En ocasiones pensamos (incluso nos ufanamos) que sabemos mucho o “casi todo” acerca de esos vecinos, que nos van acompañando en el discurrir del calendario. Pero no caemos en la cuenta o certeza que la privacidad o intimidad personal es todo un infinito, muy difícil o casi imposible de abarcar y obviamente conocer. Y no sólo con respecto a los demás, sino también con respecto a nuestra propia singularidad.
Cuando un personaje “relevante” en cualquier género de la actividad (especialmente en el ámbito de la cultura) fallece, sus herederos y las asociaciones culturales, a quienes ha podido ceder su patrimonio intelectual, van descubriendo con asombro, al “vaciar su casa” materiales inéditos, sobresalientes y curiosos en su creatividad, que esas mismas asociaciones se disponen a sacarlos a la luz, con especiales ediciones en homenaje a tan preclaro e ilustre escritor o artista. En vida, el finado no había querido hacerlo por las razones que fuesen. Esos escritos o creatividades permanecían en estado de letargo, dentro de cualquier carpeta, caja o estantería. Podían ser sus secretos, textos que sólo él conocía en su justo valor. En la posteridad será el público lector quien los valore y disfrute, con su conocimiento y equilibrada reflexión. Pero además de los escritores, cualquier persona atesora o “esconde” muchas páginas de su vida que permanecen inéditas. Vayamos, pues, a la historia o relato de esta semana.
BRAULIA Almansa era una de esas vecinas que siempre se identificaban por asumir y vivir su entrañable soledad. Residía en un bloque vecinal de tres plantas más bajo, ocupando un piso pequeño o apartamento de sólo un dormitorio, con salón estar, cocina y baño con ducha. Ese ya muy veterano inmueble estaba ubicado en un barrio humilde, por su sociología, en el centro antiguo de la capital malacitana. Celosa en comunicar los años de su DNI, era de esas personas que siempre se las había visto “de mayor”, aunque a la buena señora se le escapaban, en sus diálogos ocasionales retazos de su infancia y juventud. A veces se le había escuchado hacer alusión a unos “parientes lejanos” pero era obvio, por sus propias manifestaciones, que nunca había llegado al matrimonio. Carecía de descendencia, en su asumida soledad. Ya en su ancianidad se mantenía con el recibo de una paga asistencial, por su trabajo durante muchos años en un taller de costura. Completaba sus escasos recursos o ingresos trabajando a diario ese crochet que con habilidad y maestría trenzaba. Sus preciosas creatividades artesanas, pañitos, manteles, cubre sillones, colchas, guantes, fundas de almohadas, etc. solía dejarlos en depósito en diversas mercerías malagueñas, para ganarse unas pesetas con las ventas o compras que, especialmente el mercado turístico, demandaba. Con estas labores subsistía y se entretenía. Era conocida por su frugalidad y modestia, tanto en el comer como en el vestir.
La señora Braulia era esa vecina, como abuela o madre, que sus convecinos apreciaban y necesitaban, en los quehaceres diarios. Nunca negaba ayuda a quien se lo pedía, dentro de sus muy limitadas posibilidades. En solidaria correspondencia, los vecinos del 3ºA o los del 1ºC, por ejemplo, cuando guisaban el puchero del día, esos garbanzos con chorizo y morcilla o esa olla con potaje de lentejas que tan buen aroma emanaba, llenaban un casillo o tazón de cerámica, para llevar a “la braulia, un plato bien caliente que ella agradecía en los fríos invernales, con esa sonrisa “un tanto pillina” que le caracterizaba. Y en los veranos también compartían el gazpacho o la “porra” que bien refrescaba y alimentaba. Era una muestra real de la fraternidad vecinal que tan bien lucía o florecía en los “corralones”, en las plazas populares o en los bloques modestos, en donde todos formaban una familia, aunque faltase el parentesco. Y era admirable el proceder de esa vecina quien, con la delicadeza necesaria, observando la somera vestimenta que usaba la señora del 2ºB, le ofrecía ese abrigo que siempre dormita y casi nunca se pone, temporada tras temporada. “Braulia ¿le vendría bien este abrigo o rebeca, que está de muy buen poner? A mí se me ha quedado pequeño, por esa tentación que tengo hacia los pasteles”.
Y así marchaba la vida, en el barrio malagueño de Las Lagunillas, antes que llegaran esos momentos de intensa degradación y las nuevas generaciones buscaran acomodo en otras zonas o localidades en donde residir y trabajar. El barrio, otros años floreciente, comenzó su paulatina decadencia y abandono.
Una mañana de invierno, cercana ya a la estación primaveral, los vecinos del inmueble LAS DELICIAS no vieron a la Sra. Braulia bajar con su carrito de la compra, para dejar la bolsa de los residuos en el contenedor y después llegarse al mercado de la Merced, en donde encontraba productos más baratos para su modesta necesidad. En el mercado los productos sólo podían ser “manoseados” por los propietarios de los puestos, a cambio de que los precios eran algo más económicos. Como doña Braulia era de hábitos fijos y repetitivos, a muchos extrañó no verla aquella mañana. Fermín, el barrendero, Celeste, la vendedora de chuches en el puesto de la plaza, Herminia, la abuela que cada día tomaba la placidez solar sentada en su silla de asiento de anea, etc. No le dieron mayor importancia “Habrá ido temprano a la parroquia o a otros menesteres. Pero esa ausencia de una convecina tan conocida se repitió al día siguiente y ello despertó cierta inquietud entre la vecindad, siempre aburrida e intensamente observadora, de cualquier detalle o anécdota para la distracción. La gente se preguntaba si la habían visto o si había comentado algún desplazamiento a realizar.
D. Gregorio, policía local jubilado, que residía a pocos metros del bloque de Braulia, llamó a un compañero suyo en el cuerpo, quien de inmediato se puso en contacto con la Policía Nacional y los servicios de protección civil. Comprobando que la puerta del piso estaba cerrada por dentro, dos miembros del Real Cuerpo de bomberos forzaron una ventana cuya persiana estaba a medio bajar y con el consentimiento judicial, entraron en la vivienda, evitando provocar los menores daños posibles. Una vez en el interior, abrieron la puerta (las llaves estaban puestas en la cerradura por dentro, y al llegar al dormitorio se encontraron a doña Braulia, sentada en su mecedora. Su cuerpo estaba ya sin vida. Un médico del Cuerpo de bomberos certificó el fallecimiento de la señora. La realidad de un fallo cardiaco era más que evidente. En una mesita baja, junto a la mecedora reposaba una taza de café negro a medio beber.
De inmediato, la maquinaria para el sepelio del cuerpo se puso en marcha. Una llamada al Ocaso fue suficiente, pues doña Braulia estaba al día del pago mensual al seguro de decesos. La policía, cumpliendo con su misión, procedió a interrogar a muchos vecinos, pero todos coincidían en que no conocían a familiar alguno de la finada, aunque ella había comentado en alguna ocasión acerca de unos sobrinos lejanos, pero sin concretar datos o en donde pudieran residir. Era un caso más del drama de las personas que viven solas.
Ese pequeño apartamento pagaba por el alquiler una renta “muy antigua”. El casero del bloque, residente en Córdoba y negociante de un almacén de despiece de matadero, tampoco poseía datos de familiar alguno de su inquilina. No aparecían datos vinculados en el Registro Civil (lógicamente los padres de Braulia ya habían fallecido). Aparecía como soltera. A su sepelio acudió mucha gente de todo el barrio, ya que Braulia era persona querida y muy apreciada. La vivienda que ocupaba quedó precintada por la policía.
Entonces don MODESTO, el venerable cura párroco de la parroquia de Santiago, recordó que hacía unos tres años, Braulia le había entregado un sobre cerrado en el que, según la finada, estaban sus últimas voluntades. El veterano sacerdote, algo desmemoriado lo había guardado en una carpeta y nunca más había reparado en dicho sobre. Ofició una emocionante ceremonia de defunción, por el alma de la parroquiana. Desde ese momento se puso a buscar, con la ayuda del sacristán TOBÍAS ese sobre que no sabía exactamente dónde lo había guardado. Después de muchas horas de búsqueda, encontraron una carpeta “traspapelada”, que había caído al fondo trasero de un viejo armario, empotrado en un hueco de la sacristía. Sobre amarillento, por el paso del tiempo, en cuyo anverso se leía BRAULIA ALMASA CARRASQUILLA. En presencia del juez, el sacerdote lo abrió y extrajo una hoja de libreta manuscrita. El sucinto texto explicaba que la firmante legaba cualquiera de sus pertenencias a la acción parroquial de D. Modesto, a fin de que lo aplicara a obras sociales para los necesitados. De inmediato, una empresa especializada, contratada por la parroquia, y bajo supervisión judicial, se dispuso a VACIAR LA CASA. El propietario del inmueble lógicamente necesitaba disponer del piso vacío para su posterior alquiler u otra negociación.
El mobiliario, muy envejecido (sillas, mesas, mesilla de noche, cama, armario, etc.) fueron llevados a un centro de acogida para indigentes. También la ropa, muy modesta y demás enseres fueron repartidos por otros centros de caridad. Una importante y hermosa colección de paños de crochet se llevaron en depósito a la mercería EL DEDAL, para ponerlos en venta, cuyo importe pasaría al fondo parroquial para necesitados.
En todas las operaciones de “vaciado” suelen aparecer cajas, sobres, paquetes, en los sitios más insospechados: altillos, debajo de las camas, detrás del aparador, etc. conteniendo materiales insospechados y dignos para el asombro. En el domicilio de Braulia apareció, en una caja de zapatos, un gran bloque de cartas, recibidas por la finada, en un plazo temporal de año y medio. Todas esas cartas estaban firmadas por un tal EUGENIO, único dato que aparecía en el remite. Eran “misivas” de amor y acumulaban una antigüedad de unos 45 años. Don Modesto se prestó a leer algunas de estas comunicaciones escritas de naturaleza amorosa, objetivo sentimental que no llegó a consumarse. Por el contexto y datos de las cartas, Eugenio era un marino de barco mercante, que recaló varias veces en el puerto malagueño. Por alguna coincidencia, conoció a Braulia, joven y mocita, surgiendo entre ellos ese amor “imposible”, entre un marino y una costurera habilidosa, también en el crochet. Eugenio le proponía que se fuera con él y que se unieran en matrimonio, pero la joven malagueña aducía que la distancia entre Málaga y Orense era muy grande. Además, el marino sestaba de continuo en la mar. En una de esas cartas finales, por cronología, Eugenio se despedía con dolor y sentimiento de culpa, pues en una noche de taberna y lujuria, había dejado embarazada a una muchacha a la que no podía abandonar, La chica se llamaba MINERVA. Y de ellos nunca más se supo. Aurelia conservaba esa correspondencia testimonial, de un amor que no pudo ser. Ahí posiblemente, entre sollozos y lamentos heridos, comenzó una soltería que quiso mantener hasta el final de su vida.
Pero lo más importante, desde el punto de vista material, estaba por llegar. Lo descubrió un albañil, que envió el propietario del inmueble, don LAUTARO, para que le desmontara el mueble de la cocina y los armarios encastrados en las dos partes de la pequeña casa. Una loseta del suelo del armario se veía deficientemente “recolocada”, con el yeso de las junteras. Sin mayor dificultad la extrajo y bajo el suelo térreo reposaba
una caja de latón que, en su momento, había servido para guardar galletas. En su interior había una importante cantidad de dinero, papel moneda en su inmensa mayoría. Suponían, era evidente, los ahorros de toda una vida, tanto con el arte de la costura como con la habilidad del crochet. El Padre Modesto y el sacristán Tobías fueron contando esos ahorros de la finada quien, por alguna razón, tal vez por la mentalidad “antigua” de Braulia, no los había querido guardar en una entidad bancaria. La suma alcanzaba la cantidad de unas 25.000 pesetas (todavía no había llegado el euro a nuestras transacciones monetarias). Era el ahorro forzado de muchos días y horas, pensando en la seguridad e incertidumbre de los últimos años.Unos y otros comentaban la mentalidad singular de esta buena mujer, quien viviendo muy modesta y pobremente, en su sencilla existencia, alberga esos dos curiosos secretos vivenciales: el marino gallego y el esfuerzo sacrificado de los ahorros para la vejez. La prevención para ese incierto mañana que a todos nos alcanza.
Y esta es, a grandes rasgos, la vida o sucinta historia de Braulia. De aquí puede deducirse ese dicho popular de que cuando se vacía tu casa, aparecen secretos y prebendas por todos los rincones. Al final del recorrido, muchas privacidades quedan descubiertas, pues no somos totalmente dueños de nuestros secretos e intimidades. –
SECRETOS DE
UNA VIDA
José L. Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
Viernes 04 ABRIL 2025
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