Son lugares que reúnen a miles de ciudadanos cada día, a los que se acude con la condición previa de tener paciencia para la espera. Estos espacios, estratégicamente situados, resultan cada vez más útiles y necesarios para la movilidad. Nos estamos refiriendo a las paradas de los autobuses municipales y también suburbanos. Cualquier persona, incluso aquellos que tienen movilidad reducida, puede tomar el bus 14, 11 o el 4, etc. para sus necesidades de desplazamiento por la ciudad y localidades suburbanas.
En esas paradas se suelen producir numerosos ejemplos de comportamiento, que reflejan la manera de ser de cada cual y el nivel educacional que se posee, sea cual sea la edad del viajero. La potencialidad informática actual ha permitido al usuario poder informarse, a través de su móvil telefónico y utilizando la aplicación correspondiente, el tiempo que ha de esperar para subirse a la línea de bus elegida. Actualmente, una mayoría de las paradas urbanas tienen también pantallas que informan, con agilidad, el tiempo de espera para cada línea vinculada a esa parada.
En cuanto al comportamiento de los usuarios, algunos no saben respetar la cola, sino que se sitúan en lugares diversos, “olvidándose” del orden de espera, provocándose discusiones y protestas, ante el interés de acceder pronto al bus, para poder sentarse si hay asientos libres. Viajar de pie, agarrándose a las barras, tiene sus riesgos, en los frenazos bruscos y en los giros pronunciados del conductor. El problema se agudiza cuando hay paradas dedicadas a varias líneas. Cuando hay mucha gente esperando, no se sabe el bus que desea tomar cada viajero. Normalmente a las personas mayores se les respeta, pues tienen asientos reservados y también para los usuarios con problemas de movilidad.
En este contexto tuvo lugar la siguiente historia cargada de nostalgia. Había tomado el Circular 1, para dirigirme a mi domicilio. Esta es una línea de autobús municipal que, junto a la C2, recorre muchas barriadas de Málaga, realizando grandes circunferencias por el plano urbano de la ciudad. Es un viaje largo, con el incentivo de la distracción, al recorrer un trayecto tan contrastado en la historia de la localidad. Ocupé un asiento que quedó vacío en la parte trasera del abarrotado vehículo. A mi lado viajaba una señora bastante mayor, cuidadosamente arreglada, en ropa, joyas y cosméticos. Di los buenos días, por educación, en voz baja. Entonces la compañera de asiento me observó con fijeza. Algo me decía que aquel rostro, surcado por numerosas arrugas, inútilmente tratadas de disimular con un abundante maquillaje, soportando pronunciadas bolsas bajo unos ojos de mirada cansada que reflejaban manifiesta tristeza, su no abundante cabello, protegido con una gorrita de lana gris azulada y un cuerpo ya inclinado por la debilidad ósea, algo me hacía recordar en la memoria que la imagen de esa persona, ya muy anciana, yo la había visto y tratado antes en algún punto de mi desarrollo vital.
Las neuronas de los recuerdos actuaron, en esta ocasión, con una sorprendente y eléctrica eficacia. En ocasiones se olvidan datos y detalles recientes, mientras que fluyen en la memoria imágenes, hechos y vivencias, que soportan muchas décadas de distancia temporal. Esa persona me generó como una ráfaga visual en la que te juegas acertar, como en una papeleta de tómbola. “Disculpe la pregunta o indiscreción ¿su nombre es doña ELENA?
Me vi entonces como un adolescente de 13/14 años, que cursaba 4º del antiguo bachillerato elemental, en el Instituto de Enseñanza Media Ntra. Sra. de la Victoria (así se llamaba entonces). La profesora que impartía la asignatura de Literatura Española solía provocar el “temor” y el “horror”, en ocasiones, sobre los 40 compañeros masculinos que asistíamos a sus clases. Eran los años sesenta del siglo XX en nuestras vidas. La percibía como una profesora (era una ilustre catedrática, por rigurosa oposición) que dominaba muy bien la materia en la explicación e incluso recitaba la poética del temario. Siempre vestía con elegancia, con ropa de modista hecha a medida. Cuando explicaba, su pronunciación era más castellana que malagueña/andaluza. Me provocaba curiosidad la forma como hablaba, remarcando las sílabas de las palabras, buscando el impacto acústico y conceptual de los contenidos. Usaba gafas para la lectura y los alumnos la observábamos como una diosa de las letras. El libro de texto que usábamos lo había escrito ella. Pero el “pedestal” o distancia cultural entre ella y aquellos niños del franquismo en la España desarrollista, que estaban en plena pubertad, era para nosotros inabarcable.
Para aquellos alumnos de los sesenta en su materia, lo que más temíamos, aparte de la severidad de las calificaciones en los exámenes, era su peculiar forma de ser en clase, su rigidez de conducta. Cuando regañaba, se nos “helaba” la sangre. Al corregir a ese compañero que hablaba en clase, cuando ella explicaba o se distraía con algún compañero, no le importaba utilizar palabras “ofensivas” que hoy hubiera provocado incidencias disciplinarias por parte de la inspección educativa, al menospreciar con palabras insultantes o humillantes al adolescente que había cometido alguna falta. Pero en aquella España de los años sesenta, los profesores fumaban en clase y tenían una autoridad “absoluta” sobre sus alumnos. No se movía una mosca en el aula, cuando se dirigía al compañero infractor llamándole “… ese niño tan feo, tonto, estúpido …” mientras anotaba en su cuaderno una falta de conducta, que iba a repercutir en las notas finales. Obviamente, entre la chiquillería, los apelativos o motes que recibía, como a otros profesores, era más que usual. La admiración de ¡cuánto sabe! mezclada con el temor, cuando entraba en el aula, iban unidos, en la mentalidad de aquellos niños. Efectivamente me confirmó que ella había sido catedrática de instituto. Lógicamente, no se podía acordar de este compañero de asiento, que se identificó como antiguo alumno en sus clases del Instituto, en el barrio de Martiricos.
Y ahora la tenía allí sentada a mi lado, con más de setenta años, aunque su imagen, muy deteriorada, aparentaba muchos más. Conservaba su voz enérgica y la forma de marcar las sílabas, aunque ya sin aquella antigua potencia que recordaba. Decidí también bajarme en la primera parada del Parque, cuando ella se levantó de su asiento. Ya en la acera norte, de ese admirable vergel vegetal atravesado de vehículos, viendo su limitación física en el caminar, tuve el “impulso” humanitario, a pesar de los sufrimientos pasados, de pedirle, con sencillez, si aceptaría compartir un café u otra infusión, con uno de sus antiguos alumnos. Para mi enorme sorpresa, la veterana catedrática aceptó, indicándome que fuera un establecimiento próximo, pues ella residía en el barrio de la Malagueta y evitaba las largas distancias por sus problemas de salud. Fuimos caminando bien despacio, intercambiando diversos comentarios, banales pero llenos de nostalgia, sobre nuestro antiguo instituto, hasta la cercana cafetería Flor próxima a la plaza de toros.
Sentados ya junto a una mesa interior del establecimiento, para evitar la humedad que la proximidad del mar potenciaba, en ese barrio acomodado malacitano, ella ordenó al camarero un chocolate caliente con canela, mientras mi servicio fue un café descafeinado con leche. Tras insistirle, accedió a que nos trajeran dos pasteles de hojaldre, con cabello de ángel. El reloj se acercaba a las 20 horas de ese importante día en el recuerdo de la adolescencia. Brevemente, le expliqué mi vida académica y laboral, desde que dejé el instituto. Pero la veterana interlocutora de mesa, para mi sorpresa, pronto dinamizó con fuerza inesperada sus palabras, a fin de irme resumiendo importantes hitos y logros de su vida intelectual y laboral, de los que se mostraba, lógicamente, muy orgullosa. Mentalmente “cerré” aquellos inadecuados y desagradables episodios escolares, que habíamos también compartido en las aulas de un instituto masculino recién inaugurado, emblemático para la enseñanza pública en Málaga. Lo importante era escuchar a una ilustre profesora, con la que había compartido la enseñanza en los años sesenta. Sus anécdotas, sus “galones” y homenajes, su producción bibliográfica, definían a una intelectual docente y escritora que había enriquecido el clima cultural de la capital malacitana, especialmente en el Ateneo de la ciudad. Doña Elena había nacido en un pueblo aragonés zaragozano, La Almunia de doña Godina, en 1908. Habiendo ejercido en diversos centros del norte peninsular, hasta recalar en Málaga, ciudad marinera y hospitalaria, en donde desarrollo gran parte de su vida.
Desde el “miedo” en el aula, al reconocimiento de su esfuerzo intelectual, en esa tarde de septiembre, habían pasado más de dos décadas. El reencuentro inesperado y sorprendente, en esa línea de bus, había sido un generoso regalo del destino. Ahora, al final del camino, ese tiempo innegociable había sido cruel con su anatomía, pero como las flores, doña Elena aún conservaba ese encanto y aroma intelectual, desarrollado con miles de alumnos en un Instituto público de la enseñanza secundaria. La prensa publicó la triste noticia de su fallecimiento en Madrid, mayo de 1995.-
REENCUENTRO EMOCIONANTE EN UNA TARDE DE OTOÑO
José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
Viernes 27 febrero 2026
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