viernes, 16 de enero de 2026

LA INSÓLITA ESPONTANEIDAD DE UNA NIÑA

 


Hay lugares afortunados en las ciudades, que se ven visitados, a diario, por un importante número de personas, los vecinos naturales de esa localidad y los visitantes foráneos que disfrutan del turismo. Unos y otros recorren esos espacios, que casi nunca se ven ausentes de paseantes, como no sea en horas avanzadas de la noche. ¿Y qué buscan en estos lugares, para visitarlos con tan repetida asiduidad?  Obviamente son espacios tranquilos, muy apropiados para gozar del paseo. El tráfico rodado tiene vetado su paso por esas zonas, salvo los vehículos expresamente autorizados (Sanidad, policía, taxis) que circularán con una extremada prudencia.

Son lugares en los que no suelen faltar la proximidad de jardines, bancos para el descanso y abundante arbolado para protegernos de la radiación solar. Suele también haber, en las proximidades, una atractiva riqueza monumental, sin que falte la oferta comercial o restauradora. Todas las ciudades tienen su paseo, con los incentivos propios generados por la historia urbanística o por la propia naturaleza.

En el caso de Málaga capital, valorando esos encantos que hay que saber verlos, de las barriadas periféricas, tenemos algunos lugares emblemáticos en donde gozar del saludable paseo. Destaquemos el núcleo de calle Alcazabilla y la Plaza de la Merced y el Gran Parque de la ciudad (Alcazaba, Teatro Romano, Museo de Málaga, Catedral, Museo Picasso, Jardines de Puerta Oscura, la subida a Gibralfaro y el Castillo, la tradición de “El Pimpi”). Todos esos incentivos relacionados en un perímetro espacial, no muy extenso, son fascinantes para caminar y disfrutar. 

Sin embargo, hay otra posibilidad muy cercana para el paseo, “encastrado” en el centro de la ciudad. EL PUERTO de mar, acertadamente remodelado, para la navegación, el turismo y el incentivo comercial y restaurador. Pasear al lado del mar, respirando esas brisas frescas y salinas con las que el viento acaricia nuestras epidermis, hace posible una opción que la mayoría ciudadana agradece. Disfrutamos de prolongados minutos transitando por sus respectivos muelles, en los que hay amarrados barcos de toda naturaleza, aunque los mayores cruceros atraquen en la zona este de la Estación marítima, en una plácida bahía. Nos cruzamos con gente de pasea, cantautores y juglares de la poesía o la pericia, puestos de hábiles y alegres artesanías, comercios de variada índole con restaurantes de un cuidado prestigio. La emoción que nos produce el sonido de las sirenas de los buques que llegan o abandonan esta entrada sur a la ciudad, navegando lentamente por ese camino hídrico para la imaginación y el ensueño. En este bello y singular contexto se desarrolla nuestra historia de esta semana. 

Cuando ELENA Segarra cumplió los 18, decidió dejar el cobijo familiar donde residía con sus padres y tres hermanos. Aun siendo la pequeña de la familia, tenía la ilusión de experimentar la vida de manera autónoma, encontrando acomodo como cuidadora de una señora mayor, doña SABINA Aurioles, una veterana concertista de piano que había tenido numerosos “amores” pero ningún matrimonio. Nonagenaria y con dinero, contrató a esta joven para tener esa compañía tan necesaria en las edades avanzadas. Los hermanos y sobrinos de la pianista acordaron con Elena que tendría las mañanas completamente libres para poder continuar con sus estudios, ya que se había matriculado en un módulo profesional de administración y gestión económica. Doña Sabina residía en una casa señorial antigua, en el barrio selecto del Limonar. Otra cuidadora se incorporaba al domicilio de la antigua pianista por las mañanas, para desarrollar tareas de limpieza y cocina hasta las 17 horas. 

Para Elena era una opción muy interesante. Tenía habitación y alimentación gratis, además de una compensación económica, a fin de no depender tanto de sus padres. Y podía seguir estudiando, para labrar su futuro, madurando al tiempo su personalidad. Gozaba de los domingos libres, ya que los familiares de doña Sabina venían a por ella para que pasara con ellos la jornada dominical. 

En dos años obtuvo el título que anhelaba, ampliándolo con otros útiles estudios de Informática y profundización en el dominio del inglés, asistiendo a la Escuela Oficial de Idiomas. La relación con la señora que cuidaba por las tardes y noche era muy agradable, pues doña Sabina era una persona mayor, pero con una admirable e inaudita vitalidad y fraternidad. Y así fueron pasando los años, con la rapidez del calendario. 

Preparó unas oposiciones para la hacienda y tesorería municipal. Después de un intento fallido, obtuvo la plaza que tanto deseaba. Elena comenzó a trabajar en la zona de la antigua Fábrica de Tabacos, reconvertida en una de sus partes ¡en la Tesorería municipal, con un horario laboral de 8 a 15 horas, con el lógico break para el desayuno. Con lágrimas en los ojos, doña Sabina y su amiga de compañía se despidieron “Aquí tendrás siempre tu casa, mi querida Elenita”. 

Con los ahorros que había ido reuniendo con paciencia y su primer sueldo como funcionaria municipal, dio la entrada para comprar un lindo apartamento, de “muchas manos” en la bella atalaya del Camino Nuevo. Sus hermanos le ayudaron a realizar unas reformas (baño y cocina, el resto mostraba buenas condiciones) en ese su nuevo “nido” para la vida.

Alcanzaba ya los 29 años y su vida relacional se circunscribía a un pequeño círculo de amigas, vinculadas a las aulas del aprendizaje. Pero hasta el momento no había tenido suerte con las parejas masculinas. Los chicos con los que había salido le parecían un tanto inmaduros y, en otros casos, bastante “niñatos”. No faltaban quienes querían experiencias “raras” en la cama. Y no es que Elena fuera una “lumbrera”, pero perder el tiempo con algunos que se le acercaba no tenía para ella futuro alguno. Sentía apacible su soledad. Contaba con su trabajo y, lo que era muy importante, su independencia. Se distraía por las tardes con la copiosa oferta cultural que Málaga ofrecía con sobrados incentivos. El cine Albéniz, el centro cultural Malagueta, el Centro Andaluz de las letras, el Conservatorio Superior de Música, el Ámbito Cultural de El Corte Inglés y un largo etc. De todas formas, cuando el buen tiempo acompañaba, lo que más le hacía disfrutar eran los paseos, recorriendo calles, plazas y rincones con encanto, como los que atesora cualquier localidad. 

Priorizaba los recorridos por el centro antiguo de la ciudad, en los que encontraba espacios interesantes para la imaginación y el recuerdo. Había una zona, para sus recorridos, que verdaderamente le subyugaba y no sin motivos. Nos estamos refiriendo al recinto portuario, hace años felizmente bien remodelado. El Palmeral de las Sorpresas, en muelle 2 de las tiendas con “estilo”, el atardecer de la esbelta y blanca Farola, el aroma fresco, salubre y a brea de mar siempre apacible en la “coqueta” bahía malacitana. Le gustaba sobremanera disfrutar la serenidad de las aguas marinas del mediterráneo, con ese colorido verde oscuro azulado para la imaginación y el encanto. Observar el lento vaivén de las grandes y modestas embarcaciones ancladas en el muelle y la llegada de los grandes cruceros en la lejanía del horizonte. En esos frecuentes paseos junto al mar, se cruzaba con personas tan diferenciadas en edad, vestimenta, forma de caminar y con sus formas simpáticas de usar el castellano o ese inglés tan universal que ella entendía y le motivaba tantas sonrisas por los modismos expresivos que cada uno utilizaba. Sentía el suave calor fraternal en la soledad densificada de tantas personas que iban de aquí para allá. Le emocionaba ver a los niños jugar y disfrutar, algunos con sis patines, otros con sus balones, emulando a las grandes estrellas del balompié, y los más con el sano placer de correr, reír y saltar. Comenzaba con el Palmeral, iba recorriendo pausadamente el perímetro portuario hasta la gran señora vestida de blanco, siempre cordial y vigilante con sus luces orientadoras para marinos y aficionados a la mar. Y algún día llegaba hasta el morro o dique levantino, ahora transformado en una, nada abierta para los malagueños, estación portuaria. No se les permite la entrada, a quien no porte la “enseña” de un billete de turista naval.

De tanto repetir esos itinerarios vespertinos, se iba quedando con rostros, figuras, formas y comportamientos de los paseantes “anónimos” a los identificaba con nombres simpáticos, curiosos y ocurrentes. Cierto día tuvo una experiencia que posiblemente nunca olvidará. Un hombre de mediana edad (tendría cuarenta y tantos) paseaba junto a una niña pequeña, que tendría entre seis y siete años. Iba bien arregladita, vestida con alegre traje veraniego, peinada con dos coletas y unos lacitos celestes en sus puntas, no muy bien hechos. La niña llevaba en sus manos un paquete de “gusanitos” o maíz procesado, aunque a veces saboreaba un chupachups de fresa. De tanto cruzarse, una tarde tras otra, la pequeña, muy expresiva, le saludaba con su manita inocente diciéndole “adiós”. Pero ese día, fascinante para recordar, sin esperarlo o suponerlo, la cría se le acercó, soltándose de la mano de su padre: 

“¡Hola! me llamo LEILA y tengo 8 añitos. Mi papá, es ese señor tan alto. Se llama DARÍO. ¿Quieres ser mi segunda mamá?”

Elena no sabía lo que decir, pensar o responder. Sólo acertó a sonreír y a decir sin pensarlo” pues claro que sí, preciosa”. El padre de la niña se acercó con rapidez tratando de arreglar el compromiso en que lo había dejado la sana espontaneidad e inocencia de una niña sin madre. 

“Discúlpenos, los niños son así y dicen lo que piensan de la forma menos condicionada por las formas y los respetos que aplicamos los mayores.” La situación era especialmente divertida, Un padre con los “colores” en el rostro, una niña sonriente y divertida, pero complacida de lo que había hecho, y una joven que desde aquel momento sintió que el destino estaba interviniendo en su vida. Para arreglar el clímax emocional que se había creado, Darío tuvo una oportuna idea. “Bueno, ya que nos hemos presentado, podríamos compartir un helado o alguna infusión, pues la tarde está metida en calor”. Todos rieron y se sentaron en una heladería próxima, con buena clientela, en el muelle dos. Un café bien cargado para Darío y las dos mujeres sendos cucuruchos, con su gran bola de helado. De aquel lugar tan agradable, no se movieron en casi dos horas, destacando el protagonismo de una persona de mediana edad, 47, viudo desde hacía tres años, con una preciosa hija a la que muchas tardes la sacaba de paseo. 

“Leila tenía cinco años cuando perdió a su madre y yo a una gran compañera de vida. La enfermedad no entiende de razones ni consideraciones. Al menos todo fue muy rápido. Y ya han pasado tres años y tanto yo como mi hermana hacemos lo que podemos. Esther está casada y con dos hijos de una edad similar a la de mi hija. Nos ayuda mucho, a pesar del trabajo que ya tiene con su propia familia. Trata a su sobrina como a una hija y su marido Mario también es muy generoso. Soy técnico especialista en obras de arte. En la actualidad estoy adscrito a la empresa Thyssen Bornemisza. Ello me obliga a viajar con frecuencia, para identificar la autenticidad de obras “perdidas” en los lugares más diversos. Una ermita castellana, un capitel que aparece en unas obras municipales, algún anticuario que mantiene que tiene un auténtico Zurbarán…”

Elena también comentó su situación laboral, como administrativa en el ayuntamiento de Málaga, en la sección de tesorería. Los dos adultos intercambiaron sus opiniones sobre diversos asuntos, mientras Leila jugueteaba por unos jardines próximos. Los minutos se convirtieron en horas y ya atardecía cuando cayeron en la cuenta de que el reloj marcaba las 21 horas. Darío se mostró preocupado, esbozando una sonrisa. “Hoy me he pasado y mi hermana me va a echar una regañina, pues es estricta con la cena de los pequeños. Pero ha sido una tarde muy agradable que no olvidaré por años, totalmente inesperada. Parece que el destino me estaba marcando un camino y ha utilizado la sana espontaneidad de Leila, bendita inocencia”. 

Aquella noche, tres almas a las que el destino o la casualidad había querido unir, estuvieron muchos minutos despiertas, analizando la novedosa situación. Era obvio que cada uno de ellos veía la experiencia vivida de una forma diferente. Para ELENA, la posibilidad de convertirse en madre de una niña, que apenas conocía, era una responsabilidad muy grande. Ella alcanzaba los 29 años y el padre de la niña, un hombre muy agradable y culto le superaba en 18 de edad. La ejemplaridad que mostraba con su hija era admirable. Físicamente no estaba mal, cuarentón avanzado, especialista en arte, materia en la que ella apenas entendía. Cuando ella llegara a la cincuentena, él sería septuagenario. Obviamente se había casado “tarde”, quizás con algún enlace previo que desconocía. Incluso había conocido a Raquel, más joven que Darío, pues él quiso mostrarle una foto de la madre y esposa. En estos tres años ¿habría superado la dura pérdida de la persona que amaba?

Los pensamientos de DARÍO también eran confusos. El azar, la travesura de su pequeña hija, lo había vinculado con una joven que a los 29 carecía de pareja. SE preguntaba el por qué. Pensaba que sería una de esas personas a quienes les gustaba vivir sola o la suerte no habría deparado la posibilidad de vincularse en pareja. Físicamente la veía como una persona “normal” con el don apreciable de su juventud. Tenía bellos rasgos y se expresaba muy bien, aunque por la lógica del encuentro mantenía una necesaria privacidad expresiva. Su hermana Esther era sin duda una mujer abnegada, pero comprendía que la carga continua de una sobrina no debería hacerse indefinida. ¿Podría surgir el amor con Elena? Al fin se tapó la cabeza con la almohada, tratando de conciliar el sueño.

¿Y LEILA? Era comprensible que quisiera tener una mamá, como las demás compañeras del cole. Perdió a la suya, cuando estaba a punto de cumplir sus cinco años. Elena le caía muy bien. Ante de ese encuentro providencial, cuando se cruzaban se intercambiaban algunas sonrisas. Parecía “una mami buena”. ¿Cómo sería cuando se enfadase? ¿Podría querer a su papá? ¿Y él se podría enamorar de ella? Se quedó dormida, pensando en la manera en que se lo iba a contar a Julita, su compañera preferida de 3º de Primaria, en el Colegio Sagrado Corazón de las Esclavas. 

Los días sucesivos fueron, para los tres, de una tensa espera. Darío había quedado en verse el fin de la semana siguiente, sábado, en el paseo del puerto, sobre las 18:30. Las tres almas solitarias acudían en una cálida tarde con neblina al punto de encuentro, con la tensión propia de cómo podría resultar su segundo encuentro. Cuando se vieron en la lejanía, las sonrisas fluyeron en sus rostros y fue una vez más la pequeña Leila quien se adelantó corriendo, abrazándose a Elena, mientras su padre sonreía, preparándose mentalmente para cualquier situación en el esperado reencuentro. Tras los saludos cordiales, Darío sugirió que como era su segundo encuentro sería divertido que después del paseo fueran a cenar. ¡Síii, a una pizzería! Exclamó Leila. 

Fue una noche divertida, enriquecida con bromas, compartiendo anécdotas, con el protagonismo vital de una pequeña que se sentía arropada por dos “mayores” que podrían recomponer su familia con una nueva madre. En los tres surgían dudas e ilusiones, acerca de una situación que apenas estaba comenzando. Darío, mientras Leila se entretenía con un cuento que le había regalado Elena, convenció a la nueva amiga para que se vieran los dos solos, el viernes próximo, a fin de profundizar y concretar acerca de una amistad que apenas estaba comenzando y contrastar la predisposición de cada cual con respecto al futuro. 



Y llegó ese anhelado miércoles. Ambos sentados en una mesa esquinera que miraba a un mar sereno, ornado con el elegante atuendo de la noche, en la que ya se dibujaban estrellas dispuestas a no perderse aquella idílica imagen de dos personas necesitadas de amor, comenzó una cena que iba a ser decisiva en el familiar Restaurante EL ANCLA. Darío asumió un necesario protagonismo, “pidiendo” una oportunidad para avanzar en el conocimiento recíproco, mantenido una intensa amistad para la aproximación, dejando que el tiempo y ellos mismos decidieran. Elena, con tacto y prudencia, planteaba la diferencia de edad, como una realidad que podía condicionar las voluntades. La vida de Leila no era mayor problema. Todo lo contrario. Era una niña encantadora que se había quedado sin mami, quien había viajado sin retorno por una decisión absurda y cruel del destino. Estaba muy bien cuidada y arropada, pero sin el calor afectivo e insustituible de una mamá.

Quedaron como prueba verse una vez a la semana para avanzar en el mutuo conocimiento y otra vez, los sábados, para pasear a la pequeña Leila. Y así fueron pasando las semanas y los días, tiempo en que la amistad se fue incrementando, aunque la atracción fue languideciendo. Casi dos décadas de diferencia entre un hombre y una mujer. No ayudó tampoco que NÉSTOR, un compañero de Elena en la tesorería municipal, un año menos que ella, comenzó a “luchar” por su amor. El feeling de Elena hacia su compañero se incrementaba casi sin saber por qué. Darío viendo y analizando la situación, tratando de evitar el sufrimiento de su hija, solicitó traslado a la cercana Granada, para que la pequeña fuera teniendo otras experiencias. Leila pasaba etapa con su querida tía Esther y otras con su padre, quien comenzó a intimar con la catedrática de Historia del Arte de la UGR, LEONOR, divorciada y un año mayor que Darío. 

Pudo llegar a ser una experiencia maravillosa, Darío con Elena. Pero ella fue la más preventiva con respecto a la diferencia cronológica. La vida de uno y otro se fue dibujando por sendas diferentes. 

Y PASARON LOS AÑOS. Otro día de verano, dos parejas se cruzaron en el puerto malagueño, cuando el sol iniciaba su retirada. Uno de los hombres detuvo a su pareja. Una de las mujeres, también hizo detenerse a su compañero. Darío y Elena se saludaron con un beso. Leonor y Néstor fueron presentados. Intercambiaron unas palabras de cortesía. Elena preguntó por Leila. “Pues disfrutando el verano con sus amigos, adolescentes de bachillerato. Te voy a dar su número de teléfono, por si algún día tienes un hueco y habláis. Ella te recuerda con especial cariño”. De pronto una linda niña, corrió hacia el reducido grupo. Tenía los ojos azules como su madre. “mami, ¿quiénes son estos señores?  Elena tomó de la mano a su hija respondiendo: “MARIEMMA, unos buenos amigos de papá y mamá.” –

 

 

LA INSÓLITA ESPONTANEIDAD

DE UNA NIÑA

 

 

 

                       José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 16 enero 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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