centralidad……etc, aunque a veces las travesuras del destino provocan situaciones insospechadas que cada cual integra según su situación anímica.

Llegué, veinte minutos antes de la hora de salida, a la estación Málaga María Zambrano y observé un movimiento de personas inusual en el control de equipajes. Por algunos detalles (en las maletas y carpetas de mano) parece ser que un grupo numeroso de viajeros se desplazaban para alguna convención o reunión al efecto. Una vez que recogí mi trolley y mochila, en el control de escáner correspondiente, me desplacé presuroso al vagón que se me había asignado en el billete, reservado semanas antes a través de Internet. Comprobé con sorpresa de que mi  vagón, el nº 17, tenía todos los asientos ocupados. Eran personas integrantes del grupo comercial o empresarial al que he hecho alusión. Me dirigí de inmediato a un revisor uniformado de Adif y le enseñé mi billete. Este Sr. me indica amablemente que haga el favor de esperar, que va a intentar  solucionar este posible error en la adjudicación.

Tras esperar unos diez minutos en el andén, tiempo que se me hizo eterno, dos revisores se dirigen hacia donde yo me encontraba y, con toda delicadeza, me pidieron disculpas. Efectivamente se había producido un error en la asignación de asientos, hecho que no es frecuente que suceda pero que, en ocasiones, provoca incómodas duplicidades de plazas. Me ofrecen viajar en el vagón vip, aunque mi billete era para la clase turista.  Es un cambio sin ningún gravamen económico al efecto. Me acompañan al vagón nº 2, donde se me acomoda en la parte delantera, donde los cuatro primeros asientos se hallaban aún vacíos. A todos los que ocupábamos ese vagón preferente, nos traen periódicos y nos sirven una copa de cava. Unos pocos minutos antes de que el “cowboy” se pusiese en marcha, observo que llegan apresurados dos hombres, uno de ellos portando un pequeño maletín y el segundo, con gafas fumé, llevando una gran carpeta dossier bajo el brazo. Ambos visten elegantes trajes, gris y azul oscuro, respectivamente. Ocupan los dos asientos de la fila par y hablan entre ellos en voz baja, tras las buenas tardes de rigor.

Desde un primer momento reconocí a uno de esos viajeros, aunque lógicamente dudé si sería él. Al natural parecía más “estropeado” físicamente que cuando veía su foto o su grabación a través de los medios de prensa y televisión. Se trataba, sin duda, de un importante dirigente político, vinculado a uno de los dos grandes partidos que se van alternando en la dirección gubernamental del país. Puntualmente, el tren inicia su marcha y el político (probablemente, su acompañante era el guardaespaldas) comienza a ojear (con un marcador fluorescente en mano) unos documentos de su voluminoso dossier. También yo saco de mi mochila un librito que me ayuda a repasar formas verbales in English. Y así pasan los minutos mientras los vagones “navegan!”, con sonidos y movimientos casi imperceptibles, por ese “mar de vías” que comunican y hermanan los espacios.

Una media hora más tarde, nos sirven un tentempié (eran las 12:30 del mediodía) compuesto por un sándwich de carne y verdura, con una botellita de tinto Rioja o agua, a gusto del viajero. El compañero del conocido político deambula de aquí para allá cuando, de modo inesperado, el cualificado dirigente se dirige hacia mí, invitándome a acompañarle en el refrigerio.

“Sí, efectivamente le he reconocido. Las personas que como Vd. salen con tanta frecuencia en los medios de comunicación se nos hacen famosas y familiares. Le confieso que nunca antes había tenido la oportunidad de viajar junto a una personalidad tan conocida y mediática como Vd  y esto para mí es una experiencia nueva y sin duda atrayente (mientras tanto, mi interlocutor se reía divertido)”.

Básicamente, le comenté cual había sido mi actividad profesional, hasta el momento de alcanzar la prejubilación laboral, detalles ante los que se mostró “escénicamente” interesado. Rápidamente comprendí que le agradaba conocer la opinión de un ciudadano sobre la marcha general del país. Nos quedaban aún alrededor de dos horas de viaje y la cordialidad entre ambos era manifiesta. Dejé que protagonizara algunas preguntas sobre la educación, la sanidad, el medio ambiente, el empleo, respuestas por mi parte que, aunque respetuosas, eran punzantes y críticas (uno es como es……) Él las atendía con atención y, aparentemente,  aplicaba comprensión y también respeto. Aunque se me ocurrían algunas preguntas para su persona (mejor dicho, para su rol profesional) preferí dejarle la iniciativa, ya que entendí y comprendí su curiosidad por conocer opiniones acerca de cuestiones que están, en el día a día, en boca de todos, por parte de un ciudadano anónimo.

El tren continuaba su periplo viajero, camino de un destino prefijado, mientras su guarda de seguridad (parecía un tanto aburrido) había ocupado el asiento vacío paralelo al mío, respetando nuestra privacidad y diálogo. “Bueno… y qué opinas de las personas que ejercemos la actividad política”. Viendo que él (algo más joven que yo) utilizaba el coloquial tuteo, me animé a seguir por la misma senda “familiar” y utilicé el “tú”, mezclado con la habilidad del Vd, para ese respeto siempre necesario.

“La verdad es que percibo en la masa social (yo mismo asumo esta valoración) una falta absoluta de credibilidad hacia la función administrativa y gubernativa que Vds. representan. Mejor, hacia cómo la lleváis a efecto. Os habéis ganado, paso a paso, pulso a pulso, la desconfianza de la mayoría popular, a no ser que militantes, sectarios o fanáticos, tengan otra apreciación más benévola hacia vuestra imagen. Y ¿por qué digo esto? Básicamente, porque a vosotros se os ve ligados, muy atados, a unas siglas, a unos intereses, más que al servicio general del pueblo, a quienes decís representar. Y ya no hablo de la mentira, como recurso propagandístico o electoral, sino que vuestra actuación en el Parlamento, o en las mismas convenciones que organizáis es clamosamente patética. Muchas veces el ciudadano se pregunta, en medio de un desconsolado asombro, ¿dónde queda vuestro propio criterio, vuestra propia crítica o iniciativa, sometida a los dictados o al dedo del líder, más o menos carismático, de turno. Verdaderamente, ¿pensáis que se os cree, o ese valor ya ni os importa? Creo que estáis atenazados por ese voto que os puede poner o echar del poder. Y por ese voto sois capaces de cometer las más inauditas tropelías y manipulaciones, ante una sociedad que es bastante olvidadiza, acomodaticia y servil. Esta es mi opinión. Y como decía aquel Presidente, sin acritud pero con la firmeza de mi reflexión”.

Este varapalo expositivo (junto a otras consideraciones) parece que a mi compañero de viaje le hicieron bajar las muescas faciales de esa sonrisa permanente, muy bien estudiada y representada. Por unos segundos hubo entre nosotros un silencio….. incómodo y glacial. Supongo que estaría buscando, con celeridad chapucera, esa palabrería al uso que, a golpe de manual, sirve para contener o reparar las brechas, dolorosas e incontestables, en la autoestima.

“Sí, acepto que no siempre sabemos comunicar bien con nuestros representados. Que no transmitimos, de manera fehaciente, todo el esfuerzo que llevamos a cabo. Necesitamos un mayor y mejor acercamiento a nuestros electores y al pueblo en general….”

“Permíteme, no es una cuestión de comunicación, transmisión o acercamiento. Es sólo respeto a la verdad, a la negociación, al acuerdo, a la eficacia, a la honradez. Vosotros no servís al pueblo. Estáis sólo al servicio de vosotros mismos. Al servicio de vuestros intereses. Por eso la masa social desconfía, cada vez cree menos, en vosotros. Sólo os alimentáis del fanatismo, del seguidismo, de la pasividad, de la incultura y de la manipulación mediática más abyecta. Sólo lucháis contra la corrupción del opositor político. Ocultáis, de manera vergonzosa y cómplice vuestras propias corrupciones. Esa es la muy triste realidad….. de lo que hacéis”.

Aunque entre nosotros el trocito de atmósfera que nos envolvía se había tornado gélido para la cordialidad, echó mano una vez más del “manual para situaciones incómodas” y teatralizó esa sonrisa del comercial al que, finalmente, no has comprado el vehículo maravilloso que te ha estado ofertando con todo su esfuerzo y perseverancia. Me dio su tarjeta personal con un número de teléfono al que podría acudir cuando lo necesitase. Alabó el buen rollo de su inesperado compañero en los asientos vips y la despedida fue un bien ensayado y mecanicista apretón de manos. La señorita de los altavoces nos indicaba que estábamos entrando en la estación central de Atocha. El guardaespaldas llevaba los maletines mientras mi compañero, el político, se puso de nuevo la máscara eficiente de gestor y caminaba, muy diligente, hacia la puerta de salida, vagón nº 2.

Esperando la llegada del metropolitano, línea celeste, que me llevaría hasta la propia Gran Vía madrileña, observé un gran cartelón inserto en una mampara encastrada urbanísticamente para la publicidad. En la misma, uno de los dos grandes partidos políticos que controlan la dirección del país, planteaba un precioso decálogo de promesas y objetivos para las próximas elecciones generales. Curiosamente, en esa relación de proyectos aparecían conceptos generosos y positivos, como trabajo para todos, educación y sanidad bien atendidas, obras públicas y transportes eficaces, cultura social, atención a la tercera edad, justicia eficaz y gratuita, consenso político para el bien general,  cuidado del medio ambiente, seguridad…… Pero ¿cómo creerles? ¿cómo confiar en sus desprestigiadas palabras?

Ya en un atestado vagón del suburbano madrileño, me sentía como un ciudadano privilegiado. Había tenido la oportunidad de manifestar mis ideas y convicciones a un importante miembro de esa casta dirigente que siembra desilusión y suele recolectar incredulidad y desesperanza. Desconozco si el blindaje ideológico de su conciencia le permitiría acceder a un comportamiento más autónomo, libre y sincero en el ámbito sociopolítico para el que decía trabajar. Cuando accedí a la superficie viaria, me entremezclé en el trasiego ciudadano de una Gran Vía siempre atestada y cosmopolita de viandantes. Hacía ya un poco de frío pero los intermitentes rayos de sol, entre un juego de nubes algodonosas, nos acariciaban térmicamente y atemperaban nuestro caminar diligente.-


José L. Casado Toro (viernes, 9 mayo, 2014)
Profesor


viernes, 2 de mayo de 2014

EL DESTINO INESPERADO, A TRAVÉS DE UNA FOTOGRAFÍA.


Domingo soleado de abril, cuando ya la Primavera ha sembrado muchos caminos de ilusión a ese ánimo aletargado de la temporalidad invernal. Apetece salir a la calle y participar de ese bullir social que nos hermana y conforta. Mamen, con esa juventud avanzada de los veintitantos, espíritu muy vital e imaginativo, entre otras aficiones, ama la fotografía. No es una gran experta en la técnica de la imagen, aunque le agrada tomar recuerdos de esos ángulos y espacios bonitos que pueblan nuestros campos y ciudades. Posteriormente, organiza y retoca los archivos en su Mac, formando series muy atractivas de fotografías que le ayudan a disfrutar del grato recuerdo de latidos, momentos y lugares.

En la actualidad esta chica carece de pareja estable, tras dos experiencias fallidas que acabaron, por aburrimiento y cansancio recíproco, en el gélido adiós. Ello le permite ahora disponer de esa libertad que veía constreñirse por las dependencias mal negociadas entre seres inmaduros. Durante la semana cumple su horario laboral, como reponedora de artículos en un importante centro comercial de la capital. No es un trabajo duro para ella (delgada de peso pero fuerte en su estructura corporal)  aunque sí rutinario y descompensado para su titulación en Empresariales. Entiende que hoy día hay que aceptar lo que venga, a fin de tener un sueldo con el que poder subsistir en tiempos difíciles. Vive junto a su hermana Lorena, tres años mayor que ella, separada y con dos niñas muy pequeñas, en una convivencia fraterna  muy bien llevada, ya que la sintonía entre las dos hermanas siempre ha sido muy positiva. Los padres de ambas, campesinos, siguen residiendo en ese pueblecito de la serranía rondeña paraje que, hace tiempo, ambas abandonaron buscando nuevos horizontes. No deseaban vivir en ese ambiente cerrado y limitativo para la privacidad que condiciona los pocos más de trescientos habitantes de su pequeña localidad natal.

Hoy domingo, 27 de abril, ha encaminado sus pasos hacia una zona muy atrayente para la visión urbana de la ciudad. Vistiendo deportivamente y con unas Converse, muy aptas para terrenos encastrados en lo natural, ha subido hasta el Castillo de Gibralfaro, tras serpentear por esas rampas crecientes que nacen desde la Coracha. La panorámica que se divisa desde esas alturas es en sumo atractiva, pues se conforman visualmente bellas postales de ensueño, de una ciudad portuaria sita al pie de las estribaciones orográficas de la Penibética. Mientras que por el sur es el mar, junto a los jardines del Parque, quien posee el protagonismo, por el lado norte de la colina tenemos otra preciosa visión urbana en la que predomina una densa planimetría de arterias que sustentan manzanas de edificios, centenares de tejados y miles de vidas. Recorriendo estos sugerentes y cromáticos vericuetos, poblados de pinos y aromas mediterráneos, llegó a uno de esos amplios miradores que hacen posible las mejores vistas de la ciudad.

Disfrutó con la panorámica de una atmósfera diáfana, llena de luz y templanza térmica. Dejó pasar unos minutos para el goce imaginativo que sabe proporcionar un mar en calma y, al fin, recurrió a su versátil compacta, fiel compañera que le sabe guardar las mejores instantáneas. Con la destreza y experiencia que le caracteriza, fue haciendo un buen reportaje de la ciudad, apreciación que confirmó esa noche cuando repasaba en pantalla las fotos que había tomado durante la mañana. Tiene por costumbre tomar fotos con un “gran peso” en megas, a fin de que su definición sea lo más detallada posible, especialmente cuando las imágenes son potencialmente ampliadas. En ello estaba cuando reparó en algunos detalles insertos en una determinada composición.

Es más que frecuente la aparición de personas que, sin la voluntad de unos y otros, se cuelan en el campo visual del objetivo. A pesar del esfuerzo que aplicamos para que ello no suceda, resulta inevitable que todos formemos parte, una y mil veces, de fotografías a las que no hemos sido expresamente invitados. Se fijó en un joven que, en el ángulo derecho de la imagen, descansaba sentado en un apoyo pétreo del mirador. Amplió la toma y comprobó que este chico estaba aparentemente emocionado, leyendo una hoja escrita que tenía en su mano izquierda. Efectivamente, parecía que estaba llorando. La verdad es que, repasando ese momento en la mañana, no era consciente de la presencia de este chico entre las personas que visitaban el amplio mirador. Pero lo que no hallaba en los estratos de su memoria, sí estaba grabado en aquella otra que reposaba en la de su cámara.

Desde un primer momento se sintió atraída por la imagen de sencillez, bondad y belleza de ese joven. Y fluyeron incontenibles las preguntas. ¿Qué le provocaría tal estado de emoción? ¿Tal vez sería por el contenido del texto que estaba leyendo en esa hoja de papel? Mamen, con ese carácter admirablemente impulsivo que le caracterizaba, sentía que algo tenía que hacer para ayudar a esa persona que sin duda, lo necesitaba. Pero… ¿quién era él? ¿Cuál sería su nombre? ¿Cómo comunicar con ese desconocido? ¿Habría resuelto ya su problema o aún mantendría su profundo estado de inestabilidad emocional?

Durante toda la semana, dentro y fuera del trabajo, le estuvo dando vueltas al asunto. Con la confianza que ambas intercambiaban, Lorena le aconsejó que se olvidase de ese joven del que solo tenía su imagen en un ángulo extremo de dos fotografías. Conocía la poderosa imaginación de su hermana y lo constante que era cuando algo se le ponía entre “ceja y ceja”. “Anda Mamen, déjate ya de historias y échame un cable para lavar a las niñas. Contigo están más formalitas. Yo, mientras, preparo la cena”. Pero en esa noche del viernes, cuando se retiró a su cuarto, Mamen siguió buscando algún resquicio a través del cual obtener datos del personaje que bullía en su cerebro y también, por qué no reconocerlo, en su corazón. El chico era verdaderamente atractivo en su apariencia física.

“Tengo que hacer algo por encontrarle”. Dicho y hecho. Tomó una de las fotos. Hizo un recorte del joven, en el que sólo se le veía la cara, emocionalmente tensa. Amplió ese rostro y escribió, debajo del mismo, un breve texto que decía “Me preocupaste mucho el domingo pasado. Me gustaría poder ayudarte. Te facilito mi dirección electrónica”. A continuó, subió ese recorte fotográfico y el breve mensaje a las redes sociales de las cuales era una experta usuaria. “Más difícil sería que ese alguien encontrara un mensaje que yo echara al mar dentro de una botella” se dijo a sí misma. Ahora sólo quedaba esperar a que el propio destinatario , o alguien que le conociera, le diera alguna respuesta al efecto. Parecía una chiquillada, pero esta joven se tomaba muy en serio cuando algo “se le metía en la cabeza”. “Tengo que encontrarle y ayudarle”. La solidaridad de Mamen era visceralmente profunda.

Antes de coger la cama, le llegaron hasta cinco mensajes. Alguien le pedía otra foto del joven, a fin de reconocerle mejor. En los otro cuatro, el contenido quedaba en el terreno de la sátira y la broma. Pero ya, en la tarde del domingo, un remitente le facilitaba alguna información acerca de la persona buscada. “Creo que se llama Layo. Lo vi actuar, hace unos meses, en una obra representada en el Salón de Actos de mi Facultad. Me parece que el grupo se llamaba “The blue star” o algo parecido”. Alegremente sorprendida, se lanzó a investigar en el mundo de los buscadores comenzando lógicamente por el más poderoso, el “reino del Google”.

Efectivamente, existía un grupo de teatro experimental en Málaga cuyo nombre era  “The Sky´s Blue Star”. Y en la página web correspondiente, aparecía el nombre de Layo Gómez. Su fotografía coincidía con aquella que había quedado atrapada en su objetivo, al hacer una toma angular desde el viejo mirador de Gibralfaro. La constancia en el esfuerzo de Mamen comenzaba a estar dando sus frutos.

Siguiente domingo, alrededor de las diecinueve horas, en la cafetería del Parador Nacional de Gibralfaro, a escasos metros de ese mirador sobre la bahía malacitana. Dos personas están sentadas en torno a una mesa, sobre la que reposa un refresco de cola junto a un té marroquí. Con una sonrisa un tanto burlona, el chico observa a una joven delgada, atlética, ojos azules y cabello intensamente moreno.

“Reconozco que eres admirable. Me gustaría tener tu tenacidad y entrega para lo que sientes y quieres. Yo sí te recuerdo, tomando fotos en la barandilla del mirador. Pero estabas tan ensimismada ante el paisaje que no reparaste en mi presencia. Aquella mañana dominguera, me encontraba preparando una obra que previsiblemente estrenaremos a mediados del próximo julio. Iremos a Granada, a un festival de teatro. Me corresponde un protagonismo dramático, en la obra. Tengo dificultades para improvisar ese llanto artificial que el guionista me exige, en una instante del argumento. Por ello busco situaciones que me hagan empatizar más fácilmente con esa situación anímica emocional. Y hace siete día que me vine por aquí, muy de mañana, para practicar el rol correspondiente. Lo que tenía en mi mano era una carta de despedida de una mujer a la que supuestamente había amado o querido con locura. Me dejaba…. por otra persona, que yo mismo le había presentado. Puedes suponer que esa carta la había escrito yo mismo, con todo género de dramatismo. Era tan dura y triste que….. que me hacía fluir ese llanto tan necesario en la interpretación escénica. Eso es todo pero…. tu estás aquí para ayudarme ¿no es verdad, Mamen? ja, ja, ja,

Layo, técnico informático de profesión y actor vocacional, tiene pareja, Elia, con la que mantiene una variable convivencia afectiva. Con el paso de los meses, seguirá manteniendo frecuentes intercambios de e-mails con Mamen, persona de la que ha quedado gratamente prendado por su fuerza, tesón y amistad, a los que sabe unir esa alegría y sencillez que él percibe como grandes valores en lo humano.
Hoy ha enviado a Mamen una localidad para el próximo festival de teatro, en el que su grupo estrena una obra, en la que él habrá de llorar. La representación tendrá lugar en el Teatro Isabel la Católica, de Granada, en pleno centro urbano de esta maravillosa ciudad de Andalucía. Al final de la representación, quiere que ella le acompañe a la cena que van a mantener, en el Albaycín, todo el elenco artístico del grupo. Durante esa mágica noche tiene el propósito de decirle y pedirle que, en su proyecto de futuro, ella ha de ocupar un lugar de privilegio. Que ahora no concibe la vida sin estar junto a lo que más quiere.

Al pie de una majestuosa Sierra, que ahora en verano ha cambiado su virginal velo blanco de invierno por otro tejido con todo el espectro cromático para la esperanza, Mamen y Layo agradecen al azar que una simple foto les haya unido, para un futuro que ellos perciben con alegría y proximidad.-


José L. Casado Toro (viernes, 2 mayo, 2014)
Profesor
jlcasadot@yahoo.es