viernes, 8 de febrero de 2019

EL HOMBRE QUE NO SABÍA SONREÍR.

Cuando nos relacionamos con las demás personas, observando de inmediato la expresión de su rostro, llegamos a una evidente y no agradable percepción: parece que hay seres humanos que aparentan estar siempre o casi permanentemente “enfadados”. Sea más o menos cierta o extremada esta consideración, la realidad es que a algunos de nuestros semejantes les cuesta “un mundo” regalarnos una mirada o expresión amable. No vamos a pedir que aquélla sea cariñosa, pero al menos que no nos inhiba o deprima con su austeridad y rigidez facial. No cabe duda alguna que todos agradeceríamos hallar ese trato amable, motivador y optimista, mímico y conceptual, en nuestros interlocutores. Sería aún más valiosa si esta motivadora actitud viniera acompañada de una muy grata sonrisa, gesto que, a no dudar, nos haría más felices y nos ayudaría a sentirnos bastante mejor. Pensemos en algunos significativos ejemplos, de entre los muchos que podrían aportarse a estas tan necesarias habilidades sociales.
 
Comentaremos en primer lugar el universal ámbito educativo. Se trate de alumnos que cursan la etapa de su formación primaria o aquellos otros que ya están recorriendo los caminos de la etapa secundaria, unos y otros carecen de toda culpa para tener que soportar a muy determinados profesionales docentes. Nos referimos a esos trabajadores de la enseñanza que llegan al aula, un día sí y el otro también, con el ceño fruncido, con la mímica facial puntualmente austera o inamistosa y aportando a sus miradas, a sus palabras y gestos, unas actitudes “amenazantes”, autoritarias y represivas que “alejan” y en modo alguno “aproximan”. Y, entre los asombrados, traviesos, temerosos o pacientes escolares, pronto circulan esos comentarios, expresados en voz baja, de “parece que el profe viene hoy disgustado” “algo le ha tenido que ocurrir ayer al maestro” “¿por qué este hombre parece que está siempre enfadado?” Obviamente, el maestro o profesor, por muchos motivos íntimos que esté soportando, penosa y absurdamente se equivoca al mostrar esa hosca e inamistosa actitud. Sobra matizar que se está utilizando el masculino genérico, en muchos de los párrafos de este artículo.

Pasemos ahora al profesional que ejerce la medicina. ¿Quién no ha tenido que soportar, en alguna ocasión, a esos doctores que además de dirigirse al paciente con una lamentable, altanera y soberbia arrogancia, ante la más mínima pregunta o sugerencia por parte del enfermo, se dirigen al mismo como regañándole o humillándole con sus doctas, ininteligibles o imperativas palabras? Estos comportamientos se traslucen no sólo en la seriedad y hosquedad de sus rostros, en lo inapropiado y desagradable de sus palabras, sino también (en este sector profesional) en cómo algunos escriben los textos de sus recetas, con una caligrafía casi indescifrable que incluso al farmacéutico le cuesta ímprobo trabajo entender. Y ¿qué pecado o culpa tiene el paciente, porque esos profesionales lleve más de tres horas atendiendo a los enfermos o que tengan problemas personales de índole familiar, administrativo o vocacional? Recuerdo una ocasión en que me hallaba en una consulta médica. Aquella tarde, el galeno correspondiente comenzó a dirigirse a mí de una manera y modales inapropiados, a modo de un padre gruñón que riñe a su niño desde lo alto de su “pedestal”. No me pude contener más y, mirando fijamente a los ojos encolerizados que tenía ante mi, le dije: ¿Por qué Vds. los médicos tienen que estar siempre regañando”. Probablemente mi rostro tampoco sería muy amistoso en ese momento. Puedo dar fe de que ese profesional de la bata blanca cambió afortunadamente sus modales crispados, a partir de mi enérgica actitud.

Y ¿qué podríamos comentar acerca de ese señor o señora que está detrás de la ventanilla o sentado en su mesa administrativa, encargado de gestionar asuntos bancarios, tributarios o facilitar y recibir impresos de cualquier otra naturaleza? No se debe dudar que esa persona, al ser contratada empresarialmente, o al ganar unas oposiciones funcionariales al efecto, asume unas obligaciones básicas, con respecto a la debida consideración que debe mostrar en la atención al cliente, que es también ciudadano con todos sus derechos. Sin embargo, no siempre encuentras esa amable predisposición en la persona que debe atender tu petición, consulta, solicitud o gestión. Aparte de la eficacia o diligencia que encuentres en tu interlocutor, lo que más agradeces es esa expresión y amable disponibilidad que, si llega el caso, puede contener incluso el valor de una sonrisa. Esa celebrada expresión resulta en sumo reconfortante para quien tiene que resolver un asunto que, por fácil que resulte, es para él complejo y difícil, dada su inexperiencia. Pasemos ya (es el momento idóneo) al desarrollo narrativo de una historia concreta.

Hilario Castañar de la Encina es uno de los cuatro comerciales que, en la actualidad, atienden a la constante clientela de un prestigioso y monumental concesionario de automóviles. Diplomado en Ciencias Empresariales, a sus 38 años de edad lleva ya una década continuada vinculado, desde diversos segmentos del organigrama laboral, a esta señera marca en el mercado de la automoción. Dado su responsable y eficaz expediente laboral, hace año y medio en que fue asignado al departamento de ventas, cumpliendo desde el primer momento las expectativas que sus superiores en él habían depositado. Su emolumentos salariales no son en demasía elevados aunque, como el resto de los compañeros que desempeñan su trabajo en ese segmento empresarial, posee unos variables incentivos económicos, en función de las unidades que hayan logrado vender en este muy competitivo y difícil mercado de la movilidad personal y el traslado de mercancías. Está casado con Idaia, licenciada en Ciencias Químicas y con excedencia en un laboratorio municipal de consumo, completando la unidad familiar la hija de ambos, de tan sólo tres años de edad, llamada Estrella del Mar.

Aquella tarde de Marzo, minutos antes de las 19 horas, Hilario recibió una comunicación de la secretaria de Felices Brañán, director del departamento de ventas. Normalmente este alto ejecutivo se relaciona con sus empleados con emails informáticos, salvo en las periódicas reuniones de equipo, a fin de planificar y corregir la política de dinamización comercial. Pero en esta ocasión, este superior jerárquico necesitaba mantener una entrevista personal y de carácter urgente con su subordinado comercial. Faltaban sólo unos cinco minutos para la finalización de la jornada laboral y para mayor contratiempo Hilario había quedado para recoger a Idaia, con el objetivo de llevar a la pequeña Estrella a la pediatra, pues habían detectado en su hija signos evidentes de intolerancia a determinados alimentos. La cita con la especialista había quedado fijada para las 7:30 minutos, por lo que la requisitoria que el empleado recibía desde la dirección era un incómodo contratiempo, lo que le obligó a llamar a su mujer e indicarle que él se desplazaría directamente a la consulta médica, en cuanto quedase libre de la tan urgente e inesperada convocatoria por parte de su jefe.

“Toma asiento, Castañar. Amigo Hilario, desde hace unos días me esfuerzo en buscar un hueco oportuno, que nos permita dialogar con una cierta tranquilidad acerca de un importante asunto personal que a ambos nos concierne. Ante todo expresarte nuestra satisfacción (valoración que ya conoces) por tu trayectoria en los años que llevas en la empresa. Pero junto a este merecido reconocimiento, hay un asunto que últimamente nos preocupa y sobre el que me he propuesto trabajar, a fin de hallar la mejor solución. Este asunto o problema obviamente te concierne. Desde hace unos meses, hemos detectado una preocupante bajada económica, en los resultados de tu facturación clientelar, con relación a los datos conseguidos por tus compañeros de equipo. Ya conoces que la maquinaria de la empresa posee unos detectores “automáticos” que nos avisan con fiabilidad y presteza, acerca de los problemas que surgen en alguna parte del circuito de producción, aportando algunos mecanismos y “terapias” para su más eficaz superación. El departamento de psicología empresarial abordó tu caso y aplicando unos parámetros de observación y estudio (lo que realiza con todo el personal laboral) ha emitido un informe acerca de las causas más probables de ese retroceso en las cifras de tus resultados mercantiles.

Por favor no te asustes ante todo lo que, con la mejor voluntad, te transmito. Ya conoces que los empleados somos en realidad meros “tornillos o piezas”, dentro de una heterogénea y complicada maquinaria que sustentan y articula el proyecto financiado y retroalimentado por parte de la masa accionarial. Por ello estamos expuestos a que se nos observe, analice y estudie, en orden a reconducir los humanos e imprevisibles desajustes que puedan acaecer en el adecuado y exacto proceso empresarial.

Vamos a ir concretando. El estudio sobre tu caso nos indica que ese decrecimiento en la cartera de clientes, al margen de aspectos coyunturales y puntuales, obedece a un aspecto personal que tiene una especial incidencia en que la demanda clientelar prefiera ser atendido por otro comercial antes que por ti. ¿Y cual es ese aspecto que habría, que necesitarías corregir a la mayor premura? Las encuestas orientativas y prospectivas realizadas al efecto señalan inequívocamente a tu incardinada seriedad, como el factor más seguro de ese desistimiento hacia tu persona como vendedor. Me explico, no es que los atiendas mal, por supuesto. No es que los trates de una forma incorrecta o deshonesta. No es que realices un trabajo inadecuado en cuanto a la gestión de cara al cliente. No es eso, Hilario, es algo más sutil, que dificulta la atmósfera de armonía, familiaridad y proximidad entre tu persona, como vendedor, y entre el cliente, como potencial comprador. Desde siempre, junto a otras magnificas cualidades, hemos apreciado en ti un factor que pensábamos corregirías, en la evolución de ese trato a las personas que se acercan a nuestra concesionaria. Ese factor era el de tu seriedad. Eres por naturaleza una persona excesivamente seria.  Y ahora detectamos que ese indeseado factor no ha disminuido, sino todo lo contrario, se ha incrementado con la edad en tu persona, siendo perjudicial en el marco de las psicológicas y necesarias habilidades sociales.

El problema no es que a partir de este momento te propongas ser más jovial, amable, dicharachero o simpático, con tus clientes. Esa actitud de rectificación no la descarto entre tus propósitos. El caso es que los estudios al efecto indican que tu carácter tiene esta forma “innata” o “permanente” de ser, por lo que en estos casos los cambios no suelen ser rápidos ni siempre eficaces. Por todo lo cual, se te ha reservado una próxima cita en un gabinete médico de psicología clínica, que desde hace algún tiempo lleva colaborando con nuestro grupo empresarial. Ellos podrán ayudarte, desde una base médica muy cualificada, para ir limando esa seriedad arraigada, que no te ayuda en tu imprescindible proximidad clientelar. Esa complicidad anímica está fallando y te perjudica. También a todos nosotros, como perfectamente entenderás.”

El mazazo anímico para el bueno de Hilario fue de órdago. Él de sobra conocía que era una persona con una marcada seriedad en su rostro, rasgo de carácter bastante agudizado. Pero en modo alguno podía pensar de dicho elemento facial y expresivo pudiera ser un factor tan disuasorio para que los clientes prefirieran a otro comercial, con respecto a la eficacia mercantil y buena gestión que él se esforzaba en ofrecerles. Pero ante esta tesitura, no tenía más remedio que someterse a las directrices de sus superiores.

Apenas en una semana fue atendido por el equipo que dirigía el Dr. Fabián Apial Lenz, prestigioso facultativo especialista en alteraciones profundas del carácter. Tras una serie de pruebas, de diferente naturaleza en el campo de la psicología relacional cognitiva, se le prescribieron 15 sesiones de terapia grupal, todo ello a coste de la empresa en que trabajaba. Nuestro comercial también debía matricularse en una innovadora escuela de interpretación y artes escénicas, a la que asistiría durante tres semanas sucesivas, en sesiones de inmersión para la mímica gestual y expresiva, de dos horas de duración cada una de ellas.

Además de todo este proceso “reeducativo” para la evolución de su carácter, en el centro médico le facilitaron un conjunto de películas en DVD, cuyas temáticas argumentales facilitaban y provocaban las más acústicas carcajadas en las reacciones anímicas de quienes las visionaban. Cada noche debería ir visionando las correspondientes “cintas” cómicas, en las el humor y las risas eran los ingredientes más eficaces contra la seriedad y el pesimismo vital. Desde luego Hilario, persona servicial, educada y responsable, se entregó con el mejor talante que pudo a este necesario proceso que le reeducaría en la forma de atender y escuchar, con esas sonrisas que cautivan, aproximan y dinamizan la vinculación anímica (en este caso, mercantil) con sus interlocutores.

Aquel honesto y servicial empleado de la factoría automovilística, el mismo que confesaba con humilde franqueza al Dr. Apial su dificultad, tal vez innata, probablemente también adquirida, para generar y expresar sonrisas, se entregó con tal fuerza y responsabilidad al proceso de cambio en su carácter, que avanzó en una demasía “de alto riesgo” para ese prudente y equilibrado objetivo. Por un efecto pendular en nuestras reacciones, el bueno de Hilario se transformó –con una velocidad insospechada para quiénes le conocían- en una persona en exceso dicharachera, bromista, jocosa y banal, con esas sonrisas de diseño permanente que teatralmente aturden y sofocan, provocando la incredulidad, hartura e incomodidad, en quienes han de soportarlas. El hombre que no sabía sonreír, ahora reía demasiado. Tanto cuando era necesario, rentable o educado hacerlo, como en otras situaciones en que la prudencia y el decoro exigían una mayor templanza y naturalidad en los gestos, a fin de conseguir una transparente, convincente e insoslayable credibilidad. El propio Felices Brañán, comentaba en una de las reuniones del comité ejecutivo, con un movimiento negativo en su cabeza “creo que con Hilario nos hemos pasado de tuerca. A ver si con tanta reeducación vamos a perder o a echar por la borda a un excelente y eficaz profesional”.

En la mayoría de las ocasiones, el “punto medio de la balanza” es el plano más aconsejable y certero, para aplicar en la mayoría de nuestros actos. Sin embargo, esos actores sin titulación, en que la mayoría nos hemos convertido desde la llegada a la vida, deben calibrar bien las necesidades ajenas, incluso por encima de los egos y soberbias interesadas, producto de nuestra inevitable humanidad. Pensemos en los demás. Es una excelente terapia, para purificar y oxigenar ese “pequeño mundo” en el que el azar, la voluntad y todos esos misterios de la naturaleza, han querido situarnos. La alegría, las sonrisas, la bondad, son elementos eficazmente contagiosos, que ayudan  y permiten mejorar la salubridad ambiental de nuestros contactos sociales. 

Por cierto ¿que fue de Hilario Castañar? Durante los fines de semana colabora en un grupo que se autodenomina “Cómicos para el enredo” apoyado económicamente por la Consejería regional de Cultura. Son actores aficionados que representan sketchs “desternillantes” en humor por las diferentes juntas de distrito, grupos parroquiales, centros de la tercera edad y entidades hospitalarias. La mayor compensación que obtienen (la subvención económica es testimonial) son esas miradas y gestos alegres, sembrados y generados en la mayoría de las personas que asisten a sus celebradas y divertidas representaciones.

A nivel empresarial, este dúctil y servicial comercial tuvo que ser reenviado a la escuela de artes escénicas por Felices Brañán, a fin de realizar otra terapia reequilibradora, a causa de su radical y extremado cambio de carácter hacia la “permanente” y extremada hilaridad.


EL HOMBRE QUE NO SABÍA
SONREÍR


José L. Casado Toro  (viernes, 8 FEBRERO 2019)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga



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