Como era usual en casi todos los exámenes, tanto ella como su íntima compañera EVA apuraban los últimos minutos del tiempo concedido para la realización de la prueba. Ambas estudiantes entregaron sus folios, densamente caligrafiados, después de que el profesor don Eugenio hubiera dado el “ultimátum” de los cinco últimos minutos para la finalización del examen, en la asignatura de Teoría de la Literatura. Ese día, 14 julio, había amanecido en extremo caluroso, por lo que las dos compañeras y amigas, 1er curso del grado de Filología Hispánica, decidieron darse una vuelta y sentarse en alguna de las terrazas del centro madrileño, a esas horas de la tarde ya repleta de abundante clientela, para disfrutar de una buena pinta de cerveza. Había que celebrar todo el esfuerzo realizado en la que había sido la ultima prueba del curso. Ahora había que esperar la llegada de los resultados, aunque las dos se mostraban satisfechas y seguras de todo lo que habían podido escribir durante las dos horas de examen.
Mientras que Eva iba narrando, con todo el lujo de detalles, los proyectos vacacionales que tenía previsto iniciar a partir de la última semana de ese mes (una estancia en Londres con una señora mayor, como señorita de compañía, sustituyendo las vacaciones de la persona que atendía durante todo el año a la Sra. Jane. Con ello pretendía ganar algunas libras y mejorar su deficiente inglés) AZUL escuchaba sonriente, entre sorbo y sorbo de cerveza, las ilusiones viajeras de su dicharachera amiga. Cuando Eva terminó la exposición de su atractivo proyecto, planteó la pregunta obvia ¿Y tú que tienes pensado hacer?
“Te aseguro que yo no lo tengo tan ilusionante como tu, Eva. En los últimos años siempre nos ha tocado ir a las playas de Calpe, en Alicante, para acompañar a tía Herminia que tiene allí un apartamento que sólo lo utiliza en verano. Está situado no lejos de la playa y, aunque es más bien pequeño, ahí tenemos que caber los cinco de la familia: mis padres, mi hermano, la tía y también yo. Pero este año estoy dispuesta a plantarme, pues llevamos haciendo lo mismo desde que la hermana de mi madre enviudó, hace más de 10 años. En realidad, con el curso tan agotador que hemos llevado este año, lo que realmente me gustaría es poder quedarme aquí, sola en casa, sin tener que aguantar a los mayores y a mi hermano Fausto, con sus proyectos y sus continuas bromas. Precisamente ahora en verano. En que una mayoría de los madrileños se van para las costas, me gustaría descubrir esa otra ciudad que no conozco, con los barrios y rincones tan típicos. Todo un mundo por conocer. Ya te contaré como caerá esta “bomba” en mis padres. Pero yo voy a jugar fuerte. Estoy dispuesta a ello”.
Cuando esa misma noche Azul expuso durante la cena las intenciones que tenía para el verano, especialmente para el mes vacacional de agosto, la familia Senda–Trapiello, tanto TASIO como ADELINA, se opusieron con rotundidad a la experiencia de su hija. Pero la chica, alegaba con firmeza que a sus 19 años tenía también derecho a elegir su forma de vida para el verano, que ya eran muchos años haciendo lo mismo con el viaje a Calpe y que ella tenía la madurez suficiente para cuidar de la casa mientras que ellos estuvieran ausentes. Con manifiesta oportunidad, su hermano FAUSTO aprovechó la “brecha generacional” que se había atrevido abrir su hermana para plantear también su particular opción: unos amigos iban a recorrer, en plan bohemio, muchos parajes del norte cantábrico y la zona gallega. Por supuesto que también él, que este año había estudiado el 4º curso en el grado de traducción e interpretación, quería acompañarlos y vivir la experiencia. Tenía unos ahorros, provenientes de las clases particulares de inglés que solía impartir y, durante la “road movie”, pensaban en echar algunas horas trabajando en aquello que se terciara, fuera en el campo o en los servicios.
Aunque en un principio Tasio, 52 años, instalador y reparador de electrodomésticos para la línea blanca, dio algunas voces y palmazos en la mesa, apoyado por su mujer Adelina, 53 años, cuidadora facial y ayudante de vestuario, en uno de los teatros de la ciudad, ante el frente común abierto por sus hijos, no tuvo otra que ir cediendo en su intransigencia, aceptando la realidad de que el próximo mes serían solos los progenitores quienes acompañarían a Herminia al apartamento de la playa, durante el cálido agosto. Tuvieron que asumir que sus hijos, ya no eran aquellos niños que siempre los acompañaban, Por el contrario, eran dos mozalbetes que habían superado la mayoría de edad y de pura lógica querían ir diseñando su propia vida.
Pasaron los días y antes de emprender la marcha, en el vetusto (quince años) pero siempre bien cuidado Peugeot break 307 de color naranja oscuro, recogiendo en su casa previamente a Herminia con sus “aparatosas” maletas, leyeron repetidamente “la cartilla” a la “niña”, dándole una sarta de consejos y advertencias, acerca de cómo tenía que cuidar la casa y organizar las comidas de cada día. Azul aplicaba la mayor resignación ante todas las amonestaciones que recibía de su madre Adelina. Su hermano Fausto hacia ya una semana que había emprendido la feliz aventura por el norte peninsular, con cuatro amigos de la facultad. Los dos hermanos habían recibido sendos sobres, conteniendo algún dinero, de manos de su padre. Tasio quería evitar que cometieran alguna “locura” y así pudieran hacer frente a las primeras necesidades de cada día.
Era viernes 31 de Julio, cuando Azul se vio al fin “dueña” de la casa y sus destinos, con la perspectiva de tres semanas “autónomas” para hacer lo que quisiera. Tras despedir a sus padres comenzó a dar saltos y piruetas de alegría, no sólo sobre el suelo sino también encima de la cama. Con esos movimientos y expresiones anímicas mostraba su satisfacción ante la experiencia de pasar unas atractivas semanas para el descubrimiento, durante el peculiar e interesante agosto madrileño. Mes enriquecido con ese encantador e inusual vacío humano, sólo compensando por la constancia de los siempre fieles turistas hacia la gran capitalidad del Estado.
Para Azul se iniciaba una experiencia “la mar” de sugerente. Durante unas semanas iba a poder descubrir a ese Madrid profundo que aparentemente ya conoces, porque has nacido y resides en ese lugar, pero que en realidad vas cayendo en la cuenta, a medida que pasan los días, de todo lo que ha permanecido oculto y desconocido para ti hasta esos momentos. Para su suerte, su amiga Eva había tenido que retrasar tres días su desplazamiento a Londres, a requerimientos de la Sra. Jane. Por tanto, quedaron en verse ese sábado para que juntas iniciaran esos paseos y contactos novedosos con la “ciudad oculta” en la que siempre habían residido.
Utilizando con inteligencia las numerosas líneas de metro y los buses, para conseguir más eficaces desplazamientos, trazaron sobre un gran plano algunos barrios emblemáticos por los que llevaban mucho tiempo sin pasar, en los recorridos cotidianos. Aunque algunas mañanas iniciaban esas interesantes visitas, dedicaban para ello la mayoría de las tardes, paseos que en muchos de casos se prolongaban hasta horas nocturnas. Todo dependía de las personas que iban conociendo o de las actividades festivas que hallaban en todos esos parajes lustrados con el encanto de un clima que mejoraba notablemente con un agradecido frescor, cuando el sol comenzaba su retirada hasta el día siguiente.
Sin embargo, Azul pronto se dio cuenta que bebía protagonizar su propia búsqueda de la ciudad, sin apoyarse tanto en su amiga Eva. Cuando al paso de esos tres días su compañera de correrías tuvo que tomar el equipaje para volar hacia Londres, comenzó realmente ese protagonismo de dejarse llevar por la gran ciudad, a fin de descubrir sensaciones, vivencias, personajes, para su goce y enriquecimiento. Por cierto, sus padres Tasio y Adelina la llamaban con mucha, con “excesiva” frecuencia desde las playas de Calpe, a fin de conocer como le iba en esas correrías por el gran Madrid en el estío veraniego.
Aunque en muchos de los días gozaba caminando sin un destino fijo o mínimamente preconcebido, siempre encontraba un punto de interés, generalmente festivo, pero también (lo que para ella era incluso más importante) humano. Conoció a muchas personas, durante esas tres largas semanas. Muy heterogéneos prototipos humanos.
En una de sus frecuentes caminatas, la mayoría sin una dirección predeterminada, cierta tarde acabó en uno de los barrios que celebraban sus alegres fiestas veraniegas. Los adornos con farolillos, globos de papel y banderitas de colores le daban un lustre precioso a la muy alegre escenografía. Se estuvo distrayendo, mirando los numerosos tenderetes en los que vendían productores de elaboración artesanal, adquiriendo alguna “chuchería” (una pulserita de cuero labrado y una pinza para el pelo, hecha de corcho tratado, verdaderamente original) a esos buenos precios que incluso admiten un divertido y hábil regateo. También le llamó la atención una caseta para el tiro al blanco, atracción que su padre le comentaba recordando tiempos de la infancia. Se disparaba con unas escopetas de aire comprimido, sobre unas grandes bolas de azúcar con anís, que recorrían un circuito. Te entregaban la bola que habías derribado, utilizando una destartalada escopeta que tenía la mirilla con el punto cambiado, por lo que tenías que comprar varios balines hasta aprender la trayectoria o dirección correcta para el acierto. Aunque la música no paraba de sonar, el baile no comenzaba hasta las 21:30. Siguió recorriendo el ambiente tan populachero que proporcionaba el numeroso gentío, contemplando la diversión de los peques, montados en sus ilusionados tiovivos.
Llegó el momento en que tomó asiento en uno de los chiringuitos instalados alrededor de la plaza, para cenar alguna cosa, pues entre canciones, luces y parrandas, pasaban las diez en su reloj y el cuerpo le reclamaba algo de alimento. Pidió una big hamburguesa bien hecha, acompañada de una guarnición de patatas fritas. Su madre habría puesto el grito en el cielo, pues era muy estricta con lo que Adelina llamaba “los platos basura” que tan alegremente toma la juventud y que tanto perjudicaba las siluetas y los organismos de las personas. Cuando le sirvieron el suculento manjar, el joven camarero le regaló una “picara” sonrisa diciéndole “Como te veo aquí solita, entre tanta gente de fiesta, te he puesto una doble ración de patatas. Tienes que alimentarte, pues estás bastante flacucha. Pero te lo tienes que tomar todo, que después empiezan los bailes, que duran hasta la madrugada y hay que estar fuertes”. Después de la cena y con su pinta de cerveza aún a medio consumir, observaba cómo la gente danzaba y danzaba, en un ambiente muy popular y con los decibelios sonando a toda pastilla. La orquestina estaba “acompañada” por unos bafles gigantescos, que ensordecían los tímpanos más delicados. En un momento concreto vio como se le acercaba de nuevo el joven camarero, con otra divertida sonrisa:
“Muchacha, llevo trabajando desde las ocho. Ahora me corresponde un buen rato de descanso. Te invito a bailar. No puedes disimular que tienes muchas ganas. Y no te vas a poner a dar saltitos sola. Mi nombre es VENANCIO (algunos me dicen Veno) Y yo sé que te llamas Azul, porque lo he leído en la plaquita de plata que cuelga de tu cuello. Vente, que lo vamos a pasar un poquito bien. Y así haces la digestión de la súper hamburguesa que te has tomado”.
El Chiringuito lo había montado una asociación benéfica llamada La Gran Familia (como el título de la inolvidable película) cuyo objetivo era la protección de las mujeres, solteras y casadas, víctimas de la violencia de género. Los bailes con la espontánea pareja, duraron hasta más allá de las doce. Intercambiaron, en medio del estruendo general, muchas sonrisas, chascarrillos, frases ocurrentes, mímicas y el mejor de los talantes. Camino de vuelta a casa, esa su nueva amistad se ofreció a acompañarla. En el muy largo paseo hasta su domicilio Veno le confesó que trabajaba de bombero, en el Parque que correspondía a la zona norte. Y que tenía muchos amigos en esta peña, por lo que se ofrecía a prestarles ayuda de manera desinteresada, cuando montaban alguna fiesta, en el servicio para atender las mesas. Cuando llegaron al portal del edificio, los dos jóvenes se fundieron en un cariñoso abrazo. Él hizo ademán de besarla, a lo que ella accedió todo divertida. Prometieron verse otro día. Ya en casa, y tras despojarse de su camiseta, vaqueros y sandalias, se tendió relajada encima del colchón, recordando con agrado todos los incentivos que la lúdica tarde le había deparado. La luna llena parecía clarear todo un cielo sembrado de estrellas.
Entre paseos, metros y autobuses (a veces también cogía su bici plegable) recorría los numerosos parques y espacios naturales de que goza la villa del Oso y el Madroño. En algunas de esas zonas verdes, pasaba toda la tarde con su novela y el correspondiente “bocata” que transportaba en su pequeña pero útil mochila de piel. Cultivaba el calor de la amistad de la forma más imprevista y ocasional.
En otras de las tardes agosteñas, con esa dulce flama térmica al que el cuerpo acaba habituándose, Azul se encontraba en el Parque del Retiro, sentada en el césped y apoyando su espalda en el alargado “fuste” de un castaño de Indias. Siempre le había gustado dibujar y ahora se distraía con su lápiz y libreta, componiendo formas de las bellas y tranquilas imágenes que tenía ante su vista. Había otros jóvenes y chicas por la zona. Algunos padres caminaban, en pleno atuendo “playero”, con sus hijos, que correteaban sin parar, con esa energía inalterable que parecen atesorar. Había un par de chicas jóvenes, también sentadas sobre el césped, que enlazaban una de sus manos mirándose y besándose. Azul sacó de su mochila el gran bocata que se había preparado, con jamón y queso tierno, añadiendo un par de hojas de lechuga. Tras desliarlo del papel en que venía envuelto, reparó en que dos chicas le estaban observando. Con un impulso reflejo, les devolvió el saludo en forma de otra sonrisa y les dijo, ayudándose de la mímica, ¿lo compartimos? NIARA e ITZIAR no lo dudaron un solo instante. El bocadillo fue un aperitivo muy bueno, para acompañar a las tres cañas de cerveza que les sirvieron en uno de los puestos instalados en ese gran parque. Las tres nuevas amigas pronto intimaron. Niara trabajaba en un centro comercial instalado en Vallecas, mientras que Itziar daba sesiones de Reiki, aunque su formación deportiva le permitía ser contratada en gimnasios para dirigir clases de Pilates. Vivían formando pareja y su alegre y sano carácter difundían esa alegría de vivir que te hace apetecer y valorar su compañía. Tres días después, Azul pudo asistir a una sesión de Reiki, a la que había sido invitada por sus amigas. No salió muy convencida de toda esa energía que había sido compartida por el grupo asistente, pero valoraba con esmero el ambiente cordial y de camaradería que se respiraba entre los asistentes. Los abrazos que todos daban a los arboles conformaba una agradable y naturalista plástica, que quedó con firmeza grabada en sus recuerdos.
Esas y otras amistades, junto a las numerosas vivencias iban rellenando de luz y color el entrañable y familiar agosto vivido en Madrid, humanizado también con esas numerosas anécdotas que asombran, a veces enfadan, en ocasiones hacen reír y casi siempre enseñan para nuestro caminar por la vida. Aquel olvido que tuvo de la llave de entrada en el portal, cuando te das cuenta de que es la una y media de la madrugada, pero a esa nueva vecina con la que apenas habías cruzado el hola o buenos días no le importó levantarse de la cama y abrirle a través del portero electrónico. Los crujidos misteriosos durante la noche, ya fuesen fantasmas, imaginaciones, sueños o tal vez esas contracciones y dilataciones por el calor y el cambio de temperatura, que conforman acústicas intrigantes para mentes imaginativas y traviesas. También fueron divertidos esos logros y “estropicios” culinarios, realizados en la cocina, que si hubieran sido vistos por su madre habría provocado los habituales espavientos y exageraciones de doña Adelina. La excusión senderista (regada por un fuerte aguacero convectivo) que realizó a Navacerrada, acompañada por el amigo Veno que, siempre que podía le echaba “un telefonazo”.
Los días fueron pasando rápidos y pronto recibió la evidencia de que la vuelta de sus padres era inminente. Cuando éstos la abrazaron, inquiriendo una definición de su mes de agosto madrileño, Azul simplificó la experiencia con una sencilla frase: “Estas semanas, descubriendo mi ciudad y sus gentes, me han hecho madurar, apreciar y valorar la diversión de las pequeñas y grandes cosas que tenemos tan próximas, conocer y hacer nuevas amistades, pero sobre todo … humanizar y enriquecer mi existencia. Durante el verano siguiente, no tengo la menor duda de mi intención, me gustaría repetir y disfrutar estos días inolvidables, con el valor de la proximidad”.
EL VALOR DE LA PROXIMIDAD.
UN MES DE AGOSTO EN MADRID
José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTA
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
Viernes 13 marzo 2026
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