viernes, 16 de enero de 2026

LA INSÓLITA ESPONTANEIDAD DE UNA NIÑA

 


Hay lugares afortunados en las ciudades, que se ven visitados, a diario, por un importante número de personas, los vecinos naturales de esa localidad y los visitantes foráneos que disfrutan del turismo. Unos y otros recorren esos espacios, que casi nunca se ven ausentes de paseantes, como no sea en horas avanzadas de la noche. ¿Y qué buscan en estos lugares, para visitarlos con tan repetida asiduidad?  Obviamente son espacios tranquilos, muy apropiados para gozar del paseo. El tráfico rodado tiene vetado su paso por esas zonas, salvo los vehículos expresamente autorizados (Sanidad, policía, taxis) que circularán con una extremada prudencia.

Son lugares en los que no suelen faltar la proximidad de jardines, bancos para el descanso y abundante arbolado para protegernos de la radiación solar. Suele también haber, en las proximidades, una atractiva riqueza monumental, sin que falte la oferta comercial o restauradora. Todas las ciudades tienen su paseo, con los incentivos propios generados por la historia urbanística o por la propia naturaleza.

En el caso de Málaga capital, valorando esos encantos que hay que saber verlos, de las barriadas periféricas, tenemos algunos lugares emblemáticos en donde gozar del saludable paseo. Destaquemos el núcleo de calle Alcazabilla y la Plaza de la Merced y el Gran Parque de la ciudad (Alcazaba, Teatro Romano, Museo de Málaga, Catedral, Museo Picasso, Jardines de Puerta Oscura, la subida a Gibralfaro y el Castillo, la tradición de “El Pimpi”). Todos esos incentivos relacionados en un perímetro espacial, no muy extenso, son fascinantes para caminar y disfrutar. 

Sin embargo, hay otra posibilidad muy cercana para el paseo, “encastrado” en el centro de la ciudad. EL PUERTO de mar, acertadamente remodelado, para la navegación, el turismo y el incentivo comercial y restaurador. Pasear al lado del mar, respirando esas brisas frescas y salinas con las que el viento acaricia nuestras epidermis, hace posible una opción que la mayoría ciudadana agradece. Disfrutamos de prolongados minutos transitando por sus respectivos muelles, en los que hay amarrados barcos de toda naturaleza, aunque los mayores cruceros atraquen en la zona este de la Estación marítima, en una plácida bahía. Nos cruzamos con gente de pasea, cantautores y juglares de la poesía o la pericia, puestos de hábiles y alegres artesanías, comercios de variada índole con restaurantes de un cuidado prestigio. La emoción que nos produce el sonido de las sirenas de los buques que llegan o abandonan esta entrada sur a la ciudad, navegando lentamente por ese camino hídrico para la imaginación y el ensueño. En este bello y singular contexto se desarrolla nuestra historia de esta semana. 

Cuando ELENA Segarra cumplió los 18, decidió dejar el cobijo familiar donde residía con sus padres y tres hermanos. Aun siendo la pequeña de la familia, tenía la ilusión de experimentar la vida de manera autónoma, encontrando acomodo como cuidadora de una señora mayor, doña SABINA Aurioles, una veterana concertista de piano que había tenido numerosos “amores” pero ningún matrimonio. Nonagenaria y con dinero, contrató a esta joven para tener esa compañía tan necesaria en las edades avanzadas. Los hermanos y sobrinos de la pianista acordaron con Elena que tendría las mañanas completamente libres para poder continuar con sus estudios, ya que se había matriculado en un módulo profesional de administración y gestión económica. Doña Sabina residía en una casa señorial antigua, en el barrio selecto del Limonar. Otra cuidadora se incorporaba al domicilio de la antigua pianista por las mañanas, para desarrollar tareas de limpieza y cocina hasta las 17 horas. 

Para Elena era una opción muy interesante. Tenía habitación y alimentación gratis, además de una compensación económica, a fin de no depender tanto de sus padres. Y podía seguir estudiando, para labrar su futuro, madurando al tiempo su personalidad. Gozaba de los domingos libres, ya que los familiares de doña Sabina venían a por ella para que pasara con ellos la jornada dominical. 

En dos años obtuvo el título que anhelaba, ampliándolo con otros útiles estudios de Informática y profundización en el dominio del inglés, asistiendo a la Escuela Oficial de Idiomas. La relación con la señora que cuidaba por las tardes y noche era muy agradable, pues doña Sabina era una persona mayor, pero con una admirable e inaudita vitalidad y fraternidad. Y así fueron pasando los años, con la rapidez del calendario. 

Preparó unas oposiciones para la hacienda y tesorería municipal. Después de un intento fallido, obtuvo la plaza que tanto deseaba. Elena comenzó a trabajar en la zona de la antigua Fábrica de Tabacos, reconvertida en una de sus partes ¡en la Tesorería municipal, con un horario laboral de 8 a 15 horas, con el lógico break para el desayuno. Con lágrimas en los ojos, doña Sabina y su amiga de compañía se despidieron “Aquí tendrás siempre tu casa, mi querida Elenita”. 

Con los ahorros que había ido reuniendo con paciencia y su primer sueldo como funcionaria municipal, dio la entrada para comprar un lindo apartamento, de “muchas manos” en la bella atalaya del Camino Nuevo. Sus hermanos le ayudaron a realizar unas reformas (baño y cocina, el resto mostraba buenas condiciones) en ese su nuevo “nido” para la vida.

Alcanzaba ya los 29 años y su vida relacional se circunscribía a un pequeño círculo de amigas, vinculadas a las aulas del aprendizaje. Pero hasta el momento no había tenido suerte con las parejas masculinas. Los chicos con los que había salido le parecían un tanto inmaduros y, en otros casos, bastante “niñatos”. No faltaban quienes querían experiencias “raras” en la cama. Y no es que Elena fuera una “lumbrera”, pero perder el tiempo con algunos que se le acercaba no tenía para ella futuro alguno. Sentía apacible su soledad. Contaba con su trabajo y, lo que era muy importante, su independencia. Se distraía por las tardes con la copiosa oferta cultural que Málaga ofrecía con sobrados incentivos. El cine Albéniz, el centro cultural Malagueta, el Centro Andaluz de las letras, el Conservatorio Superior de Música, el Ámbito Cultural de El Corte Inglés y un largo etc. De todas formas, cuando el buen tiempo acompañaba, lo que más le hacía disfrutar eran los paseos, recorriendo calles, plazas y rincones con encanto, como los que atesora cualquier localidad. 

Priorizaba los recorridos por el centro antiguo de la ciudad, en los que encontraba espacios interesantes para la imaginación y el recuerdo. Había una zona, para sus recorridos, que verdaderamente le subyugaba y no sin motivos. Nos estamos refiriendo al recinto portuario, hace años felizmente bien remodelado. El Palmeral de las Sorpresas, en muelle 2 de las tiendas con “estilo”, el atardecer de la esbelta y blanca Farola, el aroma fresco, salubre y a brea de mar siempre apacible en la “coqueta” bahía malacitana. Le gustaba sobremanera disfrutar la serenidad de las aguas marinas del mediterráneo, con ese colorido verde oscuro azulado para la imaginación y el encanto. Observar el lento vaivén de las grandes y modestas embarcaciones ancladas en el muelle y la llegada de los grandes cruceros en la lejanía del horizonte. En esos frecuentes paseos junto al mar, se cruzaba con personas tan diferenciadas en edad, vestimenta, forma de caminar y con sus formas simpáticas de usar el castellano o ese inglés tan universal que ella entendía y le motivaba tantas sonrisas por los modismos expresivos que cada uno utilizaba. Sentía el suave calor fraternal en la soledad densificada de tantas personas que iban de aquí para allá. Le emocionaba ver a los niños jugar y disfrutar, algunos con sis patines, otros con sus balones, emulando a las grandes estrellas del balompié, y los más con el sano placer de correr, reír y saltar. Comenzaba con el Palmeral, iba recorriendo pausadamente el perímetro portuario hasta la gran señora vestida de blanco, siempre cordial y vigilante con sus luces orientadoras para marinos y aficionados a la mar. Y algún día llegaba hasta el morro o dique levantino, ahora transformado en una, nada abierta para los malagueños, estación portuaria. No se les permite la entrada, a quien no porte la “enseña” de un billete de turista naval.

De tanto repetir esos itinerarios vespertinos, se iba quedando con rostros, figuras, formas y comportamientos de los paseantes “anónimos” a los identificaba con nombres simpáticos, curiosos y ocurrentes. Cierto día tuvo una experiencia que posiblemente nunca olvidará. Un hombre de mediana edad (tendría cuarenta y tantos) paseaba junto a una niña pequeña, que tendría entre seis y siete años. Iba bien arregladita, vestida con alegre traje veraniego, peinada con dos coletas y unos lacitos celestes en sus puntas, no muy bien hechos. La niña llevaba en sus manos un paquete de “gusanitos” o maíz procesado, aunque a veces saboreaba un chupachups de fresa. De tanto cruzarse, una tarde tras otra, la pequeña, muy expresiva, le saludaba con su manita inocente diciéndole “adiós”. Pero ese día, fascinante para recordar, sin esperarlo o suponerlo, la cría se le acercó, soltándose de la mano de su padre: 

“¡Hola! me llamo LEILA y tengo 8 añitos. Mi papá, es ese señor tan alto. Se llama DARÍO. ¿Quieres ser mi segunda mamá?”

Elena no sabía lo que decir, pensar o responder. Sólo acertó a sonreír y a decir sin pensarlo” pues claro que sí, preciosa”. El padre de la niña se acercó con rapidez tratando de arreglar el compromiso en que lo había dejado la sana espontaneidad e inocencia de una niña sin madre. 

“Discúlpenos, los niños son así y dicen lo que piensan de la forma menos condicionada por las formas y los respetos que aplicamos los mayores.” La situación era especialmente divertida, Un padre con los “colores” en el rostro, una niña sonriente y divertida, pero complacida de lo que había hecho, y una joven que desde aquel momento sintió que el destino estaba interviniendo en su vida. Para arreglar el clímax emocional que se había creado, Darío tuvo una oportuna idea. “Bueno, ya que nos hemos presentado, podríamos compartir un helado o alguna infusión, pues la tarde está metida en calor”. Todos rieron y se sentaron en una heladería próxima, con buena clientela, en el muelle dos. Un café bien cargado para Darío y las dos mujeres sendos cucuruchos, con su gran bola de helado. De aquel lugar tan agradable, no se movieron en casi dos horas, destacando el protagonismo de una persona de mediana edad, 47, viudo desde hacía tres años, con una preciosa hija a la que muchas tardes la sacaba de paseo. 

“Leila tenía cinco años cuando perdió a su madre y yo a una gran compañera de vida. La enfermedad no entiende de razones ni consideraciones. Al menos todo fue muy rápido. Y ya han pasado tres años y tanto yo como mi hermana hacemos lo que podemos. Esther está casada y con dos hijos de una edad similar a la de mi hija. Nos ayuda mucho, a pesar del trabajo que ya tiene con su propia familia. Trata a su sobrina como a una hija y su marido Mario también es muy generoso. Soy técnico especialista en obras de arte. En la actualidad estoy adscrito a la empresa Thyssen Bornemisza. Ello me obliga a viajar con frecuencia, para identificar la autenticidad de obras “perdidas” en los lugares más diversos. Una ermita castellana, un capitel que aparece en unas obras municipales, algún anticuario que mantiene que tiene un auténtico Zurbarán…”

Elena también comentó su situación laboral, como administrativa en el ayuntamiento de Málaga, en la sección de tesorería. Los dos adultos intercambiaron sus opiniones sobre diversos asuntos, mientras Leila jugueteaba por unos jardines próximos. Los minutos se convirtieron en horas y ya atardecía cuando cayeron en la cuenta de que el reloj marcaba las 21 horas. Darío se mostró preocupado, esbozando una sonrisa. “Hoy me he pasado y mi hermana me va a echar una regañina, pues es estricta con la cena de los pequeños. Pero ha sido una tarde muy agradable que no olvidaré por años, totalmente inesperada. Parece que el destino me estaba marcando un camino y ha utilizado la sana espontaneidad de Leila, bendita inocencia”. 

Aquella noche, tres almas a las que el destino o la casualidad había querido unir, estuvieron muchos minutos despiertas, analizando la novedosa situación. Era obvio que cada uno de ellos veía la experiencia vivida de una forma diferente. Para ELENA, la posibilidad de convertirse en madre de una niña, que apenas conocía, era una responsabilidad muy grande. Ella alcanzaba los 29 años y el padre de la niña, un hombre muy agradable y culto le superaba en 18 de edad. La ejemplaridad que mostraba con su hija era admirable. Físicamente no estaba mal, cuarentón avanzado, especialista en arte, materia en la que ella apenas entendía. Cuando ella llegara a la cincuentena, él sería septuagenario. Obviamente se había casado “tarde”, quizás con algún enlace previo que desconocía. Incluso había conocido a Raquel, más joven que Darío, pues él quiso mostrarle una foto de la madre y esposa. En estos tres años ¿habría superado la dura pérdida de la persona que amaba?

Los pensamientos de DARÍO también eran confusos. El azar, la travesura de su pequeña hija, lo había vinculado con una joven que a los 29 carecía de pareja. SE preguntaba el por qué. Pensaba que sería una de esas personas a quienes les gustaba vivir sola o la suerte no habría deparado la posibilidad de vincularse en pareja. Físicamente la veía como una persona “normal” con el don apreciable de su juventud. Tenía bellos rasgos y se expresaba muy bien, aunque por la lógica del encuentro mantenía una necesaria privacidad expresiva. Su hermana Esther era sin duda una mujer abnegada, pero comprendía que la carga continua de una sobrina no debería hacerse indefinida. ¿Podría surgir el amor con Elena? Al fin se tapó la cabeza con la almohada, tratando de conciliar el sueño.

¿Y LEILA? Era comprensible que quisiera tener una mamá, como las demás compañeras del cole. Perdió a la suya, cuando estaba a punto de cumplir sus cinco años. Elena le caía muy bien. Ante de ese encuentro providencial, cuando se cruzaban se intercambiaban algunas sonrisas. Parecía “una mami buena”. ¿Cómo sería cuando se enfadase? ¿Podría querer a su papá? ¿Y él se podría enamorar de ella? Se quedó dormida, pensando en la manera en que se lo iba a contar a Julita, su compañera preferida de 3º de Primaria, en el Colegio Sagrado Corazón de las Esclavas. 

Los días sucesivos fueron, para los tres, de una tensa espera. Darío había quedado en verse el fin de la semana siguiente, sábado, en el paseo del puerto, sobre las 18:30. Las tres almas solitarias acudían en una cálida tarde con neblina al punto de encuentro, con la tensión propia de cómo podría resultar su segundo encuentro. Cuando se vieron en la lejanía, las sonrisas fluyeron en sus rostros y fue una vez más la pequeña Leila quien se adelantó corriendo, abrazándose a Elena, mientras su padre sonreía, preparándose mentalmente para cualquier situación en el esperado reencuentro. Tras los saludos cordiales, Darío sugirió que como era su segundo encuentro sería divertido que después del paseo fueran a cenar. ¡Síii, a una pizzería! Exclamó Leila. 

Fue una noche divertida, enriquecida con bromas, compartiendo anécdotas, con el protagonismo vital de una pequeña que se sentía arropada por dos “mayores” que podrían recomponer su familia con una nueva madre. En los tres surgían dudas e ilusiones, acerca de una situación que apenas estaba comenzando. Darío, mientras Leila se entretenía con un cuento que le había regalado Elena, convenció a la nueva amiga para que se vieran los dos solos, el viernes próximo, a fin de profundizar y concretar acerca de una amistad que apenas estaba comenzando y contrastar la predisposición de cada cual con respecto al futuro. 



Y llegó ese anhelado miércoles. Ambos sentados en una mesa esquinera que miraba a un mar sereno, ornado con el elegante atuendo de la noche, en la que ya se dibujaban estrellas dispuestas a no perderse aquella idílica imagen de dos personas necesitadas de amor, comenzó una cena que iba a ser decisiva en el familiar Restaurante EL ANCLA. Darío asumió un necesario protagonismo, “pidiendo” una oportunidad para avanzar en el conocimiento recíproco, mantenido una intensa amistad para la aproximación, dejando que el tiempo y ellos mismos decidieran. Elena, con tacto y prudencia, planteaba la diferencia de edad, como una realidad que podía condicionar las voluntades. La vida de Leila no era mayor problema. Todo lo contrario. Era una niña encantadora que se había quedado sin mami, quien había viajado sin retorno por una decisión absurda y cruel del destino. Estaba muy bien cuidada y arropada, pero sin el calor afectivo e insustituible de una mamá.

Quedaron como prueba verse una vez a la semana para avanzar en el mutuo conocimiento y otra vez, los sábados, para pasear a la pequeña Leila. Y así fueron pasando las semanas y los días, tiempo en que la amistad se fue incrementando, aunque la atracción fue languideciendo. Casi dos décadas de diferencia entre un hombre y una mujer. No ayudó tampoco que NÉSTOR, un compañero de Elena en la tesorería municipal, un año menos que ella, comenzó a “luchar” por su amor. El feeling de Elena hacia su compañero se incrementaba casi sin saber por qué. Darío viendo y analizando la situación, tratando de evitar el sufrimiento de su hija, solicitó traslado a la cercana Granada, para que la pequeña fuera teniendo otras experiencias. Leila pasaba etapa con su querida tía Esther y otras con su padre, quien comenzó a intimar con la catedrática de Historia del Arte de la UGR, LEONOR, divorciada y un año mayor que Darío. 

Pudo llegar a ser una experiencia maravillosa, Darío con Elena. Pero ella fue la más preventiva con respecto a la diferencia cronológica. La vida de uno y otro se fue dibujando por sendas diferentes. 

Y PASARON LOS AÑOS. Otro día de verano, dos parejas se cruzaron en el puerto malagueño, cuando el sol iniciaba su retirada. Uno de los hombres detuvo a su pareja. Una de las mujeres, también hizo detenerse a su compañero. Darío y Elena se saludaron con un beso. Leonor y Néstor fueron presentados. Intercambiaron unas palabras de cortesía. Elena preguntó por Leila. “Pues disfrutando el verano con sus amigos, adolescentes de bachillerato. Te voy a dar su número de teléfono, por si algún día tienes un hueco y habláis. Ella te recuerda con especial cariño”. De pronto una linda niña, corrió hacia el reducido grupo. Tenía los ojos azules como su madre. “mami, ¿quiénes son estos señores?  Elena tomó de la mano a su hija respondiendo: “MARIEMMA, unos buenos amigos de papá y mamá.” –

 

 

LA INSÓLITA ESPONTANEIDAD

DE UNA NIÑA

 

 

 

                       José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 16 enero 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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viernes, 9 de enero de 2026

UNA ENTREVISTA LABORAL CON SORPRESA.

 

La “lucha” por la consecución de un puesto de trabajo es una complicada carrera de obstáculos, en la que las estrategias, las “zancadillas” inesperadas, el ilusionado esfuerzo y las decepciones están en el orden del día. Siempre hay un número de optantes muy superior a las plazas disponibles. Lo más duro del caso es cuando se realizan selecciones previas, que van reduciendo el número de opositores y se llega al “combate final” para el puesto o plazas ofertadas. En esa fase definitiva, el puesto o plazas disponibles ha de dilucidarse entre muy escasas personas. Los que llegan a la recta final han de aplicar un potente equilibrio o autocontrol, en el que también interviene la suerte y las decisiones del equipo o persona calificadora. En este contexto se desarrolla la historia de esta semana. 

Unos grandes almacenes, LA VIA LÁCTEA, con presencia en todas las provincias españolas y en el territorio portugués, tenía que dotar la plaza de jefe de sección en el área de librería, cine, música y actividades culturales. Obviamente, era un puesto de trabajo importante, por la responsabilidad que asumía el elegido en el ámbito comercial y de dinamización cultural de la poderosa empresa. Se presentaron al puesto, tras la publicidad correspondiente, más de 700 solicitudes, que adjuntaban sus correspondientes currículos, con los méritos de toda naturaleza. Una empresa especializada en la selección de personal se encargó de ir realizando diversas “catas”, a fin de ir eliminando y reduciendo tan elevado número de optantes. La fase de entrevistas, que duraban aproximadamente entre 5 y 30 minutos, se realizaba por vía telefónica y también a nivel presencial. Después de un exhaustivo proceso seleccionador, quedaron cuatro personas, que daban un perfil idóneo para el anhelado puesto laboral de dirección. ¿Quiénes eran estos cuatro afortunados contendientes?

VENTURA Almensilla, 47. Estaba actualmente divorciado, con cuatro hijos de dos vínculos afectivos. Partiendo de su formación, con varios módulos socio profesionales y cursillos diversos, había estado largos años trabajando como dinamizador cultural en la Diputación de Málaga. Organizaba, dirigía y controlaba todos los eventos culturales que la institución supramunicipal desarrollaba, como talleres de creatividad literaria, representaciones teatrales clásicas y de vanguardia, ciclos de cine dedicados a géneros diferentes y actores/actrices clásicos o actuales, festivales de verdiales, música alternativa, danza, etc. Había alcanzado al fin la dirección cultural del organismo supramunicipal. Un cambio político en el equipo directivo de la Excma. Diputación Provincial derivó en la no renovación de su contrato laboral, encontrándose en paro desde hacía casi un año. 

CAMILO Carrasquilla, 42. Persona vinculada al mundo de la música. Había cursado solfeo en el Conservatorio Superior y se había especializado en la categoría de trompeta. En su juventud había estado vinculado a un grupo musical, LOS INVENCIBLES, que se ganaban el sustento actuando en fiestas populares municipales, verbenas, concursos etc. El grupo se disolvió y entonces fue fichado por la empresa de espectáculos MUNDO, organizador de eventos musicales. Además de este empleo, en su privacidad le gustaba practicar la creatividad literaria, teniendo publicada una novela que él mismo se autofinanció. La jubilación del director de espectáculos Mundo hizo que sus hijos tomaran el mando empresarial. Fue relegado de su puesto y posteriormente despedido con indemnización, ya que los hijos del fundador querían buscar otro enfoque empresarial, cambiando también al personal. Al igual que Ventura, acumulaba un año de paro. Vivía unido en pareja con su amigo de la adolescencia, Cosme.

AURA CREMADES, 37, Licenciada en Filología Hispánica y Psicología. Separada, con dos niños pequeños. Había tenido sustituciones temporales en dos centros de adicciones. También había ejercido la docencia en centros privados de titularidad religiosa. Muy aficionada a la creatividad literaria, había escrito dos novelas cortas, pero no encontraba editorial receptora para su posible publicación. Era una persona con gran iniciativa organizativa, que gozaba de un espíritu positivo de dinamicidad.  

ALVARO Riera, el más joven de los cuatro optantes, 33. Titulado en cinematografía. Había participado como actor en algunos cortos. Había colaborado como guionista en algunas producciones de cine. Su gran ilusión erav llegar a poder dirigir algún día su propia película. Con una cámara súper 8, había rodado un corto que, por su calidad, había conseguido el tercer puesto en un concurso certamen de cine alternativo. Conocía bien el departamento cultural de La Vía Láctea, denominado CREATIVITAL, en donde se programaban actividades de ciclos de cine, ópera, teatro, corales, conferencias, presentaciones de libros, música en directo.

Se los había convocado a una reunión a celebrar un lunes de diciembre, a las 17 horas, en las instalaciones de la empresa seleccionadora de personal, vinculada con la propia Vía Lactea y ubicada muy cerca del establecimiento comercial.  El objetivo de esta convocatoria presencial era analizar el carácter relacional de cada uno de los optantes, valor fundamental para una actividad de coordinación de ese importante departamento con los clientes y el resto de la estructura empresarial del popular establecimiento. A la hora establecida, estaban presentes tres de los optantes, pues faltaba Álvaro, que había tomado un taxi desde la localidad del Rincón de la Victoria, donde residía, tras haber “perdido” el autobús Alsa de las 16:15. Llegó con 10 minutos de retraso resoplando, un poco a la carrera, pues no quería faltar a tan importante cita. 

Tras los recíprocos saludos, se observaron con interés. Comprendían que sólo uno de ellos obtendría el anhelado puesto de trabajo. Eran “cordiales enemigos” en una dura batalla en la que tendrían que participar. Comentaron sus profesiones y las características del puesto por el que luchaban. Como los minutos seguían pasando y nadie aparecía para atenderlos, empezaron a inquietarse. A las 17:15 apareció una mujer joven que se presentó como ROCIO Armilla, que estaría en sus treinta y tantos, muy bien arreglada, que se disculpó aludiendo a los problemas de tráfico. Desde el primer momento se mostraba como una persona hiper activa, muy sociable, dinámica y comunicadora. Era como esas personas que tratan de entablar amistad con todos, tratando de “caer bien”. ¡Ahora resultaba que eran cinco los contendientes!

Precisamente, a las 17:25, la Srta. CRISTINA Laguna, perteneciente al grupo seleccionador, entró en la sala de reuniones, disculpándose con muy amables palabras, indicando que la persona que iba a dialogar con los cinco presentes se iba a retrasar pues había tenido un inesperado contratiempo. Les informó que para hacer más llevadera la espera, un servicio de cáterin les iba a proporcionar algún tipo de infusión y unas pastas, como merienda. Efectivamente, unos minutos después, llegó un camarero con un carrito que portaba tetera, cafetera y una jarrita de leche, sin que faltara una bandeja surtida de pastas.  

Rocío, la inesperada contendiente se mostraba como la más comunicativa, sentándose aleatoriamente al lado de sus compañeros, haciendo preguntas y respondiendo brevemente las que se le hacían. Parecía que trataba de sosegar los nervios que flotaban en el ambiente, para cuando tuvieran que enfrentarse con el entrevistador ausente. Priorizaba sentarse junto a los que parecían más preocupados, aunque no descuidaba la rotación en los diálogos. Desde el primer momento se notaba que trataba, con habilidad, de mantener oculta su intimidad. En un momento se sintió mareada “todo me da vueltas”. Y se cayó lentamente al suelo, por lo que sus compañeros se apresuraron en ayudarla. Ventura se quitó la chaqueta y comenzó a ventilarla. Camilo, al verla tan venida abajo, comento a entonar una estrofa, a modo de balada, para tranquilizarla. Aura extrajo del bolso una barrita de chocolate para que se la tomara y recuperara energía. Cuando cerraba el bolso, éste se le cayó al suelo, saliendo del mismo no menos que una decena de barritas, reconociendo con una sonrisa y moviendo la cabeza que era adicta a la toma de chocolate y café. También Álvaro, el actor, trajo un cojín que estaba en una silla y se lo puso debajo de la cabeza para que descansaran las vértebras cervicales.

Poco a poco Rocío se fue recuperando. Entonces se entabló un pequeño debate acerca del estrés, los nervios, el descanso nocturno, el Lorazepam, el café y el tabaco. El tiempo de espera al Sr. X, el entrevistador, se alargaba. Unos se entretenían con el móvil telefónico, mirando los correos y jugando con alguna aplicación. Otros paseaban de un punto a otro de la sala, tratando mantener el autocontrol. Rocío, ya recuperada, se puso a realizar algún ejercicio de yoga, ante la mirada burlona de sus compas. Volvió a entrar en la sala la Srta. Laguna, quien reiteró las disculpas por tan prolongada espera. Parece ser que don ARANIO Cifuentes, el psicólogo examinador, había tenido que ser llevado al hospital, tras el golpe que se había dado en el accidente de tráfico.  Añadió que, habiéndose puesto en contacto con la dirección del gabinete de psicólogos, habían decidido anular la cita grupal.  Y que, en los próximos días, se irían poniendo en contacto con los cinco candidatos. Rocío “estalló” indignada.

“¿Para este montaje nos han hecho venir? No hay derecho, esto es una informalidad. Debería haber una hoja de reclamaciones. Después de toda la tensión acumulada, ahora resulta que nos tenemos que ir a casa.” Aplicaba a su protesta, voces cada vez más sonoras. Ventura trataba de poner algo de calma a la tensa situación. “Ha sido un accidente inesperado y hay que saber asumirlo. Al menos hoy nos hemos conocido y entablado una enriquecedora amistad” Se le veía con muchas “tablas” para tratar de situaciones conflictivas. Camilo no decía apenas nada. Parecía como ausente de la situación. “Ya habrá otra oportunidad” pensaba en su intimidad. Por el contrario, Aura, como mujer de carácter, seguía la línea de Rocío, profería comentarios fuertes y descalificantes, por haberlos hecho esperar hora y media para nada. ¡Esto es una tomadura de pelo!

El actor Álvaro Riera parecía divertido, presenciando las respuestas de unos y otros frente al aplazamiento. Fue el primero que expresó su intención de irse. “Ya me llamarán, si quieren. Hoy juega el Barcelona y no me lo puedo perder”. De nuevo intervino Ventura, tratando de calmar los ánimos. Cristina Laguna, aseguraba que se hablaría con todos, en los próximos días. Rocío continuaba con su actitud explosiva, haciéndose líder de la situación. Sólo el más veterano, Ventura, aplicaba sensatez y paciencia. “No debemos perder los nervios. Nos harán de nuevo una entrevista personal. Y finalmente decidirán. El autocontrol es siempre un valor que hay que mantener”. La entrevista de esa tarde se había terminado sin realizarse. 

Efectivamente, el Sr. Aranio Cifuentes mantuvo, dos días después y a distintas horas, entrevistas con los optantes respectivos. 



El viernes de esa semana, Ventura Almensilla recibió una llamada de la Gerencia de la Vía Láctea para que se desplaza al gran establecimiento comercial. ¿Podía ser él quien había sido designado para tan “apetitoso” puesto de trabajo? Acudió de inmediato, con su compañera Marta, al gran comercio, en donde fue atendido por dos personas. Una de ellas, era el jefe de personal, don RAMIRO Albania. Pero para su asombro y desconcierto, estaba acompañado por una mujer bien uniformada y con una sonrisa cómplice en el rostro. Esa mujer era ¡Rocío Armilla! No se lo podía creer.

“Sr. Almensilla, ha sido Vd. designado para el puesto de jefe del Departamento de Cultura, librería, música y cine y también del área de difusión cultural, Creativital. Nuestra más sincera enhorabuena”. 

Cuando Ventura estrechó la mano de Rocío, seguía sin explicarse el “papel” de esta mujer, la tarde del lunes, en la sede del gabinete psicológico. 

“No te preocupes, compañero, yo era una “infiltrada” para analizar caracteres, comportamientos y respuestas, en una tarde de crispación y tensión provocada”. 

Esta corta historia nos reitera que no nos podemos fiar de las apariencias. En una entrevista laboral, siempre suelen aparecer “misterios” difíciles de comprender y aceptar. El autocontrol y dominio de la situación, ejercido por Ventura, fue decisivo en la elección final. Hoy es un profesional feliz, junto a su querida compañera Marta. - 

 

 

UNA ENTREVISTA

LABORAL CON 

SORPRESA

 

 

                            José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 09 enero 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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viernes, 2 de enero de 2026

CURIOSAS VIVENCIAS DE UN ESPECTADOR

 

Málaga, junto a otras localidades españolas, es una ciudad positivamente abierta a la difusión cultural. Especialmente entre lunes y viernes, las tardes malagueñas se enriquecen con numerosos actos abiertos al interés general. Entre esas actividades, pueden elegirse presentaciones de libros, con sus respectivos autores presentes en el acto, conferencias impartidas por prestigiosas figuras vinculadas a los diversos grados del saber, proyecciones cinematográficas, conciertos de orquestas, bandas de música y también grupos corales, debates en mesas redondas, entrevistas a personas del cine, la ciencia y la cultura, clubs de lectura, etc. En ocasiones, hay que elegir una de entre cuatro o cinco opciones, todas ellas interesantes. En su inmensa mayoría son actividades gratuitas, para la distracción del público de todas las edades y condición, aunque siempre se aprende y se reflexiona acerca de los temas y contenidos tratados en esas charlas. 

En estas aulas abiertas al interés general, en ocasiones encontramos un anecdotario curioso e incluso divertido, que hace incluso más grata la estancia en estos centros culturales. Vamos a narrar algunas de estas experiencias, que resultan un tanto singulares, De continuo van surgiendo en nuestra presencia frecuente a estos actos. Evitaremos ofrecer datos concretos, por respeto a unos y otros. 

 

Una tarde se celebraba el “DÍA OFICIAL DE LAS LIBRERÍAS”. El anuncio indicaba que varios libreros asistirían, para comentar la situación actual del libro. Obviamente era un tema atrayente, en una época en que la lectura es una cuestión controvertida, dada la fuerte competencia de Internet, las televisiones, las redes sociales, el cine, los sofisticados tablets y móviles, avanzados aparatos electrónicos que disputan al libro su tradicional primacía para la comunicación de toda naturaleza.

Me desplacé, con bastante antelación a la hora de inicio del acto, a fin de tener un buen asiento asegurado. Media hora antes del comienzo, no había nadie en la sala, salvo los encargados del recinto. Esperé pacientemente la llegada de los intervinientes y el resto de los espectadores interesados.  Cuando comenzó la sesión, en la mesa de intervinientes estaban tres libreros, acompañados de una periodista encargada de llevar y moderar el debate. El público que asistía lo formaban cuatro personas, aunque también se sentó en la sala uno de los integrantes de la asociación organizadora. La primera reflexión que vino a mi mente fue la paradoja de que un día dedicado al libro y las librerías hubiera tan escaso público interesado en el acto. De los tres libreros, dos se dedicaban preferentemente al comercio del cómic, mientras el tercero estaba vinculado a una prestigiosa y tradicional librería. El panorama era verdaderamente desolador. 

La periodista trató, con sus preguntas, de motivar el debate, pero la realidad que planteaban los libreros era tozuda. Sobrevivían económicamente gracias al “amor al libro” y a la venta de los best sellers. Tomaban “oxígeno” en las periódicas ferias del libro y cuando llegaban los ganadores de los premios más destacados en los concursos literarios, como Planeta, Nadal, etc. También les ayudaban las publicaciones escritas por personajes famosos, especialmente memorias y la novedad actual con los cómics. Pero la competencia del libro digital y la abundancia de tantas opciones informáticas les iba reduciendo la viabilidad de sus respectivos negocios. 

En el turno de preguntas planteadas por los muy escasos asistentes, más que un interrogante les hice una reflexión acerca de la situación actual del libro. Aquellos que durante nuestra vida hemos comprado muchos volúmenes, nos falta espacio en casa para guardarlos, dada la amplitud de los pisos actuales. Cuando decides regalar un libro que ya has leído, las bibliotecas públicas no los aceptan porque están “colapsados” de ejemplares. Y “tirar un libro” en un contenedor de papel, porque ya no te caben en el domicilio, nos provoca un sentimiento insufrible. La comida sobrante puede eliminarse cuando ya está superada en el tiempo. La ropa y los zapatos pueden regalarse o echarse en los contenedores de las ONG para su reciclaje. Pero es que el libro se “consume” intelectualmente, no físicamente.

Los libreros de la mesa no supieron, en realidad, qué responder. Aludieron al libro digital o a la diferencia que supone leer en papel o en pantalla. Los libros, como todo, ocupan mucho espacio material. Es una época difícil para el libro tradicional, pero entrar en una librería es como hacerlo en un santuario de la cultura. Allí descubres centenares de libros que esperan pacientemente su lectura. El mágico olor a papel y a tinta que percibes en una librería puede compararse al que se siente cuando se entra en una panadería, con el pan cocido aun caliente. El pan es alimento para el cuerpo. El libro es alimento para nuestra inteligencia y el alma. El libro, como el cine, son patrimonio cultural de toda la humanidad. Nunca deben desaparecer. 


Narremos otra experiencia curiosa. Se había convocado, a través de la prensa e Internet, una interesante conferencia, a celebrar en un ilustre recinto para la cultura malagueña. La ponente, persona de madura edad, era una prestigiosa investigadora y escritora de temas literarios. Incluso había dado clase en la universidad y también había desempeñado cargos administrativos oficiales, todos en relación con la narrativa literaria. Durante su intervención demostró una asombrosa vitalidad. Además de la fuerza física, su exposición y dicción eran brillantes, pues dominaba “magistralmente” el tema a desarrollar, que trataba de los escritores de LA GENERACIÓN DEL 27 en España. Por supuesto sus publicaciones eran abundantes sobre esta y otras temáticas.

La asistencia del público al acto era muy importante, la sala se encontraba repleta de público, dado el historial de la conferenciante. El tema podía motivar, pues nos hallamos en los albores del centenario de aquella generación de brillantes escritores de la prosa y poesía hispana. 

La Sra. conferenciante inició su exposición aplicando una riqueza léxica de un gran nivel, dado ejemplo de “las tablas” que poseía para este tipo de actos. El auditorio escuchaba atentamente los certeros contenidos expuestos por la profesora y escritora. 

Sin embargo, cuando llevábamos unos 20-25 minutos de exposición, comencé a escuchar unos ruidos como de pisadas, sobre el parket de madera de la gran sala donde se celebraba el evento. Mi ubicación estaba muy próxima al estrado de la conferenciante. Los sonidos se fueron incrementando, a medida que pasaban los minutos. La ponente, una mujer de carácter nervioso y estilo autoritario, por la gesticulación y movimiento de las manos y resto del cuerpo al hablar, se la veía cada vez más inquieta y desconcertada. En un determinado momento detuvo la exposición y colocándose nerviosamente el pañuelo que envolvía su cuello, se dirigió a los presentes, más o menos, con estas palabras: 

“Pero ¿qué es lo que ocurre? Se está yendo la gente a “desbandadas”. Así es difícil concentrarse con el sonido de las pisadas sobre la madera del suelo. No lo entiendo. Nunca me ha ocurrido nada igual” A duras penas podía disimular el enfado acerca de lo que estaba ocurriendo. El ruido de las pisadas de los asistentes al irse no cesaba. Los que estábamos en las primeras filas, no nos “atrevíamos” a movernos, por más que algunos no éramos especialistas en la literatura de la generación del 27. En su favor, la conferenciante estaba basando su exposición en recortes documentales y de algunas películas, curiosos para el recuerdo. Pero el tema, muy puntual, probablemente no motivaba a los no especialistas.

La señora hizo un esfuerzo por continuar, aunque disimular su enfado por la actitud de los muchos asistentes que se iban no era fácil. Las pisadas no desaparecieron. Cuando podía, en función de lo que hablaba, “soltaba alguna puya irónica” acerca de aquellos que habían abandonado la sala. Miró su reloj y con elegante brusquedad puso fin a la conferencia: “Llevo 50 minutos hablando. Ya está bien. Pues no quiero verme sola aquí”.  La “fuga de espectadores” debía de ser algo nuevo para ella. 

Recibió unos aplausos de cortesía, por parte de aquellos que estuvimos hasta el final del acto. Cuando abandonaba la sala me encontré el típico puesto de una librería, con ejemplares para vender de la conferenciante. Dudo que firmara muchos ejemplares de sus publicaciones. Se la veía tensa y ofendida. No creo que a corto plazo vuelva por estas tierras del sur.



Finalmente, una breve anécdota desarrollada en un centro público abierto a la difusión cultural. Aquella tarde de otoño, una muy cualificada especialista, en el COMISARIADO DE EXPOSICIONES ARTÍSTICAS, con un brillante currículo en su oficio y autora de numerosas publicaciones, iba a impartir una didáctica conferencia acerca de las características, logros y dificultades de la técnica de organizar una buena exposición artística. Había preparado un completísimo Power Point, con imágenes, textos resúmenes de excelentes y fascinantes exposiciones, con el que sustentaría su fácil explicación, dada su proverbial fluidez de palabra. 

Al comenzar la sesión, con un auditorio que llenaba la sala, la persona que iba a realizar su presentación, también con un currículo importante en el ámbito del arte, pero con una expresión vocálica extremadamente lenta, comenzó su tarea, habiendo hincapié en sus muchos conocimientos en la materia. Al hablar lentamente y centrarse exageradamente en ella misma, la introducción se fue extendiendo en el tiempo, improvisando y leyendo los folios que llevaba preparados. Los minutos pasaban y muchos de los presentes en la sala, un tanto expectantes, se empezaban a preguntar acerca de quién iba a dar la conferencia.

La especialista conferenciante sonreía, pero se la notaba claramente molesta por una prolongada presentación que ya superaba los diez minutos. Pero quien iba a interrumpir a una presentadora que se estaba “presentando” ella misma, con todo alarde de conocimientos y anécdotas. Por fin tuvo a bien conceder la palabra a quien había sido invitada a exponer sus conocimientos específicos sobre la materia. Dio una magistral explicación acerca de las funciones, dificultades y objetivos conseguidos por parte de los organizadores de exposiciones artísticas de alto nivel.

La reflexión de este episodio, bastante común entre los presentadores, nos hizo recordar a determinados periodistas de la televisión que, al realizar entrevistas a invitados ilustres parecen, con sus teatrales expresiones y gestos, que los protagonistas son ellos, más que el propio invitado a la charla. 

 

En todos los actos culturales se aprende, se reflexiona y se disfruta con la cualificación del ponente. En muchas ocasiones no sólo nos “enriquecemos” con el valor de los contenidos del tema que ha sido expuesto, sino también con la biografía y actitud de quien interviene en el estrado, sin olvidar las actitudes del público presente en el acto. En este sentido, algunas las preguntas que espontáneamente se realizan al final de la exposición, nos dan que pensar y valorar su contenido, forma y oportunidad. 

 


CURIOSAS VIVENCIAS 

DE UN ESPECTADOR

 

 

            José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

   Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 02 enero 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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viernes, 26 de diciembre de 2025

EN EL FINAL DEL CAMINO


EMILIANO Canales era alumno de la facultad de Derecho, carrera universitaria que continuaba la tradición familiar. Su padre, Edmundo y su abuelo Dámaso habían también optado por esa jurídica profesión. Canales, 21, era un buen estudiante y persona “abierta” al trato personal. Se mostraba muy ilusionado ante un trabajo grupal que le había propuesto su profesor de Sociología, el catedrático don ALVARO Carriscondo, junto a otros nueve compañeros de clase. Cada uno de los alumnos de este laborioso grupo, colaboraría en una investigación en la que se recabaría información, para su posterior estudio, de personas que estuvieran “razonablemente” próximas a la finalización de su recorrido existencial. En una sesión de tutoría, su profesor les dio por escrito las pautas investigativas, que fueron convenientemente analizadas. Se les recomendaba que acudieran a centros de la tercera edad, a hospitales con salas de enfermos terminales e incluso eligieran mendigos callejeros de avanzada edad, entre otras opciones. Básicamente el estudio que iban a realizar trataba de conocer y analizar la reflexión de estos ciudadanos que se encontraban en el límite de su tiempo vital. Cómo analizaban su presencia en la vida y de qué forma afrontaban el desenlace, que para ellos era más que previsiblemente inminente. 

Se trataba un trabajo de prospectiva sociológica, en el que diez alumnos de la especialidad universitaria iban a obtener una trascendente información, cuyos datos y conclusiones sustentaría la realización de seminarios y coloquios, resultados que podrían servir de base para la redacción una muy interesante publicación. 

Aparte de la tutoría departamental, Emiliano contó con la ayuda de su padre Edmundo, un reconocido abogado de la ciudad, quien realizó las correspondientes gestiones para que su hijo fuera atendido en una afamada residencia de ancianos denominada EL PARAÍSO. El estudiante universitario fue recibido por el director gerente de la institución, don Gabriel Pita. Tras escuchar atentamente al alumno investigador, le indicó que volviera un par de días más tarde por la mañana, pues él tendría que hablar con algunos internos adecuados para esa entrevista, pidiéndoles lógicamente su conformidad, Elegiría a la persona más idónea de los que se prestaran a esta colaboración de análisis científico.

A las 10 en punto de un jueves otoñal, ya se encontraba Emiliano en la sala de espera de la residencia. El director Pita fue también puntual. Tras los saludos, ambos se desplazaron al gran jardín que lustraba el complejo de personas internas. “Hay un residente que ha accedido a colaborar en el trabajo. Se llama IVÁN Celades. Alcanza los 92 años y su enfermedad cardiaca nos hace temer, según los médicos, que su final se aproxima en fecha próxima. Ha sido labriego durante toda su vida laboral, cultivando sus propias parcelas. Lleva con nosotros más de cuatro años”. Emiliano fue presentado al anciano Iván que, sentado en una silla de ruedas, estaba tomaba el lívido sol de noviembre. El residente observó atentamente al joven que tenía delante con una mirada escéptica, casi inexpresiva, como si observara el infinito. En las manos tenía un periódico deportivo, que no leía. No regaló al visitante la menor sonrisa. Un auxiliar trajo una silla, para que Emiliano se pudiera sentar. Éste tendió la mano al anciano quien, tras dudar unos segundos, finalmente se la estrechó. Pita le susurró al estudiante que “hoy no más de 60 minutos. Puedes volver otro día”.

“¿Quién eres? ¿qué necesitas? Don Iván, soy estudiante de la universidad y estamos realizando un trabajo de curso, en la espacialidad de sociología. Me gustaría que Vd. me ayudara, para conocer su forma de pensar acerca de su larga vida. Lo veo muy bien. No todos pueden decir que han vivido más de nueve décadas ¿Cómo se siente, mirando hacia atrás? ¿Contento, decepcionado …?

Tras pensar un poco la respuesta, el anciano explicó el sentimiento que le embargaba. 

“En absoluto estoy contento de la vida. Si yo hubiera podido decidir, me habría negado a venir a este mundo de ´locos”, conociendo cuál ha sido mi historia” “¿Pero no ha tenido Vd. etapas o motivos para el goce o para sentirse feliz? “Tal vez, joven Emiliano.  Pero al paso del tiempo, me he ido dando cuenta y sufriendo acerca de la verdad de la vida. Aquí en la Tierra, nos traen para sufrir de una u otra forma”. “Pero Vd. ha estado casado, habrá tenido hijos, ha trabajado en un oficio admirable, la de agricultor, para hacer que la naturaleza produzca el alimento que nos permite vivir”. “Vamos por partes, joven. Mi mujer ya se fue, pero en gran parte del tiempo en el que estuvimos juntos me trataba con desprecio. Estaba amargada de estar a mi lado. ¿Pero a donde iba a ir? Nos soportábamos, pero no éramos felices. Los dos hijos crecieron y se olvidaron pronto de nosotros. Alguno viene por aquí de tarde en tarde. Pero, siempre tiene prisa para irse. Están en sus cosas. No me traen nada, ni pagan lo que vale estar aquí. Tuve que vender mis tierras, y con el dinero que me dieron y alguna pensión que me da el gobierno puedo seguir aquí para que me cuiden. Toda mi vida he estado trabajando, bajo el sol o la lluvia, para ganar el sustento que necesitaba mi familia. Y llega esta hora amarga, en la te “aparcan· para que no estorbes. Cuando llegue la hora, llegará también el olvido. Apenas puedo caminar. Por mis padecimientos tengo que tomar papillas y más papillas. Nada de alcohol. Solo agua. Soy un “trasto” viejo, súper viejo, que hay que quitar de en medio para que no moleste. Mira, joven. Cuando llegue allí arriba, que no creo tarde mucho en realizar el inevitable viaje, si quieren que me reencarne, le diré al jefe que no quiero repetir. A menos que existan otros mundos, el que conozco, es un asco. Si de mi dependiera, tras lo visto, no hubiera nacido. Tu eres joven. Te voy a dar un sabio consejo, aunque apenas sé leer y escribir. Pásatelo bien, todo lo bien que puedas. Diviértete, pues eso es lo único que vas a llevar en las alforjas. Aparte de la naturaleza, el sol, la lluvia, el agua del mar, los ríos y los lagos, todo lo demás es una gran mentira”. 

Emiliano, después de escuchar el duro y radical realismo de este veterano y buen labriego, que estaba viviendo o recorriendo su última estación, sólo tuvo el valor de darle un fuerte abrazo, de sinceridad y afecto. “Volveré a visitarle, amigo Iván. Sus palabras me han llegado al alma. Siempre tendrá en mí un buen amigo”. 

Cuando una semana después volvió a la residencia El Paraíso, le comunicaron en la recepción que “Iván ya no estaba”. Se sintió muy triste con la noticia. El paquete de dulces variados que le llevaba lo dejó para que otros residentes lo disfrutaran.



El segundo objetivo de investigación para Emiliano era, por naturaleza, especialmente complicado. El tema de la muerte es una cuestión muy dura y difícil, sobre todo cuando va vinculada al dolor de la enfermedad. Pero era la obligación del trabajo y no podía defraudar a su profesor ni a sí mismo. Estuvo preparándose mentalmente durante algunos días y cuando se sintió lo suficientemente fuerte se desplazó al HOSPITAL CLÍNICO UNIVERSITARIO, VIRGEN DE LA VICTORIA.  

Al igual que con Iván, e campesino de la residencia, llevaba una carta de presentación explicativa, con el membrete de la facultad y con la firma del catedrático de Sociología. Le indicaron que subiera a la 1ª planta y fuera al despacho del director gerente del gran centro médico, don RAMIRO Valenzuela, especialista en urología que ejercía en este momento como director del hospital. Emiliano le amplió los contenidos de la carta con las características del trabajo que él y otros compañeros iban a realizar. “Aquí tenemos otros muchos compañeros, estudiantes de medicina, que realizan sus prácticas” le comentó el amable interlocutor. Le habló con franqueza: Entenderás que tenemos que ayudar a enfrentarse con su último viaje a muchos enfermos. La ayuda psicológica es muy importante para mantener fuerte, en lo posible, el nivel anímico del paciente. Me dejas unos días, para que te pueda localizar al paciente adecuado para que te ayude en ese interesante trabajo. Su aceptación, lógicamente, es necesaria. Te invito a un café y me vas comentando como vais funcionando en la facultad de derecho. Tengo un sobrino que quiere entrar en tu facultad en año próximo.

“Soy Ramiro, Emiliano. Ya tengo un paciente que acepta hablar con un estudiante universitario, sobre esta vida que se le va. Es mujer y se llama VALERIA, 89. Lleva internada casi cuatro semanas. Pensábamos que la íbamos a perder casi de inmediato. Está lúcida, aunque por la tarde la sedamos para que haga un buen descanso por la noche. Vente mañana. Habitación 307, en la tercera planta. Su hermana, también persona bastante mayor, conoce tu propósito y ha accedido. Piensa que un rato de distracción y reflexión no le hará mal, sino todo lo contrario. Te espero. Un abrazo”. 

Tratándose de una mujer tan mayor y en un estado “terminal”, indujo a Emiliano a llevarle unas flores que alegraran la habitación hospitalaria. Cuando llegó al complejo médico, pasó por una pequeña tienda en la que compró un ramo de rosas, añadiéndole una cajita de bombones. Llamó a la puerta y ahí estaba Valeria, sentada en una silla de ruedas, con su bata hospitalaria y una toquilla de lana gruesa. Su brazo izquierdo lo tenía vinculado al gotero y tomaba un rayito de sol que entraba desde el este. Otra compañera parecía dormida, tras un biombo separador para la privacidad. Por el contrario, Valeria tenía los ojos bien abiertos, recibiendo al joven de la chamarra azul vaquera con una sonrisa.

“¡Qué flores más preciosas! Te habrán dicho que me gustan los bombones, ¿verdad? Son unos detalles muy bonitos, que te agradezco. De modo que eres el estudiante de leyes. Te veo muy guapo y envidio, lo entenderás, tu juventud y tu salud. Me alimentan y me dan las medicinas a través de este gotero. Mi estómago ya se ha cansado de trabajar. Tengo casi 90 año, dentro de dos meses los cumplo. Dudo que pueda celebrarlos, aunque las máquinas y fármacos hacen lo que pueden. Don Ramiro me ha hablado de tu trabajo de clase. Pues te cuento.

He llevado una vida sencilla, con un marido que un día quiso cambiar de pareja. Buscaba libar en flores más jóvenes y esbeltas. La naturaleza no quiso darnos hijos. En aquellos años lejanos de juventud, la ciencia no estaba tan adelantada como hoy. He sido escritora. Así me he ganado la vida cuando residía en Madrid. Cuando me alcanzó la jubilación, vendí mi piso y me vine a vivir con mi hermana Soledad, aquí en Málaga. La pobre había enviudado hacía meses. En la editorial hacía casi de todo. Corregía pruebas. Ilustraba muchas publicaciones. Mantenía contactos con las librerías. Preparaba (en este momento guardó silencio, llevándose la mano derecha a su estómago. Fueron unos minutos tensos. ¿Quiere Valeria que llame a la enfermera? No te preocupes. Es que la máquina “está muy estropeada” y los mecánicos dicen que no tienen piezas de repuesto. Te decía que preparaba los envíos y los contactos con la imprenta. Mi horario de trabajo era de ocho a tres. Por las tardes sacaba tiempo para escribir. Poemas, relatos, tengo por ahí una novela, con muchos folios escritos, pero … ahora carezco ya de fuerzas-

Como ves una vida humilde, feliz, sosegada, con momentos muy gratos. Pero todo principio tiene una estación de término. Y tengo que decir adiós a una vida que amo. ¡Cómo me gustaría una segunda oportunidad! Hablan de la reencarnación, pero creo que es sólo un recurso para la esperanza. ¡El Cielo, el infierno, Satanás … madre mía, que imaginación tienen los curas! Lo que más lamento en este momento son las cosas que me han quedado por hacer. Sobre todo, viajar más. Y ayudar más a los demás. Pero en el trocito de vida que se nos concede, perdemos el tiempo en cosas banales, tonterías, preocupaciones, enfados etc. Y después nos lamentamos del tiempo perdido y tratamos inútilmente de buscarlo. Qué necios somos. Los humanos somos tozudos en el aprendizaje.

Hace dos días, mi hermana me trajo un cura, don Eleazar, para que hablara conmigo. Su gran humanidad corporal era manifiesta. Apenas cabía en el sillón en el que estás sentado. ¡Un sacerdote bonachón con una gran barriga! El buen hombre hizo su trabajo. Yo lo escuchaba pacientemente. En un momento dado, le dije con una sonrisa. No se esfuerce más, hermano, aprecio su voluntad y su generosidad. Con todo el respeto, no quiero ofenderle, ¿Vd. se cree todo lo que me está diciendo? Su plática era como el niño que se ha memorizado la lección y la repite de carretilla. Le ponen un 10 y tan contento. Pero no sabe lo que ha dicho. El buen clérigo hizo un esfuerzo para salir del sillón, me dio un abrazo y me dijo una frase enigmática “Hasta pronto, Valeria, Veremos lo que hay después de todo esto”. 

Emiliano, yo acepto el final de la vida. Te imaginas si todos fuéramos inmortales. No cabríamos aquí, en el espacio terrenal.  Las flores también se marchitan y hay que sacarlas del jarrón. La naturaleza tiene que sustituirnos. Llegamos, vivimos y desaparecemos. Creo que el dolor es inútil y profundamente cruel. Aun así, creo que volvería a probar esta dura experiencia. Creo que volvería a nacer”

El joven Canales, cortó la grabadora (veía muy cansada a la señora) y se arrodilló para abrazarla. Valeria le dio un beso. ¡Volveré la semana que viene! La entrevista con esta enferma terminal lo había dejado muy afectado. 

Siete días más tarde, volvió al centro hospitalario. Llevaba un nuevo ramo de flores.

“La paciente por la que pregunta, que ocupaba la 307, falleció hace una semana, a las cinco de la tarde”. Un tanto aturdido, dejó las flores para la capilla del centro. Volviendo, en el bus municipal número 11, pensaba en que la vida le había dado la gran oportunidad de hablar con Valería precisamente el último día de su recorrido por la vida.

La aportación de Emiliano al trabajo colectivo MIRANDO HACIA ATRÁS, AL FINAL DEL CAMINO, fue muy valorada por don Álvaro Carriscondo. El catedrático animó a los diez participantes a que organizaran los materiales y emprendieran su publicación colectiva. 20 historias acerca de la vida y su compleja justificación.  – 

 

EN EL FINAL

DEL CAMINO

 

 

           José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

           Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga


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                                 Viernes 26 diciembre 2025